Quickribbon PESINISMO: agosto 2013

lunes, agosto 19

Reír en una ciudad desangrada




La primera vez que vi a Luis Valdez fue en su blog, Ciudad Mascota, en 2005, cuando anunciaba su próxima lectura en una mesa del Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro, que aquel año formó parte de la FIL. Supe entonces que Luis había rebautizado con ese nombre a su ciudad, Monterrey. La fecha señalada compartimos una mesa. Creo que él habló de cantinas y yo, de perros quemados. En uno de mis despistes creo que también compartimos la botella de agua, pero no llegamos a más.
La segunda vez fue al año siguiente, en Durango, en un taller que coordinó Daniel Sada. Entonces compartimos de día la habitación y números de teléfono; de noche, la ruta por los salones del centro, cosa que repetimos en 2007 en compañía de Juan Miguel y Gerson Gómez, pero en los bares, tabledances y cantinuchas de Monterrey. Recuerdo bien que esa noche Gerson acompañó en las percusiones a un trovador local, que yo perdí y
luego recuperé mi cámara de fotos y que una bailarina cacheteó a alguien. Recuerdo que atravesamos unas cincuenta puertas antes de cerrar por fin los ojos.
Menciono todo esto a propósito de la nueva novela de Luis, Mascotas muertas, que el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León publicó bajo el sello de Ediciones intempestivas, obra en la que Luis Valdez aborda, como lo hizo en el libro de crónicas Por qué los cleaners no van a salvarnos, editado en 2011 por la Universidad de Sonora, la melancolía de los ciudadanos que ven a una ciudad consumirse entre el fuego de las mafias, la policía, el ejército y los políticos, si acaso no cupieran todos ellos en la primera palabra.
Los psicólogos dicen que la risa nerviosa es una señal de estrés, de angustia, una reacción involuntaria que suele manifestarse en seguida de una situación traumática. Pues bien, el humor presente en estos dos libros de Luis Valdez (toda la obra suya que conozco tiene una fuerte dosis de humor e ironía) provocan ese tipo de risa, debido tal vez a la aborrecible realidad a la que aluden.
Lou Rodríguez, columnista del Ciudad Mascota News, se torna un día en detective (quizá influido por el personaje homónimo de la serie Miami Vice) y convierte en objeto de su investigación a su vecina Judith. Así van entrando en escena personajes extrañamente duales: caricaturas que reflejan muy claramente su decadencia personal tanto como la de Ciudad Mascota.
Tal como pasa en la vida real, ni el narrador ni los personajes llaman a las cosas por su nombre. En Ciudad Mascota dos bandos de la mafia son los naZis y el cártel de la jaiba. Luego que el ciudadano ha tenido que renunciar a vivir donde vivía, a viajar en lo que viajaba y a beber donde bebía, acaso esta prerrogativa sea la única que conserve el escritor: usar en sus historias los nombres que le dé su gana.

Desde su título, Mascotas muertas no es una novela esperanzadora. En una ciudad que se muere no hay salvación, al menos no para todos. Un escape es un respiro solamente. En esta, que no es otra estúpida novela de naZis, eso al menos es algo, dirá Lou Rodríguez cuando, finalmente, se sepa vigilado incluso por un personaje de su invención.

Valdez, L. (2012). Mascotas muertas. Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. 73 p.

jueves, agosto 15

En defensa de los pinches pelones






Mi hermana decía que los calvos eran hombres inteligentes; yo, en concordancia, pensaba que las barbas eran signo de elegancia y cultura. Por eso cuando rondaba los nueve años anhelaba llegar a los treintainueve con la cabeza bien lisa y una larga barba cana. No sucedió ninguna de estas dos cosas: arriba tengo una mata de púas que crecen como si las fertilizara a diario mientras que alrededor de la boca se extiende un campo erosionado. Sin embargo no me quejo. Apenas entré a la adolescencia noté que la calvicie no era exactamente una ventaja competitiva. De hecho, empecé a preocuparme de veras cuando mis sobacos tardaron en germinar. Mis maestros de secundaria y de prepa no ayudaban en el trance, el de Matemáticas, el de Historia, el de Psicología y hasta la maestra de Lógica (por supuesto) tenían una calva que no se veía la mar de bien. Calvos categóricos o a medias, “calvos de tanto pensar”. Puedo jurar que de esa época arrastro  mi proclividad a la estupidez. Y es que los ochenta eran años de greñas. Un calvo no podía salir tan orondo a la calle como ahora. Creo que en este orgullo alopécico han influido actores, cantantes y conductores de televisión. Sin embargo hay que aceptar que por muy sexy, millonario, musculoso, simpático o inteligente que usted sea, llegará un día en que se refieran a usted como el Pinche Pelón.
Todo esto me hizo recordar El sufrimiento de un hombre calvo, obra del mexiquense Samuel Segura que obtuvo en 2012 el primer Premio Nacional de Novela Corta de Humor (que premia a novelas de humor cortas, hay que aclarar), auspiciado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), sello bajo el cual se publicó a finales de ese mismo año en la Colección Fortalezas. Un alma caritativa de esa institución me regaló un ejemplar el pasado Día del Libro. Menos de cien páginas devoradas en una tarde nublada
de abril y es la hora que no dejo de pensar en lo hábil que un escritor debe ser para trazar, como explica un admirador anónimo en la contratapa, todas las dimensiones de sus personajes en un texto tan breve.
Al margen de sus cualidades narrativas (es un texto diáfano, ameno, profundo, irónico), que para esta fecha muchos habrán señalado, quiero detenerme en tres cosas que llamaron gratamente mi atención. La primera es el humor inteligente que maneja. Si usted busca una serie de chistes sobre la que se sostiene una historia mediocre, no la va a encontrar aquí. Salvo la reiteración de la calvicie, cáustica por decir lo menos, el humor está metido en los personajes, y surge de ahí acompañado de la reflexión. La segunda es la humanidad de los personajes, característica inherente a la anterior pues al renunciar al humor barato los personajes no son caricaturas de nada, sino seres con los que uno termina identificándose lo quiera o no. Así, no hay buenos ni malos, sino personas que son víctimas de sus propias decisiones, grandes o pequeñas, y verdugos de su microecosistema familiar. Pero lo que más me gusta es la reivindicación que Samuel Segura hace de un patético pinche pelón. Un personaje, padre del protagonista, quien es al mismo tiempo creador de todas las desgracias y principal damnificado, un fracasado que sale a flote echando mano de lo único que tiene, como quien se echa la bicicleta a cuestas para atravesar una calle salpicada de vidrios.

El sufrimiento de un hombre calvo es pues, también, una novela de justicia y esperanza, la constatación de que todos tenemos derecho a un lugar en la red trófica urbana. Perfecta para leerse en una tarde nublada.

Segura, Samuel (2012). El sufrimiento de un hombre calvo. México: Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes.