miércoles, noviembre 30

Hacia lo desconocido


"Ir a la escritura
es siempre ir
hacia lo desconocido"

Con estas palabras cerró Cristina Rivera Garza su participación en la presentación de Novísimos cuentos de la república mexicana, 32 relatos cortos, cuentos posmodernos y minificciones, antología preparada por la ensayista Mayra Inzunza, quien también estuvo en la mesa. Dicha presentación editorial formó parte del programa de actividades del CONACULTA en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, en octubre pasado. La multipremiada escritora ( Premio Nacional José Rubén Romero, Impac-Conarte-ITESM, Sor Juana Inés de la Cruz, Anna Seghers 2005) originaria de Matamoros, Tamaulipas, tomó como pretexto la temática del cuento mío que aparece en la antología, Ambigüedades y aclaraciones en Plaza Victoria, para recordarnos a los participantes en el Encuentro de Narradores de Tierra Adentro que la tarea del escritor consiste en buscar, buscar todo el tiempo algo que constantemente cambia de forma.

Novísimos cuentos de la república mexicana
32 relatos cortos, cuentos posmodernos y minificciones.
Selección, prólogo y notas de Mayra Inzunza.
Fondo Editorial Tierra Adentro (2004)

lunes, noviembre 28

Podría recomendarla por tantos motivos, pero baste decir que ahí estoy yo.


A petición del maestro Enrique Romo, Alberto Cue se encargó de confeccionar el número 127 de la revista Tierra Adentro (abril-mayo, 2004), al que tituló "Letras y Géneros". Además de rendir homenaje a Rosario Castellanos en su XXX aniversario luctuoso y de presentar una entrevista al maestro Emmanuel Carballo, ese número incluyó textos de algunos ganadores de premios nacionales de poesía, ensayo, cuento y novela auspiciados por el programa Cultural Tierra Adentro. La liberadora de los deseos es el cuento que encontrarán en la página 63.



LA LIBERADORA DE LOS DESEOS


Cuando pasó lo del cine Venus yo estaba en el hospital, ya llevaba ahí media semana; al día siguiente me iban a dar de alta, eso había dicho el doctor.
-Ya no tienes nada, Fidelito -dijo mientras me revisaba las puntadas con unas pinzas que parecían de hielo- pero tómate tu tiempo, no vayas a volver tan pronto a las andadas- y se rió con esa sonrisa maliciosa que no era otra cosa que la misma risa de las mujeres que salen en las películas del cine Venus.
Las muchachas de esas películas se parecen todas entre sí y tienen la misma sonrisa del doctor jotorrón que me estuvo manoseando toda la semana, parece que se hubieran puesto la misma máscara para representar el mismo papel.
La primera vez que fui al cine tenía nueve años, el maestro Aníbal me dijo que me llevaría a ver “Los Picapiedra” porque me portaba muy bien. No era cierto, ni me había portado bien ni me llevó a ver “Los Picapiedra”. Hugo sí se portaba bien, por eso el maestro lo había llevado antes que a mí; Hugo era su consentido.
Ese día hubo poca gente en el cine y aunque me puse nervioso no dije nada, me resigné a ver la película creyendo que después pasarían “Los Picapiedra”, pero nunca salieron. Cuando se terminó la primera función el maestro me llevó al baño y me dijo que me lo parara, yo le contesté que no entendía. La verdad era que sí entendía, sólo que el miedo me tenía todo amensado; entonces él me bajó el pantalón y empezó a sobarme con sus manos rasposas. Cuando se convenció de que no se iba a poder lo que suponía se encabronó y me gritó furioso que me saliera del baño; después de un rato salió un poco más tranquilo y me dio veinte pesos.
–No le vayas a decir a nadie- dijo, y me miró convencido de que sí iba a rajar. Ni que fuera tan pendejo.
En la primaria fui el sargento de la escolta, Hugo era el abanderado porque siempre fue muy inteligente. El día de la graduación mi mamá se empeñó en que nos tomaran una foto con el maestro Aníbal. Yo traía una corbata que me quedaba grande y al tratar de arrancármela empezó a faltarme el aire. Mi mamá dijo que en la secundaria tendría otras oportunidades para usar la corbata y que entonces me quedaría perfecta, pero no pude entrar a la secundaria porque nunca pasé el examen de admisión. Una trabajadora social le dijo a mi mamá que yo necesitaba tratamiento psicológico o algo así, pero ella le contestó que yo no estaba loco, que la loca era otra y que se fuera a la mierda.
Mi mamá es secretaria en la Procuraduría, desde hace tres años trabaja doble turno y se pasa todo el día fuera de la casa. Ella dice que mi papá es un hijo de la chingada y yo también lo digo porque él se fue desde que yo iba a cumplir los cuatro años y nunca más se acordó de mí. Una vez vino en diciembre y estuvo platicando con mi mamá, luego empezaron a discutir y al final se despidieron mentándose la madre. Mi mamá dice que mi papá vive con una vieja puta; cada vez que lo menciona yo no hago más que pensar en las mujeres del cine Venus.
El cine estaba en la calle principal, entre el café Frontera y el hotel Ritz, que no es el mismo Ritz de la tele. Mi mamá dice que un día me va a llevar al de a de veras, que nos vamos a tomar unas fotos y se las vamos a mandar al hijo de la chingada de mi papá, para que vea que no lo necesitamos. Yo espero que sea cierto, aunque ya me estoy acostumbrando a que todos me digan mentiras.
A las señoras no les gustaba el cine Venus. Muchas veces intentaron cerrarlo porque según ellas le daba mal aspecto al centro, pero no pudieron conseguirlo. La vez que estuvieron más cerquita de lograrlo fue cuando la policía hizo una redada y se encontraron a Hugo y al maestro Aníbal en los sanitarios, eso fue el año pasado.
Cuando mi mamá se enteró de que encerraron al maestro Aníbal se puso como loca y tiró a la basura la foto de mi graduación, pero luego se arrepintió; la sacó del cesto y empezó a rayar toda la silueta del maestro con un marcador negro. Al final sólo quedamos en la foto Hugo y yo, aunque todavía se alcanzan a distinguir las manos rasposas del maestro agarrándonos por los hombros.
Fue por aquellos días cuando Xóchitl empezó a trabajar en mi casa. Mi mamá dijo que la contrató para que le ayudara con los quehaceres, pero la misma Xóchitl me confesó un día que mi mamá estaba muy preocupada por mí y le había pedido que me mantuviera vigilado. Lo cierto es que era yo quien vigilaba a Xóchitl.
Xóchitl tiene como veinte años, es alta, tiene el cabello perfumado y la piel clara, aunque no tanto como las mujeres de las películas. Lo que sí tiene igual que ellas es la sonrisa y el color de las nalgas. Una vez la estuve espiando cuando se metió en el baño y me acordé del maestro Aníbal. Ella se enojó mucho y dijo que me acusaría con mi mamá, aunque nunca lo hizo.
A pesar del escándalo que hubo cuando lo del maestro, Hugo y yo seguimos entrando al cine con facilidad, nos colábamos por una ventana de los baños. Antes iba de vez en cuando, pero desde que llegó Xóchitl a la casa empecé a ir todos los días. Me la pasaba ahí, viendo repetirse la misma película, aunque con diferentes actores y cuando llegaba a la casa mi mente volvía a repasar la historia, sólo que entonces la protagonista era Xóchitl. Ella no lo sabía; iba de aquí para allá por toda la casa sin sospechar siquiera las cosas que yo le hacía en mi imaginación.
La última vez que fui al cine me puse muy mal, la culpa fue de la película, había tantas flores en la pantalla que podía sentir su olor avanzando por mi nariz hasta rasguñarme las costillas. Me acuerdo que me extendí todito sobre el asiento, apretando bien fuerte los ojos y los dientes. Cuando abrí los ojos noté en el techo una rajadura por la que se podían ver las estrellas. Yo no sé qué tendría aquella abertura que me hizo recordar cuando estuve espiando a Xóchitl en el baño, el asunto es que me levanté con el corazón acelerado y me fui corriendo hacia la casa. Cuando llegué, Xóchitl estaba preparando la cena; yo iba muy calenturiento y no me fijé que ella tenía el cuchillo en la mano.
El cine Venus se cayó cuatro días después. Dicen que estaba lleno cuando el techo se vino abajo a media función. Durante el rescate hubo muchísimos reporteros, no tanto por los heridos, que eran muchos, sino para ver a quién descubrían. Hugo estaba dentro pero a él no le pasó nada, estaba en el baño con un señor; dice mi mamá que con un hijo de la chingada, espero que no haya sido mi papá.
El doctor maricón aventó a un lado las pinzas y a mano limpia estuvo removiendo para todos lados los pellejos que me dejó Xóchitl. Se rió con la misma sonrisa de las mujeres que quedaron sepultadas bajo los escombros del cine y me dijo que con esto todavía podré hacer maravillas.–Si te sigues portando bien, mañana podrás salir de aquí- dijo, y me cerró un ojo antes de cruzar la puerta. No quiero pensar que sea mentira como la vez que me llevaron a ver “Los Picapiedra”.

domingo, noviembre 27

De aquel diario (I). Era el año 2000.



15 de julio.
Langa de Duero (Soria)
El día ha sido agotador, aunque ilustrativo. Por la mañana, una caminata a lo largo del Cañón de Río Lobos y por la tarde la visita a los lagares de Langa. La jornada terminó ahí, con una parrillada. Los muchachos ("chavales", dicen acá, al final acordamos llamarlos "chicos") se han puesto eufóricos tras probar el vino de Langa y han organizado un verdadero fandango, antes, los adultos tuvieron un encuentro futbolístico binacional en el que México emergió victorioso. Ambas fiestas tuvieron consecuencias: una chica se lastimó el tobillo durante el baile mientras que uno de los asesores resultó con raspones en los codos.
Ahora vamos camino a Valladolid, en un autobús municipal. El ambiente impresiona porque los chicos españoles van cantando y gritando como no lo habían hecho en toda la expedición. Van tan eufóricos que, inclusive, entonan a coro el Cielito Lindo y Allá en el rancho grande para animar a los jóvenes tamaulipecos a que participen de su algarabía. Poco después estamos cantando todos. Nosotros, desde luego, interpretamos rancheras y norteñas como La media vuelta y El rey. Hemos tenido suerte porque hasta el conductor del autobús, un anciano de setenta y tantos, insiste en cantar La cama de piedra.
De pronto encontramos a la guardia civil vigilando la autovía. Están deteniendo e interrogando a todos los automovilistas. El anciano chofer platica con ellos y hasta nosotros van extendiéndose los murmullos: ha habido un atentado terrorista en Soria.
Entonces me pongo a pensar en el riesgo que corremos, son tres autobuses repletos de estudiantes españoles y mexicanos, un gran atractivo para los grupos terroristas. También pienso en los padres de todos esos chicos, preocupados allá donde las noticias se saben a medias. Ahora que pienso en todo esto, ahora que cualquier cosa podría suceder, no sabes cuánto me arrepiento de no haberlo dicho todo.

Ése era yo


Julio G. Pesina

Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1973. Licenciado en Ciencias de la Educación, con especialidad en Ciencias Químico-Biológicas por la Universidad Autónoma de Tamaulipas; trabaja como docente de Ciencias Naturales en el Colegio de Bachilleres de Tamaulipas (COBAT) desde 1995. En años recientes incorpora la enseñanza de Lectura y Redacción y es por esta razón que participa en 2002 en el taller literario de la UAT, donde conoce a los escritores Lorena Illoldi y Alfredo Marko García Salazar, quienes lo seducen a incursionar en el terreno de las letras. Ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2002 con el libro Que los muertos vivan en paz (Fondo editorial Tierra Adentro, 2003), algunos de sus textos han aparecido en las revistas Tierra Adentro, Textos y Ciudad en blanco. Ha sido incluido en la antología Novísimos cuentos de la república mexicana (Fondo editorial Tierra Adentro, 2004), en el apartado “Tamaulipas”.