Quickribbon PESINISMO: 2014

viernes, septiembre 19

Cómo nos gustaría que fuera cierto*

*Texto leído en la presentación de la novela Los perros de la noche, de José Luis Gómez y Alejandro Hernández


YA ESTABA YO GRANDECITO CUANDO SUPE QUE, lejos de lo que con tanto esfuerzo había logrado aprender en la escuela, Cuauhtémoc no había sido tan valiente como para no bautizarse por la fe católica como “Hernán de Alvarado”, nombre que combinó los de sus dos padrinos. A esa edad vine a enterarme de que Maximiliano era casi un liberal, Benito Juárez era todo un dictador y Porfirio Díaz, un llorón ocasional.
Cosa nada reprochable esta última si tomamos en cuenta que es el llanto traicionero, y que cuando el hombre es sensible, aunque quiera aguantarse, no puede. Yo mismo, ya grandecito, alguna vez dejé rodar una lágrima al arrullo de Los Temerarios.
Unos dicen que la historia es del político más que del historiador. Como dice Alberto Arellano, no existe un Estado moderno que no haya recurrido a la construcción de una historia oficial para justificar el ejercicio del poder. Y como afirma Luis González de Alba, la historia oficial de México es una larga lista de derrotas gloriosas y un pesado directorio de héroes vencidos. De acuerdo con ello, Cuauhtémoc es nuestro más puro héroe porque es el gran derrotado. Cosa distinta, agrega José Antonio Crespo, de lo que ocurre en Estados Unidos, donde nadie suele llorar a los perdedores.
La historia es de los políticos, pero el pasado es todo nuestro. Es, además, un recurso natural que se incrementa cada día. Admiro a quienes extraen del pasado los hechos menos conocidos de una época, de un lugar o una persona, pero más admiro a quienes son capaces de introducir algo en el pasado, algo perdurable, alentador. Por ejemplo, la innegable presencia de Joaquín Baluarte y sus legionarios en el desierto de Coahuila, poniendo freno a la campaña del general Taylor durante la invasión de Estados Unidos a México.
Por si aún no lo han notado, estoy hablando de Los Perros de la Noche, novela escrita al alimón (la segunda) por un tamaulipeco y un coahuilense, José Luis Gómez y Alejandro Hernández, publicada bajo el sello de Joaquín Mortiz. La versión oficial registra que esta obra obtuvo mención honorífica en el premio Letras Nuevas de Novela. Pero ustedes no esperen a ser más grandes para enterarse de cuanto en realidad pasó.
Para resumir la trama diré que el 17 de diciembre de 1846, Altares Moncada, la más altiva muchacha de Testamento, amaneció casada, aunque ella no lo sabía. Durante la noche, don Urbano Terán y Fidencio Arteaga, cura y sacristán del pueblo, la habían unido en matrimonio con un desconocido que llegó a caballo. Don Urbano cometió tal pecado por una razón piadosa: casarse era la última voluntad de un hombre que esa mañana sería enviado al paredón.
Pero Joaquín Baluarte no murió ese día. Su ejecución se pospuso porque la guerra exigía su presencia allá en el desierto. Así comienza a tejerse una historia de amor y heroísmo, de traición y codicia que no tiene por qué ser, pero sucede, como ocurren todas las cosas que decide el destino, hechos inscritos en el tiempo aún antes de que acontezcan y aunque nadie pueda decir si algo de esto de veras ocurrió.
Grandecito estaba yo cuando supe que en su avance hacia el palacio nacional los estadounidenses se enfrentaron a varios batallones de voluntarios aparte de los cadetes del Colegio Militar. Se habla del Cuerpo de Mina, con Margarito Zuazo como abanderado; el de los Bravos, llamado así en honor de Leonardo, Miguel y Nicolás, y el Batallón Independencia, comandado por un pariente de Agustín de Iturbide. ¿Quién dice que no pudo haber uno que fuera capitaneado por un hijo de don Miguel Hidalgo?
La Legión de la Estrella o ejército de los Perros Negros, un batallón nocturno, fantasmal, amo del desierto al grado de difuminarse en el polvo, encarna en la novela de Gómez y Hernández a esos batallones voluntarios que no alcanzaron lugar en el libro de Historia; Joaquín Baluarte, su líder —heredero de un temperamento rebelde por la línea paterna y formado en las antiguas artes bélicas por un misionero—, constituye un homenaje a los héroes anónimos de aquella y de tantas otras guerras, figuras que hoy permanecen hundidas en las arenas del tiempo.
Con arrojo y estrategia, con honor y dignidad, pero sobre todo con un profundo amor a su tierra —no a la patria, ese concepto tan abstracto, sino a la vida y al suelo que los nutre—, una estrella de cuatrocientos guerreros, guiada en su estructura angular por cinco señores del desierto, hará frente a los nueve mil soldados del general Taylor más allá de La Angostura, cuando ya no hay ni las huellas del ejército nacional. Y he aquí la maravilla: vencerán, aun cuando ya estén muertos, de un modo que no diré porque hay que leer el libro.
Alguien me dijo, refiriéndose a esta novela, que se lee en una sentada. Yo les digo que no sé cuántas veces tengan que sentarse, lo que sí sé es que disfrutarán su lectura, pues la narración arranca como una anécdota jocosa para pronto transformarse en una aventura épica que los absorberá en sus movedizas arenas, en el remolino que forman el paisaje del desierto, el estilo poético del narrador (es uno solo, aunque haya dos escritores), la sólida voz de los personajes, la emoción de estar en la refriega. Si la sola naturaleza de los hechos nos hace tomar partido, resulta inevitable desear que los perros negros sean guerreros inmortales. Sabemos que es ficción, pero cómo nos gustaría que fuera cierto.
Palabras más, palabras menos, el escritor David Toscana dijo una vez que, cuando una novela se inspira en sucesos históricos y los hechos narrados de algún modo se oponen al registro documental, vale la pena sacrificar el rigor histórico en aras de la literatura. Como ocurre con Estación Tula, Santa María del Circo y el Icamole de Toscana; Testamento —el pueblo donde tiene lugar la historia de Altares Moncada, Joaquín Baluarte y el ambicioso Nicandro Muñoz—, tiene vida propia y una personalidad que va más allá de lo geográfico y más allá de lo histórico.

A partir de ahora, cuando piense en Coahuila pensaré en Testamento, y cuando piense en la guerra México-Estados Unidos pensaré en los inolvidables Perros Negros.


domingo, abril 27

Tiempo de abrir las ventanas





Apuntes sobre la antología Las ventanas de Altaír (ITCA, 2012)





Corría el año 2002. Yo era joven todavía. Pensaba que podía escribir. Me dijeron que leyera cuentos. En la biblioteca municipal de Burgos encontré un libro, Variaciones para un tema de rosa, de la colección Nuevo Amanecer. La solapa lo presentaba como una compilación de las colaboraciones de Altaír Tejeda para un diario victorense. No era un libro grande, pero sí, desde luego, un gran libro.
Un año después me encontraba en la capital de Coahuila, en una ceremonia oficial. Una mesa y un lector: yo, que presentaba mis primeros cuentos. Hablé entonces de un texto, Sirena, inspirado en el cuento "La sirenita", que había leído en el libro de Altaír. Una variación sobre aquella variación si se puede decir. Alguien de entre el público —luego supe que era el escritor Julián Herbert— me hizo sonrojar. Empezó a elogiarla y a preguntarme por ella. Qué edad tiene, cómo y dónde está. Pensaba que era mi maestra presencial alguien a quien yo conocía por medio solo de un libro.
Hoy, a diez años de distancia, debo confesar que a Altaír Tejeda de Tamez la conozco de ese modo, solo a través de su narrativa y su drama. Por eso lo que hoy les diga estará libre de todo peso emocional. Tendrá, eso sí, y lo aclaro desde ya para que nadie se diga engañado, el influjo de las lecciones aprendidas aquel año capicúa.
Si uno revisa las colecciones del ITCA se va a dar cuenta de una cosa: de un tiempo a la fecha cada administración reúne algunas obras de Altaír Tejeda. En el nuevo amanecer fue aquel libro que les digo; en el tiempo que se vivía mejor, una colección de cuentos; en la época que avanzamos, toda su dramaturgia y ahora, una edición en pasta dura que reúne cuento, ensayo y novela. ¿Esto es bueno?, se preguntarán ustedes. Es bueno y es necesario. Agregaré que es urgente. Urge distribuir de mejor manera la obra de esta escritora; ponerla —ya en papel, ya en escena, ya en pantalla— delante de jóvenes y adultos. Unos y otros veríamos la vida diferente de como la vemos hoy.
Asomémonos, pues a Las ventanas de Altaír.
La primera parte de esta antología se compone de cuarenta cuentos. Dos de ellos son más bien ensayos o apuntes confesionales, pero el resto de ellos muestra muy claramente el estilo, los temas y los subgéneros que han sido interés de la polígrafa victorense.
Comencemos por la brevedad. A ella le acomoda mejor el cuento corto; cortísimo. Si bien no pocos de sus cuentos largos son muy buenos, mis favoritos: "Crisis", "El adivino", "El evangelista", "Estrategia", no rebasan las tres páginas. Quizá esto se deba al corsé del formato periodístico o quizá precisamente a que la narrativa de Altaír está hecha de ventanas, claraboyas, agujeros por donde atisbar el mundo.
Ni muy decorado ni liso, a Altaír la distingue la mesura, acaso la elegancia en el lenguaje, pero nunca el miedo a las palabras. Si debe usar un palabrón, una voz fuerte, la usa, pero los bajos tonos le bastan para darnos una historia cruda, atroz, envuelta en paños de seda, tal como sucede en el cuento "Yo no quisiera hablar de estas cosas".
Y es que Altaír nos habla de todas las cosas del mundo sin adoptar el odioso tono didáctico, tan socorrido hoy como antes. Le interesa el cruel paso de la edad, la soledad, el anhelo romántico o sexual casi siempre insatisfecho; esos temas que se aparecen como aldeanos pero son universales. Ya sea en relatos de un realismo doloroso como "Crisis", o en textos de corte fantástico como "El ángel de la guarda" y "La recolectora del tiempo", sus cuentos pueden ser usted escoja una denuncia velada, una sutil ironía o una insolente burla de la vida cotidiana.
Llegados a este punto hay que subrayar el humor. Pero el humor genuino, que es el que yo prefiero. No el disparate cómico, sino las más puras circunstancias en que nos sitúa la vida cuando se pone a jugar. Ese es el humor de Altaír. Tanta experiencia en el teatro, supongo, le dio habilidades para fabricar una narrativa visual muy efectiva, al grado de obligarnos a ver a una gata cualquiera abandonada a una muy particular sesión de yoga frente a la ventana. “Junta sus manos y, apoyada en sus cuartos traseros, se sostiene en sus brazos oscuros y esbeltos. Luego, parece balancearse con un suave movimiento de péndulo. Sabrá Dios en qué estará pensando”, narra en "Vidas ejemplares". Otro texto, "Estrategia", tan zoofílico como el anterior, no solo es divertido, sino enternecedor y digno de llevarse a la pantalla.
Esto es lo que distingue a la narrativa de Altaír Tejeda de Tamez. Y todo eso, o casi todo, está en la segunda parte del libro: "Menage à trois", la que, dicen, fue su primera novela. Junte usted un par de hermanas viudas y calenturientas: Simona y Sirena, un gachupín aprovechado, un padrecito un tanto cínico, una sirvienta entrometida, una recua de viejas chismosas y un buen fajo de dinero. Sitúelos en una ciudad pequeña, tradicional, y ya tiene usted una historia divertida de principio a fin. No exagero en esto yo, que soy tan delicado en cosas del humor. ¿Ha oído usted decir que la gente no quiere leer? Ábrales este libro en la página 245 y luego hablamos.  
Baste como ejemplo una escena de mi personaje preferido: el padre Samuel. Un hombre bueno, desde luego, aunque muy a su manera.

“Alcanzó a confesar a dos mujeres y estaba escuchando a un señor cuando vio pasar frente a él a Sirena. En una pausa del hombre, le impuso la penitencia.
-Pero si todavía no acabo –dijo el confesante.
-Haz de cuenta que fue todo –dijo el cura levantándose”.
Una tercera parte, ciertamente pequeña, reúne seis ensayos. Dos de ellos son en realidad relatos, mas con esto el editor se pone a mano con la primera parte. De estos textos quiero destacar la reflexión o, mejor dicho, las confesiones que hace Altaír Tejeda de Tamez sobre su personal proceso de creación literaria.
“Uno no puede escribir de aquello que no conoce”, nos dice. “Lo primero que debe un autor darle a su obra es autenticidad”. Y luego remata: “No considero que mi trabajo tenga otro mérito que el de ser auténtico”. En el panorama tamaulipeco, junto a la de nuestra contemporánea Liliana V. Blum, no conozco narrativa más auténtica que la de Altaír Tejeda de Tamez. Las suyas son vivencias que se vuelven cuentos; al menos eso he decidido creer, retratadas con un modo de hablar que no es el victorense aunque se le parezca, sino un lenguaje que habita en el universo de Altaír, en esa ciudad, esa región del norte y ese país que ella ve desde su ventana.
En uno de estos textos Altaír evoca a una de sus influencias más tempranas, María Enriqueta Camarillo, a quien se refiere, usando las palabras de distintos críticos, como “una novelista ejemplar”, una mujer como cualquiera que “jamás se las ha dado de incomprendida”.

 “Todo en ella es sinceridad, sencillez, emoción honda y suave: el afilador que pasa, el gato que ronronea, la espumante marmita, un senderillo campestre. Cualquier prosaica menudencia adquiere, al reflejarse en su alma, un vivo e ignorado colorido y se trueca en belleza y poesía”.
Sin proponérselo, Altaír parece describirse a sí misma, pues es precisamente de los actos cotidianos más elementales de donde surgen, gracias a su oficio, historias ágiles, contundentes, divertidas y limpias.
"Hablar de los escritores" se llama el texto que es, quizá, el más confesional, aparte de los dos elogios dedicados a su admirado amigo Alfonso Reyes. En él, Altaír declara: “Nunca ha sido mi propósito escribir para trascender. Tampoco he buscado en el teatro o en toda la obra literaria paliativos para supuestas frustraciones, pues puedo decirle a la vida lo que Amado Nervo”.

Sea que lo haya perseguido o no, la obra de Altaír Tejeda de Tamez es referente de la literatura tamaulipeca. Será, hoy como pasado mañana, una obra digna de reunir, de leer, de estudiar a la luz de la teoría y la historia, así como de divulgar tanto para la recreación como para la formación de nuevos escritores.