viernes, septiembre 19

Cómo nos gustaría que fuera cierto*

*Texto leído en la presentación de la novela Los perros de la noche, de José Luis Gómez y Alejandro Hernández


YA ESTABA YO GRANDECITO CUANDO SUPE QUE, lejos de lo que con tanto esfuerzo había logrado aprender en la escuela, Cuauhtémoc no había sido tan valiente como para no bautizarse por la fe católica como “Hernán de Alvarado”, nombre que combinó los de sus dos padrinos. A esa edad vine a enterarme de que Maximiliano era casi un liberal, Benito Juárez era todo un dictador y Porfirio Díaz, un llorón ocasional.
Cosa nada reprochable esta última si tomamos en cuenta que es el llanto traicionero, y que cuando el hombre es sensible, aunque quiera aguantarse, no puede. Yo mismo, ya grandecito, alguna vez dejé rodar una lágrima al arrullo de Los Temerarios.
Unos dicen que la historia es del político más que del historiador. Como dice Alberto Arellano, no existe un Estado moderno que no haya recurrido a la construcción de una historia oficial para justificar el ejercicio del poder. Y como afirma Luis González de Alba, la historia oficial de México es una larga lista de derrotas gloriosas y un pesado directorio de héroes vencidos. De acuerdo con ello, Cuauhtémoc es nuestro más puro héroe porque es el gran derrotado. Cosa distinta, agrega José Antonio Crespo, de lo que ocurre en Estados Unidos, donde nadie suele llorar a los perdedores.
La historia es de los políticos, pero el pasado es todo nuestro. Es, además, un recurso natural que se incrementa cada día. Admiro a quienes extraen del pasado los hechos menos conocidos de una época, de un lugar o una persona, pero más admiro a quienes son capaces de introducir algo en el pasado, algo perdurable, alentador. Por ejemplo, la innegable presencia de Joaquín Baluarte y sus legionarios en el desierto de Coahuila, poniendo freno a la campaña del general Taylor durante la invasión de Estados Unidos a México.
Por si aún no lo han notado, estoy hablando de Los Perros de la Noche, novela escrita al alimón (la segunda) por un tamaulipeco y un coahuilense, José Luis Gómez y Alejandro Hernández, publicada bajo el sello de Joaquín Mortiz. La versión oficial registra que esta obra obtuvo mención honorífica en el premio Letras Nuevas de Novela. Pero ustedes no esperen a ser más grandes para enterarse de cuanto en realidad pasó.
Para resumir la trama diré que el 17 de diciembre de 1846, Altares Moncada, la más altiva muchacha de Testamento, amaneció casada, aunque ella no lo sabía. Durante la noche, don Urbano Terán y Fidencio Arteaga, cura y sacristán del pueblo, la habían unido en matrimonio con un desconocido que llegó a caballo. Don Urbano cometió tal pecado por una razón piadosa: casarse era la última voluntad de un hombre que esa mañana sería enviado al paredón.
Pero Joaquín Baluarte no murió ese día. Su ejecución se pospuso porque la guerra exigía su presencia allá en el desierto. Así comienza a tejerse una historia de amor y heroísmo, de traición y codicia que no tiene por qué ser, pero sucede, como ocurren todas las cosas que decide el destino, hechos inscritos en el tiempo aún antes de que acontezcan y aunque nadie pueda decir si algo de esto de veras ocurrió.
Grandecito estaba yo cuando supe que en su avance hacia el palacio nacional los estadounidenses se enfrentaron a varios batallones de voluntarios aparte de los cadetes del Colegio Militar. Se habla del Cuerpo de Mina, con Margarito Zuazo como abanderado; el de los Bravos, llamado así en honor de Leonardo, Miguel y Nicolás, y el Batallón Independencia, comandado por un pariente de Agustín de Iturbide. ¿Quién dice que no pudo haber uno que fuera capitaneado por un hijo de don Miguel Hidalgo?
La Legión de la Estrella o ejército de los Perros Negros, un batallón nocturno, fantasmal, amo del desierto al grado de difuminarse en el polvo, encarna en la novela de Gómez y Hernández a esos batallones voluntarios que no alcanzaron lugar en el libro de Historia; Joaquín Baluarte, su líder —heredero de un temperamento rebelde por la línea paterna y formado en las antiguas artes bélicas por un misionero—, constituye un homenaje a los héroes anónimos de aquella y de tantas otras guerras, figuras que hoy permanecen hundidas en las arenas del tiempo.
Con arrojo y estrategia, con honor y dignidad, pero sobre todo con un profundo amor a su tierra —no a la patria, ese concepto tan abstracto, sino a la vida y al suelo que los nutre—, una estrella de cuatrocientos guerreros, guiada en su estructura angular por cinco señores del desierto, hará frente a los nueve mil soldados del general Taylor más allá de La Angostura, cuando ya no hay ni las huellas del ejército nacional. Y he aquí la maravilla: vencerán, aun cuando ya estén muertos, de un modo que no diré porque hay que leer el libro.
Alguien me dijo, refiriéndose a esta novela, que se lee en una sentada. Yo les digo que no sé cuántas veces tengan que sentarse, lo que sí sé es que disfrutarán su lectura, pues la narración arranca como una anécdota jocosa para pronto transformarse en una aventura épica que los absorberá en sus movedizas arenas, en el remolino que forman el paisaje del desierto, el estilo poético del narrador (es uno solo, aunque haya dos escritores), la sólida voz de los personajes, la emoción de estar en la refriega. Si la sola naturaleza de los hechos nos hace tomar partido, resulta inevitable desear que los perros negros sean guerreros inmortales. Sabemos que es ficción, pero cómo nos gustaría que fuera cierto.
Palabras más, palabras menos, el escritor David Toscana dijo una vez que, cuando una novela se inspira en sucesos históricos y los hechos narrados de algún modo se oponen al registro documental, vale la pena sacrificar el rigor histórico en aras de la literatura. Como ocurre con Estación Tula, Santa María del Circo y el Icamole de Toscana; Testamento —el pueblo donde tiene lugar la historia de Altares Moncada, Joaquín Baluarte y el ambicioso Nicandro Muñoz—, tiene vida propia y una personalidad que va más allá de lo geográfico y más allá de lo histórico.

A partir de ahora, cuando piense en Coahuila pensaré en Testamento, y cuando piense en la guerra México-Estados Unidos pensaré en los inolvidables Perros Negros.