viernes, septiembre 29

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V Misterio gozoso: el cel perdido y hallado en el templo


Que la escuela era templo de la democracia y monumento a la justicia social, decía el político aquél que dejó escapar por un mismo agujero todas sus ideas y acaso también sus mejores intenciones en un barrio polvoriento de Tijuana. Esa frase podría, pudo, puede generar tantas carcajadas como golpes de pecho. Para muchos, la escuela no es más que un lugar de paso, en todos los sentidos.

Con bastante frecuencia, amigos, a los probesores nos toca hacerla de detectives, de fiscales, de jueces incluso. Es tan amplio el muestrario de problemas que se suscitan entre unos y otros muchachos, entre algunas señoritas y las otras; entre chicos y chicas y entre éstos y los maestros... Hay cada caso, cada nueva sorpresa día tras día.

Había relatado hace unas semanas la forma ridícula en que extravié mi celular. Esta mañana el teléfono volvió a mis manos, pero el episodio no fue alegre en modo alguno. En este pequeño pueblo uno llega a volverse tan famoso que, más temprano que tarde, los rumores arriban a su escala final. Hay, en otra escuela, una linda princesita cuyo novio tuvo a bien regalarle un celular, mi celular quiero decir. Ese novio estudiaba el bachillerato, su escuela era la nuestra; en nuestra escuela ¿encontró? el teléfono, en su escuela supo que yo lo había perdido, en ella se atrevió a pedirme el cargador de batería para su celular. En su escuela.

Yo no sé ustedes, pero estos casos a mí me ponen de mil colores. No sé en qué estaba pensando cuando me vestí de verde esta mañana. Desde luego hice mi corajina a la hora de desentrañar todo este asunto, pero ahora no puedo dejar de admitir cuánto se me ha acumulado la tristeza. Éstas, amigos, son nuestras escuelas, y tiene uno que acostumbrarse a ver de todo.

P.D. Eso sí, olvídense de aquel número telefónico, el cel volvió a mí sin la tarjeta SIM.


jueves, septiembre 28

El arte de Quirarte

XXVIII

Éramos entonces estudiantes, en el umbral de todo. La
ciudad era nuestra pradera y a paso largo la recorríamos
sin tregua durante horas, flacos, atormentados, tratando de
librarnos de nuestra inocencia como de un dolor de muelas,
imaginando que nuestra juventud duraría para siempre, y
casi lo lamentábamos.

Michel Butor, "Suite parisina, Noctámbulo"
(Versión de Frédéric-Yves Jeannet)


Ese muchacho lóbrego, espigado,
fantasma de sí mismo,
que se sienta hasta atrás
y en la noche se hunde
a rezar la oración de sus malditos;
ese que nunca
conocerá su cuerpo en los danzones,
será señor del ritmo
que mantiene en su sitio a los planetas;
ese que aprenderá dolor en las mujeres
y hallará el Santo Grial entre sus piernas,
es del linaje nuestro, es carnal,
es un perro amarillo con estrella.

Interminables tardes de domingo
en que los viejos libros se cansaban
primero que nosotros.
Atravesábamos calles
navegadas por putas
para las que no alcanzaba,
a las que no alcanzabas.
Buscábamos los cines de programa triple
que vivían por nosotros.

Era el tiempo del enigma de la invisibilidad.
Del corazón transparente,
de las venas de vidrio,
del aire que taja o vive
del aliento de sus agonizantes.
Transparencia: Invisibilidad:
Estar como nunca en el espacio.
Estar más solo que nunca en el espacio.

Era el tiempo
de bautizar de nuevo la falange,
el vello, la rodilla.
De encontrar en el otro un puro azogue
donde nunca acabamos de bebernos.
De aspirar el perfume
que es la droga perfecta del adicto.

De los fastuosos armamentos,
de la plana tristeza que seguía
al choque ansioso y torpe de los cuerpos.
Tiempo de las palabras en peligro.
De pronunciarlas todas,
del terror a que no pudieran decir todo.

Era el tiempo de herir
y recibir mayor número de heridas.
Quien no lo ha vivido, no ha vivido.
Quien no lo vive,
no asistirá al prodigio de la resurrección.

Ese muchacho lóbrego, espigado,
fantasma de sí mismo,
es un perro amarillo con estrella.

Quirarte, Vicente. Zarabanda con perros amarillos. Editorial Colibrí/Gobierno del estado de Puebla. México (2002). 78 p.

lunes, septiembre 25

domingo, septiembre 24

En eso estoy

IV. MAYOYA

Aplastado contra la fórmica tipo caobilla que recubría la mesa reblandecida por añejos residuos de cerveza, no paraba de preguntarse cómo se había dejado conducir hasta ahí. Aquel lugar no era precisamente lo que él hubiera deseado para celebrar esa noche. Habría sido mejor apoyar la propuesta inicial de ir al Scala, pero despreció la oportunidad de debutar como cliente en el lugar donde trabajaba. Este tugurio no podía ser más tétrico, la mala iluminación era más un problema técnico que un efecto de ambientación; el techo alguna vez había sido tapizado con fotografías tamaño póster de mujeres que en ese tiempo se sabían bellas, y que exhibían sus flácidas, sus generosas carnes acompañadas de rígidas sonrisas que ahora lucían desgastadas por el tiempo. De vez en cuando viajaban desde el techo fragmentos de pintura y papel que iban a depositarse sobre la superficie de su cerveza. Iba a dar un trago a su bebida cuando notó un ojo de tamaño regular mirándolo desde el vaso. En medio de la penumbra enfocó bien la mirada para descubrir que se trataba de un ombligo que acababa de abandonar para siempre a su robusta dueña. Por todos lados surgían mujeres de carne y hueso muy parecidas a esos despojos que sonreían en el techo. Algunas de las gordas venían acompañadas, otras deambulaban solitarias, en busca quizá de algún pecho donde recargar sus ansias. "Para todos los gustos", rezaba uno de los letreros cercanos al mingitorio: una pileta cubierta hasta la mitad con hojas de laurel, en vano propósito de disfrazar la hediondez de aquel rincón. El eslogan del mingitorio resultaba hasta cierto punto ridículo, pues en muy poco o en nada se diferenciaban unas de otras las mujeres aquellas. Cierto que había algunas más jóvenes, unas menos gordas, había también para escoger entre morenas acentuadas y morenas a secas, pero en lo demás, en lo esencial, unas y otras se repetían como reflejos de la misma pesadez, la misma indiferencia, el desasosiego de soportar a tanto borracho sin dinero. El ambiente le resultaba festivo a pesar de todo. La música, una extraña mezcla de tex-mex y cumbia colombiana, escapaba titubeante desde otro rincón, donde un conjunto versátil hacía acrobacias sobre un templete improvisado como escenario.

-Invítame a bailar- dijo una voz femenina, más bien infantil, del otro lado de su cerveza.

Fueron esa voz y esa cara pintarrajeada sonriendo detrás de la mesa las que lo arrancaron de súbito de aquel lugar y lo transportaron hasta el salón de clases de una escuela vespertina en aquella barriada miserable que conoció su niñez.

Era su primer día de clases en aquel cuarto grado. El olor a papel y plástico nuevos inundaba el salón. Alguien de la administración vino a hablar con la maestra y ésta tuvo que salir por un momento. Al interior del grupo se fueron poco a poco integrando los corrillos en tanto pasaban los minutos en ausencia de la profesora. Unos y otros grupitos se dedicaron a hacer la guerra hasta que todo fue una sola fiesta dentro del aula. De pronto la puerta se abrió y entró por ahí la maestra con dos niñas sin uniforme escolar. Una de ellas era alta y regordeta, se llamaba Cecilia y tenía las mejillas saltonas como si alguien hubiera insertado dos manzanas lustrosas en ese blanco pastel que era su cara; el cabello, negro y liso, cortado al estilo cazuela, le llegaba a la base del cuello formando con el resto del cuerpo todo un conjunto más bien cómico. La otra niña era una especie de réplica en miniatura de su hermana mayor; en ella sin embargo los rasgos robustos se magnificaban debido a su estatura. Se llamaba María Gloria y era enana. "Mayoya", la llamó la profesora, y a partir de entonces, en un afán de integrarla al grupo, de combatir secretamente sus propios prejuicios, empezó a tratar a María Gloria con especial deferencia. Los escasos talentos de Mayoya fueron exhibidos sin pudor en cada festival, en cada ceremonia organizada por la escuela; María Gloria entonando himnos cívicos y villancicos navideños, tartamudeando poesías, efectuando bailes grotescos en mitad del foro, participando sin éxito en las competencias deportivas... La directora tuvo que exigirle a la maestra que desistiera de incluir a Mayoya en el concurso anual de escoltas luego de reconocer los motivos meramente estéticos. El intento de discriminación positiva que emprendió la maestra fue abortado el día de las madres de ese mismo ciclo escolar. Ese día, interpretando Mayoya al menor de los tres cochinitos en la representación escénica del cuento musical de Cri-cri, las carcajadas que su actuación arrancó de las gargantas maternas produjeron en la enana un efecto catastrófico, una especie de colapso emocional que, lejos de contentarse con provocar sus lágrimas, aflojó algo en su interior, en sus minúsculas entrañas, removiendo emociones y humores hasta que los esfínteres terminaron rindiéndose en el centro de aquel escenario que empezó a mancharse con una mezcla amarillenta de fluidos y sólidos.

-¿No piensas bailar? -repitió la voz de Mayoya, ahora acompañada de un claro gesto impaciente. Se había subido a una de las sillas y apoyaba sus pequeñas manos en la mesa al tiempo que lo miraba con cierto aire de suficiencia- ¿entonces a qué has venido, a reparar la mesa?

Aquella escena le resultaba incómoda, el tono y las palabras que salían de esa pequeña abertura en el rostro de Mayoya se le antojaban por completo fuera de lugar; era, por decir lo menos, inverosímil. Más increíble le resultaba que María Gloria no lo reconociera. ¿Había cambiado tanto en tan sólo diez años? No podía ser, porque la mujer que le mostraba esos senos aplastados por un escote infantil era exactamente igual a la niña aquella que lloraba en medio de aquel teatro escolar porque había cagado la botarga de cochinito. ¿O sería acaso que ella prefería disimular, jugar con la ilusión de conquistar a un desconocido más? Esa posibilidad le pareció más benigna, así que decidió prolongar la situación.

-Siéntate conmigo- le dijo finalmente.

viernes, septiembre 22

Verla otra vez


  • Escucha la música de M. Theodorakis. Ponle "play", minimiza y vuelve acá


  • Tenía que verla de nuevo. Nada mejor para la época que estoy viviendo. La he visto tres veces entre anoche y hoy, quizá la vuelva a ver este fin de semana. ¿Qué quieren?, me reanima, me pone en el cielo, en la tierra y en todo lugar. Les confiere a mis problemas su justa dimensión. No puedo, después de esta velada, dejar de repasar algunas frases en mi memoria desvalida. He aquí el top 10 (aclaro que estos apuntes son a la memoria, y ya dije que la mía es muy mala).

    1. "Cuando un hombre está lleno, ¿qué puede hacer? Reventar"

    2. "Un hombre necesita enloquecer de vez en cuando, sólo así podrá romper la soga y ser libre por fin"

    3. "Hay sólo un pecado que Dios no perdona: que una mujer llame a un hombre a su cama y éste no vaya"

    4. "¿Había visto alguna vez una catástrofe más espléndida?"

    5. "¿Para qué nos dio Dios las manos? Para agarrar, ¡pues agarre!"

    6. "Quien golpea la puerta de un sordo puede llamar eternamente"

    7. "Que una mujer duerma sola es una vergüenza para todos los hombres"

    8. "Usted es maestro, piensa como maestro. Usted dice "esto está bien","esto está mal", pero sus brazos, sus piernas, su pecho están quietos, no dicen nada"

    9. "La vida son problemas, sólo la muerte no lo es"

    10. "Lo quiero demasiado para no decírselo: a usted sólo le falta un poco de locura"

    jueves, septiembre 21

    Lo que faltaba...

    "Amanecí de malas, hoy no es mi día;
    de nada tengo ganas, todo me hastía.
    Hoy, otra vez de mala suerte.
    Ya tengo un mes..."

    Una rola de los Tigres del Norte

    No quería comunicarlo, pero lo tengo que hacer (otra canción, ahora de Bertín y Lalo), apenas estaba yo reponiéndome de la corajina que me provocó lo de la computadora cuando ocurrió lo que ya empezaba a presentir: mi coche se descompuso. Así nomás: tosió, se desinfló sobre el asfalto, encendió dos foquitos del tablero y se quedó muerto bajo el chipichipi de la carretera nacional. Ahora sí, como dice la tonadilla de Los Tigres, sólo falta que un perro se acerque y (en el mejor de los casos) me ladre.

    Menos mal que ahora ando en un plan casi optimista (digo, ¿qué más podría pasar?). Quizá mi estado se deba a que, a pesar de haberme quedado sin los documentos de la laptop, incluida la "garantía extendida por tres años" (uno quiere ser precavido, pero...), no fue necesario llevarla al servicio, pues ya funcionan todas las teclas menos "flecha abajo". En ese tono de resignación, me basta recordar que mañana será el Día Internacional Sin Coche. Al menos esta calamidad fue bastante oportuna, ¿no creen?


    martes, septiembre 19

    La rachita sigue y sigue...

    Pues sí, otra vez. Resulta que hace dos semanas se presentaron los de Famsa ("transa", debía de llamarse) en el trabajo para ofrecer sus porquerías. Ya habían ido infinidad de ocasiones, mismas que los había mandado por un tubo. Ese día me encontraron de buenas. "Adquiera el producto hoy y empiece a pagar en diciembre", rezaba la promoción. Les pregunté si traían en el camión una cámara de DVD que me gustó. Que sí, que cómo no, mire, firme aquí y acá y en este otro papel. Ya está. ¿Y la cámara? Bueno, pues la cámara se la entregaremos esta misma tarde. Esa tarde resultó que se habían equivocado en la elaboración de los documentos y ¿qué creen?, había que hacerlos otra vez. "Estos papeles ya no sirven porque en vez de Julio Andrés dice Julio César, pero los nuevos documentos sí que tendrán validez, sólo que esos nuevos papeles no los he podido ver. Firme otra vez acá, su cuenta ya está aprobada y uno de estos días recibirá usted su cámara.

    Ayer vinieron a mi casa cuando yo no estaba y dejaron aquí una cámara que no es la que me vendieron. Se me ocurrió ir a reclamar, pero ni siquiera tengo la orden de pedido, ni el nombre del vendedor, ni el estúpido catálogo que me mostraron originalmente. Sí, ya lo sé, el estúpido soy yo y no el muestrario. Total que ahora tengo que pagar otra mugrosa camarilla que ni hace fotos, ni tiene lámpara ni nightshoot a color ni una chingada. "Si hubieras llegado unos minutos antes", me ha dicho quien recibió el paquete, pero yo andaba en Soriana, entregando unas películas y comprándome calzones. "Tres piezas", decía la leyenda en un paquete cuadrado que, al abrirlo en mi habitación, dejó caer en la cama tan sólo dos prendas. ¡Carajo!, ¿por qué diablos me pasan estas cosas a mí? Sí, ya sé por qué.

    Pero lo peor sucedió hoy. Estuve toda la maldita mañana en una de esas reuniones en las que le "sugieren" a uno que haga el trabajo sucio frente a los estudiantes, maestros y padres de familia; perdiendo un tiempo valioso que necesitaba para terminar otro informe anual. De paso por las Oficinas Generales se me ocurrió limpiar el teclado de mi computadora portátil con un bote de espuma que alguien me facilitó. Al llegar a mi casa me dispuse a seguir trabajando. Apenas llevaba unos minutos cuando la laptop se inhibió y, al reiniciarse, ya no funcionaron las teclas "entrar" ni "retroceso" ni las "flechas" ni la "barra espaciadora". Una mínima complicación técnica, cosita de nada. Total que estoy que me lleva la chinchurria.

    Hay veces, amigos, que la vida nos agarra de su puerquito. Y todavía viene Yury a preguntarme cuándo podemos salir. Chale, ¿no tendrá miedo de que le caiga un rayo, algún piano, un trozo de basura espacial o un misil inteligente que hubiera perdido algún soldado israelí menos suertudo que yo?


    jueves, septiembre 14

    Octavio: un poema que calló

    "Y mientras digo lo que digo
    caen vertiginosos, sin descanso,
    el tiempo y el espacio"

    Octavio Paz

    Ayer por fin ocurrió. Empezamos a desearlo hace unos días. Cierta noche, contra todo pronóstico voló a la superficie. De panza al vidrio licuado; incapaces los traslúcidos miembros de retornarlo a buen nivel. Así soportó la madrugada entera. Uno, dos, tres, cuatro días; una semana mirando la vida para abajo. Allá las piedras, las burbujas, los coloridos cristales, la otra superficie cubierta de la misma mierda; arriba Octavio y su monstruoso boqueo. "Vejiga natatoria", la llaman; ésa fue la causante de todo. Aire también, unos cuantos miligramos de más. Octavio asomó diez días su vientre fuera del agua; anoche sin embargo nos ofreció la posición definitiva (por alguna razón la muerte impone siempre a los peces la postura horizontal). Parece hoy tan lejano el tiempo en que a su modo danzaba la música de Vivaldi; era entonces nuestro Octavio -y esto no es ninguna broma- un interminable poema habitando la pecera.

    lunes, septiembre 11

    Lágrimas de cocodrilo

    Dicen que no sufrió,
    que fue demasiado rápido.
    Un pinchazo -¡zaz!- y el colapso definitivo.
    Dicen, incluso, que hay evidencia grabada
    (uno nunca sabe lo que la televisión puede ofrecerle a este mundo atroz).
    Dicen que estaba feliz. "Lo estaba".
    Ignoran si aquel Ough! fue de espanto o de placer,
    efectos de la toxina colonizando la sangre.
    La ruta invertida de un veneno afortunado
    -de centro a periferia es sólo viaje de vuelta-.
    ¿Qué siente usted? ¿Cuánto duele?
    Nadie buscó aclarar esas dudas el minuto-desenlace.
    Time is money!, olvidaron entonces,
    tal pudor le costará a la ciencia mil años de investigaciones
    y a la Televisión le dará muchos minutos al aire
    -o al agua, según se prefiera-.

    Dicen que murió como le hubiera gustado,
    quién sabe si se refieran al drama submarino
    o a la cámara que lo grabó
    Agh! Oh! ni... zan... do.

    domingo, septiembre 10

    Lecturas del fin...

    Alfredo Marko me prestó un libro cuya lectura se va -dicen en Burgos- como serenito. "La identidad" me dejó con ganas de seguir leyendo, así que empecé a revisar una antología que me regalaron hace poco. La selección está de lujo, aunque buena parte de los textos ya los conocía porque aparecieron alguna vez en Tierra Adentro o porque los escuché en voz de sus autores allá en Monterrey, cuando la reunión de Jóvenes Creadores. Aparecen aquí los textos de Julián Herbert, Daniel Espartaco, Vizania Amezcua, Liliana V. Blum y Yassir Zárate, entre otros muchos. El trabajo de Gabriela Aguirre no lo había escuchado ni leído, así que fue una agradable sorpresa reencontrarla luego de conocer el libro aquel por el que obtuvo el premio Elías Nandino hace tres años. Me hubiera gustado escucharla leer estos textos, sus preludios son siempre la metáfora mejor.


    I


    "La frase de Chantal le daba vueltas en la cabeza y él imaginó la historia de su cuerpo: anduvo perdido entre millones de otros cuerpos hasta el día en que una mirada de deseo se detuvo sobre él y lo rescató de la nebulosa multitud; más adelante, las miradas se multiplicaron y abrasaron aquel cuerpo que desde entonces atraviesa el mundo como una antorcha; son tiempos de luminosa gloria, pero pronto las miradas empiezan a escasear, la luz a apagarse poco a poco hasta el día en que aquel cuerpo, traslúcido, luego trasnparente, luego invisible, pasee por las calles como una pequeña nada ambulante. En el trayecto que conduce del primero al segundo estado de invisibilidad, la frase "los hombres ya no se vuelven para mirarme" es la luz roja que indica el comienzo de la progresiva extinción del cuerpo."

    La identidad. Kundera, Milan. (Tusquets, 1997). Trad. Beatriz de Moura. 178 p.
    (El fragmento de arriba está en las páginas 46-47)

    II

    Mi madre no me dijo
    que no hay que intentar abrir las puertas
    con la llave equivocada.
    Y que si eso pasa
    la punta de la llave duele
    como si la enterraran en tu cuerpo.

    No me dijo del miedo
    que se siente a los dieciséis
    o a los veintisiete.
    No me dijo, mi madre
    del prozac y de mis sueños.
    Ni de la ventanilla
    en que no está permitido fumar
    preguntar cuánto falta
    para llegar
    para que el viaje
    y todo esto
    termine.

    Gabriela Aguirre Sánchez

    Antología de letras, dramaturgia y guión cinematográfico. Jóvenes Creadores, generación 2004/2005 (CONACULTA. 2005). 439 p.
    (Los textos de Gaby Aguirre abarcan las páginas 191-207)

    viernes, septiembre 8

    No llame, nosotros le hablamos

    Era la época aquella cuando en Ciudad Victoria había tan pocas tortillerías. La más cercana estaba ubicada a seis manzanas de mi casa, se nos antojaba una eternidad llegar hasta allá. Las filas de consumidores, como es de suponerse, eran larguísimas y lentas. Uno de esos días, yo, que era un chiquillo, encontré un billete azul en el que sonreía forzado Don Benito Juárez, era uno de esos billetes de cincuenta devaluados pesos ochenteros. ¿Me cuidas el lugar?, le dije al chico que iba detrás de mí, y me dediqué a recorrer la fila buscando al dueño del billete, que apareció de inmediato. Llegué a mi casa con el orgullo insuflado, feliz de haber realizado la buena acción del día. "Sí serás...", me recriminaron, uno a uno, los habitantes de mi casa. Afortunadamente éramos pocos. La familia pequeña -le di la razón al CONAPO- vive mejor.


    Dice Miguel, quien comparte la oficina conmigo, que un día de estos va a sahumar todo el edificio. Nada menos hoy, hizo un montículo con los desechos de la perforadora y les prendió fuego en el cesto de basura. Lo descubrí tan comprometido con esa labor que me vi obligado a darle una veladora aromática que el semestre anterior le había comprado a la seño de la cafetería. La parafina, custodiada por un elegante empaque de cerámica con motivos chinos, ardió ya sin ningún perfume, pero Miguel se quedó más tranquilo.

    La semana anterior había extraviado, dentro de la oficina, unos documentos indispensables para elaborar el informe anual. Jamás volvimos a ver esos documentos no obstante que unos minutos antes de su desaparición habían estado en mi escritorio. Al final pudimos conseguir unos duplicados en las Oficinas Generales, pero cuando le dije a Miguel que acababa de terminar el informe, sin querer borré el archivo completo de la memoria extraíble en la que trabajaba. Me llevó otros dos días terminar el trabajo.

    El lunes fue la graduación del Diplomado de la UAT en el que estuvimos la mitad del año. Fuimos a la ceremonia tan solo para escuchar un discurso tras otro sin recibir ningún documento. Al salir de la sala audiovisual tuve que quitarme los lentes de aumento y ponerme los de sol (debo cargar doble juego de anteojos desde que perdí los desmontables en el accidente aquel). En cuanto subí al coche me percaté de que no tenía mis lentes de aumento. Mis acompañantes me ayudaron a buscarlos por doquier, sin embargo los anteojos no volvieron a aparecer.

    Este jueves, mientras íbamos con rumbo a V. Hidalgo a recoger unas constancias, advertí que no llevaba el celular colgado de la cintura. Que no me lo había visto desde que llegué a la escuela, me dijo Miguel; pensé que lo había olvidado en casa. A las dos de la tarde me di cuenta de que lo único que tenía pegado al cinto era el clip de la funda, el resto se había desprendido en algún lugar. Eso tenía que haber ocurrido en los terrenos de mi casa, sería demasiada mala suerte que el teléfono se hubiera caído sin darme cuenta en los cuatro metros que separan la entrada de mi casa y la puerta del coche. Así ocurrió, sin embargo, porque en casa nunca apareció el celular y, cuando llamé a mi propio número, el teléfono estaba fuera de servicio.

    De modo que, estimados amigos, otra vez estoy sin celular. No pienso volver a comprarme uno. Menos ahora que estoy pasando por esta rachita. Los remedios que propone Miguel no tendrán efecto alguno, soy yo quien está perdiendo las cosas. Basta con no perder la honra, le digo para que deje de molestar. Hay algo sin embargo que me molesta demasiado, y es el hecho de que no me contesten las llamadas a mis celulares. Con respecto a quienes los han encontrado, comprado o revendido, los que estén haciendo llamadas y tomando fotos con ellos, sólo espero que contraigan el cáncer que estaba destinado para mí.

    martes, septiembre 5

    Un lado de Socorro

    Supe que existía Socorro Venegas en agosto del año 2002, la vez que, paseando por los estantes de la librería Kappa encontré un ejemplar doble de Tierra Adentro dedicado al cuento. Una revista tan gruesa como mi portafolios a un precio de $30.00 era demasiada tentación para un bolsillo tan sensible como el mío. Ya había visto antes esa revista, en mi época universitaria, cuando me pasaba las tardes en la biblioteca leyendo la Biología en vez de observar la vida que estaba afuera. En ese tiempo alcancé a leer algunas cosas que no entendí del todo (hablo de laBiología y de la revista). Socorro Venegas era la directora huésped de Cuentario, ese número doble de agosto-noviembre de 2002. Dos números sin desperdicio, pensé entonces, sigo pensando igual. Supe también, a través de esos números, de Francisco Hinojosa, Alberto Chimal, Fernando de León y Eugenio Partida, supe del cuento. Huelga decir cuánto me gustó la revista (sobre todo el precio), compré el siguiente número (de ciudades) y ahí encontré la convocatoria del Premio Julio Torri. Lo demás es irrelevante.

    Dice Jesús Marín que a él le pasó igual. Su novia cumplía años y él no había pensado en nada que regalarle. Pasó apresurado por una librería Educal y alargó la mano en los estantes del Fondo Editorial Tierra Adentro (el precio antes que todo), lo que pescó era un libro de Socorro que, sin envolver, dio minutos más tarde a la festejada. "Socorro Venegas, ¿y ella quién es?", preguntó la chica. "Ah, una morra que escribe chido". La providencia actúa siempre, decía mi abuela. Resultó que al siguiente día la novia de Marín telefoneó para agradecerle el regalo, pues el libro le había impactado hasta el orgasmo (estoy exagerando, desde luego, pero cuando habla uno de Marín no puede decir otra cosa). Lo que siguió en este caso fue que Jesús le pidió prestado el libro a su novia para leerlo y terminó por quedárselo.

    En septiembre del año pasado me invitaron al Encuentro de Escritores de Tierra Adentro, en Ciudad Juárez. Siempre me pasa que en el avión todos se conocen, todos platican y bromean excepto yo, que voy de tan lejos al centro y luego al otro norte. En el aeropuerto de Juárez me presentaron a Socorro. Su chamarra de mezclilla y sus lentes de pasta se me quedaron grabados para siempre, lo mismo que su sencillez. Más tarde descubriría que socorro era además muy divertida sin abandonar nunca el matiz de seriedad que la define. Uno de esos días leímos juntos en una universidad privada donde acompañamos a Magali Velasco y a Mayra Inzunza. Mayra presentaba entonces la antología de los Novísimos..., donde incluye un cuento de Socorro. Mientras esperábamos a que el rector a punta de amenazas llenara el auditorio, Socorro nos contó de su bebé.

    Había pasado un mes cuando nos saludamos nuevamente en Monterrey, en el Encuentro de narradores de Tierra Adentro que el CONACULTA incluyó en la Feria Internacional del Libro. La volví a ver llegar con su mezclilla azul, sus lentes de aumento y el cabello negro hasta los hombros. Leímos en mesas separadas y comimos, a veces, en la misma mesa.

    Hace poco más de un mes, en el Encuentro de Durango, Socorro no lució su chamarra azul, pero su sonrisa, su cabello suelto, su gracia y su inteligencia estuvieron presentes todo el tiempo. Otra vez nos tocó leer en la misma mesa, la de cuento, el primer día. El resto del encuentro yo lo dediqué a escuchar algunas ponencias y a beber cerveza. Socorro en cambio tuvo dos participaciones más, una en la que se comentaba el panorama de la novela actual y otra más sobre la nueva narrativa del norte. En Durango nuestro hotel quedaba muy lejos del auditorio, así que Socorro y yo viajamos varias veces juntos en el taxi. Durante los recorridos me contó de su bebé (quien por cierto cumplía años), de su esposo que es instructor de natación (¿o de clavados?) y de su jefe: Francisco Hinojosa. Quizá de esto último le venga el buen humor.

    A fuerza de tantos encuentros nos despedimos esta vez como grandes amigos. Socorro me regaló un ejemplar de su libro La muerte más blanca (FECAM-ICM-CONACULTA. 2000), que la ratifica como la gran contadora de historias que es, una mujer dueña de una sensibilidad que encanta y de una inteligencia que da miedo.

    Dice Socorro, al final de El secreto de Johnny Deep (p. 61):

    "Desde la ventana de su habitación vacía, vi a Johnny marcharse en una limosina negra, como ésas en las que viajan las estrellas de Hollywood. Las estrellas sin sombra."

    domingo, septiembre 3

    La unión de los poderes

    Ahora resulta que Los 4 Poderes de la Unión están más unidos que nunca porque quieren que nos unamos todos los mexicanos. Unidas Televisa y TV Azteca, ¿qué otro ejemplo queremos de solidaridad y fraternidad entre "distintos"? Unidos el PAN y el PRI en el Congreso, ¿qué necesitamos para entender que a pesar de los pequeños malentenidos los carnales siempre vuelven a tenderse la mano? Ya llegará el momento de meter el pie, por ahora lo que urge es la unidad. "Únete, pueblo, si no, ya verás cómo te va". El llamado a la unidad no debería ser desoído. La unidad es lo más importante que tiene México, ya lo dijo quien se ha esforzado tanto en destruirla. Unión entre el IFE y el PAN. Unidad verde y azul. También unión amarilla. En la calle, codo a codo, Ventaneando y La Oreja son mucho más que dos. "Chismosos del mundo, uníos". Unida la iniciativa privada; el Dr. Simio y el Ayatola Abascal reunidos; unidos Fucks y Chespirito; unidos los Estados Unidos, unidos la maestra y el teacher; unidos el "lic" y "el inge"; el poder Judicial unido, el legislativo unido, iglesia y televisión unidas. Los Pinos: un nido...

    sábado, septiembre 2

    México ya cambió

    Nunca, a lo largo de todo este sexenio, había tenido interés alguno en conocer a los asesores del presidente de la república. Desde anoche, en cambio, estoy profundamente intrigado, me arde el alma por saber quiénes lo aconsejan.

    Cuando comenzaron los desaciertos de Fox como presidente, es decir en la ceremonia de cambio de poderes, cuando él mismo rompió el protocolo "en un hecho sin precedentes en la historia republicana de nuestro país", y más tarde ante las necedades y bravuconadas constantes del ranchero, empecé a formarme la idea de que no bastarían las rercomendaciones de asesor alguno, Vicente jamás resistiría la tentación de abrir la bocota para soltar algún dislate.

    Hoy, hoy, hoy, el recuento de sus frases y de sus acciones me ha llevado a una inexorable certeza: El señor debe tener a su alrededor un nutrido grupo de asesores o, en el peor de los casos, un eficiente mastermind. Es simple, a nadie se le pueden ocurrir tantas burradas sin la cooperación de otros. Desde hace algún tiempo sospecho que ese cerebro solidario sea el de un Chespirito metido a la tragicomedia del sexenio panista.

    Si he de hablar sobre lo que sucedió anoche, agregaré sin pudor que estoy feliz. Pueden tacharme de intransigente, salvaje, berrinchudo e inmaduro. Llámenme irresponsable y enemigo de México si esto reconforta su nacionalismo mancillado. No le pidan cortesías a Hulk. Después de todo, eso de anoche será lo único que nos quede a los que hemos sido ofendidos, burlados y desacreditados desde hace exactamente dos meses.

    Felicidades, Mr. President, ahí tiene usted otro pretexto para arrojar la piedra y esconder la mano, para descalificar a la izquierda, iniciar la agresión y después llamar al pueblo a defender la "investidura presidencial" que usted no ha respetado.

    Felicidades, presidente constitucional, se ha convertido usted en el primer mandatario mexicano abucheado en el extranjero y por los extranjeros. No le extrañe ahora que le reclamen en el suelo nacional los ofendidos directos.

    Felicidades, señor y señora Fox; felicitaciones, respetable pareja presidencial; ayer por fin se han enterado de que México cambió, no obstante que ésa fue su frase recurrente a lo largo de estos seis años.

    Felicidades, Vicente, está usted a punto de colocarle la cereza al pastel de hipocresía, corrupción, ineficiencia y cinismo que ha venido horneando desde hace más de diez años. Ése sí que será su mayor orgullo.