sábado, marzo 31

Asunto de ellas

He mencionado que mi trabajo está en una comunidad rural. Casi la totalidad de los habitantes votadores no concluyeron su educación básica. Algunos lo han hecho a través de los programas de educación para adultos, pero ya sabemos cómo funcionan esas cosas en este país. Con ellos, pues, conviven los únicos profesionistas que caen por acá: sacerdotes, maestros de escuela y funcionarios del gobierno. Si Oyama fuera un pueblo costero, el escenario que menciono equivaldría a un triángulo de las bermudas (así, con minúscula), pues en cualquiera de esos tres vértices los incautos se pierden sin remedio.

A propósito del debate que ha generado la iniciativa para la despenalización del aborto (interrupción voluntaria del embarazo suena a eufemismo y, ya entrados en gastos, no puede uno permitirse eso), todavía en discusión en el D.F., me atreví a hacer un breve sondeo de opinión entre los oyamenses y sus educadores (aclaro, por si hiciera falta, que todos los maestros vienen cada día desde la capital del estado). ¿Adivinan los resultados? Así es: nativos y extranjeros opinan exactamente lo mismo.

De ningún modo debería despenalizarse el aborto, dicen desde el principio, pues se trata de un asesinato. Es inconcebible que una mujer decida matar a su hijo. ¡Imagínese! ¡Cómo va a ser! Son expresiones, éstas, compartidas por campesinos, comerciantes, pedagogos, analistas de sistemas y amas de casa. Luego se ponen un poquito indulgentes:

Bueno, habría que hacer excepciones, pronuncian quedito, por ejemplo si la mujer ha sido violada. En esos casos pues qué culpa tiene ella, ¿no?, se envalentonan y dicen casi a coro si son varios los entrevistados. Pero si ha sido por otra causa, si la mujer anda de cuzca (palabra mía, pero en las entrevistas fue variada: más, coscolina, piruja, caliente...) y por no cuidarse resulta embarazada, entonces no. ¡Que se chingue!, dicen ellos, ¡Que se amuele!, dicen ellas; en todo caso equivale a decir que no hay disculpa, que la mujer debe llevar el embarazo y el parto y la lactancia y el jardindeniños y lo que le siga hasta sus últimas consecuencias por permitir que le comieran la torta. En el pecado llevar la penitencia... Bah.

Por supuesto, dicen, también hay algo de responsabilidad en el hombre; un poquito no más, porque todo mundo sabe que el hombre llega hasta donde la mujer se lo permite. Desde luego los métodos de anticoncepción son asunto particular de ellas, aseguran los profesores varones. Menos el aborto; denunciarían a sus amadas si abortasen (vaya usted a saber si esto último es sincero o tan sólo pose). ¿Despenalizar?, ni pensarlo. Imagine nada más el descontrol que eso ocasionaría: hospitales llenos de pirujas abortando sólo porque así lo desean. Qué cómodo, ¿no? Palabras más palabras menos, eso dicen todos los interrogados. Existe un tema sin embargo en el que no hay consenso:

Además, en el último caso subsiste la adopción, dicen ellos. ¡Qué!, responden las mujeres -maestras y amas de casa-. Es igualmente horrible. Y otra vez la expresión: ¡Es inconcebible que una mujer...

A mí me queda esa palabra dando vueltas en la cabeza. Inconcebible ¿Pues no es ésa la razón de todo este debate? ¿Por qué será entonces que tantas mujeres arriesguen demasiado -incluyendo la propia vida- por practicarse un aborto? Nadie, que yo sepa, ha dicho alguna vez que abortar sea una experiencia padre, bonita, placentera, segura ni demás. ¿No será entonces que la opción de llevar a conclusión el embarazo supondría para ellas una catástrofe, algo incluso peor que perder la vida?

Es asunto de ellas, repiten hombres y mujeres, y con esto quieren decir que quienes se embarazaron por descuido son las únicas responsables de lo que les crece en el útero. ¿Por qué entonces se adueñan del derecho que ellas tienen para decidir sobre su vida y su cuerpo?

¿No había comenzado ya el siglo XXI?
¿No debería la educación servir para algo?
¿Es la mujer una persona o una incubadora?


¿Hasta cuándo, carajo?


domingo, marzo 25

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¿En la etapa del colegio,
ninguna vez los maestros
notarían algo inextraño
en lo de Bryce Echenique?

Días de perros

LA AUDIENCIA DE SEGOVIA DICTA LA PRIMERA CONDENA
CONTRA EL ABANDONO DE ANIMALES
El tribunal obliga a una mujer a pagar 90 euros por los daños causados
a un perro de su propiedad
El País. 25/03/2007

La asociación El Refugio, en nombre de una perra, Nena, ha ganado por primera vez una batalla legal contra el abandono animal. La Audiencia Provincial de Segovia ha condenado a su dueña a pagar 15 días de multa, con cuota diaria de seis euros, y arresto sustitutorio de un día por cada dos cuotas impagadas por abandonar a la perra, que fue hallada por la asociación con quemaduras en el 70% de su cuerpo.
Hace más de un año, en febrero de 2006, voluntarios de El Refugio recogieron a Nena en las inmediaciones de la localidad segoviana de Los Ángeles de San Rafael. Es un cruce de caniche de color negro que pesaba 4 kilos y presentaba quemaduras en el 70% de su cuerpo.

Los miembros de la asociación localizaron a la dueña a través del microchip del animal y la denunciaron ante el Juzgado de Instrucción número 1 de Segovia, que se decantó por la dueña. Ante la decisión judicial El Refugio formuló un recurso de apelación ante la Audiencia Provincial de Segovia que, en una sentencia de 7 folios, estima el recurso presentado por la Organización Proteccionista contra la sentencia dictada por el Juzgado y condena a la antigua dueña de Nena por una falta de abandono de animal doméstico.

No cabe recurso contra el fallo

El tribunal se ampara en el artículo 631.2 del Código Penal, que castiga a "quienes abandonen a un animal doméstico en condiciones en que pueda peligrar su vida o integridad". Sin embrago ésta es la primera sentencia por abandono que se hace pública, que crea jurisprudencia menor, ya que no cabe contra ella recurso alguno.

La Audiencia considera probado que la acusada puso en peligro la vida del animal. Prueba de ello son las lesiones de la perra, que tuvo que ser asistida por veterinarios. Ahora, Nena ha sido adoptada por una familia madrileña.

Para El Refugio, la sentencia es un "gran paso adelante en la protección animal", según palabras de su presidente, Nacho Paunero, y sirve para continuar en la labor que realizan desde cada una de sus delegaciones. La asociación está inmersa en 70 procedimientos penales, civiles y administrativos en la Comunidad de Madrid, Castilla y León, Castilla la Mancha y Extremadura.



Y a todo esto... ¿podríamos empezar otra vez a hablar de los toros?


jueves, marzo 22

Novedad

PODRÍA DECIRSE que fue exitosa la Primera Jornada por la Poesía en Oyama. Fueron tres horas exactas de lectura ininterrumpida; veintiséis lectores, entre estudiantes y maestros; ciento cincuenta y siete poemas. Neruda, Sabines, Tagore, Storni, Nervo, Novo, Peza, Paz, Benedetti, De Cuenca, Zaid, Girondo, Lorca, Gutiérrez Nájera, Calderón de la Barca, Mistral, Díaz Mirón, Borges, Darío, Pellicer, Villaurrutia, Gómez Guzmán, Acuña, López Velarde, Pessoa, Machado, Buesa, entre otros muchos poetas. Los chicos se acostumbraron tan rápido al micrófono, casi peleaban escogiendo los poemas cuando agotaron los que ellos traían. Dos muchachos más tomaron la guitarra y empezaron a musicalizar. No es hora de echar las campanas al vuelo, estos son los primeros pasos en un campo desierto. Algunas personas, no obstante, se reunieron en las esquinas, otros se sentaron en el jardín o en la cochera, otros más escucharon desde el traspatio, entre maravillados y recelosos. Hubo también cierto impacto en los profesores, tan renuentes a veces a compartir estas manifestaciones; alguien se llevó al final algunos textos para leérselos a su esposa (olvidé preguntarle esta mañana sobre el resultado de ese experimento). Me alegra haber seguido el consejo de uno de los estudiantes: grabamos todo el programa; ahora mismo lo estoy escuchando.

lunes, marzo 19

Anuncio



En la celebración del Día Mundial de la Poesía, el
Centro de Educación Media Superior a Distancia No. 9


invita a su

Primera Jornada por la Poesía 2007


Miércoles 21 de marzo
Plaza Mayor de Oyama
11:00 hrs.

Movedizas



Dos noticias

La buena:
Beto Quintanilla no volverá a cantar.

La mala:
Ahora lo escucharemos incluso más.



De visita



Hulk.
En Mainero.
Gracias, Lupita.



domingo, marzo 18

¿Quién es el Señor López?


-A todo el que se dejó -me dijo- lo hice sembrar parras.
Cortó un racimo de uvas y me dio a probar. Eran agrias.
-Es que no se presta el clima -dijo.
-¿Por qué las siembras, entonces?
-Porque está prohibido cultivarlas.


Hay quienes dicen que Jorge Ibargüengoitia no tiene obra que valga la pena, sin embargo es uno de mis escritores preferidos. No hay pierde, si uno quiere divertirse con la lectura, ése es el autor ideal, sus novelas y sus obras de teatro son garantía en este sentido. Lástima que sus libros sean tan caros en la actualidad (vuelve la burra al trigo). Desde Los relámpagos de agosto, Maten al león, Estas ruinas que ves, Dos crímenes y Los pasos de López, en sus novelas uno puede mirar, desde otro ángulo, más humorista pero no por eso menos crítico, la historia nacional y latinoamericana. Muchos escritores han pretendido imprimir a sus propias novelas y cuentos una carga de humor que apenas llega al chiste bien o mal contado; Ibargüengoitia hacía mucho más que eso: parodiaba la historia -su propia historia a veces- sin quitar a sus personajes un gramo de humanidad. Gran parte de su obra, por fortuna, se encuentra en las bibliotecas públicas (confieso que no he comprado un solo libro de él).
Encontré esta semana Los pasos de López en su primera edición y, aunque como tantos otros ya sabía igualmente la versión oficial de esa historia (la revolución independentista que iniciara Hidalgo en la Nueva España, hoy México) como la que propone el escritor guanajuatense, no desaproveché la oportunidad de pasar un rato a carcajada suelta.

Y de vuelta a la manía de Beatriz (ya saben cuál), tampoco desperdicié la ocasión para enumerar algunas erratas. He aquí el recuento de los daños, que puede ser lo mismo una sinopsis que otra inútil sangronada:

1. Dije que me alegreaba y él, en vez de esperar al día siguiente, empezó a examinarme en ese momento. P. 16
2. En la corniza había un copete con un reloj. P. 35
3. Las instrucciones que me dio "Luis" suponen que los que están en el cuartel, que serán más de cien, con oficiales veteranos, van a quedarse quitos esperando a que yo acabe de bombardearlos. P. 51
4. Las -ordenes que daba estaban escritas en letra grande y clara. P. 57
5. ...de la que fue sacando durante el viaje café, bizcochos, quesadillas, gordas de sesos, nopalitos guizados, etc. P. 62
6. Los reflejos que de repente salían entre los costales de la envoltura daban la explicaicón: eran balas de plata. P. 81
7. Decir que laguien es miembro de una organización secreta, cualquiera que sea, es una acusación muy seria. P. 95
8. -Forcen la puerta, ordené a los soldados. P. 100
9. La ciudad estaba en nuestras manos y era pocos los que nos estorbaban. P. 120
10. Una ola de gente subió a la cumbre y acabó con los coloniales, que resistieron valerosamente: de mil hombres que eran se reindieron catorce. P. 139
11. Hice desmontar a mis hombre y los puse a ayudar en esta tarea triste. P. 140
12. Estos daños, la historia nos lo ha de achacar -dijo Ontananza contemplando una hacienda incendiada. P. 144


Los pasos de López.
Ibargüengoitia, Jorge. 1984. Ediciones Océano, S.A. México, D.F. 154 p.

viernes, marzo 16

Candidato

Primer discurso
ADONIS (Alí Ahmad Said)

Aquel niño que fui, me vino
cierta vez: extraño el rostro.
Nada dijo. Marchamos:
cada uno de nosotros, en silencio, fijo en el otro.
Como un río corriendo extrañamente
pasaban nuestros pasos.

Nos juntaron, en nombre de esta hoja golpeando en el viento,
las raíces. Y éramos como un bosque
escrito por la tierra, regado por todas las estaciones,
al separarnos.
¡Oh niño que yo fui, avanza, ven!
¿Qué será lo que, ahora, puede juntarnos?
Y
¿Qué vamos a decir?

(Traducción de Pedro Martínez Montávez)

Cada vez menos







jueves, marzo 15

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¿Por qué vemos borroso
a un personaje de TV
siempre que es él
quien se marea?



martes, marzo 13

De a montón

Normalmente no hago ese tipo de cosas, pero esta vez quise experimentar. Me leí en forma simultánea (a intervalos quiero decir) varios títulos de diferentes géneros.

Había ido días antes a la Kappa y compré, en distintas ocasiones, dos libros (La casa del silencio, de Orhan Pámuk, y La parte ideal, de Álvaro Uribe) que entonces no leí porque estaba más interesado en los ensayos de Luigi Amara, Sombras sueltas, y en terminar un trabajo que urgía. Luego, en lo que se desarrollaba un concurso de oratoria, me di un paseo por el TamUx; encontré abierta la librería del CoNaCultA y me llevé, además de un disco de avemarías, Los Cuervos, de César Silva Márquez y El poeta en la calle, de Vicente Quirarte. En el ínterin fui a Gigante y me compré, por treinta y tantos pesos, La sombra de Naipaul, de Paul Theroux. Abro paréntesis para decir, a propósito de este último título, que esas compras son las que me agradan: me he gastado menos de cincuenta pesos en un libro que no podría valer más. En ese mismo desorden de ideas preguntaría por qué tiene uno que pagar caro por la comida chatarra.

Los ensayos de Uribe y Quirarte son tan diferentes. Los del primero son demasiado autobiográficos -él mismo lanza esa advertencia desde la primera página- y por lo mismo no encuentra uno en ellos más asideros que los ya ocupados por el autor. Son sus temas y sus autores (¿acaso podría ser de otro modo?). Esos temas son los que lo apasionaron durante su juventud en Francia y el tiempo que Monterroso fue su maestro (aquí usted puede decir, sin pudor alguno, "toda la vida"). El lenguaje de Álvaro en estos ensayos, al igual que en sus cuentos, es pulcro, y su estilo elegante, tanto que un lector montaraz como yo tiene la impresión, a veces, de encontrarse ante una página demasiado aséptica. De esa colección me gustaron sobre todo A la luz de una vela y Las lecciones de Monterroso.

Quirarte, de otra parte, nos regala -si acaso vale decirlo así- la poesía de su prosa en cinco ensayos que trazan círculos en torno al encuentro de una muerte metropolitana con dos poetas nacidos en la provincia: Manuel Acuña y Ramón López Velarde. Mientras cuenta todo esto va describiéndonos la vida de La Ciudad de México. Todo llama la atención de Vicente hacia esa ciudad, desde su manoseada denominación hasta sus alumbradas calles; pero más lo entretienen sus transformaciones en el último tercio del siglo diecinueve y la primera mitad del veinte. Datos históricos y literarios: cartas de los dolientes, partes médicos e informes forenses, los archivos de la escuela de Medicina y los editoriales de El Siglo XIX, un periódico de la época; Vicente Quirarte sabe combinar el más sencillo discurso informativo con la poesía del más alto nivel en cinco textos que nos dejan, si no estremecidos, cuando menos perplejos.

Beatriz, uno de los personajes de Los cuervos, me contagió su manía de encerrar las erratas que encuentra en los libros. En el de Quirarte hallé sólo estos:

No tenías prisa para conocer todos su rincones (p. 74)
El que se preguntara si se debía matar debía dar un aprueba de que no quería morir (p. 55)
Los estudiantes del Liceo Hidalgo sentían un gran respecto por su obra (p. 46)
El gobernador (...) solía acompañas estas guardias nocturnas (p. 42)
...donde el chocolate el café y el atole empiezan a ser mezclados con la leche (p. 34)
...la personalidad capacidad de respuesta (p. 29)
Victor Hugo (...) lo análoga a un oleaje cambiante y apasionado (p. 17)
Buscar nuevas firmas de conquistar y ser conquistado (p. 13)


Y es una situación que me empieza a fastidiar. El libro de César Silva Márquez y el de Vicente Quirarte tienen participación del CoNaCultA, la instancia que, nos guste o no, administra la cultura en el ámbito nacional. El libro de Álvaro Uribe y el de Luigi Amara son de la colección Pértiga, producción de la UNAM y DGE Ediciones, que distribuye la editorial Océano; la colección de ensayos de Uribe no tiene mácula (¿a poco no sonó chistoso?, sin embargo quise decir lo que dije), en cambio el libro de Luigi Amara contaba, como los otros, su buen manojo de erratas en menos de ciento cincuenta páginas. Me molesta tanto porque los precios de los libros no son lo que yo consideraría la mar de económicos (sí, soy tacaño y qué), así que lo menos que uno podría esperar -olvídense de la calidad literaria- es que estuvieran bien redactados.

"La cultura en tus manos", reza la frase del CoNaCultA, y se refiere a la oportunidad que tenemos de aprender, de conocer, descubrir, imaginar y reflexionar a partir del contacto con los libros. La lectura nos enseña a redactar bien, dicen, y puede que así sea, por eso mismo los libros deberían mostrar una redacción impecable. ¿O exagero?


La parte ideal. Uribe, Álvaro. Col. Pértiga. UNAM-DGE/Equilibrista. México. 2006. 117 p.
El poeta en la calle. Quirarte, Vicente. Col. La centena, ensayo. Ediciones Sin Nombre-CONACULTA. México. 2005. 96 p.
La sombra de Naipaul. Theroux, Paul. Carlos Abreu, trad. Ediciones B, S.A. Barcelona. 2002. 463 p.
La casa del silencio. Col. De bolsillo. Pámuk, Orhan. Rafael Carpintero Ortega, trad. Random House Mondadori, S.A. de C.V. México. 2006. 378 p.



sábado, marzo 10

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¿Vale llamar
miembro al pene
aun cuando éste no sea
mucho más que membrete?


Conozco a Don Cheguevara Gómez

Nombres raros como Hipotenusa, Belú y Hitler
abundan en Tabasco: investigador

La Jornada. 6 de febrero de 2006.
RENE ALBERTO LOPEZ CORRESPONSAL


Villahermosa, Tab., 5 de febrero. Tabasco no sólo tiene como referente a sus políticos cargados con la pasión del trópico, a su poeta Carlos Pellicer, al plátano y sus platillos típicos, como el pejelagarto y el tamal de chipilín. Hay otro aspecto que atrae la atención de propios y extraños: los nombres "raros, feos y hasta simpáticos" de algunos de sus pobladores.

En esta entidad, por ejemplo, hay personas que llevan el nombre de Hipotenusa, Masiosare, Primo, Oliver Onice, Deltránsito, Belú, Sero, Florizel, Tabasco, Grijalva, Villahermosa, Lenin, Hitler, Trosky, Volter, Linier, Aristóteles, Diógenes, Platón, Laureano, Cinico, Celito, Decoroso, José Superman, Casiano, Egonomia, Sopelo, Cerbula, Amnesis, Eutilo y Eleudomina, por mencionar sólo algunos.

Un amplio conocedor del tema en esta región es el investigador y escritor Jorge Priego Martínez, quien incluso posee una extensa recopilación de nombres encontrados en periódicos viejos.

"En el caso de México, sí podemos decir que concretamente es aquí en Tabasco en donde se da más este fenómeno de los nombres que se consideran raros, simpáticos y algunos hasta feos, aunque otros son bíblicos o sacados de la literatura", comenta.

"Aparte de los nombres bíblicos, griegos y latinos, como Aristóteles, Diógenes, Platón y otros, hay también otros sacados de la literatura. Eso quiere decir que nuestros antepasados leían muchísimo. En casi todas las haciendas había pequeñas bibliotecas. La gente estaba al día de las novelas europeas y latinoamericanas", agrega.

Pero también existen los patronímicos que surgen de las combinaciones que hacen los padres al momento de presentarlos en el Registro Civil. Belú Castellanos, ciudadano muy conocido en Villahermosa, mencionó el especialista, debe su nombre a "Be" por Beto, su padre, y "Lu" por Lupita, como le decían de cariño a su mamá.

Priego Martínez, quien además se desempeña como director editorial del gobierno del estado, narra un caso familiar: "Yo tengo unas sobrinas que llevan por nombre Mirfra y Framir, porque la mamá se llama Mirla y el papá Francisco".

Otro caso similar es el de Antenor Garrido, originario de Jonuta y sobrino del legendario ex gobernador tabasqueño, Tomás Garrido Canabal, que tuvo 10 descendientes. A la que sería su última hija, pues había decido no tener un heredero más, le puso el nombre de "Sero Alejandra".

Otra anécdota conocida en el medio periodístico de Villahermosa es la de Primo Pérez, un reportero chontal de Nacajuca. Cuando su nombre comenzó a aparecer en el periódico donde trabajó muchos pensaron que se trataba de un seudónimo.

Hace algunos años, el conductor de televisión Raúl Velasco se refirió a los nombres raros en su programa Siempre en Domingo que grabó en la entidad. Cuentan lugareños que muchos se inconformaron con el comentarista y enviaron al día siguiente sus cartas de protesta a los noticieros de radio locales.

La especie menciona que a una estación llegó una queja que decía: "No estoy de acuerdo que el señor venga a burlarse y a decir que hay nombres raros en Tabasco". La misiva la firmaba: Cafiaspirina Oropeza.

Incluso el tema ya fue abordado por personajes de la literatura. El escritor tabasqueño Andrés Iduarte, en su libro Un niño en la Revolución Mexicana, habla de esa costumbre y da pie a su célebre frase: "Tabasco es un estado de nombres griegos y de odios africanos".

Priego Martínez señala el caso del poeta Amado Nervo, quien en un artículo que publicó en la prensa nacional el 25 de junio de 1896, "Los campos elíseos en Tabasco", habló de la proliferación en la entidad de nombres griegos y latinos y sacados de los textos bíblicos.

El historiador tabasqueño Geney Torruco proporcionó copia a La Jornada de su ensayo Los nombres raros en Tabasco, donde menciona que durante sus investigaciones tuvo la fortuna de encontrar el artículo de Nervo, el cual consigna en una de sus partes:

"Las familias tabasqueñas, rindiendo un culto clásico a la antigüedad, culto que las honra sobremanera, en vez de buscar en el calendario nombres para sus recién nacidos, los buscan en La Iliada, en La Eneida, en La Biblia y, en general, en la historia universal. Y así, en una familia, pongo por caso, hay un Homero, una Cornelia, un Bruto, un Salmanasar y una Hera".

Torruco recoge también en su texto lo expuesto por Andrés Iduarte sobre el tema de los nombres raros:

"En mi tierra casi todos, jacobinos, cuando no, positivistas, ponían a sus hijos los nombres más extraños. Algunos entraban a saco en la filosofía. En Tabasco abundan los Sócrates, los Platones, los Aristóteles... Otros papás recurrían a la literatura. También cuenta que en una serenata se "reunieron" en una ocasión los nombres de los tres trágicos griegos: Sófocles Pérez, Esquilo Ramírez y Eurípides Guardiola".

Priego Martínez, por su parte, atribuye algunos nombres al tabasqueñismo de la gente: "hubo unos hermanos muy conocidos aquí, a principios del siglo XX, que se llamaban doña Grijalva y Tabasco, me parece que de apellidos Martínez"

Relata que Cayetano Martín Bolio, yucateco avecindado, llegó a querer tanto a estas tierras que a una de sus hijas le puso Villahermosa. Al respecto bromeaban y decían que don Cayetano era el hombre más poderoso porque era dueño del Cielo y papá de Villahermosa. El Cielo se llamaba su comercio de mercería.

Otros son producto del capricho de sus padres. Una vez, añade el investigador, una señora de una ranchería del municipio de Centla llamó a su hijo José Supermán, porque ese nombre le gustó al papá. "Hay otro que se llama Cinico, ¡imagínate si le ponen el acento!", expresa.

jueves, marzo 8

...FOTO DE MI FOTO DE MI FOTO DE...

En su día...

LA MUJER QUE YO QUIERO
L. y M. Joan Manuel Serrat
Mediterráneo. 1971

La mujer que yo quiero no necesita
bañarse cada noche en agua bendita.
Tiene muchos defectos, dice mi madre,
y demasiados huesos, dice mi padre.

Pero ella es más verdad que el pan y la tierra,
mi amor es un amor de antes de la guerra.
Para saberlo,
la mujer que yo quiero, no necesita
deshojar cada noche una margarita.

La mujer que yo quiero, es fruta jugosa
prendida en mi alma como si cualquier cosa.
Con ella quieren dármela mis amigos
y se amargan la vida mis enemigos.

Porque sin querer tú, te envuelve su arrullo
y contra su calor se pierde el orgullo
y la vergüenza...
La mujer que yo quiero, es fruta jugosa
madurando feliz, dulce y vanidosa.

La mujer que yo quiero, me ató a su yunta
para sembrar la tierra de punta a punta
de un amor que nos habla con voz de sabio
y tiene de mujer la piel y los labios.

Son todos suyos mis compañeros de antes:
mi perro, mi scalextric y mis amantes.
Pobre /con-per: Hulquito. (*)
La mujer que yo quiero, me ató a su yunta;
pero, por favor, no se lo digas nunca.


(*) La versión original dice "Juanito"


miércoles, marzo 7

Sintaxis

No busques más, no hay taxis.

Piensas que vas a llegar, avanzas,
retrocedes, te angustias,
desesperas.
Acéptalo
por fin: no hay taxis.

Y ¿quién ha visto un taxi?

Los arqueólogos han desenterrado
gente que murió buscando taxis,
mas no taxis.
Dicen
que Elías, una vez, tomó un taxi,
mas no volvió para contarlo.

Prometeo quiso asaltar un taxi
sigue en un sanatorio.

Los analistas curan
la obsesión por el taxi,
no la ausencia de taxis.

Los revolucionarios
hacen colectivos de lujo
pero la gente quiere taxis.

Me pondría de rodillas si apareciera un taxi.
Pero la ciencia ha demostrado
que los taxis no existen.



Teofanías. Gabriel Zaid.

01345609

¿Y dónde
diablo
iba a guardar
Dios
la hora?

martes, marzo 6

Extreme precauciones:

Cumpleaños feliz



"Macondo"
Camino Diez/Canseco

(Haga el favor de cantarla únicamente con los arreglos de Óscar Chávez,
si de plano no le es posible, acuda a la versión original, pero por ningún motivo,
por ninguno óigalo bien, imite los alaridos de Celso Piña)

Los cien años de Macondo
suenan, suenan en el aire,
y los años de Gabriel, trompetas,
trompetas lo anuncian.
Encadenado a Macondo
sueña Don José Arcadio
y ante él la vida pasa haciendo
remolinos de recuerdos.
La tristeza de Aureliano, el cuatro,
la belleza de Remedios, violines,

las pasiones de Amaranta, guitarra,
el embrujo de Melquíades, oboe.
Úrsula, cien años; soledad, Macondo.
Úrsula, cien años; soledad, Macondo.
Eres epopeya de un pueblo olvidado,
forjaron en cien años de amor esa historia
Eres epopeya de un pueblo olvidado,
forjaron en cien años de amor esa historia

Me imagino y vuelvo a vivir
en mi memoria quemada al sol.
Mariposas amarillas, Mauricio Babilonia,
mariposas amarillas que vuelan liberadas.
Mariposas amarillas, Mauricio Babilonia,
mariposas amarillas que vuelan liberadas.

Los cien años de Macondo...
(Se repite cuarenta años y vuelve a empezar)


sábado, marzo 3

Pocas palabras, muchas ideas

Lo blanco, lo oscuro y lo negro en
Los cuervos, de César Silva Márquez



Los cuervos. Silva Márquez, César. México. 2006.
Fondo Editorial Tierra Adentro No. 324. 90 páginas.



Lo blanco

De las ocho especies de córvidos que pueblan el hemisferio norte, la única especie nativa de México (y del sur estadounidense) es la que clasificaron como cuervo de Chihuahua; su nombre científico, Corvus cryptoleucus, obedece a la particular característica de presentar, en el cuello, las ocultas raíces de las plumas coloreadas de blanco. Los veinte o veinticinco pájaros que frecuentaron este invierno el cerco de la escuela rural donde trabajo pertenecen a esa especie. Se trata de un ave que alcanza los cuarenta centímetros de longitud, de patas robustas, de pico curvo y alargado, y de plumaje negro satín. Nada parecido a los cuervos que encuentra uno en la ciudad, los que a veces, tan disminuidos, se llegan a confundir con las urracas. Yo mismo, en alguna ocasión, vi a un cuervo copular con una de ellas. No podrían, en cambio, estos cuervos campestres acometer sexualmente a una urraca sin infligirle un daño superlativo e incluso la muerte.

Si bien las costumbres sociales de las distintas especies de córvidos han inspirado desde los orígenes de la literatura infinidad de leyendas, cuentos y novelas de terror donde estas aves aparecen asociadas a los malos augurios o a la hechicería en medio de atmósferas lúgubres y paisajes sombríos, la persistencia de los cuervos en la vida urbana actual sigue perturbando a muchos. En los años recientes se han hecho importantes investigaciones acerca del comportamiento de los cuervos: su vida social, sus hábitos alimenticios, la resolución de problemas de supervivencia; las conclusiones son abrumadoras: los cuervos comparten, como muy pocas otras especies, una amplia semejanza con los humanos, desde las habilidades para utilizar y fabricar herramientas hasta una desarrollada afición al engaño y el chantaje. Son, de hecho, estas últimas características, las que los ubican entre las especies superinteligentes y los asemeja al hombre como no podrían hacerlo ni siquiera los chimpancés.


Lo oscuro

Los cuervos, primera novela del poeta chihuahuense César Silva Márquez (Ciudad Juárez, Chih., 1974) que el pasado abril consiguiera el Premio Binacional de Novela Joven 2005 Frontera de Palabras/Border of Words, tiene punto de partida anecdótico y literario en los lacónicos graznidos de unos cuantos cuervos en el patio trasero de cierta vivienda colindante con un campo algodonero. Raúl, personaje sobre el que recae la mayor parte de la narración, presiente desde ese primer momento que su cotidianidad se ha resquebrajado. La visión de esas aves que se comunican apenas, que emiten sus roncos, brevísimos ruidos de vez en vez, irán marcando el ritmo de la narración que casi no es tal, sino más bien la combinación de las memorias infaustas de un círculo laboral. El color de los cuervos, por otro lado, construirá desde el inicio una atmósfera enlutada, dolorosa aun en los detalles cotidianos. Los personajes atravesarán la vida, las calles de la ciudad y los pasillos de la oficina como quien se pasea por el andén de un cementerio, con la tranquilidad que sólo otorga el convivir asiduamente con la muerte y el desahucio. Late todo el tiempo, en Raúl, en Beatriz, en Adriana y en Héctor, un terror madurado, un miedo que viaja por sus venas infinitamente.

Raúl es aficionado a las películas -acaso también a la literatura- de horror, pero su mujer, Beatriz, sabe incluso más que él sobre vampiros humanos. Juntos construyen fantasías, historias sobre trenes siniestros, criaturas desaparecidas y homicidas inmortales. Quizá como Raúl, nuestro amigo Silvaman también sea aficionado a los filmes de terror, y quizá, como Beatriz, Magali Velasco –su esposa- guste de explorar las páginas de los libros a la caza de erratas antes de abandonarse a sus propias pesadillas, porque la atmósfera de esta novela y las cavilaciones de los personajes no dan respiro al lector, la tensión aumenta a cada parrafada, a cada brevísimo capítulo, cada vez que Adriana o Héctor o Raúl toman la palabra para compartir angustias nuevas o añejas. El diario íntimo, la narración convencional, la carta o la nota periodística, cualquier herramienta literaria de las que César se vale –que son muchas-, no obstante su uso inteligente y conciso, son rebasadas por la sustancia misma de la historia. Los hechos pasados y recientes van organizándose para dejarnos pasmados en una última página que quizá sea el reinicio de la misma historia, eternizada en la imagen de los cuervos que continúan en la ventana. Aun después de cerrar el libro, el lector mirará esas aves negras alzando el vuelo y volviéndose a posar, un recordatorio perenne de que el terror habita entre nosotros.

El miedo habita entre nosotros, esto puede parecer una simple licencia poética, sin embargo no lo es. Cuando César Silva Márquez obtuvo el premio binacional de novela, en entrevista que concedió a la sala de prensa del CONACULTA dijo, palabras más palabras menos, que había emprendido la redacción de esa novela, que originalmente llevó el título De mis muertas, como un ejercicio donde pretendía retratar los problemas cotidianos, irrelevantes de un hombre común que se encuentra de súbito ante la maldad de un vampiro humano. Apenas terminar la historia notó que las hazañas de su moderno Drácula, su asesino serial, se parecían demasiado a las historias sobre asesinatos de mujeres que los habitantes de Ciudad Juárez han conocido las últimas décadas.

Una noche, en Ciudad Juárez, alguien me contó que en un principio los habitantes de esta ciudad pensaron que el revuelo de dimensiones internacionales que suscitaron los feminicidios obedecía más bien a un sabotaje orquestado desde otras latitudes de la república para frenar el avance comercial, cultural e industrial que experimentaba la frontera más importante del país en aquellos primeros años. Las historias se han de multiplicar por miles, pero lo cierto es que el drama de las asesinadas es una sombra que persigue a los ciudadanos por igual aunque sus opiniones no coincidan.

“Me apropié nerviosamente del cuchillo bajo el asiento, era inevitable caminar hasta aquel hombre y asustarlo. Mis manos estaban ansiosas. El forcejeo que presenciaba tenía un fin, subir a la mujer a un automóvil. La muchacha oponía una resistencia inútil contra la sujeción del tipo, ¿por qué nadie salía a su rescate con semejantes gritos? Respiré profundo, llevé mi mano a la puerta del auto y un hormigueo me recorrió, de pronto el hombre se percató de mi presencia y me sonrió, fue como si presumiera la fuerza que emanaba de él, sentí el vacío onírico de caer en el infinito. Ese fue el principio para comenzar a llorar, una lágrima le siguió a otra, en aquellos ojos reconocí que algo similar había pasado antes: mucho tiempo atrás alguien lo quiso detener y fue imposible.” (p. 79-80).


Quizá sea ese párrafo el que describa de mejor manera lo que trato de explicar. Ciudad Juárez es una ciudad rehén de asesinos sin rostro, dicen más o menos los informes de las organizaciones conformadas por familiares de las víctimas. Una ciudad de muchos culpables, dicen también, pero una ciudad como muchas otras, como las nuestras, donde los habitantes se acostumbran a vivir con el peligro, con la incertidumbre de volver cada noche al hogar. En estas ciudades uno se percibe jugando cada día el papel de víctima o de cómplice, o de ambos.

“Conozco un vampiro, le consigo mujeres que nadie extraña” (p. 21), le confiesa Héctor a Raúl en un bar a donde el segundo se resistía a acompañarlo puesto que no son amigos. A partir de ahí los acontecimientos se presentan a velocidad de vértigo y con un matiz que, a falta de mejor término, calificaremos de espeluznante. Un engendro que se hace llamar Pedro, al más puro estilo de cualquier vampiro que se precie de serlo, se ha apropiado de la voluntad de Héctor y lo obliga -o acaso no- a llevar mujeres a alguna habitación de algún hotel lujoso del centro, donde él las morderá una y otra y otra vez sin que ellas emitan gemido alguno. Detrás de la puerta, sin atreverse a girar la manija, sin animarse a explorar por la mirilla de la cerradura porque “una promesa era una promesa” (p. 65), Héctor escuchará los golpes secos y uno que otro sonido gutural, pero le quedará la absoluta convicción de que ellas no sufrieron a la hora de morir. Días después enviará quizá una carta a los padres de las víctimas o buscará la absolución en un diario íntimo en el que a veces no leerá la voz suya sino la de algún extraño.

Algún día Héctor, que había sido siempre el mejor empleado, el más eficiente, empezará a faltar a la oficina, su cuerpo, como su trabajo, se tornará flaco y contrahecho. Alguna mañana Raúl descubrirá el rasguño en la mano y la cortada en el labio de un compañero, alguna tarde mirará a ese mismo empleado coqueteando con prostitutas desde el interior de un coche. Alguna noche Adriana se sentirá bella porque un hombre tan encorvado como Héctor le dirigirá una mirada en algún bar al que ese subordinado suyo le aconsejó que no fuese. Alguna vez a Beatriz la inquietará el silencio y buscará entonces a Volga, la perra, para descubrir en la cochera y en las paredes las pequeñas manchas de sangre. Alguna vez Pedro…

El cuervo de Chihuahua no es un ave de garganta prolija, sus graznidos son breves, monotonales a veces; no impacta tanto el sonido como la parquedad de su grito, su inquietante laconismo. La novela de Silvaman es tan breve que sus veintiocho capítulos, organizados en dos partes: antes y luego, abarcan apenas las noventa cuartillas. Se trata de minúsculos capítulos en los que los personajes toman la palabra en la forma de -ya lo dije- cartas, diarios o narradores omniscientes y equiscientes para pronunciar datos tan concisos como contundentes. Igual que el graznido del cuervo, César Silva nos deja, en los momentos más angustiantes de la narración, la incómoda necesidad de escuchar más, como la ominosa invitación que el suicida le haría a una hoja de afeitar que detuvo su vuelo en el campo feraz de una muñeca.

“Antes de abandonar la calle, antes de que la patrulla apareciera en el lugar, antes de que Juan Escobedo encontrara el cuerpo desnudo y mutilado de María en un pequeño baldío en el centro (entre casas que vieron crecer el tráfico desde los años 40), antes de que el sol se arrastrara por los objetos de la mañana: paredes de rotos colores, botes de basura, las yerbas y el agua fría del canal que atraviesa los viejos barrios, antes del último grito, ella sintió un agudo dolor en la pierna, como si un cuchillo con muy poco filo tratara de penetrar un pedazo de pan recién horneado, no veía nada, quiso mover los brazos y sacudirse el dolor pero fue imposible; antes del grito, lágrimas rodaron por su frente, se detuvieron un poco y luego cayeron al suelo; la sangre de todo el cuerpo se concentraba en su cabeza. Antes del dolor hubo una noche buena y fría y había una prisa de llegar pronto a la fiesta de Lula porque ya había comenzado. María recuerda beber unos tragos en el bar de la esquina, qué tanto es tantito, si uno no es ninguno, se dice; entra y bebe, que al cabo la fiesta queda a dos cuadras de aquí, piensa mientras se acerca el cantinero y junto a ella hay un hombre interesante, ¿está demasiado flaco? No, es la primera impresión que da la titilante y parda luz del bar porque él tiene los codos sobre la barra. Fue así de pronto: un trago y luego otro menos, y luego ninguno y su delicado y delicioso mareo desaparece, eso recuerda María, mientras en su mente una película se proyecta hacia atrás. Pero antes de llegar al bar y alegrarse con las copas, antes de estar incómoda y mucho antes de estar disgustada con su madre por algo ¿qué fue? Ya poco importa. María siente ese dolor agudo y después algo líquido recorre su pierna izquierda, primero caliente y luego tibio, atraviesa el vientre hasta alcanzar el cuello y luego todo el rostro como si fueran lágrimas. Poco antes de desvanecerse por el dolor, María Gutiérrez Leal, recuerda a su madre, los años que carga su cabello corto igual que el suyo, la nariz recta de su padre igual a la de ella, la edad borrosa de la casa donde ha vivido, el vidrio roto de la recámara por una pelota de béisbol lanzada por los niños más grandes de la cuadra, a sus nueve, cuando se quemó la mano izquierda y su padre se asustó tanto… cuando tenía seis y la camioneta de los helados pasaba frente a la casa y luego la oscuridad y después el presente”. (Cap. XV, p. 46-47).


Lo negro

Digo que Raúl, ese antihéroe en el que César Silva Márquez hace recaer la responsabilidad de guiarnos a través de un pasillo desde donde escuchamos las confesiones de todos los personajes, se parece a su creador. Hay incluso un pasaje de esta historia en el que Raúl y Beatriz van a ver libros a una plaza comercial. Ahí, Raúl imagina que él mismo es un escritor –de hecho, empieza a escribir su experiencia al final de esta historia- y cree ver sus propios libros mezclados en los estantes junto a los de García Márquez y Og Mandino (detalle humorístico, ésta última combinación de autores, de un colorido muy a tono con el de la novela). Pero Beatriz es quien lee más durante el desarrollo de esta historia, y tiene la manía de encerrar la erratas que noche a noche localiza en los libros que lee. Quizá lo que ella hace no es leer, al menos no en el sentido que la mayoría lo entendemos, sino realizar una auténtica cacería de equívocos, explorar los párrafos y los enunciados para descubrir los adjetivos, las preposiciones y los signos de puntuación mal empleados. Si lo pensamos bien, tal vez ese comportamiento de Beatriz no sea excéntrico del todo, pues habremos visto en más de una ocasión a ciertas personas remarcando los errores que encuentran en los libros como si sirviera de algo hacerlos evidentes, delatarlos quizá para ayudar a otros lectores potenciales o tal vez asegurándose de que esos eventuales cazadores de erratas sepan que ya alguien les ganó la presa. Como sea, este detalle que Silvaman quiso rescatar se ve malogrado por una insuficiente revisión del texto. Saltan aquí y allá tantas erratas que el mismo libro nos recuerda a veces aquel campo algodonero del que habla Raúl, poblado por la incómoda presencia de tantos pajarracos negros. Esperemos que en las ediciones posteriores -en el caso de esta novela estoy seguro de que las habrá- los errores de los que hablo sean resueltos felizmente, si acaso esa última palabra tenga lugar en lo concerniente a esta historia.