viernes, abril 30

De lo que vi hoy...

No le creo a Baz Baz
No le creo a Chávez García
No le creo a Ulises Ruiz
No les creo a los paparazzi,
tampoco al Papa nazi
ni a Rivera Carrera
No le creo a Calderón
ni a Gómez Mont
ni a Cordero Arroyo
ni a Carstens Carstens
(mentiroso por partida doble)
No le creo a Peña Nieto ni a su muñeca de papel
No le creo al PRI
No le creo al PRD
No le creo al PAN
No creo en las alianzas
menos aún entre izquierda y derecha
No les creo a la SEP
ni a Elba Esther
No les creo a Eugenio ni a Rodolfo ni a Julio ni a José Julián
No le creo a González Salum ni a los demás
No le creo a Televisa
No le creo a TV Azteca
No les creo a Soriana ni a Wal Mart ni a la Comercial
No le creo a Enrique Krauze
No les creo a Lolita ni a la doctora Diane
No les creo a Luis Miguel ni a Ricky Martin ni a Pablito Ruiz
No creo en el reencuentro de Garibaldi
No les creo a Parametría ni a Consulta Mitofsky
No le creo a Hotmail
No creo en Microsoft
No creo en el bicentenario
No creo
No creo
No creo
No

jueves, abril 29

Zona árida



Desde: http://caballonegro.cn/

Idiotez

Entre las cosas que más odio de mí, la primera es que soy muy tarugo; la segunda, que se me nota demasiado. Gracias a esa combinación, con frecuencia hago corajes por culpa de carpinteros, mecánicos, meseros, choferes y jefes abusivos. Más bien por mi propia culpa, debo decir, pero coraje es coraje y ya. El más reciente fue por cuestiones fiscales.
Un mal día fui a buscar a mi contador para decirle que el SAT me había enviado un exhorto para que efectuara una declaración pendiente que, desde luego, yo creía ya realizada. La respuesta del susodicho fue que no era una sino dos. ¡Put! Pero que no había razones para mi preocupación. ¿Por qué iba yo a responder al SAT si todavía no había un requerimiento? Algo así como "usted no diga frío hasta que vea pingüinos".
Empecé a desconfiar. Al tipo yo le había entregado todos mis documentos con la instrucción de que me diera de baja, cosa que no había sucedido. Para entonces ya se los había pedido, pero nunca le faltaron excusas para no dármelos. Otro día, por fin, me buscó él para decirme que los trámites estaban ya cubiertos. ¡Alivio! También me dijo, por supuesto, que le pagara.
Pasaron los días y no me entregó papel alguno, así que hice a un lado la pereza y acudí a la oficina de Hacienda para conocer directamente mi situación fiscal. Ninguna declaración, desde que lo conocía, había sido realizada. ¿Y el dinero, las facturas y demás papeles?
Ya sé que esto le pasa sólo a la gente muy idiota. Según me dijeron en el SAT, yo no podría regularizar mi situación hasta que recuperara mis documentos. ¡Put! Como eso no iba a suceder por las buenas, tenía que levantar un acta en la ministerial.
Lo hice. Y ahora que el fulano ha recibido un citatorio viene, abanica el papel y vocifera. El muy hijo-de-puta dice que antes de hacer esa atrocidad (es decir denunciarlo, exigir que me devuelva mi dinero y mis papeles) yo tenía que haber pensado en su familia, que ahora está tan preocupada.
Chale. De veras me angustia que su familia (que, creo, no tiene vela en este entierro) pase ese trago amargo, pero mi familia cuenta también.
Acabo de pensar esto y digo: Mira qué jijo-de-la -chingada-tan-sinvergüenza.


miércoles, abril 28

Gotitas de sangre





"Pensar que nunca hicieron el amor. Cierto, dormían juntos y desnudos, aún menos distantes que cuando estaban despiertos. Ella decía no tolerar ser tocada por las manos de un hombre. Cualquier hombre. 'Cuando me acaricias me haces sentir sucia. Violada. Confórmate con lo que soy. Con lo que somos'.
.
Él se limitaba a los silencios, a las miradas tras los tragos de cerveza. Se concretaba a acurrucarse, a contemplar el cementerio de los cuerpos, islas pobladas por huesos. Islas desérticas. A caminar por los innumerables caparazones de bestias mitológicas pudriéndose en derredor.
.
Una noche permitió una caricia, gesto nacido de la inexplicable piedad que los unía. Tocó con suavidad las cicatrices en sus senos. No se atrevió a preguntar el origen por miedo a la respuesta. Largas y profundas cicatrices como si hubiera querido arrancarse algo de muy dentro. Algo que quema y mata. Nunca sintió amarla como aquella noche. Fue la única vez que la vio llorar".
.
Jesús Marín
Las otras muertas de Fermín
IMAC-Ediciones Duranghetto, Durango, 2009, 88 p.

viernes, abril 23

Lo que compré hoy...

...en la Feria del Libro del Colegio Montessori.


"La escuela a la que asisten Melquiades y Aníbal se llama 'Dos más dos menos dos igual a dos'. El señor Barri, director de la escuela, es un viejo panzón que siempre anda para arriba y para abajo con su regla en la mano. Si ve a un niño con las uñas sucias, el pantalón roto o los zapatos sin bolear, reglazo. Si alguien no canta el himno bien parado y con buena voz, reglazo. Si sorprende a otro comiendo golosinas, reglazo. Para vengarse de él, uno de los alumnos de la escuela le deja papelitos en la oficina que dicen 'Barri Barrigón'. Por más gritos que pone y por más amenazas que lanza, el director nunca ha descubierto quién escribe los recaditos.
La maestra de Melquiades y Aníbal es una señora flaca flaca y alta. Todos la llaman 'Palillo'. Tiene un carácter de los mil demonios y una puntería excelente. Cada vez que descubre que alguien copia en un examen, arroja con fuerza una pelota de goma que duele en el alma. A veces le atina a la cabeza, o al pecho, o a la nalga, o a los dedos de la mano. Y casi siempre el que recibe el pelotazo termina llorando y prometiendo que nunca más en su vida vuelve a copiar.
El maestro de deportes dice que fue portero de la selección nacional, pero está tan viejito que se cansa tan sólo de aplaudir cuando alguno de sus alumnos mete un gol en los partidos contra la escuela contraria, que se llama 'Tres más tres menos tres igual a tres'. Es calvo como una pelota de pin pon y tiene un lunar negro en la punta de la nariz. Además, le faltan dos dientes y huele a pescado podrido".


Aníbal y Melquiades,
Francisco Hinojosa
México, FCE, 1995, 46 p
.

LUCIENNE SALAZAR me invitó a celebrar en su escuela el Día del Libro. Luego del protocolo y antes de una obra en la que sus alumnos representaron escenas del Quijote, me puso un micrófono enfrente; esperaba que yo convenciera a autoridades, invitados especiales, padres de familia, maestros y alumnos de adquirir algún título. No sé si lo conseguí. No había mucha variedad en las mesas, todos eran libros para niños (creo que el objetivo de ese evento era precisamente promover la lectura en los más pequeños). Me encontré una novelita de Francisco Hinojosa; escritor que, aquí entre nosotros, goza de toda mi admiración.
La novela vale la pena, como todo lo que hasta hoy he leído de Hinojosa, aunque en la portada hay un error de los que llaman "tipográficos". En lugar de decir que Rafael Barajas "El Fisgón" estuvo a cargo de las ilustraciones, las atribuye a un tal Rafel. ¿Es demasiado pedir que al menos los títulos de las portadas se escriban correctamente?
Entre las sagas de Stephenie Meyer, J. K. Rowling y C. S. Lewis, y entre las series lujosas de Ripley, clásicos juveniles y libros miniatura, estaba Guía para la vida, por Bart Simpson.
Una familia pequeña estaba detrás de mí. El hijo, ejemplar en mano, se acercó a la pareja. No había pronunciado la primera palabra cuando el papá le dijo, con una mezcla de enojo, vergüenza y decepción, "No, eso no". "Mira", agregó enseguida, esta vez mirando a la mujer. El niño intentó hablar, pero la madre, con ese otro tono que caracteriza a ciertas mamás, argumentó: "Ese libro no, porque tú eres un niño decente".
Tuve que salir de ahí, así que no supe cuál fue el título que el niño decente se llevó al final. Supongo que para los padres esta historia tuvo un feliz desenlace.




martes, abril 20

Querido Marco




"Adondequiera que miro, veo algo de que avergonzarme. Pero la vergüenza es como cualquier otra cosa; basta vivir con ella el tiempo suficiente para que se convierta en parte del mobiliario. En Defensa se puede encontrar la vergüenza en todas las casas, ardiendo en un cenicero, colgando enmarcada de la pared, cubriendo una cama. Pero nadie la nota ya. Y todo el mundo es civilizado".

Vergüenza
Salman Rushdie
Miguel Sáenz, traductor
México, Random House Mondadori, 2008, 407 p.

jueves, abril 15

Aquel ayer

Mi madre colgaba las camisas en el tenderete y cantaba. Lavaba nuestra ropa dos veces a la semana, pero cantaba todos los días. Por las mañanas y por las tardes se ponía frente a la máquina de coser; muy cerca de ella, el viejo tocadiscos verde cubría dos jornadas completas y a veces horas extraordinarias. Marissa o yo nos encargábamos de cambiar los discos de 45 y 33 rpm para que mi madre no dejara de arrullar con su voz la cuadra entera.
.
Recuerdo cuánto me emocionaban las canciones de Aldo Monges y que cuando me tocaba hacer de DJ empezaba siempre con los dos discos que de él tenía nuestra limitada discoteca. Sus cuatro pistas: Brindo por tu cumpleaños, La tristeza de mi mujer, No podrás olvidar este lugar y El hijo que no he tenido, bien se sabe, ni siquiera eran cuatro canciones, pero a mí me dejaban un regusto extraño. Una nostalgia que a mis siete años no tenía razón de ser. No estoy seguro de que le agradara demasiado a doña Aurelia, pues ella prefería a Juan Gabriel, a Camilo Sesto o a Sergio & Estíbaliz. Yo no podía, en cambio, dejar de suspirar tras oír la primera canción.
.
Hace mucho que a mi madre se le quitaron las ganas de cantar. Quizá sus motivos se reducen a la presencia de la secadora automática y a la ausencia de su máquina de coser. Y aunque mis recuerdos de aquellos años son siempre de atardeceres soleados, en días como los de esta semana, tan grises y tan callados, traigo atoradas las tonaditas entre la garganta y el estómago.



miércoles, abril 14

Página 137





"La competencia trepadora no siempre favorece al más competente en esto o en aquello, sino al más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como producto deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micófono y los reflectores, hacerse popular, lograr que ruede la bola acumulativa hasta que nadie pueda detenerla. La selección natural en el trepadero favorece el ascenso de una nueva especie darwiniana: el Mediocris habilis (*).
.
No es imposible que una persona competente en esto o en aquello sepa también acomodarse y trepar, pero no es necesario. Lo importante es lo último. Una persona aún más competente puede ser descartada en la lucha trepadora, si no domina las artes del Mediocris habilis. Así se llega a las circunstancias en las cuales un perfecto incompetente acaba siendo el número uno.
.
Desgraciadamente, aquellos que no tienen interés en lo que están haciendo, sino en ser aprobados, presionan hasta que se salen con la suya. Muchos años después, cuando llegan al poder y la gloria, son los modelos de una sociedad reducida a trepar, y la degradación se extiende desde arriba. Muchos lo lamentan, sin ver que todo empieza abajo: cuando maestros, jurados, editores, para no sentirse verdugos, se vuelven cómplices del trabajo mal hecho. Y luego un pobre diablo, aprobado por compasión, cansancio, irresponsabilidad, se convierte en su jefe, su juez o su verdugo".
.
Gabriel Zaid
El secreto de la fama
Lumen, México, 2009, 163 p.
.
.
.
* Me he tomado la libertad de modificar este nombre, que en el texto original aparece enteramente en minúsculas, porque en los nombres científicos género y subgénero llevan siempre mayúscula inicial.
Creo que Zaid o su editor (nos) considera a los mediocres un género y no una subespecie (esto último hubiera sido, en mi opinión, lo más acertado); de lo contrario lo habría escrito así: Homo mediocris habilis.


lunes, abril 12

Página 65






"Torbert observó atentamente la región que se extendía a su alrededor. Las sombras alargadas en la carretera. ¿Quién diablos es esta gente?, dijo.
No lo sé. Yo solía decir que eran los mismos a los que nos habíamos enfrentado siempre. Los mismos a los que se enfrentó mi abuelo. En aquel entonces robaban ganado. Ahora trafican con droga. Pero ya no lo veo tan claro. Me pasa lo que a ti. No estoy seguro de que hayamos visto nada igual. Gente de esta clase. Y ni siquiera sé cómo llevar todo esto. Si los mataras a todos tendrían que construir un anexo en el infierno".



No es país para viejos
Cormac McCarthy
trad. Luis Murillo
De bolsillo/Random House Mondadori, 2008,
México, 248 p.