Quickribbon PESINISMO

jueves, junio 9

Don Chuy





Don Chuy elevó los ojos y se quedó así unos segundos. Parecía mantener con el Sol una conversación personal. Terminado ese ritual miró solamente abajo. Jaló aire, tomó impulso. Era su tercer intento. Esta vez no podía fallarle al público ni al refrán.
Cien suspiros se unieron camino al cielo. Puede que allá, en la azotea, el sonido no impresionara tanto, pero a ras del piso atirantó los pelos de dos o tres güeyes que habían desviado su atención a otros asuntos y estaban ahí por estar, como quien se aburre en el cine o en un partido de fut. Es verdad que desde acá el edificio podía verse grande o chico, eso depende de cada cual, pero todo mundo sabía que don Chuy no iba a quedar enterito luego de echarse a volar.
            Uno de los recién cagados era el Richard. El muy babotas estaba siguiendo la escena en el iPad en vez de mirar para arriba. Como si no supiera que la imagen de Internet llega retrasada. “Tanta luz mataría mis pupilas”, se defendió, ajustándose los lentes negros. La explicación hasta le salió poética, pero nosotros bien sabemos el calibre de sus huesos: el Richard es de esas personas que no se atreven a mirar la realidad.
            Acabábamos de comprobarlo un rato antes, a unas cuadras, en el río seco, ahí donde apenas el lunes hallaron muerta a otra mujer. La segunda en tres semanas. Ayer,  El Diario puso en su página el video de un sobrevuelo en la zona, a la que bautizó como el Tramo de la Muerte. Ronaldo, el Richard y yo fuimos hoy a recorrerlo, pero, apenas llegar, Ricardo se dolió de una rodilla y dijo que no podría someterla a semejante tortura. Así lo dijo, esas fueron sus palabras. De modo que se quedó en el puente peatonal, grabando en video nuestra pequeña travesía.
            Y ahí estaba ahora el buen Ricky, negándose a admirar en directo el trance de don Chuy, cuya silueta, allá arriba, era idéntica a la suya sobre el puente: un Travolta confundido más. Indeciso, irresoluto, vacilante. Para no usar las palabras del Richard, diré que era un fundillo con patas, un esfínter. Contra todo pronóstico, don Chuy se puso a cantar.
Se fue al clarear el alba, por el camino, bañada en llanto…
            Había que ser muy orilla o muy buey para quedarse en el puente. En primer lugar porque aquel, más que puente, parece un acueducto: bastaría con cerrar los extremos para que Ricky quedara atrapado; y en segundo, porque ya estaba esclarecido que a ninguna de las víctimas la mataron en el Tramo de la Muerte, las habían llevado ahí desde algún punto fuera del río. Y con lo iluminados que están los bulevares a ambos lados del río seco, a mí no se me ocurre lugar mejor para un crimen que ese puente peatonal.
            Quizá eso mismo pensó el Richard, porque enseguida salió del puente y se apostó en el bulevar. Seguramente desde allá no se apreciaban bien nuestras maniobras, pero al fin y al cabo no logramos gran cosa. Bajamos, nos internamos en la maleza y empezamos a explorar, unos metros adelante encontramos, pisoteados, trozos de cinta amarilla. Antes que nosotros habían pasado por ahí quién sabe cuántos. Humanos y animales a juzgar por las huellas. No nos quedó más remedio que usar la imaginación, atizar nuestra memoria. La chica había desaparecido días antes; no se le buscó con fe hasta que la mamá interpeló al alcalde en pleno Día de la Familia. “Usted también tiene hijas”, dicen que le gritó. Cosa rara, porque hasta donde se sabe, ese señor tiene solamente un hijo. Como sea, el alcalde se conmovió e hizo actuar a la policía. Así, en menos de veinticuatro horas dieron con ese lugar. En pleno corazón de la ciudad o al menos en una costilla, la muchacha permaneció una semana con la cabeza enterrada y las nalgas para arriba, el uniforme enrollado en los pies.
La escena debió ser pavorosa, sin embargo, a mí me obligó a evocar otras nalgas y otro uniforme, todo se me aceleró. Eché una mirada al bulevar. Ricardo estaba ahora de espaldas al río, concentrado en el iPad. Desabroché mi  bragueta, la carne saltó a mis manos como un perrito feliz. En eso escuché a Ronaldo: “¿Estás pendejo o qué tienes?”. Un grito silencioso si así pudiera decirse. Le pedí que se callara, que me aguantara un ratito. Insistió: “¿Qué chingados te pasa?”. Luego me soltó un sermón: “Vaya falta de respeto... Si lo supiera tu madre… Ya te estás quedando idiota… Aquí murió una persona… Que no te vea un policía… ¿No sabes que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen?”. “Nada más quería orinar”, alegué sin convicción, “además, esta no es la escena del crimen, sino el lugar del hallazgo”. Ronaldo endureció la mirada. Me rendí. Fue de veras muy a tiempo, porque ya en el bulevar vimos llegar una patrulla que se detuvo cien metros adelante, donde la esperaban unas personas.
Todo mundo se mofa del río nada más porque está seco y porque en Semana Santa el alcalde manda vaciar camiones cisterna en el cauce para que nadie se largue a otro lado. Entonces lo llaman Corazón de la Ciudad, el resto del año viene siendo su sistema digestivo. Le tendrían más respeto si supieran que no está seco, que allá arriba lo entuban para abastecer al pueblo. Mi jefe dice que antes, en la época del abuelo, el río se crecía de cuando en cuando, llevándose todo a su paso, que alguna vez hubo casas donde hoy está el bulevar. Quién sabe cuántos cadáveres habrá bajo nuestros pies.
El Richard no vio venir la patrulla ni a nosotros, estaba mirando en el iPad un canal de noticias. Un hombre, machete en mano, amagaba con saltar de una azotea. “Un viejo se va a matar”, dijo Ricky, abandonando la metáfora; Ronaldo lo corrigió: “Dirás un adulto mayor”. “Ese es don Chuy”, tercié yo.
Nos vinimos en mach dos. Poco nos importó que en ese momento un camión del Semefo se ubicara tras la patrulla. La calle donde yo vivo es la cuarta si contamos a partir del bulevar. La casa de don Chuy queda un poquito más lejos, pero él no estaba en su casa, sino en el hotel Serrana. Si nos apurábamos, tal vez llegásemos allá antes de que saltara. Ronaldo, que es deportista, pronto nos dejó atrás; el Richard iba más lento, quién sabe si por la rodilla o por ir mirando el iPad. En el camino pensé que así de largo debía verse el trayecto de la azotea al pavimento.
Era imposible llegar a mi casa. La calle estaba colmada de vehículos y mirones. Don Chuy seguía en su pináculo, blandiendo el machete, gritando que la vida sin su esposa era una mierda y que por eso iba a matarse. Al menos eso se repetía en la calle, donde los ánimos estaban divididos: mientras unos le suplicaban que usara la escalera, otros le exigían saltar. Para entonces, según testigos, ya llevaba una hora jurando que iba a lanzarse, y había estado a punto de hacerlo cuando pidió una cerveza como último deseo. Se la terminó y le trajeron la segunda. A la tercera pidió un mariachi.
Se fue al clarear el alba, por el camino, bañada en llanto. Y yo, que la quiero tanto, lleno de orgullo la vi partir…
No cantaba tan mal, pero a don Chuy le hacía falta lo que se llama “calidad interpretativa”. O sería que, por conocer bien su historia, en el subtexto nos quedaba a deber. Puede ser que de verdad la haya querido bastante, pero en todos esos años la doña era la única en el vecindario que se refería al marido como a un terrateniente: “Lo que diga el Señor…”, “Cuando venga el Señor…”. Lo decía casi en susurros. Si te los topabas en la calle, ella siempre iba unos pasos detrás de él, cabizbaja. Y que no se te ocurriera saludar, porque apenas daba la mano.  Por eso nos alegramos el domingo que don Chuy amaneció solo, por fin amo y señor de esa casa de interés social. Ese día lo pasó como un niño, preguntando aquí y allá si habían visto a la doña, hasta que se hizo de noche.
…Así, con mis propias manos cavé la tumba del alma mía. Nomás por ser tan cobarde, por no decirle que la quería.
Tan pronto terminó la pieza, don Chuy le habló al negociador. Ahora sí, solo pedía mirar por última vez a una mujer. Entre el público se agitaron los murmullos. Que si alguien sabía a dónde se fugó la doña. Que don Chuy cantaba muy parecido a Javier Solís. Que la señora estaba muy vieja para semejantes pantomimas. Que don Chuy se lo tenía merecido. Que solamente tirándose dejaría de sufrir. O de joder. Que a Javier, por pura envidia, lo mandó matar Pedro Infante. Que la doña le ponía el cuerno a don Chuy desde quién sabe cuándo. ¿Y si cantaba El malquerido? Que no fueran pendejos, que Pedro había muerto mucho antes que Javier. Que Gabriel era su verdadera identidad, que el otro era un nombre artístico. Que nadie debería coger si se lo prohíbe el doctor. Ni tomar agua. Que era muy apasionado y celoso, eso había dicho su esposa.
Me acordé de la primera muerta. A ella la encontraron pronto porque su cadáver llamaba mucho la atención: le habían puesto un vestido de novia, y el velo sobresalía entre la tierra como una bandera de paz. La policía dijo que ese crimen solo podía ser obra de un novio despechado. Y como no le conocían enamorado ni pretendientes, la investigación seguía en stand-by.
No era su esposa a quien don Chuy pedía ver, sino a su hija, que no pisaba esa calle desde mucho tiempo atrás. Tal vez tenía la esperanza de que intercediera por él. “Ay, cosita”, pensé en voz alta. A juzgar por el carácter de la doña, era más probable que la propia hija hubiera sido quien la animó a abandonarlo. ¿Y si eso exactamente era lo que necesitaba el viejo, que ella le ayudara a dar el paso definitivo? Se lo dije a Ronaldo. “No seas buey”, me contestó, “ese señor ya está del otro lado”.
 Busqué el respaldo de Ricky, pero él seguía atento a la pantalla. Saltaba del streaming a las redes sociales, de vez en vez alzaba el iPad, tomaba una foto o video, publicaba y volvía al canal. En las redes, un hashtag cobraba altura.
Me vi en sus negros ojos y al despedirse sentí la muerte…
Era cierto, la voz de don Chuy se parecía a la del artista. Y era potente, porque las frases llegaban completas hasta la bocacalle. Aun así, no convencía. Cuando el abuelo cayó en cama, víctima de cáncer de pulmón, mi jefe le regaló un disco, Homenaje a Javier Solís, cantado por quien se hacía llamar la Sombra del Misterio. Lo compró aprisa, temiendo que no hubiera tiempo de buscar el que en realidad quería. El abuelo no pasó de la primera canción. Y se lo habría lanzado a papá por la cabeza si no lo agarra en ese momento un ataque de tos. Si ponía uno atención, la diferencia era inmensa. Así que después de eso, ni el registro vocal ni el sentimiento de don Chuy harían que yo dejara de verlo como a un impostor.
Volvió el negociador al techo, esta vez con dos personas. Traían noticias de la hija. El viejo dejó de cantar, elevó el machete. La tarde se descompuso en tonos amarillos y rojos. Se armó un breve forcejeo del que don Chuy salió vencedor. El público enloqueció. Los que estaban sentados se pusieron de pie. Cualquiera hubiera esperado ver llegar a un escuadrón de bomberos cargando una malla de rescate o al menos a los vecinos improvisando un trampolín. Ni unos ni otros: si don Chuy quería besar el suelo, nada se lo iba a impedir.
Era el momento, todos lo presentíamos. Ah, terrible paradoja: la batería del iPad se había muerto en muy mala hora. Ricardo por fin miró a la azotea; Ronaldo, en cambio, dijo que se largaba. “No seré parte de este espectáculo”. En eso vimos llegar, y andar entre la muchedumbre, como una santa en medio de los leones, a la hija de don Chuy. Por un instante cesaron los murmullos. Si el iPad siguiera encendido, habríamos podido ver la expresión de don Chuy, los ojos y la boca de ese hombre que algo quería decir, pero se atragantaba.
Así, con mis propias manos…

Recordé lo que decía mi jefe acerca del río cuando por ese rumbo vi llegar a más y más personas que llenaron la calle de sonidos nuevos. La murmuración inundando el caserío. “Encontraron a la esposa”, “Ya vienen por don Chuy”. Luces azules y rojas trepando por las paredes. Pero don Chuy era ahora una silueta en el aire. Solo una foto, un video, un pedazo de carne para los apetitos fugaces.

viernes, octubre 2

No viviremos bastante

Texto leído en la presentación de la novela El cuerpo expuesto, de Rosa Beltrán

Todo empieza con un clic. Se multiplican las historias. Primera. Hace justo un mes, un joven texano de diecinueve años quiso hacerse una selfi y publicarla en Instagram. En una mano, el Smartphone, en la otra una pistola. Cuando iba a tomar la foto apretó el dedo equivocado, según destacó el USA Today. Segunda: Hace apenas veinte días, una estudiante australiana, que estaba de intercambio en Noruega, quiso inmortalizar su visita a la cima de un acantilado. No pudo: resbaló. Tercera: En un parque nacional de Gales, un senderista de cincuenta años fue tocado por un rayo cuando utilizaba un palo para selfis en medio de una tormenta.
Los casos anteriores podrían ser candidatos a los premios Darwin, ese galardón virtual que se concede anualmente a personas que mueren de manera absurda o pierden su capacidad reproductiva debido a una situación estúpida. El mérito de estas personas radica en que, al privarse a sí mismos de contribuir al pool genético de la especie humana amplían las posibilidades de mejorarla. Mi bisabuela, que era una mujer de fe, ante una situación así solía usar una de sus dos frases favoritas: “Dichoso él (o ella), que se quitó de sufrir” o bien “Dios me diera más vida para poder verlo todo”.
Lo cierto es que no viviremos bastante. Pero es igualmente cierto que las comunidades virtuales son esa galería donde la gente de hoy se exhibe completa, confirmando en cada foto algún aspecto de la evolución.
Por una ruta paralela camina otra página de Internet, versión evolucionada de un programa radiofónico. En ella, un hombre, quien a falta de padre que honrar considera a Charles Darwin su verdadero padre, ha construido un museo de historia natural. Coleccionista también, este hombre se ha propuesto completar la obra de su antecesor y documentar la involución de la especie humana: probar que en algunos casos el proceso evolutivo da un paso atrás. Ahí están, entonces, los cuerpos nunca vistos en la historia de la humanidad, seres en plena mutación, que acceden a colgar, es decir a publicar —a exponer pues—, para regocijo de la ciencia, sus cuerpos y sus historias.
Así nos enteramos del caso del hombre que entrena a su esposa para sobrellevar la futura viudez; y el de una viuda en funciones, que asegura para sí misma los cuidados de los hijos insinuando la posibilidad de una herencia; atestiguamos el humillante desdén que una joven le dedica a su disminuida madre, la gradual transformación de una mujer que se deshace de la estorbosa bondad para ganar algo en la vida; la de un chofer que, el día que debe asesinar a su patrona, decide dar un regalo por primera vez; las del chico y de la chica: de sus cuerpos; solo cuerpos que reclaman una mirada desde la web. Y los miramos, cómo no, porque rehuir a la observación de los otros es una muestra de debilidad y de miedo.
Aquí es donde debo decir que estas historias, este neodarwinista y esta página de Internet de los que acabo de hablarles habitan el mundo gracias a la prodigiosa imaginación y a la exquisita pluma de Rosa Beltrán. Juntos constituyen uno de los dos perfiles de El cuerpo expuesto, su más reciente obra de ficción. El otro lo compone la historia del propio Charles Darwin, el muchacho y luego hombre de mirada triste que se atrevió a desafiar las ideas creacionistas imperantes en su tiempo.
Expuestos, pues, ambos protagonistas, los lectores somos cómplices de este sucesor de Darwin, admiradores de sus especímenes, que se exhiben a sí mismos como ejemplos de supervivencia, adaptación, evolución, selección natural, autodepredación e involución. Y también —¡oh, maravilla!— acompañamos paso a paso al mismísimo Darwin en sus hallazgos y en sus tribulaciones. Yo, que fui maestro de Biología, confieso que nunca había visto a Darwin en su justa estatura.
He dicho que fui maestro de ciencias. Cuando uno habla del origen de la vida menciona también a Alexander Oparin, quien, inspirado en la teoría del origen de las especies, en el siglo XX se encargó de explicar los pasos anteriores, la formación de los primeros organismos vivos, el comienzo de la marcha evolutiva. Una teoría que, en su momento, refutaba el último párrafo de Darwin.
Ya en este siglo, un equipo internacional de científicos que examinó la correspondencia privada de Darwin llegó a la conclusión de que este no atribuía a una intervención divina el paso de la materia inerte a la materia viva. Al contrario, llegó a imaginar que en una pequeña charca, con la ayuda de las sustancias químicas y las fuentes de energía adecuadas, la materia inerte se organizaría y evolucionaría. Esto pensaba el hombre de la mirada triste; y sin embargo, admitía que la ciencia de su época no estaba madura para abordar la cuestión y que él no viviría bastante para verla resuelta.
Esa imagen me viene a la cabeza cuando pienso en el libro de Rosa Beltrán: palabras que se agrupan, que se combinan y relacionan de manera perfecta para crear, aquí sí por voluntad de una inteligencia superior, es decir la de la autora, estructuras más y más complejas. Imagino ese puñado de historias breves negándose a seguir siendo cuentos, luchando por convertirse en algo más, en otra cosa: un ensayo sobre la evolución o acaso sobre la involución, un relato histórico, biográfico, una vivisección a puro filo de metáfora, un auténtico museo de cuerpos en transformación, una sátira de la vida contemporánea. Todo eso en un solo libro.

Ustedes y yo sabemos que no viviremos bastante para verlo todo, pero podríamos empezar por observar, sin pudor y sin malicia, lo que nos revela El cuerpo expuesto.

miércoles, abril 22

Si lo imaginas...

"SI LO IMAGINAS, EXISTE", decía la convocatoria de aquel concurso de Play-Doh. He oído decir que Einstein y Picasso afirmaban cosas similares. De las sentencias atribuidas a Picasso me gusta más esta: "Un artista copia, un gran artista roba". 
De eso se trató la actividad con que mis alumnos celebraron este Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, acá entre nosotros, el #DíaDelLibro.
Inspirado en una idea de Nacho Gallardo, les propuse reseñar novelas que nadie ha escrito aún. El reto era que pudieran mostrarnos su libro ideal, ya fuera en una serie de diapositivas o un prototipo, mientras repasaban algunos elementos de la estructura interna y externa de la novela. El resultado me sorprendió tanto que no quise dejar de mencionarlo. 


viernes, septiembre 19

Cómo nos gustaría que fuera cierto*

*Texto leído en la presentación de la novela Los perros de la noche, de José Luis Gómez y Alejandro Hernández


YA ESTABA YO GRANDECITO CUANDO SUPE QUE, lejos de lo que con tanto esfuerzo había logrado aprender en la escuela, Cuauhtémoc no había sido tan valiente como para no bautizarse por la fe católica como “Hernán de Alvarado”, nombre que combinó los de sus dos padrinos. A esa edad vine a enterarme de que Maximiliano era casi un liberal, Benito Juárez era todo un dictador y Porfirio Díaz, un llorón ocasional.
Cosa nada reprochable esta última si tomamos en cuenta que es el llanto traicionero, y que cuando el hombre es sensible, aunque quiera aguantarse, no puede. Yo mismo, ya grandecito, alguna vez dejé rodar una lágrima al arrullo de Los Temerarios.
Unos dicen que la historia es del político más que del historiador. Como dice Alberto Arellano, no existe un Estado moderno que no haya recurrido a la construcción de una historia oficial para justificar el ejercicio del poder. Y como afirma Luis González de Alba, la historia oficial de México es una larga lista de derrotas gloriosas y un pesado directorio de héroes vencidos. De acuerdo con ello, Cuauhtémoc es nuestro más puro héroe porque es el gran derrotado. Cosa distinta, agrega José Antonio Crespo, de lo que ocurre en Estados Unidos, donde nadie suele llorar a los perdedores.
La historia es de los políticos, pero el pasado es todo nuestro. Es, además, un recurso natural que se incrementa cada día. Admiro a quienes extraen del pasado los hechos menos conocidos de una época, de un lugar o una persona, pero más admiro a quienes son capaces de introducir algo en el pasado, algo perdurable, alentador. Por ejemplo, la innegable presencia de Joaquín Baluarte y sus legionarios en el desierto de Coahuila, poniendo freno a la campaña del general Taylor durante la invasión de Estados Unidos a México.
Por si aún no lo han notado, estoy hablando de Los Perros de la Noche, novela escrita al alimón (la segunda) por un tamaulipeco y un coahuilense, José Luis Gómez y Alejandro Hernández, publicada bajo el sello de Joaquín Mortiz. La versión oficial registra que esta obra obtuvo mención honorífica en el premio Letras Nuevas de Novela. Pero ustedes no esperen a ser más grandes para enterarse de cuanto en realidad pasó.
Para resumir la trama diré que el 17 de diciembre de 1846, Altares Moncada, la más altiva muchacha de Testamento, amaneció casada, aunque ella no lo sabía. Durante la noche, don Urbano Terán y Fidencio Arteaga, cura y sacristán del pueblo, la habían unido en matrimonio con un desconocido que llegó a caballo. Don Urbano cometió tal pecado por una razón piadosa: casarse era la última voluntad de un hombre que esa mañana sería enviado al paredón.
Pero Joaquín Baluarte no murió ese día. Su ejecución se pospuso porque la guerra exigía su presencia allá en el desierto. Así comienza a tejerse una historia de amor y heroísmo, de traición y codicia que no tiene por qué ser, pero sucede, como ocurren todas las cosas que decide el destino, hechos inscritos en el tiempo aún antes de que acontezcan y aunque nadie pueda decir si algo de esto de veras ocurrió.
Grandecito estaba yo cuando supe que en su avance hacia el palacio nacional los estadounidenses se enfrentaron a varios batallones de voluntarios aparte de los cadetes del Colegio Militar. Se habla del Cuerpo de Mina, con Margarito Zuazo como abanderado; el de los Bravos, llamado así en honor de Leonardo, Miguel y Nicolás, y el Batallón Independencia, comandado por un pariente de Agustín de Iturbide. ¿Quién dice que no pudo haber uno que fuera capitaneado por un hijo de don Miguel Hidalgo?
La Legión de la Estrella o ejército de los Perros Negros, un batallón nocturno, fantasmal, amo del desierto al grado de difuminarse en el polvo, encarna en la novela de Gómez y Hernández a esos batallones voluntarios que no alcanzaron lugar en el libro de Historia; Joaquín Baluarte, su líder —heredero de un temperamento rebelde por la línea paterna y formado en las antiguas artes bélicas por un misionero—, constituye un homenaje a los héroes anónimos de aquella y de tantas otras guerras, figuras que hoy permanecen hundidas en las arenas del tiempo.
Con arrojo y estrategia, con honor y dignidad, pero sobre todo con un profundo amor a su tierra —no a la patria, ese concepto tan abstracto, sino a la vida y al suelo que los nutre—, una estrella de cuatrocientos guerreros, guiada en su estructura angular por cinco señores del desierto, hará frente a los nueve mil soldados del general Taylor más allá de La Angostura, cuando ya no hay ni las huellas del ejército nacional. Y he aquí la maravilla: vencerán, aun cuando ya estén muertos, de un modo que no diré porque hay que leer el libro.
Alguien me dijo, refiriéndose a esta novela, que se lee en una sentada. Yo les digo que no sé cuántas veces tengan que sentarse, lo que sí sé es que disfrutarán su lectura, pues la narración arranca como una anécdota jocosa para pronto transformarse en una aventura épica que los absorberá en sus movedizas arenas, en el remolino que forman el paisaje del desierto, el estilo poético del narrador (es uno solo, aunque haya dos escritores), la sólida voz de los personajes, la emoción de estar en la refriega. Si la sola naturaleza de los hechos nos hace tomar partido, resulta inevitable desear que los perros negros sean guerreros inmortales. Sabemos que es ficción, pero cómo nos gustaría que fuera cierto.
Palabras más, palabras menos, el escritor David Toscana dijo una vez que, cuando una novela se inspira en sucesos históricos y los hechos narrados de algún modo se oponen al registro documental, vale la pena sacrificar el rigor histórico en aras de la literatura. Como ocurre con Estación Tula, Santa María del Circo y el Icamole de Toscana; Testamento —el pueblo donde tiene lugar la historia de Altares Moncada, Joaquín Baluarte y el ambicioso Nicandro Muñoz—, tiene vida propia y una personalidad que va más allá de lo geográfico y más allá de lo histórico.

A partir de ahora, cuando piense en Coahuila pensaré en Testamento, y cuando piense en la guerra México-Estados Unidos pensaré en los inolvidables Perros Negros.


domingo, abril 27

Tiempo de abrir las ventanas





Apuntes sobre la antología Las ventanas de Altaír (ITCA, 2012)





Corría el año 2002. Yo era joven todavía. Pensaba que podía escribir. Me dijeron que leyera cuentos. En la biblioteca municipal de Burgos encontré un libro, Variaciones para un tema de rosa, de la colección Nuevo Amanecer. La solapa lo presentaba como una compilación de las colaboraciones de Altaír Tejeda para un diario victorense. No era un libro grande, pero sí, desde luego, un gran libro.
Un año después me encontraba en la capital de Coahuila, en una ceremonia oficial. Una mesa y un lector: yo, que presentaba mis primeros cuentos. Hablé entonces de un texto, Sirena, inspirado en el cuento "La sirenita", que había leído en el libro de Altaír. Una variación sobre aquella variación si se puede decir. Alguien de entre el público —luego supe que era el escritor Julián Herbert— me hizo sonrojar. Empezó a elogiarla y a preguntarme por ella. Qué edad tiene, cómo y dónde está. Pensaba que era mi maestra presencial alguien a quien yo conocía por medio solo de un libro.
Hoy, a diez años de distancia, debo confesar que a Altaír Tejeda de Tamez la conozco de ese modo, solo a través de su narrativa y su drama. Por eso lo que hoy les diga estará libre de todo peso emocional. Tendrá, eso sí, y lo aclaro desde ya para que nadie se diga engañado, el influjo de las lecciones aprendidas aquel año capicúa.
Si uno revisa las colecciones del ITCA se va a dar cuenta de una cosa: de un tiempo a la fecha cada administración reúne algunas obras de Altaír Tejeda. En el nuevo amanecer fue aquel libro que les digo; en el tiempo que se vivía mejor, una colección de cuentos; en la época que avanzamos, toda su dramaturgia y ahora, una edición en pasta dura que reúne cuento, ensayo y novela. ¿Esto es bueno?, se preguntarán ustedes. Es bueno y es necesario. Agregaré que es urgente. Urge distribuir de mejor manera la obra de esta escritora; ponerla —ya en papel, ya en escena, ya en pantalla— delante de jóvenes y adultos. Unos y otros veríamos la vida diferente de como la vemos hoy.
Asomémonos, pues a Las ventanas de Altaír.
La primera parte de esta antología se compone de cuarenta cuentos. Dos de ellos son más bien ensayos o apuntes confesionales, pero el resto de ellos muestra muy claramente el estilo, los temas y los subgéneros que han sido interés de la polígrafa victorense.
Comencemos por la brevedad. A ella le acomoda mejor el cuento corto; cortísimo. Si bien no pocos de sus cuentos largos son muy buenos, mis favoritos: "Crisis", "El adivino", "El evangelista", "Estrategia", no rebasan las tres páginas. Quizá esto se deba al corsé del formato periodístico o quizá precisamente a que la narrativa de Altaír está hecha de ventanas, claraboyas, agujeros por donde atisbar el mundo.
Ni muy decorado ni liso, a Altaír la distingue la mesura, acaso la elegancia en el lenguaje, pero nunca el miedo a las palabras. Si debe usar un palabrón, una voz fuerte, la usa, pero los bajos tonos le bastan para darnos una historia cruda, atroz, envuelta en paños de seda, tal como sucede en el cuento "Yo no quisiera hablar de estas cosas".
Y es que Altaír nos habla de todas las cosas del mundo sin adoptar el odioso tono didáctico, tan socorrido hoy como antes. Le interesa el cruel paso de la edad, la soledad, el anhelo romántico o sexual casi siempre insatisfecho; esos temas que se aparecen como aldeanos pero son universales. Ya sea en relatos de un realismo doloroso como "Crisis", o en textos de corte fantástico como "El ángel de la guarda" y "La recolectora del tiempo", sus cuentos pueden ser usted escoja una denuncia velada, una sutil ironía o una insolente burla de la vida cotidiana.
Llegados a este punto hay que subrayar el humor. Pero el humor genuino, que es el que yo prefiero. No el disparate cómico, sino las más puras circunstancias en que nos sitúa la vida cuando se pone a jugar. Ese es el humor de Altaír. Tanta experiencia en el teatro, supongo, le dio habilidades para fabricar una narrativa visual muy efectiva, al grado de obligarnos a ver a una gata cualquiera abandonada a una muy particular sesión de yoga frente a la ventana. “Junta sus manos y, apoyada en sus cuartos traseros, se sostiene en sus brazos oscuros y esbeltos. Luego, parece balancearse con un suave movimiento de péndulo. Sabrá Dios en qué estará pensando”, narra en "Vidas ejemplares". Otro texto, "Estrategia", tan zoofílico como el anterior, no solo es divertido, sino enternecedor y digno de llevarse a la pantalla.
Esto es lo que distingue a la narrativa de Altaír Tejeda de Tamez. Y todo eso, o casi todo, está en la segunda parte del libro: "Menage à trois", la que, dicen, fue su primera novela. Junte usted un par de hermanas viudas y calenturientas: Simona y Sirena, un gachupín aprovechado, un padrecito un tanto cínico, una sirvienta entrometida, una recua de viejas chismosas y un buen fajo de dinero. Sitúelos en una ciudad pequeña, tradicional, y ya tiene usted una historia divertida de principio a fin. No exagero en esto yo, que soy tan delicado en cosas del humor. ¿Ha oído usted decir que la gente no quiere leer? Ábrales este libro en la página 245 y luego hablamos.  
Baste como ejemplo una escena de mi personaje preferido: el padre Samuel. Un hombre bueno, desde luego, aunque muy a su manera.

“Alcanzó a confesar a dos mujeres y estaba escuchando a un señor cuando vio pasar frente a él a Sirena. En una pausa del hombre, le impuso la penitencia.
-Pero si todavía no acabo –dijo el confesante.
-Haz de cuenta que fue todo –dijo el cura levantándose”.
Una tercera parte, ciertamente pequeña, reúne seis ensayos. Dos de ellos son en realidad relatos, mas con esto el editor se pone a mano con la primera parte. De estos textos quiero destacar la reflexión o, mejor dicho, las confesiones que hace Altaír Tejeda de Tamez sobre su personal proceso de creación literaria.
“Uno no puede escribir de aquello que no conoce”, nos dice. “Lo primero que debe un autor darle a su obra es autenticidad”. Y luego remata: “No considero que mi trabajo tenga otro mérito que el de ser auténtico”. En el panorama tamaulipeco, junto a la de nuestra contemporánea Liliana V. Blum, no conozco narrativa más auténtica que la de Altaír Tejeda de Tamez. Las suyas son vivencias que se vuelven cuentos; al menos eso he decidido creer, retratadas con un modo de hablar que no es el victorense aunque se le parezca, sino un lenguaje que habita en el universo de Altaír, en esa ciudad, esa región del norte y ese país que ella ve desde su ventana.
En uno de estos textos Altaír evoca a una de sus influencias más tempranas, María Enriqueta Camarillo, a quien se refiere, usando las palabras de distintos críticos, como “una novelista ejemplar”, una mujer como cualquiera que “jamás se las ha dado de incomprendida”.

 “Todo en ella es sinceridad, sencillez, emoción honda y suave: el afilador que pasa, el gato que ronronea, la espumante marmita, un senderillo campestre. Cualquier prosaica menudencia adquiere, al reflejarse en su alma, un vivo e ignorado colorido y se trueca en belleza y poesía”.
Sin proponérselo, Altaír parece describirse a sí misma, pues es precisamente de los actos cotidianos más elementales de donde surgen, gracias a su oficio, historias ágiles, contundentes, divertidas y limpias.
"Hablar de los escritores" se llama el texto que es, quizá, el más confesional, aparte de los dos elogios dedicados a su admirado amigo Alfonso Reyes. En él, Altaír declara: “Nunca ha sido mi propósito escribir para trascender. Tampoco he buscado en el teatro o en toda la obra literaria paliativos para supuestas frustraciones, pues puedo decirle a la vida lo que Amado Nervo”.

Sea que lo haya perseguido o no, la obra de Altaír Tejeda de Tamez es referente de la literatura tamaulipeca. Será, hoy como pasado mañana, una obra digna de reunir, de leer, de estudiar a la luz de la teoría y la historia, así como de divulgar tanto para la recreación como para la formación de nuevos escritores. 

viernes, octubre 4

Estamos solos; y eso es lo peor


Estamos solos; y eso es lo peor
COMENTARIOS ACERCA DE SOLTARSE DE LA MANO, DE ALFREDO MARKO

A la memoria de Rafa Saavedra

Nadie pudo explicar la prosperidad del negocio de Juventino, en tiempos la tienda de abarrotes más cercana a la casa de mis papás. Más que gruñón, don Juve era un resentido, de aquellos que, en plena carestía, gozaba negándonos la leche o el pan a sabiendas de que volver a casa con las manos vacías significaba poco menos que el destierro. Puede que hubiera motivos. A Juanito, el primero de sus hijos, lo había aplastado un camión de la Pepsi a las puertas del tendajo. Puede que también nosotros tuviéramos razones para volver ahí a pesar de los corajes. Había en la entrada una capilla, construida por el propio Juve en su época de albañil. No era mal constructor; quitando las torrecillas y cruces bien podía pasar por una casita de muñecas.
Apenas tuve conciencia pedí a mi madre una razón. “Hay que poner una cruz o una capilla en el sitio donde alguien muere de manera inesperada”. La explicación fue insuficiente, porque para entonces yo ya sabía de algunos que habían fallecido en el mar, en el aire o en los baños de la central camionera, como le pasó a mi tío. Y aunque de entonces a esta parte he visto en calles y avenidas, en carreteras y caminos, a orillas de ríos y lagos constancias de que al menos por un tiempo alguien fue bien recordado, parece que la costumbre es en sí misma la rúbrica de una imposibilidad. Qué rápido se llenarían los quirófanos con las cruces de quienes pasaron por ahí confiando de más en su corazón. Y cuán amargo será no poder dedicarle a un bienquerido más cenotafio que el del camposanto. Y a veces ni eso.
Si me han seguido hasta aquí, no piensen que divago. Me apego estrictamente al tema que hoy nos ocupa, las siete historias que componen Soltarse de la mano, el volumen de cuentos con que  Alfredo Marko culmina el proyecto “Cruz de la Calle”, que desarrolló con apoyo del Conaculta y del ITCA como parte del Programa de Desarrollo Cultural para la Juventud, y que le permitió recoger de las comunidades semiurbanas y rurales un repertorio de testimonios para construir piezas narrativas que ya han recibido la aclamación de la audiencia joven y madura durante las presentaciones y lecturas de las versiones individuales de estos cuentos, distribuidas en preparatorias locales.
Trabajo, pues, de investigación y creación. De recreación si se quiere. En 2011, Alfredo Marko emprendió el rescate de la memoria, recogiendo testimonios orales en ejidos y colonias periféricas. Ahí donde veía una cruz, ya blanqueada ya vencida, se detenía a indagar los pormenores de la tragedia. Es bien sabido que la gente es propensa a la ficción. Y aquí debo hacer un paréntesis. Cuando algo ocurría en nuestro barrio, policías y reporteros acudían a mi tía Veva. Era tan buena dando pormenores de las discusiones previas a las balas o de la distancia que un atropellado voló antes de caer al suelo, que aquellos preferían su testimonio aun sabiendo que no había presenciado los hechos. Cierro paréntesis. Decía pues que la gente es propensa a la ficción y que tal vez las versiones rescatadas disten tanto de la realidad como los constructos finales. Todos podemos contar un cuento. Pero hace falta un madurado oficio de escritor para producir piezas narrativas tan sólidas como las que  Alfredo Marko ha conseguido aquí.
Variando los recursos técnicos como el cambio de perspectiva, de voz o de lenguajes narrativos, Marko nos cuenta en 63 páginas su propia versión de siete muertes: la del muchacho universitario, consentido de propios y extraños, que en un flash premonitorio se habla de tú con Cristo; el caso de una pareja abatida por una banda de pistoleros, en cuyo hilvanado de pistas asoman sospechas y malquerencias que apuntan a la dama, que apenas recibió una herida en el tobillo; la patética historia del empleado de un hotel de paso que, por poner los ojos donde no debe, la fantasía le juega una muy mala pasada; el hombre de edad tardía cuyo temor a la inmovilidad lo hace emprender proyectos disparatados, que a la vez nos revelan una verdad no dicha por los abuelos políticamente correctos; la igualmente patética historia del muchacho que ve cómo se desvanece su chica ideal cuando es su propia vida la que se diluye en medio de la carretera.
El libro abre con la historia de un muchacho que no ha podido aliviarse del madrazo emocional que recibió al no lograr impedir que su amigo fuera tragado por la corriente de un arroyo, al grado de esconderse dentro de sí mismo para escuchar solamente el rumor del agua. En este primer texto, “La existencia de las aguas profundas”, nos queda bien claro que ni el narrador ni los personajes harán concesiones: la hiel está ahí, como no podía ser de otro modo, para ser saboreada y escupida, pues si algo queda flotando alrededor de una muerte injusta (y cuál no lo es), esto es la rabia.
Rabia, precisamente, es lo que define al texto que le da nombre al volumen. Es una niña la que, por ir en pos de un globo fugitivo, suelta la mano guardiana antes de interponerse en la ruta de un microbús. La muerte a veces trae prisa. “Soltarse de la mano” es a mi juicio el mejor texto de este libro y quizá lo mejor que Alfredo Marko ha escrito hasta hoy. Psicólogo de profesión, lector exigente, observador perspicaz de sus congéneres, unas cuantas palabras le bastan para ubicar el drama en una vivienda popular: hay una vitrina que comparten la vajilla y las medicinas de la presión, ahí donde es imposible pasar sin testerear las figurillas de cerámica o los luchadores con camisa del Corre, erguidos sobre carpetitas de crochet. A lo largo del relato compartimos la congoja y la frustración de sus moradoras, quienes además del luto deben cargar las consecuencias de su reciente afición a apedrear microbuses usando, en vez de piedras, piezas de repostería. “¿Tú crees que con galletas un día podremos romper un vidrio de un microbús?”, le pregunta Gudelia, la abuela, a la madre, que responde: “No sé. Pero son las mejores piedras que tenemos. Entiéndalo, suegra: antes que locas estamos solas; y eso es peor”.
Puede que, como dijo el poeta, los muertos queden muy solos. Pero más solas se quedan las ciudades cuando se van quienes las han caminado y descrito. Sola se queda Tijuana, la city de Rafa Saavedra, y muy sola, terriblemente sola se queda Ciudad Victoria sin la pluma y la voz de su cronista, don Antonio Maldonado. Con las historias que integran Soltarse de la mano, Alfredo Marko ha entrado, sea que se lo haya propuesto o no, a ese grupo de escritores que trasponen la mera ficción para arrancar trozos de su ciudad y ponerlos en palabras. Sus páginas nos harán reconocer los barrios de La Peñita, la Mariano Matamoros, andar por la vía del tren, la carretera Interejidal y Tamatán. Reconocer ya su calma o su bullicio, sus arbolados paseos tanto como sus calles ojerosas y el olor a suciedad.
Por si no ha quedado claro, digo finalmente que celebro la aparición de este libro, la primera reunión de cuentos de un autor tan reacio a los reflectores. Celebro igualmente que lo haga con una colección que lanza una mirada crítica hacia nuestros modos de convivir con la muerte, que hace recuerdo de los muertos ya burlándose, ya ensalzándolos, pero rescata en cambio muchas dimensiones de los deudos, de quienes se construyen pequeños mitos para aplacar la tristeza. Celebro, además, que a lo largo de los textos se entreveren algunos rasgos de  nuestra ciudad. Estas historias nos harán recordar nuestros pasos por esos lugares, tal vez recordar las cruces, los cenotafios, y repensar lo solos que nos quedamos cuando se van los amigos. Tal como lo afirmaba Leonardo Favio, el cantautor preferido de Rafa Saavedra en su modo retro: “la soledad es un amigo que no está”. Carajo, tiene Razón Alfredo Marko: eso es ciertamente lo peor.




lunes, agosto 19

Reír en una ciudad desangrada




La primera vez que vi a Luis Valdez fue en su blog, Ciudad Mascota, en 2005, cuando anunciaba su próxima lectura en una mesa del Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro, que aquel año formó parte de la FIL. Supe entonces que Luis había rebautizado con ese nombre a su ciudad, Monterrey. La fecha señalada compartimos una mesa. Creo que él habló de cantinas y yo, de perros quemados. En uno de mis despistes creo que también compartimos la botella de agua, pero no llegamos a más.
La segunda vez fue al año siguiente, en Durango, en un taller que coordinó Daniel Sada. Entonces compartimos de día la habitación y números de teléfono; de noche, la ruta por los salones del centro, cosa que repetimos en 2007 en compañía de Juan Miguel y Gerson Gómez, pero en los bares, tabledances y cantinuchas de Monterrey. Recuerdo bien que esa noche Gerson acompañó en las percusiones a un trovador local, que yo perdí y
luego recuperé mi cámara de fotos y que una bailarina cacheteó a alguien. Recuerdo que atravesamos unas cincuenta puertas antes de cerrar por fin los ojos.
Menciono todo esto a propósito de la nueva novela de Luis, Mascotas muertas, que el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León publicó bajo el sello de Ediciones intempestivas, obra en la que Luis Valdez aborda, como lo hizo en el libro de crónicas Por qué los cleaners no van a salvarnos, editado en 2011 por la Universidad de Sonora, la melancolía de los ciudadanos que ven a una ciudad consumirse entre el fuego de las mafias, la policía, el ejército y los políticos, si acaso no cupieran todos ellos en la primera palabra.
Los psicólogos dicen que la risa nerviosa es una señal de estrés, de angustia, una reacción involuntaria que suele manifestarse en seguida de una situación traumática. Pues bien, el humor presente en estos dos libros de Luis Valdez (toda la obra suya que conozco tiene una fuerte dosis de humor e ironía) provocan ese tipo de risa, debido tal vez a la aborrecible realidad a la que aluden.
Lou Rodríguez, columnista del Ciudad Mascota News, se torna un día en detective (quizá influido por el personaje homónimo de la serie Miami Vice) y convierte en objeto de su investigación a su vecina Judith. Así van entrando en escena personajes extrañamente duales: caricaturas que reflejan muy claramente su decadencia personal tanto como la de Ciudad Mascota.
Tal como pasa en la vida real, ni el narrador ni los personajes llaman a las cosas por su nombre. En Ciudad Mascota dos bandos de la mafia son los naZis y el cártel de la jaiba. Luego que el ciudadano ha tenido que renunciar a vivir donde vivía, a viajar en lo que viajaba y a beber donde bebía, acaso esta prerrogativa sea la única que conserve el escritor: usar en sus historias los nombres que le dé su gana.

Desde su título, Mascotas muertas no es una novela esperanzadora. En una ciudad que se muere no hay salvación, al menos no para todos. Un escape es un respiro solamente. En esta, que no es otra estúpida novela de naZis, eso al menos es algo, dirá Lou Rodríguez cuando, finalmente, se sepa vigilado incluso por un personaje de su invención.

Valdez, L. (2012). Mascotas muertas. Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. 73 p.

jueves, agosto 15

En defensa de los pinches pelones






Mi hermana decía que los calvos eran hombres inteligentes; yo, en concordancia, pensaba que las barbas eran signo de elegancia y cultura. Por eso cuando rondaba los nueve años anhelaba llegar a los treintainueve con la cabeza bien lisa y una larga barba cana. No sucedió ninguna de estas dos cosas: arriba tengo una mata de púas que crecen como si las fertilizara a diario mientras que alrededor de la boca se extiende un campo erosionado. Sin embargo no me quejo. Apenas entré a la adolescencia noté que la calvicie no era exactamente una ventaja competitiva. De hecho, empecé a preocuparme de veras cuando mis sobacos tardaron en germinar. Mis maestros de secundaria y de prepa no ayudaban en el trance, el de Matemáticas, el de Historia, el de Psicología y hasta la maestra de Lógica (por supuesto) tenían una calva que no se veía la mar de bien. Calvos categóricos o a medias, “calvos de tanto pensar”. Puedo jurar que de esa época arrastro  mi proclividad a la estupidez. Y es que los ochenta eran años de greñas. Un calvo no podía salir tan orondo a la calle como ahora. Creo que en este orgullo alopécico han influido actores, cantantes y conductores de televisión. Sin embargo hay que aceptar que por muy sexy, millonario, musculoso, simpático o inteligente que usted sea, llegará un día en que se refieran a usted como el Pinche Pelón.
Todo esto me hizo recordar El sufrimiento de un hombre calvo, obra del mexiquense Samuel Segura que obtuvo en 2012 el primer Premio Nacional de Novela Corta de Humor (que premia a novelas de humor cortas, hay que aclarar), auspiciado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), sello bajo el cual se publicó a finales de ese mismo año en la Colección Fortalezas. Un alma caritativa de esa institución me regaló un ejemplar el pasado Día del Libro. Menos de cien páginas devoradas en una tarde nublada
de abril y es la hora que no dejo de pensar en lo hábil que un escritor debe ser para trazar, como explica un admirador anónimo en la contratapa, todas las dimensiones de sus personajes en un texto tan breve.
Al margen de sus cualidades narrativas (es un texto diáfano, ameno, profundo, irónico), que para esta fecha muchos habrán señalado, quiero detenerme en tres cosas que llamaron gratamente mi atención. La primera es el humor inteligente que maneja. Si usted busca una serie de chistes sobre la que se sostiene una historia mediocre, no la va a encontrar aquí. Salvo la reiteración de la calvicie, cáustica por decir lo menos, el humor está metido en los personajes, y surge de ahí acompañado de la reflexión. La segunda es la humanidad de los personajes, característica inherente a la anterior pues al renunciar al humor barato los personajes no son caricaturas de nada, sino seres con los que uno termina identificándose lo quiera o no. Así, no hay buenos ni malos, sino personas que son víctimas de sus propias decisiones, grandes o pequeñas, y verdugos de su microecosistema familiar. Pero lo que más me gusta es la reivindicación que Samuel Segura hace de un patético pinche pelón. Un personaje, padre del protagonista, quien es al mismo tiempo creador de todas las desgracias y principal damnificado, un fracasado que sale a flote echando mano de lo único que tiene, como quien se echa la bicicleta a cuestas para atravesar una calle salpicada de vidrios.

El sufrimiento de un hombre calvo es pues, también, una novela de justicia y esperanza, la constatación de que todos tenemos derecho a un lugar en la red trófica urbana. Perfecta para leerse en una tarde nublada.

Segura, Samuel (2012). El sufrimiento de un hombre calvo. México: Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes. 

viernes, octubre 5

El oficio más antiguo



Comentarios sobre la novela Canción de tumba, de Julián Herbert*

Uno de los personajes vivos más famosos de Victoria en los años de mi niñez fue una muchacha alta, rubia y muda dedicada a la prostitución. Cuando se la mencionábamos, mamá decía que la Muda ejercía el oficio más antiguo del mundo. Yo, que siempre fui un niño lento, la supuse curandera. Años más tarde, trabajando de maestro, llegué a una conclusión: para profesiones antiguas, la enseñanza; y puede que prostis y profes compartan esa misma función social.
Pero hay algo que comprendí más recientemente: el oficio más viejo del mundo debe ser el de contador de historias, el de narrador. Y si no, pregúntese cómo surgieron la cacería organizada, el culto a los dioses, el miedo a los espíritus y los demás elementos de las culturas primigenias. Alguien en torno al fuego debió, a su modo, relatar a otros neanderthalensis hechos reales del entorno aderezados con el producto de su imaginación.
Para deshacer la duda, propongo que nos fijemos en esto: los oficios antiguos, por antiguos, son apostolados, tienen algo de beatitud. Podría asegurar que no existe doctor al que jamás se le haya consultado de manera gratuita, ya en un vagón del metro, ya en una fiesta familiar. (Se dice que cuando estaba en campaña alguien le pidió ayuda al doctor Zedillo pensando que sabía de medicina).
A un maestro, de igual modo, cualquier día le solicita un vecino una lección remedial.
A una prostituta, sin embargo, no va uno y se le para enfrente diciendo: “Ya que usted se dedica a esto, podría por favor…”. Pero que en su calle no sepan que usted escribe, porque entonces le dirán: “Yo he sufrido mucho. Si alguien escribiera un libro sobre mi vida, sería una historia fenomenal”. A mí esto me lo han dicho un par de veces. En ambas ocasiones he respondido: “No espere más: escríbalo”.
Esto lo he dicho en otra parte: No sé qué hace a la gente suponer que su vida es tan extraordinaria como para ponerla en un libro. Lo cierto es que todo mundo sufre, la mayoría se enamora, se desenamora, a veces hace el amor, enferma, muere. Extraordinario sería que nada de eso te pasara. Eso sí que sería fenomenal.
Pero entonces, ¿qué tiene de extraordinario Canción de tumba, la novela de Julián Herbert que obtuvo el premio Jaén de narrativa? ¿Qué tiene de singular una historia de la que, cuéntese lo que se cuente en el medio, ya sabemos el final? Lo respondo de prisa: tiene demasiado. Y enseguida trataré de explicar cinco de los detalles que la convierten en una historia fenomenal.

1.    Réquiem
Canción de tumba tiene la orfandad como pretexto. Un hombre parado sobre la línea de sus cuarenta años, digamos de una vez que Julián Herbert, atestigua la agonía y la muerte de su madre, Guadalupe Chávez, prostituta retirada, vencida por la leucemia. Más tarde le tocará acudir al velorio de su papá. La historia, que se compone de memorias frescas y lejanas de la relación entre hijo y madre, se irá construyendo junto a la cama de un hospital.
Estamos ante una oración fúnebre, un responso que hace Julián sin ceder a la tentación de las loas. Su madre está muerta, sí; pero es la misma madre a la que un día le dijo que le estaba jodiendo la vida, la misma a la que odió religiosamente desde 1992 hasta 1999, a la que, también, ha amado siempre con la luz intacta de la mañana en que le enseñó a escribir su nombre.
En los caminos de la vida llueven las casualidades, por eso resbalamos una y otra vez. Mientras Guadalupe Chávez alias Marisela Acosta alias Lorena Menchaca se marchita en el Hospital Universitario de Saltillo, en la matriz de Mónica un cigoto se multiplica para formar una mórula y luego un feto y finalmente una persona de nombre Leonardo que habrá de ver la misma luz de la mañana dos semanas antes de que muera su abuela.
Luego, esta novela es un réquiem que preludia una canción de cuna, y quizá por eso diga tanto de la paternidad, ese fenómeno que asusta para siempre, y que las más de las veces dejar ver toda nuestra imperfección.
Porque esta historia narra la vida de Marisela Acosta, espejo biográfico de Julián Herbert, un hombre que desea ser padre a los 17 años porque haber nacido le parece un acto de maldad personal que solo puede reparase engendrando.
Y lo hace, procrea un par de hijos con dos mujeres distintas para enseguida regodearse en el fracaso marital y parental. Seguridad de ser, para alguien que amo y está vivo, nada más que una larva en pena. Al final de su juventud dice nuevamente sí porque la reproducción es la única fuerza de voluntad que le queda.
Y debo decir aquí dónde está lo extraordinario: en la forma de narrar. Julián Herbert nos recuerda que importa tanto o más que la anécdota la manera de contarla. Quizá su amplia experiencia en la poesía le ayuda a crear una prosa cargada de imágenes, de aforismos, de musicalidad. Mi madre no es mi madre: mi madre era la música.

2.    El autor como personaje
Estamos pues en el terreno de la autoficción. El escritor Julián Herbert es el personaje central, quien revela la inocencia de su niñez, el amargo despertar a la adolescencia, su turbulenta juventud y la redención que encuentra al acercarse a los cuarenta, al mismo tiempo que se convierte en enfermero de su mamá.
Cuánto hay aquí de ficción y cuánto de autobiográfico no sé; no me interesa. ¿A quién le importa el origen del relato cuando este es una entidad tan viva, cuando te sacude, se mete en tu cuerpo y aprieta tus entrañas en un puño, cuando, una vez que te ha vencido, te alisa la cabellera y te da palmaditas en la espalda?
Desde la fiebre o la sicosis es relativamente válido escribir una novela autobiográfica, dice el autor-narrador, y más adelante confiesa: Hay personajes que simplemente no se marchan. Esperan pacientemente a que tengas un breakdown para venir a cobrar lo que les debes.
Si Mario González Suárez, ese querido maldito que concibe a la escritura como un oficio de médiums, asegura que mientras escribe una novela suele encontrarse en los lugares más insospechados con uno o más de sus personajes, en Canción de tumba Julián Herbert, que es personaje, cierta noche cubana se va de juerga con Bobo Lafragua, un artista conceptual que protagoniza Maten al dandy del sur, un proyecto de novela surgido en un bar de Tijuana y abortado finalmente. Otra noche se le aparece a Julián en un oscuro pasillo del Hospital Universitario, a unos pasos de la morgue, y le pide un cigarrillo. Hay personajes que no se van.

3.    Retrato social del país
Con el relato de su propia vida y de la vida de su madre, Herbert va construyendo un álbum fotográfico de su país, una historia de la debacle. Nos enteramos del curioso origen del Hospital Universitario de Saltillo, el Hache U; historia que no por divertida (un claro homenaje a Ibargüengoitia) deja de ser un retrato cruel del México de ayer y de hoy. Nos asomamos a un pasaje doloroso del movimiento ferrocarrilero en Monterrey; llegamos a los ochentas y recordamos la Crisis del Perro, que nos duele todavía, y finalmente nos topamos con la Guerra de Calderón, ese señor que se babea la corbata.
La única familia bien avenida del país radica en Michoacán, es un clan del narcotráfico y sus miembros se dedican a cercenar cabezas… En esta Suave Patria donde mi madre agoniza no queda un solo pliego de papel picado.
Ya al final de la historia, Herbert sitúa la desgracia de esta guerra en el contexto saltillense. Saltillo dejó de ser un lugar tranquilo, dice antes de iniciar la enumeración de ese erres que pululan en Twitter. De esas cosas que a nosotros nos pasan cada vez más cerca y que los gobiernos califican de ficción.
Ya no sé si el país decidió irse por el drenaje de manera definitiva tras la muerte de mi madre o si, sencillamente, la profecía de Juan Carlos Bautista era más literal y poderosa de lo que tolera mi luto: “lloverán cabezas sobre México”.
Así, Canción de tumba, un relato íntimo sobre una madre moribunda y su hijo se convierte en la representación de la vida nacional, la radiografía de un país en descomposición.

4.    Metaliteratura
Julián Herbert ejerce el oficio más antiguo, es narrador. No hay que olvidar que soy una puta: tengo una beca; el gobierno mexicano me paga mes con mes por escribir un libro, dice en la página 37. Pero este oficio lo ejerce de manera consciente, y muy claro es su afán de renovarlo.
 Me siento avergonzado. No por narrar zonas pudendas: porque mi técnica literaria es lamentable y los sucesos que pretendo recuperar poseen una pátina de escandalosa inverosimilitud, dice apenas empezar, inmediatamente después de enumerar los amores de los que nacieron los cinco hijos de la prostituta Marisela Acosta.
Y en la siguiente página, tras recordar un comentario que hicieran de una nota autobiográfica suya, reflexiona sobre el futuro del arte de narrar: Leemos nada y exigimos que esa nada carezca de matices: o vulgar o sublime. Y peor: vulgar sin lugares comunes, sublime sin esdrújulas. Asépticamente literaria. Eficaz hasta la frigidez.
¿Y cómo no iba a tener digresiones metaliterarias si el personaje es un escritor que escribe acerca de sí mismo? Esto que escribo es una pieza de suspenso. No por su técnica: en su poética. No para ti sino para mí. ¿Qué será de estas páginas si mi madre no muere?
No se trata, sin embargo, de digresiones gratuitas, es una declaración de principios acerca de la autoficción.  Yo experimento los adornos como nuevorriquismo y como obscenidad, nos dice, y se deslinda de Wilde: escribir autobiográficamente no aminora la experiencia estética solo la vecindad e impureza de ambas zonas puede arrojar sentido.
Escribo para transformar lo perceptible. Escribo para entonar el sufrimiento. Pero también escribo para hacer menos incómodo y grosero este sillón de hospital. Para ser un hombre habitable (aunque sea por fantasmas) y, por ende, transitable: alguien útil a mamá.

5.    Honestidad
La amadísima Cristina Rivera Garza dijo hace poco, refiriéndose a otro tema, algo semejante a esto: si el lector, después de leer un libro, tiene la sensación de que ha leído una carta, el libro habrá de perdurar.
A mí me ha pasado eso con Canción de tumba, he sentido que estaba escrito para mí. Supongo que eso sucede cuando el escritor es honesto. ¿A qué me refiero? A que Julián no es de esos escritores que se esconden detrás de anécdotas a las que hacen pasar por ficción, sino que marca la obra artística con su propia vida.
Me ha pasado más que eso. Después de leer la novela me han dado unas ganas locas de hablar. (Esto ya lo dije en Twitter). A mí, que soy de pocas palabras. Un efecto parecido a lo que pasa en la casa del Gran Hermano con alcohol y sin alcohol. La empatía, la sensación de que el otro se ha sincerado nos dice que ahora podemos desnudar el corazón.
Quiero ser muy honesto. Hace dos noches, en un restaurante, invité a dos amigos a venir a esta presentación. Les conté de Julián, de su novela. Horas después, ya cuando me despedía, uno de ellos me detuvo para preguntarme si en verdad creía que el libro era  bueno. Ya se sabe que las presentaciones son también eventos de publicidad.
Le di una respuesta amplia, aunque no tanto como la que he dado aquí. Si ahora me lo preguntan diré una sola cosa: La vida de Guadalupe Chávez es una historia fenomenal.


*Texto leído el 1 de octubre en Ciudad Victoria, durante la presentación del libro.

jueves, marzo 29

En la vieja estación de la ciudad nueva*

MENUDO ENCARGO TENGO YO ESTA NOCHE: presentar, en unos cuantos minutos, tres libros de sendos autores. No es que me quiera excusar, pero tal vez ustedes, en una situación como esta, harían lo mismo que yo: evitar el riesgo de herir susceptibilidades por deferencias u omisiones y dedicar en cambio el tiempo —mi tiempo y el de ustedes— a hablar de Joaquín Sabina, escritor que apenas la semana pasada celebró un cumpleaños feliz y nos dio la feliz noticia de visitar otra vez México este año, es decir antes de que se nos acaben el país y el mundo.

Dice el flaco de Úbeda, refiriéndose a la vieja España, que en esa nación uno da una patada y salen diez mil poetas. Eso quisiera yo que pasara en México, y eso en Nuevo Laredo, porque se requiere demasiada poesía para acallar la baraúnda de la barbarie. Y pese a figurar entre los diez municipios más violentos del país, y no obstante la ominosa imposición del silencio, Nuevo Laredo brilla desde hace años en Tamaulipas y en el norte de México como un semillero de notables escritores en los diversos géneros. Baste poner, como ejemplos presurosos, los nombres de Federico Schaffler, Marcos y Cinthia Rodríguez Leija, Jesús DLeón-Zerrath, Rogelio Córdova o Luis Edoardo Torres.


Así volvemos al tema que hoy nos ocupa, porque en esa lista deben incluirse, por absoluto derecho, Jacobo Mina, Jorge Santana y Juan Miguel Pérez Gómez.

Cierta ocasión, un amigo y yo discutíamos sobre las canciones de Sabina y de Aute. Luego de ir y venir por sus versos en una cosa coincidimos: en las letras de Luis Eduardo había más filosofía; en las de Joaquín, más experiencia personal. Para hablar de Jacobo Mina, Moisés Heriberto Cortés emparenta a filósofos y poetas. Los primeros, dice con palabras mejores que las mías, ven al mundo como un todo y los segundos sienten todo el mundo adentro. Pero algunos como Mina se tragan la vida a bocados superlativos para devolverla después en forma de carcajadas. Por eso para Heriberto Cortés, junto al nombre de Jacobo Mina se escribe la palabra poeta en letras de gran altura.

El libro que Jacobo Mina nos comparte hoy, Estación Laredo, es en realidad cinco libros o, dicho mejor, cuatro poemarios. El primero, La comunión de las cosas, que le valió en el 2000 el Premio Nacional de Poesía “Juegos Florales Toluca”, abre “Los poemas del perdón” con un epígrafe tomado de 19 días y 500 noches, canción, por supuesto, de Joaquín Sabina. Este primer conjunto está centrado en la soledad, una soledad acaso más detestable por su persistencia en una ciudad tan bulliciosa. Y es que la soledad es siempre la soledad aunque pague en dólares, escupe el poeta con mayúsculas en la primera estrofa del poema “La calle que va al puente”. En estos once poemas la ciudad aparece y se disuelve; todo apunta hacia arriba menos el amor, menos la vida. La cotidianidad fronteriza condensada en tres líneas: Dulce sueño americano. La fábrica cansa, hastía, trastorna; a veces hay deseos de ser alguien.

En Los poemas imposibles al poeta lo atrae la presencia de la muerte. De nuevo la ciudad, la frontera y la capital, pero ahora bajo el agobio del calor, de la sal de los cadáveres.

Mayra duerme muestra otra faceta de Jacobo Mina. Se trata, pues, de un ejercicio lúdico de gran técnica, audacia y humor. Ya no hay amores ni dolores reverenciados sino acercamientos juguetones a la emoción. Pobre Mayra; y pensar que tienes que cargar con el peso inicuo de tu belleza a todos lados, nos dirán las primeras líneas, las que nos advierten del terreno que pisamos: en las páginas siguientes el mayúsculo escritor nos enseña a conjugar el verbo amar en tiempo de frío.

Olivia es una aceituna se continúa con Los poemas de la vida y la muerte. En ellos nos enfrentamos a una realidad más cruda, ardiente, derruida. Hay en esta ciudad muy poca esperanza cuando el poema lo llena una heladera repleta de muertos, cuando, como dice Mina, el piso se llena de sangre. Del zócalo de la ciudad de México al puente de Laredo la distancia se cuenta en vidas. Y acaso en esta frontera, entre acordeones con el fuelle roto que solo saben cantar cadáveres, Jacobo halla lugar para el optimismo. Ella sonríe, la tarde se ve mejor. Al final, a la manera de Inventario, la legendaria canción de Joaquinito, Jacobo Mina enumera todo aquello que subsiste del amor.

En 2003, Joaquín Sabina publica una colección de sonetos, Ciento volando de catorce. Una decisión arriesgada por donde se mire. Una apuesta si toleramos la frase común. También, la resolución de desempolvar lo vetusto y hacerlo novedoso. Se trata, quizá, del libro de poesía, o al menos el de sonetos, que más rápidamente se ha vendido en la historia. Esto es, desde luego, porque lo escribió Sabina, pero también porque son versos llenos a la vez de ternura y cinismo, propios de un poeta que huye de la solemnidad como de la peste, de quien ha creado en la música y en la literatura no un estilo: un género.

Pornosonetos, el poemario de Jorge Santana, se inscribe dentro de todo lo que acabo de apuntar, con excepción, acaso, del fenómeno de ventas, cosa que esta misma noche ustedes pueden remediar. Como Joaquín, Santana parte de una fórmula antigua, en franco desuso, y la hace suya mediante la oralidad y el humor; pero, además, la vuelve categóricamente actual mediante los usos y recursos del mundo moderno. A lo Sabina, Jorge Santana juega con la sintaxis, le falta al respeto, la manosea, inventa nuevos significados y la hace temblar cuando dice, por ejemplo: Tu lengua de miradas desafiantes o Tu vientre, invernadero de alacranes.

Respecto al amor, la seriedad está en otro lado. Aquí se trata de ir al punto: Hagámosle caso a nuestro cuerpo. Ingrata, desgraciada, dame un beso; recurrir al doble sentido: Yo parcho tus goteras, parcho llagas y de paso te humeo las chimeneas o en última instancia al humor, que suele ser bien pagado por las interfectas: Hacemos clase alta y clase baja, nos dice Jorge Santana, quizá para recordarnos que solo en el sexo hay democracia.

Un pornosoneto quedaría a deber si fuera más recatado; por eso Santana burla no solamente las reglas del soneto, también, a veces, le baja los calzones a la ortografía. Pero contra lo que se piense, aquí no solo está el cuerpo, también está el amor, y está —¿cómo no iba a estarlo?— la ciudad, esa ciudad que solo sonríe o llora en los versos de los buenos poetas. Las balas que se besan en las calles, los narcos traen la foto en la cartera de la mujer que en casa los espera y encuentra su trabajo estimulante.

A lo largo de setentaiséis sonetos, Jorge Santana nos comparte vida e imaginación, nos hace andar en su universo. Ahí está la juventud para beber un buen buche antes de enfrentar la vida, que no siempre es tan amable.

El amigo del que ya les platiqué y yo hablábamos otro día de las canciones de Sabina. Hasta entonces el pobre pensaba que eran poemas. No había notado que la mayoría, y especialmente títulos como Eva tomando el sol, Juana la Loca, Peor para el sol o la misma 19 días… tienen la estructura clásica del cuento, la novela o la crónica: es decir planteamiento, nudo y desenlace. Narrativa bien rimada. Los cuentos que cuenta Joaquín, así acaben fatal, tienen siempre imágenes demoledoras y frases geniales.

A Juan Miguel Pérez Gómez, uno de los escritores más versátiles y productivos que conozco, lo he seguido desde 2005, cuando leí Amores extraños, el volumen con el que ganó un año antes el Premio “Juan B. Tijerina”. Vale decir, como en otras veces, que admiro su narrativa audaz, beligerante, escatológica y un tanto canallesca, ratificada en Bestias domésticas con un evidente refinamiento tanto en lo técnico como en lo verbal. En textos como “Sueño americano” y “Los viñeros de la envidia” se observa, por ejemplo, lo bien que Juan Miguel aprovecha el ritmo cinematográfico, y en “Dios no juega a los dados”, un derroche de imaginación a la par de una solvencia en el lenguaje.

La penúltima vez que vi a Juan Miguel fue en Monterrey, cuando todavía se podía estar en un bar y luego en otro sin sentirse héroe o cucaracha. En aquella ocasión, Gerson Gómez completó la bohemia aporreando los bongoes mientras el cantante local trataba de recordar la letra de 19 días y 500 noches. Hablamos poco, algo acerca de la pena que a alguien le provocaban aquellos hombres que se consuelan con tocar un tobillo o una pierna femenina desde los márgenes de una mesa de baile.

Hablamos poco o casi nada. Y sin embargo estos textos con que Juan Miguel obtuvo el Premio Estatal de Narrativa lo revelan como un maestro del diálogo; habilidad perfeccionada quizá gracias a su incursión en el género dramático. De dramas los cuentos de Pérez Gómez nos revelan muchísimo porque a partir de un drama conyugal, casi cotidiano, casi fútil, se desgaja una revelación abrumadora, como sucede en “El visitante”, relato que encontrarán en la página 43.

Para decirlo de una vez, Juan Miguel es un provocador. Su narrativa es, por sí misma, un desafío; no son textos para las buenas conciencias. Conozco a más de uno que se ha escandalizado. Y cómo no, si Pérez Gómez hace que pongamos la mirada en aquello que nos recuerda, querámoslo o no, nuestra condición humana: “Toda la mierda del mundo”.

Dicen que como Sabina nadie le ha cantado a Madrid. Joaquín, por su parte, dice que los madrileños elevaron a himno una canción que vomitaba sobre su ciudad. Nuevo Laredo aparece también, de manera velada o explícita, en estos tres libros que, ¿aún no lo he dicho?, recomiendo muy ampliamente. Aparece, eso sí, con sus arrugas y cicatrices, con moretones y orines. Pero sonriendo, como le corresponde a una ciudad que, reuniendo ella sola a más de cincuenta jóvenes escritores, todavía puede llenar sus librerías tanto como sus cementerios.


* Texto leído el 23 de febrero en Estación Palabra, ciudad de Nuevo Laredo.