miércoles, abril 29

Influenza de la soledad

Estoy a medio camino entre la aburrición y el encabronamiento. A solas en una escuela inactiva. (No quise ser redundante). Revolviendo papeles y regando las plantitas, viendo cómo voy a desquitarme cuando esta contingencia pase (si es que pasa). Me carcome la envidia, tengo que admitirlo. ¿Por qué nadie me dijo que junto con mi nombramiento venía la única vacuna contra esa chingadera?

Más chochentas

miércoles, abril 22

Espiral

SALA DE ESPERA


A esa hora la sala de emergencias era la única sección abierta al público; los otros accesos permanecerían cerrados hasta las siete en punto. Por fortuna había un pasillo que unía las salas de urgencias y de medicina externa. Se felicitó por la idea. Le había llegado durante la madrugada, a la mitad de un sueño que ya no pudo recordar. Como el primer rayo antes de la tormenta -¡fuizzz!- el chispazo en su cerebro y después el sobresalto, el corazón acelerado, la excitación castañeteando en sus dientes y la prisa que lo llevó esa mañana hasta el hospital aún sin quitarse la ropa de dormir...



Elena Méndez me ha hecho el favor de incluir uno de mis cuentos en su revista Espiral. El texto completo aquí.

martes, abril 21

Página 12




"Aquella noche pensé que estaba brindando por mis éxitos, sin tener la menor sospecha de que estaba celebrando la inauguración de mis fracasos."



Milan Kundera
El libro de los amores ridículos
Trad. Fernando de Valenzuela. Tusquets Editores. México. 2008.

viernes, abril 17

Él escribió estos relatos






POR QUÉ NO VIAJABA EN MI PROPIO AUTO, preguntó el oficial antes de autorizarme el permiso de internación. Contesté lo que me vino a la cabeza. "No conozco la autopista", dije, y aunque no mentía, supe que había dicho una estupidez. "Hay señalamientos por toda la carretera", me espetó el oficial. Permanecí callado el resto de la tramitación. Me consolé pensando que debía ser harto complicado explicarle al hombre aquél que a mí me cansan los viajes en automóvil, especialmente cuando soy yo quien conduce. Para las grandes distancias prefiero tomar un autobús. Pero viajar de día. (No sé por qué, al contrario de los muchos que han viajado junto a mí, en los buses sencillamente no puedo dormir, termino siempre desmadrugado y con los ojos enrojecidos, las nalgas escaldadas y un dolor atroz en las costillas). Viajar de día y, desde luego, llevar algo que leer. Así, entre hojeadas al libro y ojeadas al paisaje, las rutas me resultan frecuentemente más amenas.

Ahora bien. Un viaje, como quiera que se le vea, es una aventura, y se debe vivir como tal. No puede uno sumergirse en la lectura y olvidar ese exterior que nos resultará nuevo por mucho que antes hayamos estado ahí. Por eso para este viaje me compré uno de relatos. Así, creo yo, se pueden disfrutar ambas cosas sin perderse los momentos memorables de cada cual.

Me gusta leer a Haruki Murakami. Encuentro en él un narrador que, en la sencillez de su prosa, edifica historias inolvidables y personajes magnéticos. Pese a ello no he leído todas sus novelas, y esto se debe, principalmente, al costo de los ejemplares. (Otra vez la burra a la mazorca, dirán los que hayan pasado antes por acá; pero precisamente por eso es que compro ediciones de bolsillo en vez de las otras). Sobre sus novelas ya he comentado aquí (o tal vez no) lo mucho que me han conmovido. Ahora diré algo de sus relatos.

Sauce ciego, mujer dormida es una colección de veinticuatro narraciones que bien hubiera podido decantarse en veinte muy buenos (o tal vez dieciocho insustituibles) relatos de variada textura. Pero, como el autor advierte desde los preliminares, aun los más grandes escritores han publicado cuentos perfectamente olvidables, así que vaya usted a saber las razones por las que esta colección incluye tres relatos que aparecen como episodios en sus novelas y algunos más que abusan de la vaguedad o del ridículo.

Pero en lo demás, en la mayor parte de estos relatos, descrubro un Murakami más ameno, mordaz, divertido, genial. No podría explicarlo claramente, pero encuentro en esos relatos a un autor que, sin ser exactamente el Murakami que yo conocía, es todo eso y mucho más. Es decir que en sus cuentos, como en sus novelas, sigue demorándose en artilugios verbales antes de desatar el conflicto que nos deja sin respiro, una acción que no depende tanto de la originalidad de los sucesos narrados, sino precisamente de lo contrario, de una cotidianidad elevada al sueño. Eso está aquí, por supuesto, pero este narrador es además lúdico, absurdo y perturbadoramente conocedor del alma humana. Repasando algunas de estas páginas no podía dejar de recordar a Efrén Hernández y a Jorge Ibargüengoitia.

Para los seguidores, como para los nuevos, es éste un libro que no podrán dejar de leer.

Stop












martes, abril 7

Página 71


"Golo marca el número. Mundo aguarda. Golo espera a que suene el primer tono y conecta el altavoz del teléfono, de modo que los dos escuchen y puedan hablar en caso necesario. Es la madrugada, así que, como es habitual, contesta la mujer. (En otros horarios contesta la hija, o el hijo menor, pero esto es, como ya se dijo, menos común.) Entonces dice Golo:
-Aquí quieren hablar contigo.
Y -mientras su amo se aleja para dejarlo pasar-, Mundo, que reconoce las palabras como una de varias claves preestablecidas, habla de modo articulado y claro para decir:
-Mi amor, soy yo.
-Fernando -dice la mujer, cuyo nombre es Andrea; en otro tiempo era una pregunta, pero ya no hay duda y sólo se resigna a continuar.
-Mi amor, estoy bien. Me tienen secuestrado. Me llevaron, no sé dónde estoy, quieren dinero. Quieren un millón -dice Mundo-. Dicen que si no se los das me van a matar. Dicen que si se los das mañana me tienes de vuelta.
La voz de Mundo también está desprovista de cualquier asomo de angustia o miedo. Hace años, sin duda, que Andrea no cree en la posibilidad de su regreso, y él mismo no quiere volver. pero lo importante no son sus deseos sino la obediencia debida. De haber sido otras las palabras introductorias de Golo, Mundo habría balbuceado como un niño o ladrado como un perro; habría fingido un tono amanerado, habría puesto el trasero y no la boca cerca del micrófono, o habría insultado a la mujer, la habría llamado puta y frígida, vaca, perra: la secuencia precisa de palabras que Golo le indicó.
En este caso, sin embargo, tras "me tienes de vuelta" queda poco por decir: un par de protestas de amor, una pregunta por el bienestar de la niña y el bebé (los parlamentos no han cambiado, se entiende, en todo el tiempo que Golo ha tenido a Mundo) y una breve seguridad de que todo saldrá bien:
-Mañana nos vemos, mi amor. ¿Verdad? -tras de la cual Golo, quien se excita invariablemente con el intercambio, cuelga el teléfono, se baja los pantalones y penetra a Mundo rápida, nerviosamente.
-Bien -dice, varias veces, siguiendo su propio ritmo-. Bien, bien."


¡Alberto, eres enoooooormeeeeeeeeeeeeee!


Los esclavos.
Alberto Chimal.
Editorial Almadía. México. 2009.

lunes, abril 6

Estos sí son grandes éxitos






EN LA UNIVERSIDAD DE TEXAS ME REGALARON UN LIBRO. Por más señas una antología. Sol, piedra y sombras, la compilación que hiciera Jorge F. Hernández para el Fondo de Cultura Económica.
Una tarde como ésta, en una mesa de Durango, Hernán Lara Zavala dijo que los libros de cuentos suelen ser como los cedés normales: habrá en ellos dos o tres hits, pero el resto estará condenado al olvido. Tal vez por eso es que me gustan las antologías, porque no tienen desperdicio. Sol, piedra y sombras reúne veinte cuentos de veinte narradores que habitaron en México y se sientieron mexicanos (aun habiendo nacido en otros lados) antes de los cincuentas (hablo de la década, por supuesto, aunque bien sepamos que algunos escritores ahí convocados se han sentido franceses apenas sobrevivir a la andropausia). El lector encontrará aquí cuentos memorables de Rulfo, Fuentes, Arreola, Elizondo, JEP, Revueltas, Valadés o Ibargüengoitia, por mencionar unos machos, así como de Castellanos, Garro y Arredondo entre las hembras.
Sol, piedra y sombras es el primer libro de literatura mexicana que forma parte del programa The Big Read, un esfuerzo del National Endowment for the Arts en colaboración con el Institute of Museum and Library Services y en cooperación con Arts Midwest por formar una nación de lectores en los Estados Unidos. El libro apareció, simultáneamente, en inglés y español. En Texas, según me han dicho, la distribución de este libro está a cargo de la Universidad.
Me encanta volver a las antologías porque son como los discos de éxitos. No importa que esos cuentos ya los hayamos leído, que ya los tengamos en los volúmenes originales o en otras antologías, cada nuevo compilador los organiza de otra manera, usa otro esquema, y le confiere al conjunto un nuevo significado.
Tarde o temprano uno llega a notar la diferencia entre una canción moderna y un éxito inolvidable.




Hernández, Jorge F. (ed). Sol, piedra y sombras. Veinte cuentistas mexicanos de la primera mitad del siglo XX. México. FCE, 2008.




viernes, abril 3

Todos los "lados"

"No manches... el otro lado"

Al lado de Víctor Manuel, el cónsul de Brownsville, y de Evangelina, agregada cultural; al lado también del personal de la UTB.

Al otro lado del otro lado, la entrada a la USD, vista de lado.


El consulado, en San Diego. De lado a lado, Pedro Ochoa, Mario Martín Flores,
Yo, Rosario (la cónsul), Carl y Kim.



El mejor de los lados.
(Aunque acerca de las tazas se diga "el lado de adentro").