viernes, octubre 4

Estamos solos; y eso es lo peor


Estamos solos; y eso es lo peor
COMENTARIOS ACERCA DE SOLTARSE DE LA MANO, DE ALFREDO MARKO

A la memoria de Rafa Saavedra

Nadie pudo explicar la prosperidad del negocio de Juventino, en tiempos la tienda de abarrotes más cercana a la casa de mis papás. Más que gruñón, don Juve era un resentido, de aquellos que, en plena carestía, gozaba negándonos la leche o el pan a sabiendas de que volver a casa con las manos vacías significaba poco menos que el destierro. Puede que hubiera motivos. A Juanito, el primero de sus hijos, lo había aplastado un camión de la Pepsi a las puertas del tendajo. Puede que también nosotros tuviéramos razones para volver ahí a pesar de los corajes. Había en la entrada una capilla, construida por el propio Juve en su época de albañil. No era mal constructor; quitando las torrecillas y cruces bien podía pasar por una casita de muñecas.
Apenas tuve conciencia pedí a mi madre una razón. “Hay que poner una cruz o una capilla en el sitio donde alguien muere de manera inesperada”. La explicación fue insuficiente, porque para entonces yo ya sabía de algunos que habían fallecido en el mar, en el aire o en los baños de la central camionera, como le pasó a mi tío. Y aunque de entonces a esta parte he visto en calles y avenidas, en carreteras y caminos, a orillas de ríos y lagos constancias de que al menos por un tiempo alguien fue bien recordado, parece que la costumbre es en sí misma la rúbrica de una imposibilidad. Qué rápido se llenarían los quirófanos con las cruces de quienes pasaron por ahí confiando de más en su corazón. Y cuán amargo será no poder dedicarle a un bienquerido más cenotafio que el del camposanto. Y a veces ni eso.
Si me han seguido hasta aquí, no piensen que divago. Me apego estrictamente al tema que hoy nos ocupa, las siete historias que componen Soltarse de la mano, el volumen de cuentos con que  Alfredo Marko culmina el proyecto “Cruz de la Calle”, que desarrolló con apoyo del Conaculta y del ITCA como parte del Programa de Desarrollo Cultural para la Juventud, y que le permitió recoger de las comunidades semiurbanas y rurales un repertorio de testimonios para construir piezas narrativas que ya han recibido la aclamación de la audiencia joven y madura durante las presentaciones y lecturas de las versiones individuales de estos cuentos, distribuidas en preparatorias locales.
Trabajo, pues, de investigación y creación. De recreación si se quiere. En 2011, Alfredo Marko emprendió el rescate de la memoria, recogiendo testimonios orales en ejidos y colonias periféricas. Ahí donde veía una cruz, ya blanqueada ya vencida, se detenía a indagar los pormenores de la tragedia. Es bien sabido que la gente es propensa a la ficción. Y aquí debo hacer un paréntesis. Cuando algo ocurría en nuestro barrio, policías y reporteros acudían a mi tía Veva. Era tan buena dando pormenores de las discusiones previas a las balas o de la distancia que un atropellado voló antes de caer al suelo, que aquellos preferían su testimonio aun sabiendo que no había presenciado los hechos. Cierro paréntesis. Decía pues que la gente es propensa a la ficción y que tal vez las versiones rescatadas disten tanto de la realidad como los constructos finales. Todos podemos contar un cuento. Pero hace falta un madurado oficio de escritor para producir piezas narrativas tan sólidas como las que  Alfredo Marko ha conseguido aquí.
Variando los recursos técnicos como el cambio de perspectiva, de voz o de lenguajes narrativos, Marko nos cuenta en 63 páginas su propia versión de siete muertes: la del muchacho universitario, consentido de propios y extraños, que en un flash premonitorio se habla de tú con Cristo; el caso de una pareja abatida por una banda de pistoleros, en cuyo hilvanado de pistas asoman sospechas y malquerencias que apuntan a la dama, que apenas recibió una herida en el tobillo; la patética historia del empleado de un hotel de paso que, por poner los ojos donde no debe, la fantasía le juega una muy mala pasada; el hombre de edad tardía cuyo temor a la inmovilidad lo hace emprender proyectos disparatados, que a la vez nos revelan una verdad no dicha por los abuelos políticamente correctos; la igualmente patética historia del muchacho que ve cómo se desvanece su chica ideal cuando es su propia vida la que se diluye en medio de la carretera.
El libro abre con la historia de un muchacho que no ha podido aliviarse del madrazo emocional que recibió al no lograr impedir que su amigo fuera tragado por la corriente de un arroyo, al grado de esconderse dentro de sí mismo para escuchar solamente el rumor del agua. En este primer texto, “La existencia de las aguas profundas”, nos queda bien claro que ni el narrador ni los personajes harán concesiones: la hiel está ahí, como no podía ser de otro modo, para ser saboreada y escupida, pues si algo queda flotando alrededor de una muerte injusta (y cuál no lo es), esto es la rabia.
Rabia, precisamente, es lo que define al texto que le da nombre al volumen. Es una niña la que, por ir en pos de un globo fugitivo, suelta la mano guardiana antes de interponerse en la ruta de un microbús. La muerte a veces trae prisa. “Soltarse de la mano” es a mi juicio el mejor texto de este libro y quizá lo mejor que Alfredo Marko ha escrito hasta hoy. Psicólogo de profesión, lector exigente, observador perspicaz de sus congéneres, unas cuantas palabras le bastan para ubicar el drama en una vivienda popular: hay una vitrina que comparten la vajilla y las medicinas de la presión, ahí donde es imposible pasar sin testerear las figurillas de cerámica o los luchadores con camisa del Corre, erguidos sobre carpetitas de crochet. A lo largo del relato compartimos la congoja y la frustración de sus moradoras, quienes además del luto deben cargar las consecuencias de su reciente afición a apedrear microbuses usando, en vez de piedras, piezas de repostería. “¿Tú crees que con galletas un día podremos romper un vidrio de un microbús?”, le pregunta Gudelia, la abuela, a la madre, que responde: “No sé. Pero son las mejores piedras que tenemos. Entiéndalo, suegra: antes que locas estamos solas; y eso es peor”.
Puede que, como dijo el poeta, los muertos queden muy solos. Pero más solas se quedan las ciudades cuando se van quienes las han caminado y descrito. Sola se queda Tijuana, la city de Rafa Saavedra, y muy sola, terriblemente sola se queda Ciudad Victoria sin la pluma y la voz de su cronista, don Antonio Maldonado. Con las historias que integran Soltarse de la mano, Alfredo Marko ha entrado, sea que se lo haya propuesto o no, a ese grupo de escritores que trasponen la mera ficción para arrancar trozos de su ciudad y ponerlos en palabras. Sus páginas nos harán reconocer los barrios de La Peñita, la Mariano Matamoros, andar por la vía del tren, la carretera Interejidal y Tamatán. Reconocer ya su calma o su bullicio, sus arbolados paseos tanto como sus calles ojerosas y el olor a suciedad.
Por si no ha quedado claro, digo finalmente que celebro la aparición de este libro, la primera reunión de cuentos de un autor tan reacio a los reflectores. Celebro igualmente que lo haga con una colección que lanza una mirada crítica hacia nuestros modos de convivir con la muerte, que hace recuerdo de los muertos ya burlándose, ya ensalzándolos, pero rescata en cambio muchas dimensiones de los deudos, de quienes se construyen pequeños mitos para aplacar la tristeza. Celebro, además, que a lo largo de los textos se entreveren algunos rasgos de  nuestra ciudad. Estas historias nos harán recordar nuestros pasos por esos lugares, tal vez recordar las cruces, los cenotafios, y repensar lo solos que nos quedamos cuando se van los amigos. Tal como lo afirmaba Leonardo Favio, el cantautor preferido de Rafa Saavedra en su modo retro: “la soledad es un amigo que no está”. Carajo, tiene Razón Alfredo Marko: eso es ciertamente lo peor.




lunes, agosto 19

Reír en una ciudad desangrada




La primera vez que vi a Luis Valdez fue en su blog, Ciudad Mascota, en 2005, cuando anunciaba su próxima lectura en una mesa del Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro, que aquel año formó parte de la FIL. Supe entonces que Luis había rebautizado con ese nombre a su ciudad, Monterrey. La fecha señalada compartimos una mesa. Creo que él habló de cantinas y yo, de perros quemados. En uno de mis despistes creo que también compartimos la botella de agua, pero no llegamos a más.
La segunda vez fue al año siguiente, en Durango, en un taller que coordinó Daniel Sada. Entonces compartimos de día la habitación y números de teléfono; de noche, la ruta por los salones del centro, cosa que repetimos en 2007 en compañía de Juan Miguel y Gerson Gómez, pero en los bares, tabledances y cantinuchas de Monterrey. Recuerdo bien que esa noche Gerson acompañó en las percusiones a un trovador local, que yo perdí y
luego recuperé mi cámara de fotos y que una bailarina cacheteó a alguien. Recuerdo que atravesamos unas cincuenta puertas antes de cerrar por fin los ojos.
Menciono todo esto a propósito de la nueva novela de Luis, Mascotas muertas, que el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León publicó bajo el sello de Ediciones intempestivas, obra en la que Luis Valdez aborda, como lo hizo en el libro de crónicas Por qué los cleaners no van a salvarnos, editado en 2011 por la Universidad de Sonora, la melancolía de los ciudadanos que ven a una ciudad consumirse entre el fuego de las mafias, la policía, el ejército y los políticos, si acaso no cupieran todos ellos en la primera palabra.
Los psicólogos dicen que la risa nerviosa es una señal de estrés, de angustia, una reacción involuntaria que suele manifestarse en seguida de una situación traumática. Pues bien, el humor presente en estos dos libros de Luis Valdez (toda la obra suya que conozco tiene una fuerte dosis de humor e ironía) provocan ese tipo de risa, debido tal vez a la aborrecible realidad a la que aluden.
Lou Rodríguez, columnista del Ciudad Mascota News, se torna un día en detective (quizá influido por el personaje homónimo de la serie Miami Vice) y convierte en objeto de su investigación a su vecina Judith. Así van entrando en escena personajes extrañamente duales: caricaturas que reflejan muy claramente su decadencia personal tanto como la de Ciudad Mascota.
Tal como pasa en la vida real, ni el narrador ni los personajes llaman a las cosas por su nombre. En Ciudad Mascota dos bandos de la mafia son los naZis y el cártel de la jaiba. Luego que el ciudadano ha tenido que renunciar a vivir donde vivía, a viajar en lo que viajaba y a beber donde bebía, acaso esta prerrogativa sea la única que conserve el escritor: usar en sus historias los nombres que le dé su gana.

Desde su título, Mascotas muertas no es una novela esperanzadora. En una ciudad que se muere no hay salvación, al menos no para todos. Un escape es un respiro solamente. En esta, que no es otra estúpida novela de naZis, eso al menos es algo, dirá Lou Rodríguez cuando, finalmente, se sepa vigilado incluso por un personaje de su invención.

Valdez, L. (2012). Mascotas muertas. Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. 73 p.

jueves, agosto 15

En defensa de los pinches pelones






Mi hermana decía que los calvos eran hombres inteligentes; yo, en concordancia, pensaba que las barbas eran signo de elegancia y cultura. Por eso cuando rondaba los nueve años anhelaba llegar a los treintainueve con la cabeza bien lisa y una larga barba cana. No sucedió ninguna de estas dos cosas: arriba tengo una mata de púas que crecen como si las fertilizara a diario mientras que alrededor de la boca se extiende un campo erosionado. Sin embargo no me quejo. Apenas entré a la adolescencia noté que la calvicie no era exactamente una ventaja competitiva. De hecho, empecé a preocuparme de veras cuando mis sobacos tardaron en germinar. Mis maestros de secundaria y de prepa no ayudaban en el trance, el de Matemáticas, el de Historia, el de Psicología y hasta la maestra de Lógica (por supuesto) tenían una calva que no se veía la mar de bien. Calvos categóricos o a medias, “calvos de tanto pensar”. Puedo jurar que de esa época arrastro  mi proclividad a la estupidez. Y es que los ochenta eran años de greñas. Un calvo no podía salir tan orondo a la calle como ahora. Creo que en este orgullo alopécico han influido actores, cantantes y conductores de televisión. Sin embargo hay que aceptar que por muy sexy, millonario, musculoso, simpático o inteligente que usted sea, llegará un día en que se refieran a usted como el Pinche Pelón.
Todo esto me hizo recordar El sufrimiento de un hombre calvo, obra del mexiquense Samuel Segura que obtuvo en 2012 el primer Premio Nacional de Novela Corta de Humor (que premia a novelas de humor cortas, hay que aclarar), auspiciado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), sello bajo el cual se publicó a finales de ese mismo año en la Colección Fortalezas. Un alma caritativa de esa institución me regaló un ejemplar el pasado Día del Libro. Menos de cien páginas devoradas en una tarde nublada
de abril y es la hora que no dejo de pensar en lo hábil que un escritor debe ser para trazar, como explica un admirador anónimo en la contratapa, todas las dimensiones de sus personajes en un texto tan breve.
Al margen de sus cualidades narrativas (es un texto diáfano, ameno, profundo, irónico), que para esta fecha muchos habrán señalado, quiero detenerme en tres cosas que llamaron gratamente mi atención. La primera es el humor inteligente que maneja. Si usted busca una serie de chistes sobre la que se sostiene una historia mediocre, no la va a encontrar aquí. Salvo la reiteración de la calvicie, cáustica por decir lo menos, el humor está metido en los personajes, y surge de ahí acompañado de la reflexión. La segunda es la humanidad de los personajes, característica inherente a la anterior pues al renunciar al humor barato los personajes no son caricaturas de nada, sino seres con los que uno termina identificándose lo quiera o no. Así, no hay buenos ni malos, sino personas que son víctimas de sus propias decisiones, grandes o pequeñas, y verdugos de su microecosistema familiar. Pero lo que más me gusta es la reivindicación que Samuel Segura hace de un patético pinche pelón. Un personaje, padre del protagonista, quien es al mismo tiempo creador de todas las desgracias y principal damnificado, un fracasado que sale a flote echando mano de lo único que tiene, como quien se echa la bicicleta a cuestas para atravesar una calle salpicada de vidrios.

El sufrimiento de un hombre calvo es pues, también, una novela de justicia y esperanza, la constatación de que todos tenemos derecho a un lugar en la red trófica urbana. Perfecta para leerse en una tarde nublada.

Segura, Samuel (2012). El sufrimiento de un hombre calvo. México: Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes.