sábado, agosto 26

En las alturas...

Y hace noventa y dos años, una tarde como ésta, nació Julio Cortázar.
A partir de ese día Dios está descansando.

jueves, agosto 24

México estrenará literato

Un día como hoy, hace 107 años, nació la máxima gloria de la literatura iberoamericana: Jorge Luis Borges. Hace poco más de un mes, en contraparte, se cumplieron veinte años de su fallecimiento.

"Borges, además de cuentos, escribió poesía, ensayos y una considerable cantidad de crítica literaria y prólogos. Editó numerosas antologías y fue un prominente traductor de inglés, francés y alemán. Su ceguera, desarrollada durante la edad adulta, influyó enormemente en su escritura posterior.

Entre sus intereses intelectuales destacan la mitología, la matemática, la teología, la filosofía y, como integración de éstas, el sentido borgiano de la literatura como recreación — todos estos temas son tratados unas veces como juego y otras con la mayor seriedad. Borges vivió la mayor parte del siglo XX, por lo que vivió el período modernista de la cultura y la literatura, especialmente el simbolismo. Su ficción es profundamente erudita, y siempre concisa." (Más de J.L.B. aquí)

Un tipo declaró una vez, con todo orgullo, que él no leía libros para no amargarse la vida. Ese mismo sujeto, en la sede de la Real Academia de la Lengua Española, unos meses antes se había referido al autor de El Aleph como José Luis Borgués. Hace tres días ese hombre anunció que a partir del 1 de diciembre dedicará su tiempo a escribir un libro, como Borges. Como Borgués, se apresurarán a decir quienes lean esta nota, pues lo único que Jorge Luis Borges y el novel escritor mexicano tienen en común es la ceguera, sólo que Borges aprendió a observar mejor en la invidencia, en cambio el otro...

De la lectura ni hablar, por supuesto.

viernes, agosto 18

De aquí... ¡al terapeuta!

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martes, agosto 15

De cabeza



Y resultó que por fin conocí la sierra de Bustamante. Hacía varios meses, años quizá, que mi amigo Jorge Rodríguez (“El Pollo”) me insistía con que lo visitara en ese pueblo enclavado en uno de los extremos de la geografía tamaulipeca. Jorge trabaja en Bustamante desde el 2000; hace dos años se casó y finalmente se estableció allá. Con el pretexto de la boda de mis padres, que había ocurrido el sábado, el domingo me visitó Mundo, quien trabajó también en aquel pueblo hace poco más de diez años y es otro de los grandes amigos de El Pollo, entonces acordamos visitarlo el miércoles.

Resultó también que, luego del ajetreo que generaron los preparativos de la boda, el taller de Orlando Ortiz, la presentación de su libro, los problemas de inicio de semestre en el trabajo, la boda propiamente dicha y la tornaboda que unos cuantos improvisamos en El Chaparral, bailando country y bebiendo cerveza hasta las siete de la mañana, la nueva semana me trajo en consecuencia un insufrible padecimiento cuyo nombre prefiero mantener en secreto. Baste decir que el lunes no podía tenerme en pie y tuve que permutar mi jornada de trabajo por una visita al doctor. Alcohol, café y tabaco encabezaban la lista de prohibiciones que me dio el tirano de bata blanca, lo demás ya no lo leí con atención, aunque algo decía de las grasas y de los alimentos condimentados en una enumeración que se alargaba hasta el infierno (debería decir “infinito”, pero para el caso es lo mismo). Las pastillas, en cambio, resultaron casi una bendición, pues si bien el sufrimiento se prolongó dos días más, el jueves estaba yo tan repuesto, tan radiante como si me hubieran ungido con el famoso aceite del santo libanés. Entonces recordé lo que habíamos pactado Mundo y yo el domingo anterior.

Estaba yo ese jueves, al regreso de Oyama, comprando en una ferretera algunos implementos para la escuela cuando llamé por teléfono a Mundo. Que él también estaba llegando de su escuela, me contestó, que en una hora pasaría por mi casa para irnos a Bustamante. Alrededor de las cinco de la tarde estábamos abandonando nuevamente Ciudad Victoria.

“Rumbo Nuevo”, la carretera que comunica a la capital del estado con Jaumave, se convierte a ratos en una especie de parque temático, todo un espectáculo de serranías, cañones, taludes y peñas multicolores. Estos últimos meses ha llovido en la sierra, así que el bosque mesófilo de montaña, característico de esta región, resplandece sobre la espalda de las serranías como el pelaje de un abrigo nuevo. A la altura del Balcón del Chihue, los repechos coloreados de la carretera hacen serpentear por sus paredes aguas surgidas de quién sabe dónde, convirtiendo a la carretera en una auténtica obra artística jamás planeada. Este tramo carretero concluye en Palmillas; a partir de ahí empieza un nuevo tramo en construcción que se extiende con rumbo al pueblo de Tula. Nosotros nos detuvimos en El Capulín, y a partir de ahí tomamos la carretera estatal, de sólo dos carriles, que nos conduciría a Bustamante.

El paisaje de la sierra de Bustamante es, ciertamente, espectacular, más de lo que yo hubiera imaginado, pero el descenso por esa estrecha ruta, donde además debemos esquivar cada tantos metros a los burros que en estas regiones son ganado disperso y que cruzan constantemente la carretera (“como burro sin mecate”), convierten este trayecto en un deporte de alto riesgo.

Llegamos pues a Bustamante, un pueblo de callejones elegantemente empedrados, un pueblo de ascensos y descensos, de olor a madera y café de olla. En Bustamante las tapias pueden ser vivas o muertas según el material del que se las construya; usted puede colocar piedra sobre piedra hasta lograr la figura deseada o permitir a órganos y pitahayos alinearse según ellos lo prefieran, conformando una alta valla infranqueable. Este pueblo no es más grande que la colonia donde vivo, sin embargo las señas que los lugareños nos proporcionan para encontrar la casa de Jorge nos entretienen durante casi una hora. De lo alto de la loma al centro del poblado, la camioneta de Mundo viaja una y otra vez buscando el domicilio. No es sino hasta que nos decidimos a tocar en una puerta cuando nos encontramos con un rostro conocido; una compañera de Jorge, quien finalmente nos confiesa que nuestro amigo se encuentra a la salida del pueblo, en una cantina, con el director de su escuela. Nos los topamos apenas cruzar el primer aljibe.

La casa de Arturo, el jefe de Jorge, es el típico dormitorio del maestro rural (del maestro soltero, por supuesto), una reducida recámara en el extremo de una casona familiar. La ambientación es simple: una cama individual al centro, una bombilla solitaria colgando del techo, las cuatro esquinas de la habitación flanqueadas por los libros, el guardarropa, la guitarra y la caja de cerveza. Rellenamos esa caja de cervezas en tres ocasiones y repasamos el cancionero de Guitarra Fácil de Napoleón -que junto con Leonardo Favio son los favoritos del jefe de Jorge- igual número de veces antes de empezar con el repertorio obligado de Los Tigres del Norte y José Alfredo Jiménez. Jorge insistió varias veces con que nos debíamos quedar a dormir allí, pero yo me negué arguyendo que tenía que ir a trabajar al día siguiente. Mundo me secundó no obstante que él no trabajaría. Nos despedimos de Arturo y Jorge unos minutos después de la una de la mañana. Los anfitriones nos prodigaron de abrazos y agradecimientos a la vez que nos preparaban una provisión de cigarros y cervezas para el camino.

De noche, la sucesión interminable de curvas se antoja un juego mecánico digno del mejor centro de diversiones. A la mitad de la sierra, Mundo se encontró súbitamente con un burro en medio de la carretera. No íbamos muy rápido porque la camioneta, a pesar de derrapar unos metros sobre el pavimento, volvió a estabilizarse sin oponer demasiada resistencia.

-Excelente maniobra –balbucí desde el fondo de mi nerviosismo.
-Pude atropellarlo, pero, ¿qué caso tiene? -dijo Mundo.
-Sí. ¿Qué caso tiene? –repetí yo medio mareado, y me abroché el cinturón de seguridad.

Podría jurar que el ritmo de nuestra respiración cambió al abandonar la carretera estatal y tomar la de cuatro carriles. Mundo se sintió a sus anchas y empezó a coquetear con el acelerador. Yo iba dando cuenta de cervezas y cigarros a una velocidad equiparable a la de la camioneta. De vez en cuando le alcanzaba una cerveza a Mundo, o él mismo me pedía un cigarrillo. Íbamos discutiendo acerca de un corrido espantoso que escapaba en ese momento de la garganta de Beto Quintanilla (cantante al que odio) cuando Mundo puso una llanta fuera de la cinta asfáltica. Un volantazo nos llevó en segundos al otro extremo de la carretera y un tercer movimiento nos trajo de regreso para salir volando hacia un barrancón de enormes peñascos en los que la camioneta fue perdiendo velocidad. Cada golpazo sobre las rocas era igual a sacudir una maraca, y cada escala nos llevó más cerca de la acequia que corre al lado de la carretera. Finalmente una de las llantas reventó en un troncón, haciendo que la camioneta se volcara sobre el lado de Mundo. En la oscuridad de la maltrecha cabina, pendiendo del cinturón de seguridad, un agudo dolorcito me recordó que no había tomado mis pastillas, que no las traía conmigo, que el dolor se intensificaría y que el alcohol y los cigarros…

La “Rumbo Nuevo” tiene un defecto, la telefonía celular no funciona ahí. Luego de verificar que no nos habíamos lastimado gran cosa, Mundo y yo salimos de la camioneta y empezamos a rastrear nuestras pertenencias. En medio de las herramientas, que quedaron dispersas por todos lados, Mundo encontró los celulares, valiosos implementos en casos de emergencia que en esta ocasión exhibieron su inutilidad. Las gafas negras que yo llevaba en la bolsa de la camisa, indispensables en mi caso, no aparecieron jamás. Estábamos en el fondo de un barranco, así que nadie se enteró del accidente durante la noche. Mejor dicho si hubo quienes se enteraron de todo, una familia que vive a unos cuantos metros de ese barranco, pero no se acercaron sino hasta bien avanzada la mañana, cuando llegó la grúa, y lo hicieron tan solo para observar cómo rescataban lo que quedó de la camioneta.

Y resultó que, tras haber caído al barranco alrededor de las dos de la madrugada, la camioneta salió de aquel foso poco después de las doce del mediodía. Fue necesario el trabajo de dos grúas para sacar el vehículo porque los rines quebrados se enterraban en las piedras a cada intento de encauzar el armatoste. No obstante que nos impidieron sacar la camioneta por nuestra cuenta bajo el pretexto de que debían valorarnos porque Mundo tenía algunos rasguños en la oreja y en el brazo, los Federales de Caminos jamás se aparecieron por allá; enviaron una grúa para amagarnos con llevarse el vehículo a Tula, donde el destacamento; el verdadero propósito, lo sabíamos, era negociar con nosotros la extorsión. Finalmente pagamos tres mil pesos para que dejaran la camioneta en Jaumave.

Estábamos de regreso en Ciudad Victoria a las dos y media de la tarde. Había disimulado muy bien (eso creo) los dolores que me acompañaron desde la madrugada, pero apenas estuve en mi habitación, me abandoné en la cama y me tragué un revoltijo de pastillas que me quitaron el dolor a las siete de la noche; pero el dolor volvió en la madrugada, y otra vez a las ocho de la mañana, y nuevamente a las dos de la tarde y…

Y resulta que, finalmente, tuve que desarrugar la lista que me había dado el doctor, y son los dos primeros días, de dos largos, larguísimos meses (espero que el plazo no se extienda más), sometido a una extraña dieta basada en las frutas y verduras que más odio y en la ausencia de las comidas que me gustan. De alcohol y cigarros mejor ni hablar.



lunes, agosto 7

Un libro de aquellos

¡OH, AMIGOS!, ¿FUE VERDAD? (*)

El llano se extiende, las lágrimas gotean allí en Tlatelolco, ¡oh, amigos!, ¿fue verdad?, preguntan los vencidos en la versión de Ángel María Garibay, textos que fueron seleccionados, para su representación, por los estudiantes presos de la crujía C de Lecumberri, alrededor de 1970. ¿Fue verdad?, no dejarán de preguntar algunos jóvenes después de leer Secuelas y Desilusión óptica, obras de Orlando Ortiz que fueron publicadas una vez durante la segunda mitad de la década de los mil novecientos ochenta y que son ahora reeditadas por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en un mismo volumen: Sólo sé que así fue.

Al parecer, nuestras autoridades han pensado muchas veces que en tanto nadie mencione los hechos que evidencian la fragilidad de su moral es como si esos acontecimientos jamás hubieran sucedido, y hasta cierto punto la historia les ha dado la razón. Para muchos mexicanos es mejor aceptar la versión oficial; mejor asumir que las protestas sindicales, los alzamientos campesinos e indígenas, los movimientos obreros, estudiantiles y magisteriales obedecen a simples protagonismos y a la manipulación que sobre el pueblo ignorante ejercen vulgares agitadores, desestabilizadores, rojos (o amarillos) mal nacidos que, irracionales, sabotean el desarrollo del país. Aunque muchos ciertamente eluden la realidad por mera salud mental, no debemos negar la existencia de quienes salvaguardan de ese modo su salud orgánica. Aliviará entonces a sus oídos ensordecer ante las demandas legítimas y añejas que subyacen tras los movimientos sociales, y la versión maquillada de los hechos reconfortará a sus ojos del daño que les ocasione la repugnante, la grosera realidad. “Una Habitación”, texto que encontrarán en la página 29, parece recrear lo anterior. La descripción, por demás impersonal, de una habitación cualquiera en un vecindario común, apenas consigue definir el hogar de una familia universitaria, joven y revolucionaria, si acaso esos tres términos no significaban lo mismo a inicios de los setentas. Las fotografías que completan la ambientación sirven para precisar detalles cotidianos de esta familia: su formación académica, su ideología política, su activismo social, un embarazo en medio de esa efervescencia… elementos que poco o nada dicen de la verdadera sustancia. Son las notas al pie, esos brevísimos textos que muy pocos leen, los que explican, a veces tímidamente, otras veces con acendrada crudeza, el complemento dramático de esa verdad: el asesinato de Benjamín, el padre, el 10 de junio de 1971 en San Cosme, y la aprehensión, tres años más tarde, de su esposa Amalia por la Dirección Federal de Seguridad. Hasta ahí los detalles, los pies de página no aclaran si Amalia fue encarcelada, torturada o muerta a manos de la policía, lo único claro es la soledad de la habitación, una habitación que es, quizá, como muchas otras, dice Orlando, una habitación que permanecerá vacía a lo largo de estos treinta y tantos años si, como sabemos, hoy día se desconoce el paradero de tantos presos políticos secuestrados en la década de los setentas. En contraparte, muchos padres han muerto sin saber dónde quedaron los cuerpos de sus hijos masacrados aquel 2 de octubre en Tlatelolco, “víctimas del fuego cruzado”, nos escupieron la versión oficial treinta años después, pero los hechos son siempre hechos; siempre lo que son, nadie los puede cambiar (p. 21).

La gran convulsión que generó en la sociedad mexicana el movimiento estudiantil de 1968 se expresó en nuestra literatura con el florecimiento de nuevas tendencias y corrientes artísticas. Los narradores de esta época se caracterizan por su libertad creadora, su falta de arraigo al pasado, la adscripción a las tendencias más vanguardistas y la ruptura de todos los moldes. Es en ese espacio donde se inscriben Orlando Ortiz y su colección Secuelas (1986), una barca de Adán en el sentido revueltiano que entonces y ahora navega entre los límites del cuento y la novela pues, si bien cada texto conserva la unidad y la estructura narrativas que los hacen valer como relatos autónomos, prevalece a lo largo del volumen una suerte de médula espinal que extiende ramales, conexiones fortuitas entre anécdotas y entre personajes de cuentos independientes y que, en “Acción Sincopada”, su texto final, hace confluir todas esas nervaduras en una magistral composición de escenas, situaciones, ambientes y personajes que redondean la temática, los sentimientos y acaso las intenciones del autor, convirtiéndolo en un texto por demás estético, unificador y dueño de una contundencia que lastima.

El insano empeño de los académicos por clasificarlo todo ha dado en constreñir gran parte de la literatura de la época que menciono en la controvertida literatura de la onda. Desilusión óptica (1988) y Secuelas conservan más o menos esas características temáticas y estilísticas expresadas en el lenguaje coloquial y desenfadado de los personajes-narradores, en el uso de vocablos sintéticos y en la exploración de nuevas formas de narrar; ambas reviven también el resentimiento hacia el poder político por las masacres de estudiantes ocurridas en 1968 y 1971; ambas recuerdan las trapacerías de la guerra sucia y revelan finalmente la desilusión generada desde dentro y desde fuera de las guerrillas urbanas que sucedieron a la represión de los setentas. Al mismo tiempo sin embargo, Desilusión óptica, al menos en los primeros dos tercios (el volumen está dividido en tres partes), manifiesta una temática más universal por decirlo de algún modo. Se trata, por supuesto, de un auténtico viaje de imaginación y rebeldía, pero qué tan imaginario puede ser cuando el genio surge de los recuerdos vividos o reconocidos en la experiencia de terceros; en este sentido, Desilusión óptica extrae de la memoria personajes que revelan en mayor o menor grado una impronta autobiográfica. Vemos en esos textos al niño-Orlando frente a la Laguna del carpintero, aspirando su peste a muela picada, lo vemos recorrer después los barrios miserables de Tampico, tomar la avenida Hidalgo y llegar hasta la fuente de los azulejos, siempre sin agua. Al Orlando-adolescente lo ubicamos descubriendo los misterios de la vida en el parque Méndez, en los alrededores del mercado y en las cantinas y burdeles de la época. Unas cuantas páginas reúnen en tonos sepia, en tonos carmesí, toda la geografía urbana del puerto, la descripción milimétrica de un Tampico remoto que desgarra la memoria y el pecho y las entrañas del Orlando-hombre radicado en la megalópolis, enfrentado a los fantasmas de su juventud y padeciendo la hostilidad de este pinche pueblote… porque allá no habría pasado nada de esto… (p. 141).

Pero pasó, todo esto pasó, eso sigue pasando y los hechos son siempre hechos, siempre lo que son, por más que se les quiera negar, por mucho que los acallemos o pretendas olvidarlos. ¿Qué nos queda entonces, Orlando?, algún día escribir para ahuyentar esa presencia que te intimida y lacera algo más que tu enflaquecida materia, tus ulcerados órganos y la memoria de atrocidades sin cuenta colectadas en el devenir que no mermó tu capacidad de indignación (p. 196).

Dice Walter Benjamin que el arte de narrar se acerca a su fin porque se está extinguiendo el lado épico de la verdad, la sabiduría; después de conocer a Orlando Ortiz nos quedará la certeza de que la narrativa está más viva que nunca. Las cosas suceden siempre a tiempo, reza el proverbio popular, aunque a veces alguien les dé un empujoncito. Este aforismo tendrá total pertinencia cada vez que pensemos en Sólo sé que así fue; tenemos pues ante nosotros una colección de relatos que, sin negar las referencias históricas obligadas, su tratamiento, su calidad literaria y la sempiterna actualidad de los hechos relatados los convierte en documentos atemporales.

Es ahí donde radica la vigencia de la literatura de Orlando Ortiz, veintiuna historias que evolucionaron en Historia, la historia que se ha repetido por sesenta y ocho, por setenta y una veces en estos treinta y tantos años, historias que lamentablemente se verifican más en los hechos que en el papel. ¡Oh, amigos!, ¿fue verdad?, preguntarán los herederos de esos linajes serenos y fieles al estado de derecho que tanto pregona la autoridad, quienes nunca contaron familiares masacrados, desaparecidos, encarcelados, exiliados o perseguidos por el Estado; ¿fue verdad?, chillarán los oficinistas, profesores, empresarios y comunicadores que validaron las mentiras difundidas por y desde el poder. ¡Oh, amigos!, llorarán, furiosos, los supervivientes de los ofendidos, las viudas de quienes, torturados, mutilados y asesinados, yacen aún en los sótanos de cárceles clandestinas, los hijos de las apaleadas, ultrajadas y exterminadas por los hombres de la ley. Solamente el dolor, la miseria y la sangre pueden reivindicar lo humano (p. 197), truena la voz de Orlando desde el rebullir de su sangre. ¿Fue verdad?, seguirá resonando nuestra sofocada, inútil, nuestra dolorosa pregunta… ¿Fue verdad todo esto?

Sólo sé que así fue, y espero que no vuelva a ser.”


(*) Leído la noche del 5 de agosto, durante la presentación del libro Sólo sé que así fue (Dirección General de Publicaciones. CONACULTA. 2005).