domingo, septiembre 30

Página 115

UN ACTOR SE PREPARA
¡Corte!

Se detiene la escena. Los actores y el personal técnico están molestos. El director intenta explicar otra vez:

-Ya sé que no eres actor, ya sé que te cuesta trabajo. Concéntrate. No es difícil. Se trata de una escena dramática. Un incendio en la vecindad. Llegas. ¿Dónde está tu hijo, dónde está tu querido Becerrito? Entras a tu casa en llamas, lo buscas. Los vecinos suspiran, los vecinos lloran. El momento más dramático de la película es cuando sales con la cara manchada de ceniza. No puedes decir simplemente "mi hijo, mi hijo" como si fuera algo intrascendente. Tienes que hacer un esfuerzo, meterle filin. ¿Has oído hablar de Stanislavski? No importa. Busca dentro de ti, Cornelio. Recuerda algo triste, ¿nunca has tenido una vivencia impactante? Invoca ese recuerdo. Métele ganas.


Idos de la mente/Crosthwaite, Luis Humberto. 2001. Joaquín Mortiz. D.F., México. 192 p.



A saber por qué las cosas son tan complicadas. Uno quiere leer, lo disfruta, pero los libros que desea están siempre fuera de sus posibilidades. Hulk tenía que regalar un libro esta semana (uno de los seminaristas mencionó Madam Bovary y el mentado mentor no desaprovechó la oportunidad para enfrentarlo con el personaje que dice practicar una religión propia). Las obras clásicas están, la mayoría de las veces, a muy buen precio en cualquier supermercado, pero las recientes no. Hay una supertienda, cerca de mi casa, que pone de vez en cuando los libros en oferta.
No sé si se haya tratado de una ganga esta ocasión, lo que sí sé es que este libro, que me vendieron en menos de treinta pesos, es una muestra de la mejor literatura que se produzca actualmente en el norte o en el centro o en el sur de la república: Idos de la mente. La increíble y (a veces) triste historia de Ramón y Cornelio, de Luis Humberto Crosthwaite, es la novela de la que hablo. Ya de vuelta a casa, casi me dio pena hacer cálculos y concluir que, por la venta de ese libro, la cuenta de ahorros del autor no se incrementará ni tres pesos.
El mayor acierto de la novela de Crosthwaite es haber llamado a ese dueto norteño Los Relámpagos de Agosto. Ese nombre no es en modo alguno la simple forma de sustituir, en la ficción, el nombre original de Los Relámpagos del Norte (dueto conformado por Ramón Ayala y Cornelio Reyna, disuelto a principios de los 1970's), sino la alusión a la obra de Jorge Ibargüengoitia de donde Crosthwaite, evidentemente, abreva.
La novela se nos presenta como una gran caja de sorpresas tanto en lo anecdótico como en lo técnico; se nutre de lo que la industria del espectáculo ha convertido en Historia para construir una nueva epopeya desacralizada (una parodia, pues) en la forma de una narración miscelánea que se apoya en lo epistolar, en el reportaje, en la carta comercial, en el texto dramático y en la narración oralizada sin escatimar sus buenas dosis del más puro estilo poético.
Idos de la mente. La increíble y (a veces) triste historia de Ramón y Cornelio es, de principio a fin, un jugueteo entre la verdad y la mentira, entre lo culto y lo vulgar, entre la prosa y el verso, entre el sonido y el silencio. Desde el mismo título-subtítulo de la obra -matrimonio formado por un título de Cornelio Reyna y otro de García Márquez-, la novela promete lo que en 192 páginas -sin demasiados párrafos, además- cumplirá a cabalidad. Mientras nos va presentando -con estilo desenfadado, divertido, irónico y al mismo tiempo patético- el nacimiento, madurez y muerte de Los Relámpagos de Agosto, Crosthwaite va echando mano de todos los recursos y va haciendo un guiño tras otro a múltiples elementos culturosos (Buba Alarcón dixit) que corresponderá a cada lector identificarlos o no, pero que en cualquier caso cumplen una función ajena a la simple referencia.
En su primer trabajo (una cantina), los músicos principiantes dicen a la clientela:
¿Le tocamos una canción?
No
¿Un corrido, un bolero?, ¿lo que guste?
No
¿Algo para bailar?
No.
Las tres tumbas, La cárcel de Cananea, Nocturno a Rosario.
No
Dos amigos, La puerta negra, Suave patria.
No.
Eslabón por eslabón, Sonora y sus ojos negros, Muerte sin fin.
No.
Libro abierto, Los pescadores de Ensenada, Piedra de Sol.
No.
Como el anterior, hay muchos otros episodios en los que el lector no puede reprimir el impulso de mentarle la madre a Crosthwaite (desde luego en buen plan), pero baste la narración de una de las cuatro muertes de José Alfredo (amigo de Cornelio y, al igual que éste, prestanombres durante algún tiempo del verdadero compositor: Dios):
Nadie nota a la asesina solitaria acercándose con una pistola Beretta, calibre .38, y un ejemplar de la novela The Catcher in the Rye en su bolso de piel marrón. Cornelio es su ídolo, lo admira, lo ama, tiene todos sus discos, pero lo tiene que matar.
Una bala zumba en el aire.
José Alfredo no tiene ganas de morir, sólo que se acerca a Cornelio en el momento equivocado. Dos pasos a la izquierda y hubiera sido otro el desenlace; dos pasos a la derecha y la bala penetra uno de sus pulmones.
La bala destruye tejidos importantes y la ambulancia tarda en llegar.
En medio de la conmoción y de la gente que corre despavorida hacia todos los rumbos posibles, Cornelio se agacha, todavía sin comprender, y se acerca a su amigo agonizante en el suelo.
Alcanza a escuchar sus últimas palabras: -Yo también hablaba con Él.
Desde que Ibargüengoitia abordó el avión aquél, muchos han querido, por admiración o por envidia, conseguir la combinación exacta que dé a sus propias obras, al mismo tiempo, agilidad, ironía y una desgarradora verosimilitud. Porque Dios podrá componer canciones para luego regalárselas a Martín Urieta o a Óscar Chávez, pero ni cumple antojos ni endereza jorobados, muy pocos lo han conseguido. Mantener ritmo, tono, voz, pensamiento y corazón en el mismo sitio no es tarea para oídos deficientes. Luis Humberto Crosthwaite ha hurgado en la esencia de nuestros mejores trovadores y de nuestro humorista mejor al grado de conseguir, en Idos de la mente, una historia que entra fácil por nuestros oídos, que comprendemos sin la menor dificultad; corrido que tarareamos sin apenas darnos cuenta, creámoslo o no. Crosthwaite ha compuesto una novela que no dejará de sonar.

martes, septiembre 25

La muerte más viva

"Hace 70 años de la Guerra Civil y no hemos sido capaces de solucionar este tema; realmente parece increíble que haya tantas dificultades para hacerlo".

Francesc Torres


En el International Center of Photography de Nueva York, a partir de hoy, Francesc Torres (Barcelona, 1948), expone una instalación fotográfica en formato de proyecciones denominada, como el libro que le da origen, Oscura es la habitación donde dormimos (Editorial Actar-D. 2007). El libro, obra del mismo fotógrafo y escritor (famoso por sus instalaciones de tintes políticos, atentos a la memoria histórica), documenta la exhumación de 47 republicanos que el 16 de septiembre de 1936 fueron asesinados y enterrados en una fosa común por franquistas en el pueblo de Villamayor de los Montes, provincia de Burgos (Castilla y León). Las imágenes, en blanco y negro, retratan el hallazgo de las 47 víctimas (varones) en julio de 2004, cuando el fotógrafo (bajo el patrocinio de la American Center Foundation) reunió un equipo de forenses y arqueólogos que inspeccionó la tumba clandestina. Los cadáveres aparecen alineados en la tierra con un agujero de bala en el cráneo. El equipo encontró, entre los esqueletos, anillos de boda, balas de máuser, un peine, dos relojes oxidados y las suelas de goma de las alpargatas que calzaban.

domingo, septiembre 23

Principio y fin

*** i ***

Adoro el otoño, lo espero ansioso; la luna de octubre -ésa de la canción-, la niebla de noviembre; la finísima, la casi imperceptible llovizna decembrina.

Sí, señor, lo confieso: amo el otoño y su frío tan sutil.

Me dicen que hoy volverá. Y lo voy a recibir como las amantes antiguas.



*** ii ***



Esperando al otoño no he hecho este fin de semana
cosa mejor que releer Dos crímenes y Pedro Páramo.
Ya he hablado mucho de Jorge Ibargüengoitia y sólo agregaré que,
a diferencia de lo que muchos dicen, a mí me parece que Dos crímenes
es la mejor novela del guanajuatense.
Con respecto a Pedro Páramo,
también me parece
la mejor novela de Rulfo
(risas grabadas).



*** iii ***

Lo que significa aprender, según Pascal Quignard


"De repente la sangre fluye mejor en el cerebro, detrás de los ojos, en las yemas de los dedos, en la parte superior del torso, en la parte baja del vientre, en todas partes.
El universo se dilata: de pronto se abre una puerta donde no había puerta alguna y el cuerpo se abre con esa misma puerta.
El cuerpo antiguo se convierte en otro cuerpo. Un país desconocido se extiende o avanza a toda velocidad y crecemos con lo que crece. Todo lo conocido cobra un nuevo sentido, atrae una nueva luz, y todo lo que hemos abandonado regresa de repente a la nueva tierra con un nuevo relieve todavía inexpresable, porque no era posible preverlo.
Esta metamorfosis se describe en todos los héores de todos los cuentos antiguos, y quizá sea eso lo que suscita cada tres o cuatro noches la irresistible atracción que la lectura de esos pequeños mitos tiene para mí: tanto en la lectura del cuento como en el propio cuento se liberan ciertas fuerzas. Unas pocas palabras susurradas por hadas o animales se convierten en poderosos gestos o miradas semánticos. Esas palabras casi se convierten en manos que inventan realmente a su presa, inventando a su vez una aprehensión completamente nueva: un bastón, un arco, un ladrillo, una fronda, una barca, un caballo.
Las nuevas armas, inventando sus nuevas presas, engendran nuevas astucias, dan lugar a nuevos cazadores.
Desafíos que no conciernen a nadie se descubren de pronto en el azar de una consecuencia que no habíamos buscado. Eso es aprender. Caen las barreras y, al caer, desaparecen las distancias. Eso es aprender. La oscuridad del bosque se desvanece. Aumenta el recorrido del viaje.
No hay que enseñar a quien no siente alegría al aprender.
Apasionarse por lo que es otro, amar, aprender, es lo mismo".
Vida Secreta. Quignard, Pascal.

Espasa, 2000. 296 p.

miércoles, septiembre 19

Gurú

En cierta ocasión, el director de planeación me extendió un documento muy discreto con el que me invitaba a participar en un curso relámpago de control mental. Siempre he desconfiado de esos asuntos, pero ante la insistencia del jefe no me quedó otra que poner cara de circunstancia y prometer que asistiría.
-Se nota que es usted muy receptivo, licenciado -dijo el director antes de anotarme en su lista personal de reclutas.
Hacía frío y llovía, pero ya había dicho que sí y no me quedaba más que cumplir. Llegué y casi me dio vergüenza encontrarme ahí a un compañero de la oficina y a dos secretarias de las menos guapas; el bochorno menguó cuando los vi lucir una sonrisa orgullosa, seguros de que habían sido llamados por una fuerza superior, gustosos; pero más me relajé cuando descubrí ahí también a un jefe de departamento, a uno de los subdirectores y al mismísimo director administrativo quien, en palabras del director de planeación, es un fregao fregón que no puso el menor reparo cuando aquél subió a invitarlo personalmente.
-Ese tipo tiene el don -dijo el director de planeación, esta vez refiriéndose a su homólogo de las finanzas.
Que la vida le había dado una segunda oportunidad, inició hablando nuestro director quien, en efecto, está librando una batalla contra el cáncer. Que en los últimos meses había invertido mucho tiempo en meditar y en establecer contacto con sus "maestros superiores" y que deseaba compartir esos conocimientos con nosotros. Que por eso había hecho traer a tres maestros con no sé qué grados en vaya usted a saber qué ciencia para que nos instruyeran en tan solo dos días. El jefe de la trinca de sabios se hacía llamar Sicomorio.
-Estamos los que debemos estar. Muchos son los llamados, pocos los elegidos...
Ommmmmmmmmmmm. Extender las piernas, relajar los músculos, entornar la vista. El olor del café apenas combatía aquel ambiente tan incómodo. Nada de moverse en esas sillas rechinadoras. Contar del uno al diez. Buscar algo dentro de la cabeza. Mirar todo en color negro. Si al menos nos hubieran evitado el cobro "simbólico". Ommmmmmmmmmmmmmmmmmmm. Contar esta vez del cinco al cero y abrir los ojos. Fingir que se recupera uno de cierta experiencia mística. Al final de cada ejercicio los asistentes aseguraban haber concentrado en sus frentes los "diferentes colores de energía": morado, rojo, rosa, blanco. Así transcurrió la primera jornada.
-El maestro Sicomorio (es un nombre ficticio, desde luego) ha tenido contacto con extraterrestres -me dijo casi en secreto el director- y en uno de sus viajes astrales conoció al maestro Jesús -agregó. Por supuesto que él no dijo "Jesús", ellos tienen otra forma de llamarlo, aunque sin duda se refería al profeta que todos suponemos.
-Muy rápido han aprendido ustedes a manejar las distintas energías -dijo el maestro Sicomorio-. Mañana, como último ejercicio, conocerán a sus maestros superiores, a sus guías cósmicos.
Que sus maestros cósmicos eran tres, dijo Sicomorio: el maestro Saint Germain, Homero, el poeta griego, y un gurú chino de nombre impronunciable. Lo dijo de tal manera que yo lo pensé bastante antes de volver al día siguiente. Llegué tarde a propósito y para entonces ya habían efectuado un ejercicio, digamos de calentamiento.
-Ahora sí: están listos para entrevistarse con sus guías superiores. Ommmmmm.
Lo que siguó fue el relajarse otra vez, entornar la mirada, poner la mente en blanco, luego en morado, después pasar al verde y al azul y al resto de los colores. "Construyan en su memoria un santuario de una sola puerta que se abrirá hacia abajo". Yo intenté -lo juro- poner en práctica esas instrucciones, efectuar aquellas maniobras en mi mente, pero por más que lo deseaba la puerta que yo construí se abría hacia el otro lado. "Ahora, abran esa puerta para que pase el primero de sus maestros... saluden así y asá... dejen que él se presente..."
-¡Excitante! -dijo alguien al terminar el ejercicio. Otros estaban conmovidos hasta las lágrimas.
Alguien confesó que había conocido a sus maestros y que uno de ellos era su abuelo materno, quien murió décadas atrás; una mujer de no muy malos bigotes reconoció en uno de sus maestros a un antiguo vecino de su época preparatoriana; otro más mencionó a un chamán de no sé cuál tribu y alguien se atrevió a decir que había hablado con Jesucristo. "El maestro Jesucristo", dijo.
Para qué voy a decir que no vi nada. En mi mente, durante ese ejercicio, se dibujaron dos siluetas remisas a cada instrucción de Sicomorio. A ninguna reconocí, nadie me habló. Ninguno dijo "esta boca es mía"; sin embargo, también yo debía describir en la sesión plenaria a mis maestros superiores, aquéllos con los que a partir de entonces debía mantener contacto, acudir a ellos a través de la meditación, pedirles consejos, anticiparme al futuro.
-Conocí a uno de mis maestros superiores -dije con falsa alegría-: es Rigo Tovar.
No me creyeron Sicomorio ni mi compañero de la oficina -él se entrevistó con Shakespeare, pero nada entendió porque sólo habla español-. La secretaria menos agraciada dijo: "Ay, se habrá visto reguapote con sus lentes negros, igualito que usted, licenciado". El director administrativo me encargó que pidiera un autógrafo para él en la próxima entrevista. El director de planeación me aconsejó:
-No sea güey, licenciado; en la próxima, pídale que le dicte una canción.


Para quienes no saben quién es mi maestro espiritual,

les dejo acá un clip de la película

Rigo, una confesión total

(Ecran films, 1979), documental de Víctor Vio.


lunes, septiembre 17

El riel de la memoria

No son muchos los que saben que por las calles de este sucio agujero alguna vez transitó un tranvía.

En 1898 (un año antes de la inauguración del primer Teatro Juárez), Porfirio Díaz, a la sazón presidente de México, se trasladó a esta ciudad para poner en funcionamiento el "Ferocarril Urbano de Tracción Animal". ("FUTA", bien pudo haber sido éste el nombre por el que los victorenses de entonces conocieron aquel sistema de transporte, lo anterior a juzgar tanto por sus siglas como por la hediondez que describían sus rutas).

El tranvía, que pertenecía al Tte. Corl. Manuel González (hijo del Gral. Manuel González quien a su vez era compadre de don Porfirio y al que por cierto le cuidó la silla presidencial cuando el héroe-dictador se fue a la villa), recorría la calle Hidalgo -antigua Calle Real- tirado por caballos, desde la Plaza de Armas -hoy Plaza Hidalgo- a la Estación del Ferrocarril; de ahí extendía un ramal hasta la Hacienda de Tamatán, que también era propiedad del júnior.

Ignoro la fecha en que el tranvía dejó de funcionar, lo que sí sé es que en algún momento la autoridad municipal se vio en la necesidad, tal vez presionada por los vecinos de la calle Hidalgo o los de la Plaza de Armas (recuérdese que también era éste el punto de llegada de los rancheros que venían a "Aguayo" a comprar y vender, mi abuelo paterno entre ellos) de contratar hombres para el servicio de limpieza de las calles, quienes, equipados con un "colote" de carrizo -de los mismos que suelen utilizarse hoy en la cosecha de la naranja- y una vara con la que prendían la boñiga y la elevaban por encima de la cabeza hasta depositarla en aquellos canastos, recorrían calle y plaza Hidalgo cumpliendo su tarea con la misma gracia que un bailarín ejecuta su rutina.

¿Cómo les llamarían a aquellos recolectores? Quién sabe, pero tal vez de aquella época le venga a Victoria (otra hipótesis hulkiana) el mote de "ciudad limpia, ciudad amable" del que gozó hasta hace un par de décadas. Ese motete, sin embargo, no es hoy más que un dudoso recuerdo.

miércoles, septiembre 12

Un nombre, una memoria.

"El premio nos inspira a continuar nuestros esfuerzos para construir un futuro mejor, caracterizado por la tolerancia y el respeto mutuo entre todos los pueblos".

Avner Shalem,
del Yad Vashem.



"En el museo, no obstante, no existen apenas
referencias a otras etnias y colectivos
-gitanos, homosexuales, comunistas, etcétera-
que también fueron exterminados
sistemáticamente
por el régimen de Hitler".
Juan Miguel Muñoz
EL PAÍS.com. 13/09/07

Ser tuleño


"Yo quería tiempo para escribir una novela; una novela de la que aún no tengo idea. Por eso me la paso escribiendo estas líneas sin sentido, con la esperanza de encontrar en ellas una posible trama o, al menos, para sostener una escritura diaria, una supuesta disciplina de amanuense.

Quería huir de mis compañeros que decían "a mí también me gusta la literatura", y me llenaban el escritorio con acrósticos, desideratas y pensamientos al amor. "Mira, éste está muy bien." Y se ponía a leer: "Si amas algo déjalo libre..."

La oportunidad llegó cuando la Gerencia notificó con mucha pena la necesidad de reajustar el personal.

Ese mismo día comenzaron a sonar los teléfonos. Eran llamadas del departamento de Recursos Humanos: "Pase por favor a arreglar lo de su finiquito." A algunos se les desmoronaba la vida luego de colgar.

-Me reajustaron -dijo uno.
-Te corrieron -le aclaré.

Mi teléfono, en cambio, permanecía quieto. No quise esperar toda la mañana ni confiar las cosas a la suerte. Entré en la oficina de mi jefe inmediato, quien, a su vez, miraba nervioso su teléfono.

-¿Estoy en la lista?

Él se puso de pie y me palmeó la espalda con una sonrisa.

-No, Froylán -dijo y se quedó esperando mi gratitud.

Negocié durante horas hasta que autorizaron mi renuncia con goce de indemnización. A la salida me encontré a un grupo de compañeros mirando hacia las oficinas como si pensaran que de repente iba a aparecer el director a decirles que todo fue un error, que vuelvan a sus puestos, que la empresa sería incapaz de robarle el empleo a gente leal que ha prestado sus servicios por diez, veinte o treinta años. Miraban con las caras desencajadas, sumergidos en una mezcla de tristeza y de vergüenza, pensando en cómo le contarían lo sucedido a su mujer, a sus hijos.

Yo no perdí la sonrisa hasta que llegué a la casa fingiendo un gesto de desolación.

-Me reajustaron -le dije a Patricia"


Estación Tula. Toscana, David. (2000)
Planeta/Joaquín Mortiz-CONACULTA.
Col. Narrativa Mexicana Actual.
D.F., México. 272 p.

sábado, septiembre 8

Perros de agua


Liliana V. Blum, reconocida escritora originaria de Durango, pero establecida hace ya bastantes años en la ciudad y puerto de Tampico, fue en 2006 la ganadora del Concurso Regional de Cuento Juan B. Tijerina; ese mismo año se hizo merecedora del galardón Kwitol Ínik, que otorga el ayuntamiento tampiqueño.

El Kwitol Ínik le dio a Liliana la oportunidad de proponer un proyecto cultural y recibir un apoyo para concretarlo, dicho proyecto se llevaría a cabo en 2007. Liliana, en vez de promover un proyecto de Liliana Blum, sobre Liliana Blum, prologado por Liliana Blum y dedicado a Liliana Blum, como muy acertadamente (aunque demasiado tarde) opinó Ramón Mier, es decir su marido, optó por realizar, junto a Sara Uribe (otra multipremiada escritora joven, poeta en este caso, que sin haber nacido en Tampico ha hecho bastante por las letras de allá), una muestra de nuevas voces del sur de Tamaulipas con la que habían venido soñando.
Conocí personalmente a Liliana aquí, en este sucio agujero, el día de la premiación del Juan B. Tijerina. Ya había leído algo de ella en la antología Jóvenes Creadores, Generación 2004-2005 (CONACULTA/FONCA-2005) y en su bitácora personal. En esos días compartíamos la responsabilidad de evaluar los trabajos de un concurso de literatura y, como lo expresé en aquella ocasión, me cayó muy bien. Supongo que yo también le caí bien a Liliana (y tal vez también le caiga bien a Sara, quien aún no me conoce en persona), de lo contrario no encuentro razones valederas para que me hayan invitado a participar en esa muestra (ellas, gentilmente, intentaron exponerme sus criterios de selección, aunque a mí no me engañan: sé que lo debo a su buen corazón).
Y es que, haciendo a un lado la discontinua -si bien la mayoría de las veces encaminada al abismo- calidad de mis textos, la intención primera de Liliana y de Sara era conjuntar una muestra del trabajo de jóvenes escritores tamaulipecos de la región sur (la que yo ubico debajo del Trópico de Cáncer). En cuanto a la edad, puede salvarme el que hayan considerado el mismo límite que fija el CONACULTA en los concursos de literatura joven (35 años), pero en lo geográfico nadie relaciona este sucio agujero con el sur sino con el centro del estado. Interrogada al respecto, con las fronteras podemos ser flexibles, dijo Sara, y puede que tenga razón porque, en más de un sentido, del Bravo para abajo todo puede ser llamado Sur.
Y he aquí que el proceso está llegando a su conclusión. De los convocados, asimilados los criterios de selección unos aceptaron y otros no; al final el libro, que llevará por nombre Perros de agua: nuevas voces del sur de Tamaulipas, y que reúne textos de diez decisivos escritores jóvenes de poesía, narrativa y dramaturgia (esto en palabras de Sara Uribe), se encuentra en los talleres de la Editorial Miguel Ángel Porrúa y estará en manos de sus compiladoras a partir de noviembre, para ser distribuido en todo el país. Sara y Liliana consiguieron que lo prologara otra multipremiada escritora tamaulipeca (ésta sí de nacimiento): Cristina Rivera Garza. La maestra subió parte de ese prólogo a la red el martes, así que ya se puede ver la indiscutible calidad que lucirá ese volumen, al menos en sus primeras páginas.
Felicidades a Liliana y a Sara. Felicitaciones también para los antologados (a quienes no menciono aquí porque todo esto está adquiriendo tintes de fiesta sorpresa).

lunes, septiembre 3

En ambos sentidos


1/Dic/2006 ---ooOoo--- 1/Sep/2007
Yo digo que aún le queda grande
--o--
1. ¿Nadie entre los asesores de vestuario de Los Pinos, ni siquiera el equipo multidisciplinario creador de esa nueva imagen de Marge, habrá notado que al mero preciso la banda le queda como sarape?
2. ¿Será que se trata de una banda ajena?
3. Que ya renunció el responsable de cierto error digno de la mayor censura. Por cierto que el que se presume responsable no era responsable de nada desde el mes de junio. Lo único cierto, y de esto presumen, es que nunca hubo censura, en lugar de eso hubo fallas técnicas.
4. Hablando de censuras que jamás existieron, sino errores de interpretación, regresó Gutiérrez Vivó. Monitor, más vivo que nunca.
5. A propósito, ya lo dijo -o quizás no- a principios de este año el titular de gobernación: existen demasiados blogs mexicanos con contenidos inapropiados, por eso mismo la SEGOB emprenderá una regulación de esas bitácoras personales. Aunque, pensándolo bien, seguramente no lo dijo, y todo eso no fue más que un error u otro cuento chino.
6. Dejemos, de una buena vez, de ver cosas turbias donde no las hay. Ya lo dijo quien jamás lo dijo: Me duele tanto que piensen que en mi gobierno existen prácticas autoritarias. Que nadie piense eso. Es una orden.


domingo, septiembre 2

(Des)fall(ec)idos

---00---
Dicen los que saben, que Gottfried Benn (1886-1956) fue el poeta más característico del expresionismo alemán. Se desempeñó como médico militar en las dos guerras mundiales y ahí se gestó esa visión poética suya, tan descarnada y falta de esperanza. Los que saben, dicen que alguna vez expresó: “Las palabras tienen mayor resonancia que sus contenidos semánticos; por un lado son espíritu, pero por el otro son la sustancia y la ambigüedad de las cosas de la naturaleza”.


Circulación
GOTTFRIED BENN

A la solitaria muela de una prostituta,
que es desconocida y ha muerto,
se le quita la incrustación de oro.
Con lo restante quedará la mujer lista
como para una cita.
El encargado de los cadáveres arrancó el oro,
se lo guardó y se fue a bailar.
Es que, él dijo,
sólo la tierra debe volver a la tierra.

---oo0oo--


Fui el viernes a la librería del TamUx, a encargar un libro. Que ellos no lo venden, me dijeron. De cualquier modo me traje uno de la colección La Centena: Cuatro novelas y otro cuento (ALDUS-CONACULTA, 2005. D.F., México. 76 p.), del genial Francisco Hinojosa. Lo leí llegando a casa y me entraron unas ganas de releer lo poco que tengo de él. Me enteré, así, de que me falta un libro que compré hace tres años en Saltillo, y es la hora en que no puedo recordar a quién se lo presté. Maldita sea.

La vida es compleja (fragmento)

"73. El martes siguiente Eleonor dejó al fin de sufrir.
74. Ese mismo día, como a las dos de la tarde, resucitó la comedida Martita. Al enterarse, aún embalsamada, decidió presentarse al velorio. En la cafetería le dijo a Lope que no sabía cómo le había hecho para regresar.
75. "¿Recuerdas algo de allá? ¿Hay restaurantes? ¿Hay parques, palomas, helados, piscinas? ¿Viste a Shakespeare o a Milton o a Lara o a Gregory?"
76. "Quizás a Shakespeare. No recuerdo gran cosa. Perdón. Creo que vi a Ramoncito de la Llata." "Imposible: él no ha muerto." "Por eso dije que creo." "¿Viste a Eleonor?" "No." "Quizás se cruzaron."
77. "Al menos dime si allá es agradable, si se vive con preocupaciones, si se le teme a algo." "La verdad es que allá es otra cosa, no es como aquí," respondió la ex occisa
".

sábado, septiembre 1

Semana de pelis

"Cabrona, me measte... Y esa mancha no se quita"
Dicho popular.



Toda la primavera -y también casi todo el verano- me la pasé deseando el único ejemplar de una novela que encontré en la Kappa cada vez más estropeado por el incesante manoseo de los que, como yo, acuden con frecuencia a las librerías para comprar nada. Se trataba de El Búfalo de la Noche, la novela de Guillermo Arriaga (por si acaso hubiera un despistado leyendo esto, el guionista -sorry, el escritor; al tipo le choca que lo llamen guionista- de Amores Perros, 21 Gramos, Los tres Entierros de Melquiades Estrada y la indigesta Babel), y porque su valor rondaba los doscientos pesos pasé de hacerlo mío (esos precios, ya lo he dicho tantas veces, son prohibitivos para un maestrito de rancho). Para bien o para mal, de vez en vez la vida nos ofrece invaluables pruebas; la que les contaré fue la oportunidad para entender el valor de la paciencia.

A pesar de cualquier aislamiento que uno hubiese experimentado este agosto, habría sido técnicamente imposible mantenerse ajeno a la publicidad de la que gozó la versión cinematográfica de El Búfalo... (con guión y producción del mismo escritor) durante las últimas semanas. Lo que diré a continuación los autoriza a llamarme descarado por poner en práctica lo que debiera contarse solo como chiste: decidí esperar a que saliera la película en lugar de comprar el libro en mención.

Aproveché entonces el descuento de los miércoles para ver la dichosa película. Tres horas más tarde (porque fueron tres horas, ¿verdad?, o al menos a mí así me lo pareció) no sabía si felicitarme o maldecir a la suerte. El melodrama de Arriaga (porque eso es, no nos hagamos) me dejó sumido en un mar de sensaciones y reflecciones contradictorias. Quedé, en primer lugar, sorprendido por no abandonarme a los sueños que me acosaron todo el tiempo; frustrado por no haber tenido el valor suficiente para abandonar la sala en cuanto sobreabundaron los acostones y las mamadas innecesarias (aunque eso sí, muy oportunas si lo que se pretendía era atraer alguna vez las miradas a la pantalla) y esos larguísimos diálogos que vienen siendo otro tipo de felación; furioso por haber malgastado veintitrés pesos en la taquilla, pero feliz, en consecuencia, por no haber comprado el libro. Extraños caminos...

Del cine me fui a Blockbuster; no me iba a quedar con las ganas de ver una buena película.

Cuando la resaca de la metamorfosis caduca, Pesina se convierte en un tipo de lo más normal: tranquilo, amable, casi sensato; durante esas etapas -breves, por cierto- llega, a veces, a exhibir un sentimentalismo vergonzoso. Sugerencia: A partir de aquí, convendría leer el texto acompañándolo con un fondo musical de la Rondalla de Saltillo.

Hay una película que me (nos) gusta demasiado, que me (nos) seduce cuantas veces aparezca en video o en la programación de TV: Wicker Park. No ha sido una ni dos ni tres; muchas voces se alzaron para decirme que esa copia hollywoodense ni siquiera se acercaba a la original francesa, que debería ver ésta y no aquélla. Puesto que no iba a discutir con aquellos insensibles las emociones que me (nos) provoca esta versión a todas luces amelcochada, me limité a ignorarlos soberanamente y a darle play al aparato reproductor (de DVD's). Esta vez me encontré la mencionada versión original, L'appartement entre las curiosidades de la tienda y me la llevé, confiado en que me ayudaría a sacarme la espinita. Y sí, en cuanto a la atmósfera que recrea, su progresivo suspenso y las actuaciones de esa memorable pareja (la misma de Irreversible), Vincent Cassel y Mónica (mamita) Bellucci, la película es todo un agasajo. Sin embargo, y puesto que (a veces) soy un romántico, romántico de corazón, romántico, es decir un cursi sentimental irredento, me quedo con la versión gringa (que vengan los abucheos) y su final de cuento de hadas y su música de Coldplay y que viva el amor y etcétera, etcétera, etcétera.

Aprovechando las recompensas que da la membresía Cliente Distinguido de Blockbuster (que son un absoluto engaño, créanme), también vi esta semana El latido de mi corazón. Y no es lo que están pensando. Ya me parece escucharlos decir que Pesina es un ridículo sentimentaloide de ésos que se encierran a suspirar, a releer arrugadas cartitas atesoradas desde su adolescencia temprana, a lloriquear y llenar de mocos las almohadas mientras repasa las películas ochenteras de Tom Hanks y Meg Ryan. Lo soy, y de los peores, pero no es éste el caso; nada de eso, se trata de otro peliculón francés muy versátil que les recomiendo ampliamente (por cierto que, dicen las malas lenguas, es otro remake, aunque también, dicen las lenguas buenas, quedó mejor que el original). De ahí me seguí con La copista de Beethoven (con Ed Harris haciéndola del master), la que está, digamos, un puntito más que pasable. Y finalmente vi una película tailandesa de horror, tan mala que de ella solo podría recordar la tonadilla de los créditos; desde luego, nunca la letra.

La llave

22 dogmas en torno al cuento breve
(La llave de los campos)

1.- Prohibido escribir historias basadas en hechos reales.

2.- La verosimilitud de un cuento no deberá apoyarse en su supuesta “semejanza” con la realidad, sino en la coherencia interna – discursiva y/o estructural- del texto. Declaramos pieza de museo la narración figurativa. Escupimos sobre la tumba del realismo.

3.- Prohibido alterar la secuencia cronológica del argumento con el fin de reforzar su interés.

4.- Prohibido dotar a la historia de un atractivo pueril, que dependa del escamoteo o la dosificación “estratégica” de información.

5.- Prohibidos los finales sorpresivos. Los finales felices. Los finales trágicos. Los finales demasiado concluyentes.

6.- Terminantemente prohibida cualquier historia apuntalada sobre una trama policial.

7.- El enunciador del texto –narrador o personaje- manifestará siempre su distancia (mediante la ironía, la incertidumbre, la intromisión reflexiva o de cualquier otra manera) con respecto a los hechos que narra.

8.- El cuento deberá mostrar su carácter de representación discursiva. La escritura habrá de tener intensidad, volumen, desfallecimientos, grietas. El cuento no debe querer decir algo. Debe querer decir.

9.- Prohibido escribir como habría escrito Carver, si hubiera sido idiota.

10.- Prohibido escribir de una manera “cinematográfica”.

11.- Prohibido escribir de lo que no se conoce. Prohibido escribir de lo que se conoce.

12.- La escritura de un cuento deberá transparentar sus influencias.

13.- Prohibida la “inocencia” (moral, política, histórica, estética, etc.)

14.- Prohibida la melancolía.

15.- Prohibidos los relatos protagonizados por “víctimas” (mendigos, vagabundos, oficinistas aburridos, amas de casa frustradas, presuntos niños del tercer mundo, putas de buen corazón…).

16.- Prohibido el casticismo. Prohibido el tono solemne.

17.- Prohibida la estereoscopía.

18.- Prohibido escribir bajo los efectos del alcohol o las drogas (prohibido supeditar la ebriedad y el trance a algo distinto del propio acto de escribir).

19.- Prohibido escribir un cuento cuando el autor ya conozca de antemano el final. Prohibida la premeditación. El relato es la huella que deja una deriva.

20.- El cuento deberá sustraerse a cualquier utilidad (didáctica, doctrinal, comercial, de entretenimiento, etc.).

21.- Prohibidos los cuentos de género (terror, romántico, viajes…). Prohibidos los cuentos ingeniosos.

22.- Prohibido escribir cuentos cuyo argumento pueda contarse fácilmente.


La llave de los campos aglutina narradores españoles y de otras nacionalidades, escritores de relatos en su mayor parte (Ángel Zapata, Víctor García Antón y Julio Jurado, entre otros), que se oponen al realismo de consumo, banal y acrítico, una forma de representación al servicio de la industria, del mercado y de los medios de cretinización de masas; se pronuncian, en cambio, por la invención insurgente y el coraje de la exploración. En palabras de Ángel Zapata, su representante en Madrid, narrar es una acción por la cual un artista descubre lo que no sabía que sabía: un saber hasta entonces no pensado, que accede a la palabra. Lo que sé, lo que ignoro, qué importa. Importa, únicamente, lo que va a serme dado saber mientras escribo; porque esto es lo que hace indispensable el acto de escribir.