Quickribbon PESINISMO: 2012

viernes, octubre 5

El oficio más antiguo



Comentarios sobre la novela Canción de tumba, de Julián Herbert*

Uno de los personajes vivos más famosos de Victoria en los años de mi niñez fue una muchacha alta, rubia y muda dedicada a la prostitución. Cuando se la mencionábamos, mamá decía que la Muda ejercía el oficio más antiguo del mundo. Yo, que siempre fui un niño lento, la supuse curandera. Años más tarde, trabajando de maestro, llegué a una conclusión: para profesiones antiguas, la enseñanza; y puede que prostis y profes compartan esa misma función social.
Pero hay algo que comprendí más recientemente: el oficio más viejo del mundo debe ser el de contador de historias, el de narrador. Y si no, pregúntese cómo surgieron la cacería organizada, el culto a los dioses, el miedo a los espíritus y los demás elementos de las culturas primigenias. Alguien en torno al fuego debió, a su modo, relatar a otros neanderthalensis hechos reales del entorno aderezados con el producto de su imaginación.
Para deshacer la duda, propongo que nos fijemos en esto: los oficios antiguos, por antiguos, son apostolados, tienen algo de beatitud. Podría asegurar que no existe doctor al que jamás se le haya consultado de manera gratuita, ya en un vagón del metro, ya en una fiesta familiar. (Se dice que cuando estaba en campaña alguien le pidió ayuda al doctor Zedillo pensando que sabía de medicina).
A un maestro, de igual modo, cualquier día le solicita un vecino una lección remedial.
A una prostituta, sin embargo, no va uno y se le para enfrente diciendo: “Ya que usted se dedica a esto, podría por favor…”. Pero que en su calle no sepan que usted escribe, porque entonces le dirán: “Yo he sufrido mucho. Si alguien escribiera un libro sobre mi vida, sería una historia fenomenal”. A mí esto me lo han dicho un par de veces. En ambas ocasiones he respondido: “No espere más: escríbalo”.
Esto lo he dicho en otra parte: No sé qué hace a la gente suponer que su vida es tan extraordinaria como para ponerla en un libro. Lo cierto es que todo mundo sufre, la mayoría se enamora, se desenamora, a veces hace el amor, enferma, muere. Extraordinario sería que nada de eso te pasara. Eso sí que sería fenomenal.
Pero entonces, ¿qué tiene de extraordinario Canción de tumba, la novela de Julián Herbert que obtuvo el premio Jaén de narrativa? ¿Qué tiene de singular una historia de la que, cuéntese lo que se cuente en el medio, ya sabemos el final? Lo respondo de prisa: tiene demasiado. Y enseguida trataré de explicar cinco de los detalles que la convierten en una historia fenomenal.

1.    Réquiem
Canción de tumba tiene la orfandad como pretexto. Un hombre parado sobre la línea de sus cuarenta años, digamos de una vez que Julián Herbert, atestigua la agonía y la muerte de su madre, Guadalupe Chávez, prostituta retirada, vencida por la leucemia. Más tarde le tocará acudir al velorio de su papá. La historia, que se compone de memorias frescas y lejanas de la relación entre hijo y madre, se irá construyendo junto a la cama de un hospital.
Estamos ante una oración fúnebre, un responso que hace Julián sin ceder a la tentación de las loas. Su madre está muerta, sí; pero es la misma madre a la que un día le dijo que le estaba jodiendo la vida, la misma a la que odió religiosamente desde 1992 hasta 1999, a la que, también, ha amado siempre con la luz intacta de la mañana en que le enseñó a escribir su nombre.
En los caminos de la vida llueven las casualidades, por eso resbalamos una y otra vez. Mientras Guadalupe Chávez alias Marisela Acosta alias Lorena Menchaca se marchita en el Hospital Universitario de Saltillo, en la matriz de Mónica un cigoto se multiplica para formar una mórula y luego un feto y finalmente una persona de nombre Leonardo que habrá de ver la misma luz de la mañana dos semanas antes de que muera su abuela.
Luego, esta novela es un réquiem que preludia una canción de cuna, y quizá por eso diga tanto de la paternidad, ese fenómeno que asusta para siempre, y que las más de las veces dejar ver toda nuestra imperfección.
Porque esta historia narra la vida de Marisela Acosta, espejo biográfico de Julián Herbert, un hombre que desea ser padre a los 17 años porque haber nacido le parece un acto de maldad personal que solo puede reparase engendrando.
Y lo hace, procrea un par de hijos con dos mujeres distintas para enseguida regodearse en el fracaso marital y parental. Seguridad de ser, para alguien que amo y está vivo, nada más que una larva en pena. Al final de su juventud dice nuevamente sí porque la reproducción es la única fuerza de voluntad que le queda.
Y debo decir aquí dónde está lo extraordinario: en la forma de narrar. Julián Herbert nos recuerda que importa tanto o más que la anécdota la manera de contarla. Quizá su amplia experiencia en la poesía le ayuda a crear una prosa cargada de imágenes, de aforismos, de musicalidad. Mi madre no es mi madre: mi madre era la música.

2.    El autor como personaje
Estamos pues en el terreno de la autoficción. El escritor Julián Herbert es el personaje central, quien revela la inocencia de su niñez, el amargo despertar a la adolescencia, su turbulenta juventud y la redención que encuentra al acercarse a los cuarenta, al mismo tiempo que se convierte en enfermero de su mamá.
Cuánto hay aquí de ficción y cuánto de autobiográfico no sé; no me interesa. ¿A quién le importa el origen del relato cuando este es una entidad tan viva, cuando te sacude, se mete en tu cuerpo y aprieta tus entrañas en un puño, cuando, una vez que te ha vencido, te alisa la cabellera y te da palmaditas en la espalda?
Desde la fiebre o la sicosis es relativamente válido escribir una novela autobiográfica, dice el autor-narrador, y más adelante confiesa: Hay personajes que simplemente no se marchan. Esperan pacientemente a que tengas un breakdown para venir a cobrar lo que les debes.
Si Mario González Suárez, ese querido maldito que concibe a la escritura como un oficio de médiums, asegura que mientras escribe una novela suele encontrarse en los lugares más insospechados con uno o más de sus personajes, en Canción de tumba Julián Herbert, que es personaje, cierta noche cubana se va de juerga con Bobo Lafragua, un artista conceptual que protagoniza Maten al dandy del sur, un proyecto de novela surgido en un bar de Tijuana y abortado finalmente. Otra noche se le aparece a Julián en un oscuro pasillo del Hospital Universitario, a unos pasos de la morgue, y le pide un cigarrillo. Hay personajes que no se van.

3.    Retrato social del país
Con el relato de su propia vida y de la vida de su madre, Herbert va construyendo un álbum fotográfico de su país, una historia de la debacle. Nos enteramos del curioso origen del Hospital Universitario de Saltillo, el Hache U; historia que no por divertida (un claro homenaje a Ibargüengoitia) deja de ser un retrato cruel del México de ayer y de hoy. Nos asomamos a un pasaje doloroso del movimiento ferrocarrilero en Monterrey; llegamos a los ochentas y recordamos la Crisis del Perro, que nos duele todavía, y finalmente nos topamos con la Guerra de Calderón, ese señor que se babea la corbata.
La única familia bien avenida del país radica en Michoacán, es un clan del narcotráfico y sus miembros se dedican a cercenar cabezas… En esta Suave Patria donde mi madre agoniza no queda un solo pliego de papel picado.
Ya al final de la historia, Herbert sitúa la desgracia de esta guerra en el contexto saltillense. Saltillo dejó de ser un lugar tranquilo, dice antes de iniciar la enumeración de ese erres que pululan en Twitter. De esas cosas que a nosotros nos pasan cada vez más cerca y que los gobiernos califican de ficción.
Ya no sé si el país decidió irse por el drenaje de manera definitiva tras la muerte de mi madre o si, sencillamente, la profecía de Juan Carlos Bautista era más literal y poderosa de lo que tolera mi luto: “lloverán cabezas sobre México”.
Así, Canción de tumba, un relato íntimo sobre una madre moribunda y su hijo se convierte en la representación de la vida nacional, la radiografía de un país en descomposición.

4.    Metaliteratura
Julián Herbert ejerce el oficio más antiguo, es narrador. No hay que olvidar que soy una puta: tengo una beca; el gobierno mexicano me paga mes con mes por escribir un libro, dice en la página 37. Pero este oficio lo ejerce de manera consciente, y muy claro es su afán de renovarlo.
 Me siento avergonzado. No por narrar zonas pudendas: porque mi técnica literaria es lamentable y los sucesos que pretendo recuperar poseen una pátina de escandalosa inverosimilitud, dice apenas empezar, inmediatamente después de enumerar los amores de los que nacieron los cinco hijos de la prostituta Marisela Acosta.
Y en la siguiente página, tras recordar un comentario que hicieran de una nota autobiográfica suya, reflexiona sobre el futuro del arte de narrar: Leemos nada y exigimos que esa nada carezca de matices: o vulgar o sublime. Y peor: vulgar sin lugares comunes, sublime sin esdrújulas. Asépticamente literaria. Eficaz hasta la frigidez.
¿Y cómo no iba a tener digresiones metaliterarias si el personaje es un escritor que escribe acerca de sí mismo? Esto que escribo es una pieza de suspenso. No por su técnica: en su poética. No para ti sino para mí. ¿Qué será de estas páginas si mi madre no muere?
No se trata, sin embargo, de digresiones gratuitas, es una declaración de principios acerca de la autoficción.  Yo experimento los adornos como nuevorriquismo y como obscenidad, nos dice, y se deslinda de Wilde: escribir autobiográficamente no aminora la experiencia estética solo la vecindad e impureza de ambas zonas puede arrojar sentido.
Escribo para transformar lo perceptible. Escribo para entonar el sufrimiento. Pero también escribo para hacer menos incómodo y grosero este sillón de hospital. Para ser un hombre habitable (aunque sea por fantasmas) y, por ende, transitable: alguien útil a mamá.

5.    Honestidad
La amadísima Cristina Rivera Garza dijo hace poco, refiriéndose a otro tema, algo semejante a esto: si el lector, después de leer un libro, tiene la sensación de que ha leído una carta, el libro habrá de perdurar.
A mí me ha pasado eso con Canción de tumba, he sentido que estaba escrito para mí. Supongo que eso sucede cuando el escritor es honesto. ¿A qué me refiero? A que Julián no es de esos escritores que se esconden detrás de anécdotas a las que hacen pasar por ficción, sino que marca la obra artística con su propia vida.
Me ha pasado más que eso. Después de leer la novela me han dado unas ganas locas de hablar. (Esto ya lo dije en Twitter). A mí, que soy de pocas palabras. Un efecto parecido a lo que pasa en la casa del Gran Hermano con alcohol y sin alcohol. La empatía, la sensación de que el otro se ha sincerado nos dice que ahora podemos desnudar el corazón.
Quiero ser muy honesto. Hace dos noches, en un restaurante, invité a dos amigos a venir a esta presentación. Les conté de Julián, de su novela. Horas después, ya cuando me despedía, uno de ellos me detuvo para preguntarme si en verdad creía que el libro era  bueno. Ya se sabe que las presentaciones son también eventos de publicidad.
Le di una respuesta amplia, aunque no tanto como la que he dado aquí. Si ahora me lo preguntan diré una sola cosa: La vida de Guadalupe Chávez es una historia fenomenal.


*Texto leído el 1 de octubre en Ciudad Victoria, durante la presentación del libro.

jueves, marzo 29

En la vieja estación de la ciudad nueva*

MENUDO ENCARGO TENGO YO ESTA NOCHE: presentar, en unos cuantos minutos, tres libros de sendos autores. No es que me quiera excusar, pero tal vez ustedes, en una situación como esta, harían lo mismo que yo: evitar el riesgo de herir susceptibilidades por deferencias u omisiones y dedicar en cambio el tiempo —mi tiempo y el de ustedes— a hablar de Joaquín Sabina, escritor que apenas la semana pasada celebró un cumpleaños feliz y nos dio la feliz noticia de visitar otra vez México este año, es decir antes de que se nos acaben el país y el mundo.

Dice el flaco de Úbeda, refiriéndose a la vieja España, que en esa nación uno da una patada y salen diez mil poetas. Eso quisiera yo que pasara en México, y eso en Nuevo Laredo, porque se requiere demasiada poesía para acallar la baraúnda de la barbarie. Y pese a figurar entre los diez municipios más violentos del país, y no obstante la ominosa imposición del silencio, Nuevo Laredo brilla desde hace años en Tamaulipas y en el norte de México como un semillero de notables escritores en los diversos géneros. Baste poner, como ejemplos presurosos, los nombres de Federico Schaffler, Marcos y Cinthia Rodríguez Leija, Jesús DLeón-Zerrath, Rogelio Córdova o Luis Edoardo Torres.


Así volvemos al tema que hoy nos ocupa, porque en esa lista deben incluirse, por absoluto derecho, Jacobo Mina, Jorge Santana y Juan Miguel Pérez Gómez.

Cierta ocasión, un amigo y yo discutíamos sobre las canciones de Sabina y de Aute. Luego de ir y venir por sus versos en una cosa coincidimos: en las letras de Luis Eduardo había más filosofía; en las de Joaquín, más experiencia personal. Para hablar de Jacobo Mina, Moisés Heriberto Cortés emparenta a filósofos y poetas. Los primeros, dice con palabras mejores que las mías, ven al mundo como un todo y los segundos sienten todo el mundo adentro. Pero algunos como Mina se tragan la vida a bocados superlativos para devolverla después en forma de carcajadas. Por eso para Heriberto Cortés, junto al nombre de Jacobo Mina se escribe la palabra poeta en letras de gran altura.

El libro que Jacobo Mina nos comparte hoy, Estación Laredo, es en realidad cinco libros o, dicho mejor, cuatro poemarios. El primero, La comunión de las cosas, que le valió en el 2000 el Premio Nacional de Poesía “Juegos Florales Toluca”, abre “Los poemas del perdón” con un epígrafe tomado de 19 días y 500 noches, canción, por supuesto, de Joaquín Sabina. Este primer conjunto está centrado en la soledad, una soledad acaso más detestable por su persistencia en una ciudad tan bulliciosa. Y es que la soledad es siempre la soledad aunque pague en dólares, escupe el poeta con mayúsculas en la primera estrofa del poema “La calle que va al puente”. En estos once poemas la ciudad aparece y se disuelve; todo apunta hacia arriba menos el amor, menos la vida. La cotidianidad fronteriza condensada en tres líneas: Dulce sueño americano. La fábrica cansa, hastía, trastorna; a veces hay deseos de ser alguien.

En Los poemas imposibles al poeta lo atrae la presencia de la muerte. De nuevo la ciudad, la frontera y la capital, pero ahora bajo el agobio del calor, de la sal de los cadáveres.

Mayra duerme muestra otra faceta de Jacobo Mina. Se trata, pues, de un ejercicio lúdico de gran técnica, audacia y humor. Ya no hay amores ni dolores reverenciados sino acercamientos juguetones a la emoción. Pobre Mayra; y pensar que tienes que cargar con el peso inicuo de tu belleza a todos lados, nos dirán las primeras líneas, las que nos advierten del terreno que pisamos: en las páginas siguientes el mayúsculo escritor nos enseña a conjugar el verbo amar en tiempo de frío.

Olivia es una aceituna se continúa con Los poemas de la vida y la muerte. En ellos nos enfrentamos a una realidad más cruda, ardiente, derruida. Hay en esta ciudad muy poca esperanza cuando el poema lo llena una heladera repleta de muertos, cuando, como dice Mina, el piso se llena de sangre. Del zócalo de la ciudad de México al puente de Laredo la distancia se cuenta en vidas. Y acaso en esta frontera, entre acordeones con el fuelle roto que solo saben cantar cadáveres, Jacobo halla lugar para el optimismo. Ella sonríe, la tarde se ve mejor. Al final, a la manera de Inventario, la legendaria canción de Joaquinito, Jacobo Mina enumera todo aquello que subsiste del amor.

En 2003, Joaquín Sabina publica una colección de sonetos, Ciento volando de catorce. Una decisión arriesgada por donde se mire. Una apuesta si toleramos la frase común. También, la resolución de desempolvar lo vetusto y hacerlo novedoso. Se trata, quizá, del libro de poesía, o al menos el de sonetos, que más rápidamente se ha vendido en la historia. Esto es, desde luego, porque lo escribió Sabina, pero también porque son versos llenos a la vez de ternura y cinismo, propios de un poeta que huye de la solemnidad como de la peste, de quien ha creado en la música y en la literatura no un estilo: un género.

Pornosonetos, el poemario de Jorge Santana, se inscribe dentro de todo lo que acabo de apuntar, con excepción, acaso, del fenómeno de ventas, cosa que esta misma noche ustedes pueden remediar. Como Joaquín, Santana parte de una fórmula antigua, en franco desuso, y la hace suya mediante la oralidad y el humor; pero, además, la vuelve categóricamente actual mediante los usos y recursos del mundo moderno. A lo Sabina, Jorge Santana juega con la sintaxis, le falta al respeto, la manosea, inventa nuevos significados y la hace temblar cuando dice, por ejemplo: Tu lengua de miradas desafiantes o Tu vientre, invernadero de alacranes.

Respecto al amor, la seriedad está en otro lado. Aquí se trata de ir al punto: Hagámosle caso a nuestro cuerpo. Ingrata, desgraciada, dame un beso; recurrir al doble sentido: Yo parcho tus goteras, parcho llagas y de paso te humeo las chimeneas o en última instancia al humor, que suele ser bien pagado por las interfectas: Hacemos clase alta y clase baja, nos dice Jorge Santana, quizá para recordarnos que solo en el sexo hay democracia.

Un pornosoneto quedaría a deber si fuera más recatado; por eso Santana burla no solamente las reglas del soneto, también, a veces, le baja los calzones a la ortografía. Pero contra lo que se piense, aquí no solo está el cuerpo, también está el amor, y está —¿cómo no iba a estarlo?— la ciudad, esa ciudad que solo sonríe o llora en los versos de los buenos poetas. Las balas que se besan en las calles, los narcos traen la foto en la cartera de la mujer que en casa los espera y encuentra su trabajo estimulante.

A lo largo de setentaiséis sonetos, Jorge Santana nos comparte vida e imaginación, nos hace andar en su universo. Ahí está la juventud para beber un buen buche antes de enfrentar la vida, que no siempre es tan amable.

El amigo del que ya les platiqué y yo hablábamos otro día de las canciones de Sabina. Hasta entonces el pobre pensaba que eran poemas. No había notado que la mayoría, y especialmente títulos como Eva tomando el sol, Juana la Loca, Peor para el sol o la misma 19 días… tienen la estructura clásica del cuento, la novela o la crónica: es decir planteamiento, nudo y desenlace. Narrativa bien rimada. Los cuentos que cuenta Joaquín, así acaben fatal, tienen siempre imágenes demoledoras y frases geniales.

A Juan Miguel Pérez Gómez, uno de los escritores más versátiles y productivos que conozco, lo he seguido desde 2005, cuando leí Amores extraños, el volumen con el que ganó un año antes el Premio “Juan B. Tijerina”. Vale decir, como en otras veces, que admiro su narrativa audaz, beligerante, escatológica y un tanto canallesca, ratificada en Bestias domésticas con un evidente refinamiento tanto en lo técnico como en lo verbal. En textos como “Sueño americano” y “Los viñeros de la envidia” se observa, por ejemplo, lo bien que Juan Miguel aprovecha el ritmo cinematográfico, y en “Dios no juega a los dados”, un derroche de imaginación a la par de una solvencia en el lenguaje.

La penúltima vez que vi a Juan Miguel fue en Monterrey, cuando todavía se podía estar en un bar y luego en otro sin sentirse héroe o cucaracha. En aquella ocasión, Gerson Gómez completó la bohemia aporreando los bongoes mientras el cantante local trataba de recordar la letra de 19 días y 500 noches. Hablamos poco, algo acerca de la pena que a alguien le provocaban aquellos hombres que se consuelan con tocar un tobillo o una pierna femenina desde los márgenes de una mesa de baile.

Hablamos poco o casi nada. Y sin embargo estos textos con que Juan Miguel obtuvo el Premio Estatal de Narrativa lo revelan como un maestro del diálogo; habilidad perfeccionada quizá gracias a su incursión en el género dramático. De dramas los cuentos de Pérez Gómez nos revelan muchísimo porque a partir de un drama conyugal, casi cotidiano, casi fútil, se desgaja una revelación abrumadora, como sucede en “El visitante”, relato que encontrarán en la página 43.

Para decirlo de una vez, Juan Miguel es un provocador. Su narrativa es, por sí misma, un desafío; no son textos para las buenas conciencias. Conozco a más de uno que se ha escandalizado. Y cómo no, si Pérez Gómez hace que pongamos la mirada en aquello que nos recuerda, querámoslo o no, nuestra condición humana: “Toda la mierda del mundo”.

Dicen que como Sabina nadie le ha cantado a Madrid. Joaquín, por su parte, dice que los madrileños elevaron a himno una canción que vomitaba sobre su ciudad. Nuevo Laredo aparece también, de manera velada o explícita, en estos tres libros que, ¿aún no lo he dicho?, recomiendo muy ampliamente. Aparece, eso sí, con sus arrugas y cicatrices, con moretones y orines. Pero sonriendo, como le corresponde a una ciudad que, reuniendo ella sola a más de cincuenta jóvenes escritores, todavía puede llenar sus librerías tanto como sus cementerios.


* Texto leído el 23 de febrero en Estación Palabra, ciudad de Nuevo Laredo.



Si ha de acabarse el mundo...




"Una vez por semana era lo común, pero más común era el incumplimiento de aparición, aunque de haber una noticia relevante se publicaba en Oaxaca una gaceta cuyo tiraje reducido se agotaba en un dos por tres: asunto infrecuente, solo que se tratara de alguna rareza extraordinaria, ¿maligna?, ¿benigna?, como lo que sucedió con lo de la bomba: la hazaña perversa que culminó en estallido y hongo postrero: ahora que... al otro lado del mundo: allá en Japón, miles de muertos... Ese horror, con más pormenores, fue referido un jueves por la señora ante los comensales huéspedes, quienes, muy quitados de la pena, le entraban a los frijoles. Luego hubo un remate:

-En cualquier rato estallará otra bomba que acabará con el mundo.

Carraspeos por respuesta, ninguna alarma siquiera gestual de ninguno de ésos. Tal parecía que la noticia había sido escuchada como si cayera la hoja de un árbol. Concentración, pues, en lo sabroso. Cena frijolera... solo ese platillo, pero vasto, y con la compañía de bolillos botijos... Valga decir, en correntía, que cuando los frijoles son cocidos con manteca de puerco saben mejor, como fue esa vez.

-La bomba fue lanzada desde un avión.

Silencio o seguimiento de empujes de comida. Palabras, ¿cuáles más?, solo las de ella... en el aire.

-¡¿Qué?!, ¡¿no les preocupa?! ¡Puede acabarse el mundo!

Orondo por retaque, Demetrio se meneó, quiso ponerse de pie queriéndose autoridad, lo hizo, pero antes, limpiándose con una servilleta sus labios pelotones, dijo:

-Mire, señora, si el mundo está por acabarse, que se acabe ya".


Daniel Sada
Casi nunca


jueves, febrero 16

Conseja



"En México no hay gobierno. Qué diablos, en México no hay Dios. Ni lo habrá nunca. Nos enfrentamos a un pueblo manifiestamente incapacitado para gobernarse. ¿Y sabes lo que ocurre con el pueblo que no sabe gobernarse? Exacto: que vienen otros a gobernar por ellos".

Cormac McCarthy
Meridiano de sangre
Luis Murillo Fort, traductor.