Quickribbon PESINISMO: febrero 2009

domingo, febrero 22

No tener madre



Los legos en zoología deben saber que un formicario es un criadero de hormigas. Jesús Marín, quien tal vez ha leído más libros que los que yo podría leer en esta vida y en la siguiente, también lo sabe; y sin embargo su enferma memoria evocará un recinto orgiástico cada vez que escuche esa palabra.

Pero no es de la hermenéutica jesusmariniana de lo que he de hablar ahora, sino de las condiciones en las que nació y ha crecido nuestra amistad, así como la admiración que confieso tenerle sólo cuando él no me escucha.

Conocí a Jesús Marín el día que conocí Durango, hace ya más de seis años. Fue, de hecho, el primer escritor al que yo miré en acción. Recuerdo que al verlo venir pensé en la identidad secreta del Espectro, un luchador que en aquellos días gozaba de cierta popularidad. Luego, cuando nos convidó de su caguama (él les dice "cahuamas") en el Apando, el club literario que compartía con Jesús Alvarado el Guarus, concluí que los escritores eran una subespecie en la que de ningún modo se podía confiar.

Entonces tanto Marín como el Guarus traían largas greñas y andaban de acá para allá gastando pesos y calorías en aras de una literatura propia, pero también duranguense. A seis años de distancia siguen haciendo lo mismo, sólo que con menos pelo: Alvarado se hizo un corte decente; Marín en cambio se puso el traje de Shrek para vender fotos suyas en la plaza de armas.

Después de aquella ocasión he regresado muchas veces a Durango; la mayoría de ellas invitado por ese par; otras, por Everardo Ramírez. Y cada vez que regreso Jesús Marín me espera con un nuevo libro suyo.

No había dicho que Jesús Marín, además de narrador y poeta, es editor independiente. Arañando centavos de aquí y de allá, en los últimos tres años Producciones Duranghetto ha sacado a la luz La mítica ciudad de las cahuamas, varias reimpresiones de El hombre que cazaba ballenas así como El libro de Sarah y Crónicas de Durango. A veces con apoyos del ICED, del IMAC o de la SED, a veces a cuerno limpio, Marín se la ha rifado para producir, presentar, distribuir y publicitar sus libros (algunos incluso mejor acabados que los producidos por los fondos editoriales de ciertos estados).

Aquí cualquier otro abriría paréntesis para hablar de la poesía de Marín. Yo, que nada sé de poesía, diré que Jesús, al igual que en la vida, en su literatura muestra una dualidad interesante y escandalosa. Después de rebelarse contra el poder que las mujeres ejercen desde la relación sentimental hasta la intimidad sexual y familiar, y luego de vociferar sobre los poetas encorsetados en el lenguaje y en las formas, se acurruca a los pies de sus ideales femeninos y se revuelca en un patetismo amoroso de suspiros y de lágrimas.


Luego si andas de tierno

te confunden con puto.


Más aun, apenas termina de lanzar sus palabrotas y de escandalizar a las primeras filas, baja la mirada y emite, entre suspiro y suspiro, confesiones que sonarían mejor con acordes de violín. Sería necesario verlo y leer su poesía para entender esa doble cara.


De un tiempo a la fecha

ha surgido en mí

un horror a los espejos

a la sonrisa que se refleja

cuando miro detrás de mi mirada.

A mi orfandad

que me ofrece sus descarados brazos.


Pero en uno y en otro tono, Marín sabe emocionar a las más disímiles audiencias. Todos los públicos le pertenecen porque tiene los tamaños para decir lo que muchos callaríamos por pudor o por pavura.


Se siente gacho

negar la sed por un abrazo

el hambre de una mano sobre el rostro

la urgencia de una oración.

Y carecer de alas.

Carecer del tibio aleteo de una mujer.

No tener un hijo más que de lejitos

sin carne de tu carne.

Y medir tu hombría por los centímetros del pito.

A veces ser hombre es ser ciego.


Quien haya visto a Marín presentando sus libros sabe de lo que hablo. Esas presentaciones son verdaderas fiestas en las que se reparten cervezas y mentadas de madre. La palabra, dijo alguien, no se hizo para adornar, se hizo para decir, y en esas reuniones Marín habla con la suficiencia de quien no le debe nada a nadie. En la intimidad de su buhardilla, en las reuniones de amigos, las charlas de Jesús Marín son corteses y cultas, la música es romántica y académica. Se habla de cine y de música, de plástica y de literatura. Nada es, pues, lo que parece.

El año pasado el Instituto de Cultura del Estado de Durango publicó la poesía reunida de Jesús Marín en una antología: La orfandad de las hormigas. Antología poética (1999-2007). Un libro bello, de formas delicadas, diferente. Y aunque el formato de Producciones Duranghetto le sienta mejor a la poesía jesusmariniana, la antología no deja de ser al mismo tiempo un reconocimiento a la trayectoria del Shrek duranguense y una invitación a la lectura.

Porque, finalmente, aquéllos que nunca leen las producciones independientes por considerarlas de baja calidad, se habían perdido todo este tiempo no sólo una muestra de la poesía (¿buena, mala,? usted ponga el calificativo), sino también una visión original de la vida y de la sociedad contemporánea.

La orfandad de las hormigas, un título muy propio de alguien a quien esos bichitos colorados podrían decirle papá.





Febril febrero








Ah, pero qué bien sabe el triunfo


martes, febrero 17

01233616547




¿Qué si la palabra aguda

es también palabra llana?






lunes, febrero 9

Central, 02:20

HABÍA ESTADO TANTAS VECES en la terminal de autobuses de Monterrey, pero quizá nunca por tiempos tan prolongados. O tal vez no a la hora precisa.
El caso es que el viernes, luego de que en este sucio agujero me fue imposible abordar a tiempo un TT debido a que el lugar que me vendieron también se lo habían vendido a alguien más viejo y menos terco que yo, me vi en Monterrey, en una sala de espera apretujada por remodelaciones, esperando un OdM que hizo más o menos lo mismo que el otro autobús, aunque esta vez a un representante de la tercera (o cuarta) edad.
No había muchos asientos. Me acomodé junto a una pareja que arañaba los treinta. La mujer, alta, robusta y de botas peludas, era una neurótica; el tipo, que tenía pinta de argentino, era un pusilánime. En eso llegó un mendigo disfrazado de vendedor de chicles y empezó su cantinela, el hombre le dio una moneda. El mendigo se detuvo delante de otras dos personas antes de llegar a donde yo estaba leyendo el tomo 1 de los Cuentos Completos de Cortázar. "Disculpe, buenas noches -empezó otra vez conmigo-, mire, caballero, yo sé que es molesto, pero..." Luego se marchó dándome las gracias y diciendo que era yo muy amable cuando en realidad pensaba exactamente lo contrario. Se pasó a la otra banca y, aunque no lo miré, supe que sacudía el hombro de una mujer que dormitaba. "Disculpe, buenas noches..." No pudo terminar la frase porque la mujer se irguió encolerizada. Aunque eso de erguirse no es más que un decir, la mujer era una jorobada que no pasaba del 1.20 m. No escuché bien los primeros insultos, pero luego se repitió el mismo reproche: "Pelado mugroso, ¿por qué me viene siguiendo?"
El mendigo se fue, pero no la jorobada, que arrastraba una cubeta donde traía sus efectos personales. Vino y se sentó a mi lado. "Yo no sé por qué me viene siguiendo ese pelado mugroso... Por qué no se pone a trabajar, ¿verdad?, en vez de andar molestando a la gente... Pelado mugroso... Si el guardia a mí me lo dijo: 'Ahí estése, sentadita, y nadie la va a molestar'... Y entonces ese pelado mugroso viene y me manosea... ¿Qué es lo que quiere?, ¿eh?, ¿por qué me sigue ese pelado mugroso?... Desde allá, mire, desde allá me viene siguiendo... ¡Ya me tiene hasrta ese pelado mugroso!" Yo asentía de vez en vez, mis ojos clavados en el epígrafe de Circe.
No bien se había acurrucado la jorobada sobre su extraña maleta cuando llegaron otras dos mujeres con cubetas. Que iban a asear ese lado de la sala y debíamos abandonar el lugar. La mujer se puso de pie de un salto y arrastró su cubeta. Yo cogí mis dos maletas, mi abrigo, y empecé a caminar. El argentino se agachó a levantar un bulto, estiró su mano hacia la otra maleta y se topó con una mano ajena: había llegado otro mendigo. "Yo le ayudo", dijo. Y aunque el argentino dijo no, el otro cogió dos de las maletas y caminó deprisa. Luego estuvo varios minutos, veinte quizá, de pie junto a la neurótica que se abanicaba con una pluma de pavorreal, esperando al argentino que viajaba de puesto en puesto, buscando quien le cambiara un billete para darle una moneda al samaritano.
La jorobada dormitaba de nuevo, y en sus labios se leía, a intervalos, "pelado mugroso".

domingo, febrero 1

En camino...