lunes, febrero 9

Central, 02:20

HABÍA ESTADO TANTAS VECES en la terminal de autobuses de Monterrey, pero quizá nunca por tiempos tan prolongados. O tal vez no a la hora precisa.
El caso es que el viernes, luego de que en este sucio agujero me fue imposible abordar a tiempo un TT debido a que el lugar que me vendieron también se lo habían vendido a alguien más viejo y menos terco que yo, me vi en Monterrey, en una sala de espera apretujada por remodelaciones, esperando un OdM que hizo más o menos lo mismo que el otro autobús, aunque esta vez a un representante de la tercera (o cuarta) edad.
No había muchos asientos. Me acomodé junto a una pareja que arañaba los treinta. La mujer, alta, robusta y de botas peludas, era una neurótica; el tipo, que tenía pinta de argentino, era un pusilánime. En eso llegó un mendigo disfrazado de vendedor de chicles y empezó su cantinela, el hombre le dio una moneda. El mendigo se detuvo delante de otras dos personas antes de llegar a donde yo estaba leyendo el tomo 1 de los Cuentos Completos de Cortázar. "Disculpe, buenas noches -empezó otra vez conmigo-, mire, caballero, yo sé que es molesto, pero..." Luego se marchó dándome las gracias y diciendo que era yo muy amable cuando en realidad pensaba exactamente lo contrario. Se pasó a la otra banca y, aunque no lo miré, supe que sacudía el hombro de una mujer que dormitaba. "Disculpe, buenas noches..." No pudo terminar la frase porque la mujer se irguió encolerizada. Aunque eso de erguirse no es más que un decir, la mujer era una jorobada que no pasaba del 1.20 m. No escuché bien los primeros insultos, pero luego se repitió el mismo reproche: "Pelado mugroso, ¿por qué me viene siguiendo?"
El mendigo se fue, pero no la jorobada, que arrastraba una cubeta donde traía sus efectos personales. Vino y se sentó a mi lado. "Yo no sé por qué me viene siguiendo ese pelado mugroso... Por qué no se pone a trabajar, ¿verdad?, en vez de andar molestando a la gente... Pelado mugroso... Si el guardia a mí me lo dijo: 'Ahí estése, sentadita, y nadie la va a molestar'... Y entonces ese pelado mugroso viene y me manosea... ¿Qué es lo que quiere?, ¿eh?, ¿por qué me sigue ese pelado mugroso?... Desde allá, mire, desde allá me viene siguiendo... ¡Ya me tiene hasrta ese pelado mugroso!" Yo asentía de vez en vez, mis ojos clavados en el epígrafe de Circe.
No bien se había acurrucado la jorobada sobre su extraña maleta cuando llegaron otras dos mujeres con cubetas. Que iban a asear ese lado de la sala y debíamos abandonar el lugar. La mujer se puso de pie de un salto y arrastró su cubeta. Yo cogí mis dos maletas, mi abrigo, y empecé a caminar. El argentino se agachó a levantar un bulto, estiró su mano hacia la otra maleta y se topó con una mano ajena: había llegado otro mendigo. "Yo le ayudo", dijo. Y aunque el argentino dijo no, el otro cogió dos de las maletas y caminó deprisa. Luego estuvo varios minutos, veinte quizá, de pie junto a la neurótica que se abanicaba con una pluma de pavorreal, esperando al argentino que viajaba de puesto en puesto, buscando quien le cambiara un billete para darle una moneda al samaritano.
La jorobada dormitaba de nuevo, y en sus labios se leía, a intervalos, "pelado mugroso".