miércoles, octubre 27

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Sentado justamente donde había sido interrumpido por la llamada telefónica, en la silla de hierro forjado, de espaldas al frontón y a los cuartos que salían a la terraza-mirador, Adam Lozanic´enseguida notó un cambio. Desde algún lugar detrás de él se extendía la sombra alargada de alguien, una sombra triple. Por la posición del sol aquello era imposible, pero cuando el joven volvió su cabeza, no le quedó más que constatar que un hombre, una mujer y una niña desconocidos, apretados unos contra otros, casi acurrucados, reflejaban una sombra mucho más grande que la que les correspondía según las leyes vigentes de la naturaleza. La puerta de uno de los cuartos del piso superior de la villa estaba abierta, los tres acababan de salir a la terraza, y su sombra se iba juntando tras ellos como un charco de agua sucia que siempre, infaliblemente, tiende hacia el punto más bajo.
No se podría precisar con facilidad quién quedó más sorprendido por ese encuentro. Adam enseguida comprendió que aquellos tres personajes, en ese mismo instante, leían el mismo libro que él, seguramente inclinados sobre un solo ejemplar, ya que se veían muy apretujados unos contra otros. Además, Kusmuk le dijo que en el libro de Anastas Branica no había personajes. El hombre, la mujer y la niña ante él estaban visiblemente extrañados de quién era el joven desconocido en tenis y camisa de franela que colgaba descuidadamente fuera de los pantalones de mezclilla desteñidos.


La mano de la buena fortuna
Sexto Piso. México. 2007.

Foto de Goran Petrovic: Bolten Inc. mx
Foto de cubierta: Gandhi@