Quickribbon PESINISMO: agosto 2007

lunes, agosto 27

Digresión


Ya he hablado antes de las recomendaciones bibliográficas de Alfredo Marko. Tiene, este amigo, un agudo sentido para captar las aficiones de los lectores. Pocas veces falla, de veras. El pasado fin de semana casi nos dio vergüenza cuando una amiga mutua y la amiga de esta amiga nos encontraron en una mesa del café de siempre, intercambiando libros cual si fueran estampillas de un viejo álbum escolar. Alfredo me iba a prestar tres libros, pero no quise abusar y me traje únicamente dos: El guardián entre el centeno y El país de las últimas cosas. Esta mañana, en la soledad de una oficina con goteras (no había mencionado que acá llueve desde la semana pasada), en una escuela desierta; terminé de leer el primero.

Confieso que El guardián... estuvo a punto de gustarme. Si bien debo decir que me encantó la perfecta caracterización de ciertos personajes a partir únicamente de los diálogos y que en algún momento la confusión del joven Holden llegó a provocarme una pizca de ternura (a decir verdad, lo que me cautivó fue el caso del infortunado James Castle y sus dientes desperdigados en la banqueta), la estructura narrativa me viene pareciendo demasiado simple (ojo: no hablo del lenguaje, que ése es tema aparte).
En defensa de la novela (y de Salinger), me atrevo a suponer que, si el ejemplar que leí no fuera una de esas odiosas traducciones castellanas, este libro me habría gustado más. Si ya bastante incómodo es leer mil veces la palabra "joder" (o "jo", como aparece en esta versión, o simplemente "j...", que ya es el colmo), imaginen lo que será forzarse a pensar en un jugo cada vez que se lee la palabra "zumo", o en un limón donde dice "lima" o imaginar, mientras se lee "la guinda encima de la torta", la cereza de un pastel. Cosa de locura si te encuentras "que le den por culo" o "a tirar por culo". Chale, es tan odioso como los doblajes de las series gringas: "Voy a trapear el piso con tu trasero".
A saber si a los lectores españoles les sienta bien esa traducción, pero lo que es a mí me pone los pelos de punta leer tantas frases coloquiales peninsulares. Y en esta versión abundan. Espero que haya traducciones más solidarias con los hispanohablantes americanos; aunque, si he de ser sincero, más deseo encontrarme alguna vez con la versión original. Total, si el libro tiene más de medio siglo y yo había tardado tanto en leerlo, ¿quién puede asegurar lo contrario?

El guardián entre el centeno
J. D. Salinger
Alianza Editorial, 2004. Madrid, España. 226 p.

domingo, agosto 26

Volver a Estambul


Mi Estambul secreto


ORHAN PAMUK en El País.com (23/08/2007).

Traducción de Virginia Solans.


Nací en Estambul. Exceptuando los tres años que pasé en la ciudad de Nueva York, no he vivido en ningún otro lugar. A mis 53 años, estoy viviendo de nuevo en los apartamentos Pamuk que mis abuelos construyeron para nuestra gran familia cuando yo era niño. En las tardes de verano, cuando me asomo a la ventana y miro entre el balanceo de las ramas de los viejos plátanos que bordean la avenida Tesvikiye, puedo ver las luces de Aladdin, la tienda donde mi padre compraba sus cigarrillos y los periódicos y donde yo iba a por chocolate, chicles, pistolas de agua, relojes de plástico y a por el último ejemplar del cómic Tom Mix.

Cuando era niño, Estambul era una tranquila ciudad de provincias con una población de un millón de habitantes; medio siglo después es una metrópoli 10 veces mayor, rodeada de barrios desconocidos y distantes en los que nunca he estado y cuyos nombres sólo conozco por los periódicos. Cuando me asomo a la ventana, me cuesta aceptar que estas poblaciones de la periferia son una parte de mi ciudad. Ni siquiera en mis sueños habría esperado que las calles de mi niñez fueran tan bulliciosas como lo son hoy. Pero cuando uno está tan unido a una ciudad como yo lo estoy a Estambul, acabas por aceptar su destino como el tuyo propio; llegas a verla casi como una extensión de tu propio cuerpo, de tu propia alma. Así que cuando ante mis ojos veo el cambio de las calles, de las tiendas y de las plazas -y durante las últimas décadas he visto los cines, las librerías y las jugueterías más importantes de mi niñez cerrar sus puertas-, reacciono igual que cuando veo a mi propio cuerpo envejecer. Tras el estupor inicial, me resigno ante mi nuevo aspecto.

¿Puede una ciudad tener alma? Si la tiene, ¿de qué está hecha? El alma de una ciudad, ¿se forma por su tamaño, su cultura y su historia, o nace de la imagen que sus calles y sus edificios imprimen en nuestras mentes? Más aún, el alma de una ciudad ¿depende de lo bulliciosa que es o de lo vacía que está? ¿De la bruma o del calor? ¿Está en el río que la cruza o -como en el caso de Estambul- en el mar que la divide en dos? ¿Dónde sentimos su alma con más intensidad? ¿Cuando la vemos desde lo alto de una colina? ¿Cuando pasamos por un paso subterráneo? ¿Cuando nuestros oídos escuchan el alboroto de la ciudad? ¿Cuando nos pica la nariz por su aire húmedo y sucio? Quizá cuando todos estamos acostados oyendo cómo la ciudad duerme como un viejo animal cansado y escuchamos el sonido de la sirena de niebla en el Bósforo. En mi opinión, el alma de una ciudad cambia cuando la ciudad cambia. El Estambul nuevo y opulento de hoy no es la ciudad melancólica que conocí de niño.

Pero incluso hoy me habla de soledad. En las tardes de verano, el alma de la ciudad está en sus anticuados autobuses que circulan con dificultad entre nubes de polvo, humo y contaminación mientras llevan a los sudorosos pasajeros a sus casas; está en la nube de niebla que cubre la ciudad y que, al atardecer, se torna entre naranja y púrpura, y en la luz azul que sale de millones de ventanas cuando, casi al mismo tiempo, la ciudad enciende sus televisiones -y justo en el mismo instante en que las mujeres de toda la ciudad fríen berenjenas para la cena-. A mediodía, en los tranquilos y fríos días de otoño, cuando la ciudad está en plena actividad, el alma de la ciudad reside en un solitario y ocupado hombre que pesca mientras su viejo barquito se balancea sobre la estela de los transbordadores y de los grandes cargueros que circulan por el Bósforo.

Todos los habitantes de Estambul son de fuera y, por tanto, todos están solos. En 1453, cuando llegaron los turcos -o mejor dicho, los otomanos, ya que había cristianos en su Ejército-, se encontraron con una ciudad que les esperaba. Y, por definición, eran, por tanto, recién llegados. Durante su reinado de 500 años, llegaron otomanos procedentes de los más diversos países y culturas; por tanto, también ellos eran de fuera. Cuando una ciudad pasa de una población de un millón a diez millones en un periodo de 50 años, las nueve décimas partes de sus habitantes tienen que contarse también como foráneos. Por eso, cada vez que entablo una conversación con alguien en la calle, en un autobús o en uno de los taxis compartidos, conocidos como dolmu, la primera pregunta que me hacen, después de quejarnos del tiempo, es de dónde soy. Si admito, un tanto avergonzado, que soy de Estambul, me preguntan con cierta sospecha sobre el padre de mi padre y sobre los parientes de mi madre.

El gran secreto de Estambul es que incluso los que vivimos aquí no la entendemos, y no la entendemos porque desafía cualquier clasificación. Pasear por sus bulliciosas calles es sentir la historia bajo nuestros pies, pero incluso cuando recordamos que antes de nosotros estuvieron otras grandes civilizaciones, también nos damos cuenta de que no nos pertenecen. Esto es lo que le da a la ciudad ese aire extranjero.

Podría incluso decir que su alma reside en su rechazo a ser clasificada o comprendida racionalmente. En efecto, ésta es la conclusión que saqué de la Enciclopedia de Estambul, el singular y heroico proyecto del conocido historiador Resat Ekrem Koçu, que empezó a escribir en los cincuenta y que dejó inacabada porque no pasó de la letra H. Lejos de aportar datos claros sobre la ciudad, el autor añadió confusión al escribir sobre sus pasiones secretas y las "excentricidades" de Estambul, a lo que añadió un entrañable y extenso relato sobre sus compañeros de borracheras favoritos.

Desde mi niñez, las tiendas antiguas de la ciudad me han parecido el ejemplo más elocuente de este desorden. Cuando estoy en una parfumerie -si prefiere, llamémosla farmacia- y miro a mi alrededor, al surtido de botellas de colores, de cajas y de tarros, me parece que el alma de la ciudad no sólo surge de su historia, sino de la suma de las pasiones y sueños de todos los que alguna vez han vivido aquí. Igual que las tiendas de Beyoglu -aparentemente turcas, pero griegas y armenias en el fondo- a las que iba con mi madre cuando era pequeño y que me recuerdan a todas esas antiguas culturas que han ido formando la nuestra y cuán desconocida e increíblemente rica ha sido su influencia. En Estambul, cada objeto guarda su propia historia secreta.


sábado, agosto 25

¡Felicidades, viejón!





Y es que medio siglo es...
pues medio siglo, qué chingáos.

Además de celebrar los veinte años de haber cantado por vez primera en el Auditorio Nacional y la primera década ininterrumpida de conciertos anuales en ese mismo lugar, Óscar celebra sus primeros cincuenta años de carrera artística, la que, según dijo a Xavier Quirarte, del semanario Milenio (30/07/2007), comenzó en una comedia musical dirigida por Enrique Lizalde en la que también hizo sus pinitos (así se dice y se escribe, y no pininos; de nada) Rogelio Guerra.
"Sigo adelante y no voy a detenerme. Siempre hay proyectos, siempre. Ahora estoy lleno de proyectos... Cuáles logre realizar es otro asunto, pero es una situación en la que está todo mundo. Si ves a los actores, a los bailarines, a los pintores, todo mundo está igual: cómo, cuándo y dónde, peleando espacios o fabricándolos, creando la necesidad. Y es muy difícil ante la conducta de las autoridades del gobierno en relación a la cultura. Es tristísimo. Le quitan presupuesto a toda la cultura y se lo dan al Ejército y a los curas, qué retroceso más bestial, pero bueno..."

Larga vida para vos.

Y voz.



¿Y qué si compro lotería?



POEMA X


Los feos nos partimos la madre
los bonitos no lo necesitan.

No tienen que esforzarse
ni mentir a las mujeres
ni joderse el orgullo.

Los feos sueñan en blanco y negro.

Los feos nos quedamos solos,
estamos acostumbrados.

Los bonitos se quedan con recuerdos hermosos
nosotros con las cáscaras de mango.

Cierto,
los feos somos buenos perros
pero, ¡carajo!, de vez en cuando
queremos carne de la fina.

También merecemos nuestro culo de cielo.

Los feos somos mayoría
y a veces soñamos con ser bonitos.

Uno no puede escapar de su fealdad.

Seguiremos siendo feos.
Por más billetes que uno suelte,
por más espejos que rompamos.

El único consuelo es que con el tiempo
hasta los bonitos se vuelven feos.

El hombre que cazaba ballenas
Jesús Marín
Producciones Duranghetto/Instituto de Cultura del Estado de Durango.
Durango, Dgo. 2007. 56 p.

viernes, agosto 24

Otra para ella

lunes, agosto 20

Ahí me verán

Gracias a la invitación de Magali Velasco,
el nuevo número de la Revista de las Fronteras,
publicación de la UACJ, incluye un cuento mío.
¿Cuál?
Caramba, no puedo saberlo todo.

domingo, agosto 19

La sangre derramada



Federico García Lorca

(1898-1936)



"Yo siempre soy y seré partidario de los pobres. En el mundo ya no luchan fuerzas humanas sino telúricas. A mí me ponen en una balanza el resultado de esta lucha: aquí tu dolor y tu sacrificio, aquí la justicia para todos, aun con la angustia del tránsito hacia el futuro que ya se presiente pero que se desconoce, y descargo el puño con fuerza en este platillo"



OMEGA




Poema para muertos

Las hierbas.
Yo me cortaré la mano derecha.
Espera.
Las hierbas.
Tengo un guante de mercurio y otro de seda.
Espera.
¡Las hierbas!
No solloces. Silencio, que no nos sientan.
Espera.
¡Las hierbas!
Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta.
¡¡Las hierbaaas!!



"El chino bueno
está más cerca de mí
que el español malo"

sábado, agosto 18

Qué cool era


Para dar respuesta al caos que produjo el incremento del parque vehicular heredado, entre otras cosas, de las sucesivas regularizaciones, este sucio agujero pretendió colocarse a la altura de las más civilizadas urbes del país y del mundo, y también estrenó reglamento de tránsito la madrugada de hoy.

Era urgente, dijo el alcalde, pues hogaño en cada esquina hay un establecimiento de bebidas embriagantes. A mí lo que me embriaga es su candidez, pues esos establecimientos son propiedad del alcalde, lo mismo que las gasolineras insertas en los sectores que hace unos años se consideraban prohibidos.

Era ineludible, dijo el edil, pues la ola de accidentes viales iba en aumento desquiciante. A mí lo que me saca de quicio es que en las calles principales (en la calle diecisiete, la de la alcaldía, para mayores datos) los júniores juguetéen a sus anchas en coches y en motocicletas (es tan cool, ¿ves?) y que nadie diga pío hasta que aquéllos se den en la madre.

Mi vida de abstemio tiene lo que va de este año. Ese mismo periodo lo había dedicado a actuar como conductor designado. Anoche, sin embargo, ninguno de mis amigos se animó a beber, desecharon la invitación que les hice para conocer el bar que inauguró mi hermano, ni siquiera aceptaron que yo transportara su embriaguez. Simplemente no quisieron figurar en la estadística del primer día (el nuevo reglamento prohibe a los borrachos incluso viajar en taxi o autobús).

Por ahora, nada de olvidar el cinturón de seguridad, ni contestar el celular, ni subirle al autoestéreo ni dejar los documentos en casa; las señoras, nada de cargar bebés ni maquillarse en el coche. En San Fernando, una ciudad más norteña y más cool, incluso el quedarse sin gasolina o pinchar un neumático y no traer gato hidráulico serán motivo de infracción. Algunos dicen que esta situación no durará demasiado; visto que ese reglamento es inconstitucional, los victorenses podríamos ampararnos contra la obligación de contratar el seguro de daños a terceros, lo que debemos hacer antes de treinta días. Otros afirman que nos acostumbraremos. Hay incluso quienes dicen que los expendedores de bebidas alcohólicas presionarán a las autoridades para que todo vuelva a su cauce natural. Yo lo único que tengo cierto es que las mordidas, que nunca pasarán de moda, serán cada vez más grandes y más profundas.
A propósito del nuevo reglamento de tránsito del Distrito Federal, Hernández publicó este cartón que a nosotros se nos acomoda un poco.


miércoles, agosto 15

Draculito, das miedo

Draculae, hijo de Drac
CHANTAL MAILLARD

EL PAÍS 16/08/2007

Ante todo, me presentaré. Me llaman Drácula. Me conocéis. Me atrevo a decir que mejor, incluso, de lo que pensáis... sí.

Como es sabido, le debo mi nombre a uno de los príncipes de Valaquia, Vlad III, también apodado Tepes, el Empalador, por su afición a esa modalidad, para mi gusto poco refinada, de eliminar a sus enemigos, y también conocido como Draculae: hijo del Drac (dragón, en húngaro), pues su padre pertenecía a la orden del mismo nombre, creada por Segismundo para combatir a los turcos. No hay dragones en la mitología rumana, pero sí hay demonio: dracul. El nombre contribuyó a dotarme de un perfil siniestro; la casa familiar, el imponente y sombrío castillo de Bran, en Transilvania, hizo el resto. Pero yo no nací allí. Nací en una noche de junio de 1816, en una villa del Adriático, en la mente de Polidori, el médico de un tal Byron, y nací viejo, aunque no de apariencia. La apariencia es importante para los personajes. F. Murnau me perfiló huidizo; debió comprender hasta qué punto me siento a veces perdido en mi ser, debiendo adoptar la consistencia de las sombras... sí.

Eso fue en 1922. Pero fue Bram Stoker, en 1897, quien hizo de mí aquello que conocéis o, mejor dicho, aquello que creéis conocer de mí... sí. Él escuchó a Arminius Vambéry. Le contó la historia de la condesa Carmilla, que desangraba a las muchachas para bañarse en su sangre y así conservar su belleza. Puede que eso le hiciera pensar en los vampiros. No hay murciélagos vampiros en Transilvania. Sin embargo, agradezco esa capacidad de metamorfosis. Es mucho más interesante trepar por las paredes que arrastrarse como las sombras. ¿Lo habéis soñado alguna vez? Sé que soñáis con volar; ¿habéis probado a desplazaros verticalmente con la agilidad que sólo poseen esas criaturas nocturnas? Es una sensación única. Ése es mi verdadero goce, no el de sorberles la sangre a los que llamáis mis víctimas. Eso, por el contrario, es mi condena. El placer les pertenece a ellas, a las víctimas, en razón de la debilidad que tienen los seres humanos para la libertad, su ansia de descansar en otro, bajo sus alas y su poder. Mis alas son de seda oscura.

Actualmente siento por ellos la compasión que Neil Jordan puso en el corazón de Louis. La compasión es un bien. Puede que la compasión sea lo que acabe conmigo... sí.

¿Sabéis que la hembra del murciélago vampiro puede almacenar el esperma en una bolsita cerca de la vagina, hasta la próxima temporada? Sí, yo también puedo esperar que las condiciones sean favorables. Lo hago cada vez que creen acabar conmigo. Vuelvo a mi féretro y espero. Mi féretro... sí. Lo llevo a cuestas. Llevo conmigo, a todas partes, mi condición de muerto viviente. Una conciencia difícil. Ésa es mi condena. Recuerdo que un cineasta de nombre Coppola quiso verme así. Le añadió a mi historia algo importante, una razón de ser. Pocas cosas me complacieron tanto como los primeros fotogramas de esa película, aquellos en los que Vlad Tepes, entendiendo que su dios le había traicionado mientras servía su causa, maldice al creador y arroja su lanza al centro de la cruz.

De la cruz mana sangre, y el dios le maldice. La inmortalidad como castigo... sí. Nunca dejé de tener sed. Sed de sangre viva, de vida real, con su muerte al cabo. Porque ser inmortal teniendo sed es peor que tenerla siendo mortal. Como todos vosotros, como todos. La sed de vida, ésa es la cruz, ésa, la condena... sí. Lo que vais a buscar cuando os acercáis a otro, lo que venís buscando cuando pensáis en divertiros no es otra cosa, ¿acaso no lo veis?, que esa sangre que os falta para vivir plenamente una vida con su muerte. Os creéis inmortales. La inmortalidad... ¡qué hermosa palabra!, ¿verdad? Sí... me conocéis muy bien. Es tiempo, ahora, de que me reconozcáis. Yo soy de los que se reconocen.


lunes, agosto 13

Los desencantados

nosotros
los desencantados
los que descubrimos día a día una nueva maldición
sabemos que despertarse es arrojar los ojos al abismo
no tenemos mucho que decir
por eso masticamos mariposas antes que soportar sus aleteos

nos carcome el respirar
el trasiego del mundo en los sentidos
la placidez de los idiotas y los parias y las ancianas que duermen a sus nietos con historias
y esos niños que sueñan
ajenos a un futuro desgraciado

nada le pedimos a ese dios de pacotilla
porque nunca hubo segundas oportunidades
en esta vida el que chingó, chingó

en las calles
los otros buscan siempre la acera menos soleada
los desencantados, jamás
dondequiera nos han de partir la madre
y cualquier lugar es bueno para morir en guerra

alguna vez
los desencantados también tuvimos sueños
esperanzas, anhelos, sentimientos vagos
y la promesa de llevar los dedos a una cremallera ajena
alguna vez
alguna vez fuimos felices
jugamos a atrapar granizos en tazas despostilladas
una aventura que se hizo vergonzosa
alguna vez
alguna vez recibimos un diploma, una medalla, una bandera roída
ensalivó nuestra frente una estrella de papel
alguna vez
creímos tener la vida en nuestras manos y la realidad en los ojos
nos tragamos el cuento del amor que salva todo
alguna vez caímos
y volvimos a caer

a los desencantados nos queda más bien poco
acaso las hormigas que nos muerden en el sexo
una ventana para mirar otra pared
la condena de permanecer despiertos
y la certeza de nunca, nunca, nunca, nunca
nunca poder vivir lo que esperábamos



***

domingo, agosto 12

009876908

¿Acaso no demuestra
una sobrada educación
ofrecerles mi morada?

miércoles, agosto 8

Vidita

Ramón Ayala recibió en 1974 su primer Disco de Oro por el álbum
Chaparra de mi amor
, que incluía esa famosísima tonada.

Va esta vez, y las otras, dedicada para quien ustedes saben.



Chaparra de mi amor
(Letra: Omar Garza; Música: Ramón Ayala)


Es una mujer bonita
la que anduve pretendiendo,
la seguí por ocho meses
y apenas me está queriendo.

Chaparra de mi amor,
no me hagas sufrir ya tanto;
tú dices que a otras quiero
y por ti yo ando penando.

Te quiero, te quiero;
te adoro, te extraño.
Así, mi vidita,
yo te lo juro
que te amo tanto.

Chaparra de mi amor,
no me hagas sufrir ya tanto;
tú dices que a otras quiero
y por ti yo ando penando.

Te quiero, te quiero;
te adoro, te extraño.
Así, mi vidita,
yo te lo juro
que te amo tanto.



El canto del Cardenal



Una de tantas pancartas en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México
:

"Señor Cardenal: En la Iglesia savemos que usted NO apoya a criminales"

Caray,
ni siquiera saben escribir.



lunes, agosto 6

Medalla de oro


Aunque apenas nos lo han confirmado,
bien sabíamos que ese tipo
Pero...

¿Seguirán llamándolo Slim
aun con la billetera más fat?


jueves, agosto 2

Tantos mundos a la vista

¿Que ha sido una semana intensa? Puede ser. Sobre todo por la vuelta al trabajo. Pero una semana de amortiguamiento en todo caso. La escuela vacía de estudiantes y maestros. Una semana de transición entre la pasividad y el desenfreno. Una semana, pues, de cine y litaratura. He aquí el recuento:


De paseo por una librería del CoNaCultA me encontré la novela con que inauguró el siglo XXI Milan Kundera, La Ignorancia (Tusquets. México. 2000. 199 p.), en condiciones de maltrato (me gusta cómo suena eso, pero les suplico no malinterpretar). Sobreactué cuando me vi hurgando en los estantes por un ejemplar más nuevo, las secretas intenciones cristalizaron: me dieron un buen descuento por esa novela y por En su reflejo la luz (Aldus-Conaculta. Col. La Centena. México. 2002. 94 p.), una colección de cuentos de Jesús Gardea que incluye algunos textos que ya había leído en otros libros de ese autor, por ejemplo La Pecera o Septiembre y los otros días.

Es, La Ignorancia, una historia de emigrados que regresan a su país de origen. Sólo por unos días que son como estar en el limbo. Una transición entre dos mundos igualmente ajenos. Volver a donde los familiares y los antiguos amigos para saber que ahí ya no tienen cabida; reconocer las palabras de aquel idioma, pero escuchar un lenguaje que ya no entienden. No pertenecer. Kundera prefirió publicar primero en español esta novela y no en el francés original (no es su lengua natal, record
emos, sino un idioma adoptado en forma tardía) por cierta afinidad sentimental con los exiliados españoles.



Terminados esos dos, seguir con Afuera hay un mundo de gatos (ICOCULT. Col. La Fragua. Saltillo, Méx. 2006.) el libro de Jesús de León del que les he venido hablando. Un libro reconstruido, dice el autor, pues para reeditarlo hubo necesidad de quitarle algunos textos y agregar otros que si bien fueron publicados en la misma época que la versión primera de este volumen, aparecen hoy actualizados con el conjunto general de la obra. Les recomiendo Jardín en recuperación, Hermanito, no te preocupes por mamá y Onán, aunque harían muy bien en chutarse el librito entero. ¿Cuántas páginas? Ni peregrina idea; ya les dije que mi ejemplar está incompleto.


Lo peor de ambos mundos. Relatos anfibios (FETA. México. 2006. 153 p.) fue el libro que presentó Mayra Luna en cierto encuentro de escribidores realizado en (de)cierto lugar. Mayra estuvo impartiendo un taller relámpago en el cual Hulk destacó como el peor estudiante. ¿Qué quieren?, la bestia reacciona mal ante el estrés. El simple hecho de sentarse a la mesa con una sicoterapeuta lo pasó del verde al rojo y no casó pies con cabeza. Para no hacerles el cuento largo (eso, ya lo verán, es tarea de Mayra Luna) digo que también compré ese libro a precio rebajado (privilegios de los quejicas, ya saben).

Pues bien, Mayra aprovecha su oficio (sus oficios, mejor dicho: el de sicoterapeuta y el de escritora) y nos pone de rodillas ante una sordidez sicológica que constriñe el estómago, perturba el encéfalo y somete el cuerpo entero a un tráfago de sensaciones ingratas. Debo decirlo porque después no me aguanto: hay momentos en que el discurso me parece un tanto recargado (artificioso sería tal vez una palabra injusta, puesto que yo no soy un lector educado); pero también hay pasajes -e incluso textos completos- en los que no hay verbo, sustantivo ni nexo que dejen de justificar su demoledora inclusión. En cuanto puedan, consigan este libro y lean Un cuerpo como el suyo o El fracaso está en otra parte; verán cómo les queda el ojo (de payaso digo muchas de estas cosas).



Ya estaba en los alrededores de Blockbuster cuando vi un billete en el suelo. Y como suelo preguntar a quién pertenecen las cosas que me encuentro, así interrogué a unas gentiles damas que me precedían. Que no era de ellas, dijeron las muy honestas, que quizá pertenecía a otra pareja que iba más adelante. Que corriera tras ellos, me aconsejaron. Las obedecí pura fregada; mejor entré a la tienda de videos y salí de ahí sin el billete, pero con tres películas:


Neal Cassady, el más genuino miembro de la Generación Beat, nunca publicó un libro en vida, pero su muy particular estilo de composición de cartas estimuló al joven J. Kerouac para concebir su noción de prosa espontánea (parte del taller de Mayra, por cierto, proponía los preceptos de Kerouac como ejercicios de creación). Sin Cassady, dicen, jamás habría existido la Generación Beat.


Mente suicida (The last time I committed suicide. EUA. 1997) pone en pantalla la autobiografía inconclusa de Cassady, The First Third. Un reparto que incluye a Adrien Brody, la guapísima Claire Forlani (remember Meet Joe Black?) y a Thomas Jane en el papel de Cassady, pero en cuya portada aparece Keannu Reeves por razones estúpidamente obvias. Pues eso, la vida de Cassady hasta mucho antes de lo que a mí me interesaba ver, aunque en la sinopsis prometen retratar a los miembros de esa camada de poetones.


Una de esas noches nos invitó Sigifredo a una cantina llamada Las Quince Letras (en este sucio agujero, es decir en Ciudad Victoria, es una papelería la que lleva ese nombre) a la que no pudimos entrar por lo concurrida que estaba. Decidimos caminar. Empezamos recordando palabras de quince letras (paralelepípedos, fue la primera que se me ocurrió), luego Emilia preguntó si sabíamos, además de murciélago, palabras que incluyeran las cinco vocales (estructuración, aburrimiento, plurinominales, anquilosamiento, antediluviano...) lo que nos proporcionó otros minutos de entretenimiento. Finalmente nos hallamos recordando e inventando palíndromos. Yo dije el clásico Anita lava la tina, que no es lo mismo que Anita, súbete a la hamaca. Por eso cuando vi ese título me lo llevé a casa.


Palíndromos (Palindromes. EUA. 2004) quiere narrar la historia de Aviva, una chica (una niña, mejor dicho) que intenta por todos los medios convertirse en madre. Cuando consigue embarazarse, enfrenta la buena voluntad de los adultos, de ésos que quieren hacer el bien a como dé lugar. Convendría recordar aquí la idea aquella del sabio Marqués de Sade, que más o menos decía: en tanto más procures hacer el bien,
mayor muestra darás de tu egoísmo. Entre parodia, crítica seria y fábula moral, la película no me agradó del todo, aunque hubo algo que me gustó: muchas mujeres, diferentes en cuanto a edad, fisonomía e incluso raza, interpretan a Aviva. "No importa cuánto cambies por el frente, detrás sigues siendo la misma", dice alguien casi al final de la historia.

La que sí me satisfizo fue El Paraíso Ahora (Paradise Now. Palestina, Holanda, Francia y Alemania. 2005), una película que quería ver hace mucho, pero por insospechadas causas me había sido imposible. Una miradita a la impotencia que vive el pueblo palestino ante el abuso de que es objeto y ante la indiferencia internacional. "Ellos le han hecho creer al mundo que son la víctima", dice Saïd, el personaje principal, refiriéndose a quienes ocuparon impunemente su territorio y los obligaron a sobrevivir en campos de refugiados, por decir lo menos. "Pero, al menos por una vez, yo también puedo ser víctima y asesino".



¿Una semana intensa? Puede ser.


miércoles, agosto 1

Se pone verde


Primera foto del nuevo Hulk. Marvel la presentó en la Comic-Con de San Diego

1. No me entusiasma en absoluto ver a Edward Norton en el papel de Bruce Banner.
2. Si ya me resulta sospechoso cuando el estelar mete su nariz en la producción, abomino del que se siente guionista.
3. Que en una misma historia aparezcan varios villanos destacables tiene sus riesgos: o lo hacen bien, como Burton en Batman Returns, o echan a perder la película, como Reimi en Spiderman 3.
4. Lo peor sería que repitieran la experiencia de Ang Lee. Mejor que se decidan: o hacen película animada o nos muestran una bestia verosímil, aunque ya se ve para dónde tira la cosa.
5. Con todo y eso, esperemos al trece de junio. Esperemos con fe.

Una de hace dos días