Encontronazo
ME GUSTA IR A DURANGO y debo aceptar que lo hago más de lo recomendable. Ahí, por cierto, he cultivado algunas amistades de las que no sé si deba presumir.
Total que volví este fin de semana. Originalmente yo estaba programado para participar en una mesa de la
Sin ánimos de minimizar el esfuerzo, diré que al programa del primer día lo definieron las ausencias. Entre las cancelaciones de los que se confesaron enfermos (Carlos Monsiváis y José Agustín, entre otros), las de los proscritos (Jesús Marín, por ejemplo) y las de quienes se marcharon indignados porque no se respetó el horario, la programación se fue llenando de huecos. Aun así, lo que se vivió durante esas horas da para sostener una telenovela de doscientos capítulos.
“Cenas y te vas”
No podría objetar los motivos que pueda tener cualquiera para borrar a Jesús Marín de su lista de amigos, para evitar mirarlo e incluso negarle la entrada a su casa. Si dos cosas definen a Marín ésas serían su heterodoxia y su propensión a andar de hocicón. (Esta vez, por cierto, tenía yo toda la intención de regalarle una “chamarrita norteña” —de imitación, por supuesto— y obligarlo a que la usara durante el encuentro, como única forma de cobrarle el agravio de hace unas semanas). Es cierto, el camarada no se da a querer. Pero maldito sea yo si acepto que por esos motivos algún burócrata cultural le niegue la participación en un encuentro que pertenece sólo a la comunidad artística.
Sucedió que la Dirección del ICED decidió suprimir la participación de Marín en la pre
Pero la mecha ya había sido prendida, y a un reclamo le siguieron otros tres. Así me enteré de que no había sido Marín el único censurado, sino también Alberto quien, previo a la presentación de su libro, un cuaderno de viaje por el sur de la república, celebrara un ritual prehispánico que resultó, dicen, reprobado ante los medios por el mismísimo director, es decir el Director.
“El culo de Durango”
Igual que en la lucha libre y en los buenos melodramas las cosas levantaron en el segundo episodio. Para bien o para mal, el veto había sido ya levantado y Marín lucía muy quitado de la pena, con las mesas atascadas de libros en venta. Para entonces, Alejandro Betancourt, Alejandro Merlín y muchos más habíamos andado Durango y habíamos sobrevivido dos noches de música y alcohol. Primero oímos a B. Holiday y a Elvis en la buhardilla de Marín, luego le cantamos a Santiago Papasquiaro en la banqueta de un museo. Como otras veces, las calles fueron todas nuestras.
A las seis de la tarde, justo después de que Chuy Marín leyera sus indecencias y tal vez precisamente por eso, una dama que había tenido una larga fiesta leyó, en vez de El curro de Durango un título que sonaba más prometedor y que, sin embargo, se convirtió en una descosida interminable no obstante que a cada lector le habían asignado sólo siete minutos.
"La cruz de su parroquia"
Antes de eso, es de
-¿Tiene mezcal?
-Pues… (Mirada evaluadora)…Sí.
-¿Y cuánto cuesta?
-Mmm… ¿Pues cuánto va a querer?
"40 horas sin/de poesía"
Me dio gusto escuchar a mis amigos nuevos y viejos en aquellas mesas. Para empezar, los dos Alejandros: Betancourt, que leyó el manifiesto que una vez me emocionara en el tall
"Clausura para qué si la poesía no se acaba"
Carmen Alardín, que abriera las mesas de lectura, fue requerida el día de clausura para hacer la declaratoria oficial y aun el domingo 5, pues iba a celebrar su cumpleaños en el mero Durango. Durante la ceremonia se negó a clausurar. Dijo, de mejor manera, que aquello era una contradicción. Cómo clausurar la celebración de la poesía, mejor desear que la poesía siga viva en las calles, en las casas, en los cafés y en los salones de clase. Y aunque lo haya dicho con otras palabras, estoy seguro que la convicción es la misma.