Quickribbon PESINISMO: septiembre 2009

miércoles, septiembre 30

En eso

ACOSTUMBRO SOÑAR POCO. O, dicho mejor, me resulta difícil recordar los sueños. Cuando tengo memoria, así sea fragmentada, de ellos, emprendo una racionalización que me pone de malas. Ahora que lo pienso bien, quizá sea por eso mismo que cada vez los recupero menos.
Hace demasiados años —¿diez, doce?— soñé que Thalía, la ex Timbiriche, me invitaba a subir al escenario, donde ejecutaba una rutina parecida a la que protagonizaron hace poco doña Alejandra Guzmán y don Adalberto Ramones. Recuerdo cuánto quise hallarle un significado a ese sueño. Todas las veces fallé.
Ayer o hace dos noches soñé a Liliana V. Blum. En este sueño, nuestra amiga le anunciaba a un numeroso público cómo, después de viajar un mes a Hawai, montaría una lavandería donde dejaría impecables los uniformes de todos los burócratas tamaulipecos.
Disparatado, absurdo, idiota. Sí, como todas las historias que sueño. No obstante, hay en esa evocación, creo, un hilo que la une a la realidad como se unen el papalote y la mano.
Alguna vez oí a Liliana responder "Ama de casa" cuando le preguntaron su ocupación. Desde luego lo es, como la mayoría de las mujeres, pero ella se ubica en esa posición, además, con fines científicos.
No quiero parecer simplista. Ya he dicho antes que esta escritora durangotampiqueña es especialista (me atrevo a decir que como pocas) en desmenuzar la sicología de las mujeres, particularmente desde los roles familiares (esposa, hija, madre, amante) . Si algo hace mejor, eso es observar la conducta de las mujeres y ponerla luego en palabras. No se siente usted a su lado en un festival escolar ni haga fila detrás de ella en la caja del súper si no quiere convertirse en un atribulado personaje de ficción (esta última palabra debiera escribirse siempre entre comillas). Aquí opera el verdadero oficio de la Blum. Ella es escritora; una de las mejores que yo he conocido.
Con el cuentario ¿En qué se nos fue la mañana? (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes 2007) Liliana ganó en 2006 el Concurso Regional del Noreste Juan B. Tijerina. Se trata de nueve historias en las cuales, como lo haría más tarde en Vidas de catálogo y El libro perdido de Heinrich Böll, nos retrata un puñado de mujeres sobrellevando un sometimiento sutil o rotundo frente al varón. Más de una buscarán, por distintas vías, la reivindicación o la venganza; otras encontrarán la confirmación de su vasallaje.
Los temas recurrentes de Liliana están aquí junto con algunas novedades. Está igualmente el texto que apareciera en aquel número que la revista Tierra Adentro dedicara al desierto: Arena por las venas.
Pero de todo este volumen puede que sea Termitas el que mejor amalgame las características de la literatura lilianauveblumiana: la crisis afectiva de un matrimonio de clase media donde el deber ser de hombres y mujeres es pintado con solvencia; como fondo de esta historia, la metáfora de una casa atacada por los termes, carcomiendo todo en silencio antes de ofrecernos un desenlace sorpresa: una acción tan a tono con la vida, reivindicativa y estéril.
En El canario, último cuento de la serie, la Blum muestra y denuncia, critica y reclama. Se observa a sí misma y al resto de las personas, sean hombres o mujeres. La palabra sirve a veces también para expresar el hartazgo que la reiteración de la injusticia provoca en algunas personas.
Nos será difícil encontrar otra narradora que describa, al grado que lo hace Liliana, la cotidianidad (así debería escribirse, y no "cotidianeidad", por mucho que la RAE acepte también esa última), que haga de lo común descubrimiento y excepción.
Leámosla pues, y que se nos enchine el cuero cuando nos demos cuenta de que estamos en remojo.

martes, septiembre 29

El caos reina

EL ÚLTIMO CUARTO DE 2008 Y LA PRIMERA MITAD DE ESTE AÑO estuve participando en un proyecto didáctico. La intención era producir un libro de texto que funcionara igualmente bien (o mal) para todos los planteles de educación media superior de Tamaulipas. Había, entonces, un representante de cada subsistema de EMS en el equipo. Por la DGETI participaba la maestra Norma Débora Treviño, una destacada investigadora de este lado del país. Cierta ocasión, a una sugerencia mía (que no viene al caso describir), la maestra Débora respondió: "Lo que propones es inmoral, sucio e ilícito: hagámoslo".
Hoy, al terminar de ver Anticristo (Estados Unidos-Francia-Suecia-Alemania. 2009), la polémica película de Lars Von Trier, no pude dejar de recordar la frase aquélla.
Y es que a pesar de ser una historia rotundamente misógina (desde el título), de tener más de un lapsus de humor, algunas escenas de violencia innecesaria y otras por completo absurdas; a pesar de que la trama no es convincente (ni tendría por qué serlo), la película no me deja, para nada, insatisfecho. Creo que esto último que he dicho es la manera precisa de explicar mi experiencia con este filme.
Si quisiera centrarme en la belleza me quedaría con prólogo y epílogo, pero los cápítulos interiores también tienen lo suyo. Y en esta parte no creo que tales secuencias (que algunos llaman hiperestéticas) estén de más. Claro, la trama deja lagunas y los diálogos parecen forzados; también me parece forzado el desenlace, pero entre una cosa y las demás, hay elementos de gran fuerza (¿expresiva, interpretativa?, no sabría explicar, lo que si sé es que uno se emociona hasta la náusea) que no deja dudas respecto a que estás mirando una obra artística y no una película más.


lunes, septiembre 28

Página 20


"La verdad es que si en tiempos recientes he querido saber lo que sucedió hace mucho ha sido justamente a causa de mi matrimonio (pero más bien no he querido, y lo he sabido). Desde que lo contraje (y es un verbo en desuso, pero muy gráfico y útil) empecé a tener toda suerte de presentimientos de desastre, de forma parecida a como cuando se contrae una enfermedad, de las que jamás se sabe con certidumbre cuándo uno podrá curarse. La frase hecha cambiar de estado, que normalmente se emplea a la ligera y por ello quiere decir muy poco, es la que me parece más adecuada y precisa en mi caso, y le confiero gravedad, en contra de la costumbre. Del mismo modo que una enfermedad cambia tanto nuestro estado como para obligarnos a veces a interrumpirlo todo y guardar cama durante días incurables y a ver el mundo ya sólo desde nuestra almohada, mi matrimonio vino a suspender mis hábitos y aun mis convicciones, y, lo que es más decisivo, también mi apreciación del mundo. Quizá porque fue un matrimonio algo tardío, mi edad era de treinta y cuatro años cuando lo contraje."


Javier Marías
Corazón tan blanco
Alfaguara. 2009. México.
388 pp.

viernes, septiembre 25

Imponer








Hace muchos días, alguien me aconsejó no poner demasiada atención a los asuntos políticos o económicos o ambientales porque jamás estaría en mis manos la millonésima parte de las soluciones. Entonces le di la razón y ahora también.

Y es cierto que intento cada día poner oídos sordos al asunto de los nuevos impuestos que el Gobierno Federal propuso (y que los legisladores, luego de negociar sus ventajas particulares, aprobarán) para paliar las consecuencias de esta crisis que "nos llegó del extranjero".

Pero caray, no se puede. Menos cuando prendo la tevé y los noticieros de los únicos canales que se ven en mi casa (yo también soy pobre, chingao) ofrecen los mismos reportajes: imágenes y voces de las familias más desfavorecidas en el campo y la ciudad. "Ésta es la pobreza alimentaria y patrimonial que impera en México. Mírenla bien, para que luego usted y los demás obreros, pequeños comerciantes, empleados y burócratas (que —¡a Dios gracias!— duermen bajo un techo que les pertenecerá después de veinte años, tienen un coche regularizado y suficientes pesos para alimentarse en Burger King) lo piensen bien antes de hacer pucheros ante la única solución que se nos ocurre".

El principito, tal como hizo hace unos meses con el tema del petróleo, bombardea por cuantos medios ponen a su alcance para decir que "la inmensa mayoría de los mexicanos están a favor de pagar ese impuesto especial" y que, de no hacerlo, a todos nos irá de la vil chingada.

Puede que sea cierto, y también puede que no (me refiero a la supuesta aceptación ciudadana). A mí lo que me caga es el insultante comercial. Este presidente, que rebasó hace mucho los límites del cinismo, dice que los altos funcionarios también hacen sus sacrificios, y que se han aplicado recortes salariales hasta del diez por ciento. ¡Qué huevos, digo yo! No se les quita la maña de hablarnos como a retardados. De modo que debemos estar contentos y sentirnos orgullosos, casi unos héroes como Calderón y Carstens: por primera vez en la historia tendremos la oportunidad de apoyar directamente a los pobres que cada vez somos más.

Está bien que nos tengan maniatados, pero que no nos piquen los ojos. O como diría tía Veva: "Está bien que chinguen..."

miércoles, septiembre 23

No hay otra forma de llamar al otoño

.
SAINT-DENYS GARNEAU
.
Cuando fui como un árbol,
cualquier árbol,
fui como deben ser todos los árboles.
Cuando fui como un hacha
no intenté ser la espada ni el cuchillo.
.
Siempre vi mi reverso en el espejo
y mi revés, mi ausencia,
fue mi propia mitad, que no me hallaba
porque yo me ocultaba en medias voces.
.
No es que renuncie a dar: es que no tengo
ni una estrella siquiera para el día
ni un alma para hundirla río abajo.
Nunca llames a nadie con mi nombre.
.
La prisa de los olmos por caer
antes del próximo verano
me concierne apenas. Yo mismo
soy la hoja de otoño y el barro en que se posa.
.
Luis Vicente de Aguinaga

martes, septiembre 15

A-re-va-re-tu...

jueves, septiembre 10

¿Y dónde está el secuestrador?


Foto: Notimex.


1

Ya por la noche, el inge pudo tomar su diario, suspirar profundamente y escribir: "De nuevo las armas nacionales se cubrieron de gloria". Con eso debía referirse a la actuación del equipo nacional de fútbol y no al perfecto operativo quirúrgico que tuvo lugar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México a la hora de la comida.

2

En Tamaulipas todos sabemos lo que se dice de los sanfernandenses. En mi opinión, el mejor chiste acerca de San Fernando es el que narra cómo los vecinos se quejan de un hombre que insiste en nadar a lo largo de la reseca Plaza Mayor como si ésta fuera una piscina. Hartos de la situación llaman al Alcalde, quien toma cartas en el asunto y envía a la policía municipal. Un minuto después viene el comandante a decirle que el orate hizo caso omiso de la instrucción. Entonces, el munícipe en persona se traslada a la escalinata de Palacio y desde ahí llama enérgicamente al loco, quien continúa nadando de muertito, de pecho y mariposa. "¡Sal de ahí, loco chingado!", le dice el alcalde y el secuestrador, quiero decir el nadador, responde: "Sácame si puedes". A esto último, la autoridad, haciendo a un lado las botas y enrollándose las perneras, contesta: "¡Ha de estar muy hondo, cabrón!"
De ese chiste me acordé ayer, pero no me hizo ninguna gracia.

3

En la rueda de prensa y más tarde en el noticiero de López y aun por la mañana de hoy, el inge (que lee la mar de mal y cuando no está leyendo igual se salta sílabas y palabras completas como Samy, el involuntario comediante de Televisa) decía que en el operativo (en el que la normatividad le vino valiendo madre) se aplicaron a rajatabla protocolos aprendidos y practicados cientos de veces por las fuerzas de seguridad, los que les permiten tomar ventajas en ese tipo de situaciones. Así negociaron con el secuestrador y lo persuadieron para que liberase a los rehenes y finalmente se rindiera.

4

Y entonces me pregunto si esos protocolos no contienen alguna suerte de preguntas o tácticas para obtener la información oportuna (quiero decir antes de desplegar un operativo y hacer el ridículo en cadena nacional) de que en un avión no existe una amenaza real sino un desequilibrado. Me pregunto también hasta dónde llega la capacitación de los sobrecargos, quienes operaron la alerta y la negociación, para advertir esos detalles; hasta dónde el adiestramiento de los pilotos, que se convirtieron en interlocutores, no entre el inge y el secuestrador, sino entre las azafatas y la torre de control. ¿Cómo no preguntarme por la eficiencia de los filtros de seguridad aeroportuaria, ésos que nos hacen perder tanto tiempo en antesalas y que permitieron a Josmar introducir un artefacto que aunque no lo fuera bien parecía una bomba?

5

Porque el final feliz del que las televisoras hablan a mí no me lo parece tanto. Hay, desde luego, un delincuente redimido (que ayer volvió a pecar) apareciendo sonriente ante las cámaras. Un esquizofrénico, en el mejor de los casos, acusado de secuestro, terrorismo y ataques a las vías de comunicación. En ese sentido el operativo fue eficiente. ¿Y lo demás? Porque la verdad es que no hubo secuestro (al menos no en el sentido tradicional de la palabra). No hubo bomba, ni hubo sobrevuelos ni disparos ni ataques de pánico ni insultos ni maltrato a pasajeros, excepto los que infligieron los policías (cumpliendo con el protocolo, por supuesto) sobre los últimos hombres que bajaron del avión.

6

Lo que sí hubo fue un descuido en el aeropuerto de Cancún, un desacato de las normas en el despliegue del llamado operativo quirúrgico, un puñado de cámaras de televisión transmitiendo en vivo el aerosecuestro y el operativo de rescate, un montón de pasajeros que perdieron el vuelo de conexión y las interminables felicitaciones de todos hacia todos.

7

Pero a mí en lugar de tranquilizarme me preocupa más lo que pueda ocurrir cuando todos estos elementos deban responder ante una amenaza real.

martes, septiembre 8

Lo que uno ve

Una foto del lugar donde vivo. De la época en que ahí no vivían mis vecinos ni yo.

Nunca fui bueno para el deporte. Jamás. Ni para saltar ni para montar en bicicleta, mucho menos para jugar fut o béisbol. Desde luego tuve mis primeras veces. En todas fracasé. En béisbol, sin ir más lejos, el primer día recibí un pelotazo en la frente; de mi primer partido de fútbol me expulsaron por patear a un compañero; el día que me animé a volear (¿así se dice?) con mis amigos de secundaria, por culpa de una ventana de rejillas fui a parar en la Dirección. Ya antes, en la primaria, me habían mandado allá porque al intentar un salto de longitud (sin entrenador ni nada, pura intuición) dejé pintada la suela de mis Caterpillar en la cara de un chiquillo de segundo grado. Esa vez no entré en la oficina de la maestra Dorita, la Directora; me estuve sentado afuera un tiempo razonable.

Total que para esas cosas no nací dotado. Y a muy duras penas, por breves periodos, he levantado fierros, guantoneado... ("Guantonear", así decía mi bisabuela cuando mi hermano y yo peleábamos, no obstante que ninguno usara guantes). A duras penas he guantoneado un fardo o montado bicicletas estacionarias en la intimidad de mi habitación. Eso ayudó a que por un tiempo mi panza no se desbordara como un mantecado.

Ahora las cosas cambiaron un poco. Y no es sólo por mi panza, que debería ser razón amplia y bastante, sino porque estoy en la medianía de la edad (o un poco más allá) y tengo una hormiga atómica recién nacida. Por eso, dicen, debo cuidarme.

Así que estas madrugadas aprovecho el último despertar de Brianda (así se llama la hormiga) para salir a correr. Y aquí empieza (disculpen el preámbulo) lo que les quería contar.

Hasta ayer había trotado a lo largo de la carretera, pero como llueve, decidí hacerlo más cerca del lugar donde vivo. Se trata de un área en construcción del mismo fraccionamiento, de modo que sólo hay calles y monte, pero nada de casas.

Venía ya de regreso cuando noté un coche blanco tras de mí avanzando muy despacio. Estaba a unos doscientos metros de mi casa; mi imaginería se activa a la menor provocación, así que apuré el paso y llegué a mi guarida no sin antes ver que el coche se había detenido detrás de un montículo de tierra y hierbas. En mi opinión, aquello no podía ser más que un momento romántico, mañanero y campirano a la vez. Y en mi experiencia (Ja!) ese tipo de momentos son esporádicos.

Sin embargo hoy, en el mismo lugar, volví a ver el automóvil blanco. Ahora lo tenía de frente, a unos ciento cincuenta metros, con las luces apuntando hacia mí, detenido. Otra vez la imaginación. Una vuelta, otra, otra. De pronto el coche reculó, hizo una maniobra para estacionarse en la calle Xicoténcatl, es decir la que sigue de la mía. Corre que corre, yo seguí mirando cómo el auto, ya con faros apagados, ya encendidos, algo esperaba. Algo que se demoró.

Era ya la hora en que la gente va al trabajo o a la escuela secundaria. O más bien dicho, la hora en que regresan aquéllos que fueron a dejar a alguien a la oficina o al colegio. El coche blanco, que por fin se había puesto en marcha tomando primero la privada y luego el bulevar, regresó enseguida, concidiendo con el coche de la seño que vive en la Xicoténcatl.

Hasta entonces me percaté de que el coche que había visto ayer y hoy era el de mi vecino de atrás, la mitad de un matrimonio joven, que es vecino de enfrente de la seño que acababa de llegar.

Un leve bocinazo, una miradita desde el coche blanco al otro. Otra mirada desde la cochera de la seño al conductor del blanco, que ya estaba estacionado. Yo, dando vueltas todavía, las piernas acalambradas y la boca reseca.

Puede que sea mi imaginación, pero el otro día oí a un padrecito regiomontano decir que fraccionamientos como en el que vivo son los culpables de tanta promiscuidad. Puede que nada tenga que ver, pero mi vecino se quedó recargado en el maletero de su coche largo rato, aun cuando yo iba llegando a mi casa y en el despoblado empezaba a correr otro señor.