jueves, septiembre 10

¿Y dónde está el secuestrador?


Foto: Notimex.


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Ya por la noche, el inge pudo tomar su diario, suspirar profundamente y escribir: "De nuevo las armas nacionales se cubrieron de gloria". Con eso debía referirse a la actuación del equipo nacional de fútbol y no al perfecto operativo quirúrgico que tuvo lugar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México a la hora de la comida.

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En Tamaulipas todos sabemos lo que se dice de los sanfernandenses. En mi opinión, el mejor chiste acerca de San Fernando es el que narra cómo los vecinos se quejan de un hombre que insiste en nadar a lo largo de la reseca Plaza Mayor como si ésta fuera una piscina. Hartos de la situación llaman al Alcalde, quien toma cartas en el asunto y envía a la policía municipal. Un minuto después viene el comandante a decirle que el orate hizo caso omiso de la instrucción. Entonces, el munícipe en persona se traslada a la escalinata de Palacio y desde ahí llama enérgicamente al loco, quien continúa nadando de muertito, de pecho y mariposa. "¡Sal de ahí, loco chingado!", le dice el alcalde y el secuestrador, quiero decir el nadador, responde: "Sácame si puedes". A esto último, la autoridad, haciendo a un lado las botas y enrollándose las perneras, contesta: "¡Ha de estar muy hondo, cabrón!"
De ese chiste me acordé ayer, pero no me hizo ninguna gracia.

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En la rueda de prensa y más tarde en el noticiero de López y aun por la mañana de hoy, el inge (que lee la mar de mal y cuando no está leyendo igual se salta sílabas y palabras completas como Samy, el involuntario comediante de Televisa) decía que en el operativo (en el que la normatividad le vino valiendo madre) se aplicaron a rajatabla protocolos aprendidos y practicados cientos de veces por las fuerzas de seguridad, los que les permiten tomar ventajas en ese tipo de situaciones. Así negociaron con el secuestrador y lo persuadieron para que liberase a los rehenes y finalmente se rindiera.

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Y entonces me pregunto si esos protocolos no contienen alguna suerte de preguntas o tácticas para obtener la información oportuna (quiero decir antes de desplegar un operativo y hacer el ridículo en cadena nacional) de que en un avión no existe una amenaza real sino un desequilibrado. Me pregunto también hasta dónde llega la capacitación de los sobrecargos, quienes operaron la alerta y la negociación, para advertir esos detalles; hasta dónde el adiestramiento de los pilotos, que se convirtieron en interlocutores, no entre el inge y el secuestrador, sino entre las azafatas y la torre de control. ¿Cómo no preguntarme por la eficiencia de los filtros de seguridad aeroportuaria, ésos que nos hacen perder tanto tiempo en antesalas y que permitieron a Josmar introducir un artefacto que aunque no lo fuera bien parecía una bomba?

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Porque el final feliz del que las televisoras hablan a mí no me lo parece tanto. Hay, desde luego, un delincuente redimido (que ayer volvió a pecar) apareciendo sonriente ante las cámaras. Un esquizofrénico, en el mejor de los casos, acusado de secuestro, terrorismo y ataques a las vías de comunicación. En ese sentido el operativo fue eficiente. ¿Y lo demás? Porque la verdad es que no hubo secuestro (al menos no en el sentido tradicional de la palabra). No hubo bomba, ni hubo sobrevuelos ni disparos ni ataques de pánico ni insultos ni maltrato a pasajeros, excepto los que infligieron los policías (cumpliendo con el protocolo, por supuesto) sobre los últimos hombres que bajaron del avión.

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Lo que sí hubo fue un descuido en el aeropuerto de Cancún, un desacato de las normas en el despliegue del llamado operativo quirúrgico, un puñado de cámaras de televisión transmitiendo en vivo el aerosecuestro y el operativo de rescate, un montón de pasajeros que perdieron el vuelo de conexión y las interminables felicitaciones de todos hacia todos.

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Pero a mí en lugar de tranquilizarme me preocupa más lo que pueda ocurrir cuando todos estos elementos deban responder ante una amenaza real.