Quickribbon PESINISMO: noviembre 2009

viernes, noviembre 27

Sufriendo penas

Tenía yo apenas ocho años cuando la maestra Carmelita hizo que toda la clase memorizara, para seleccionar un declamador, el texto titulado "Sembrando", de Marcos Rafael Blanco Belmonte.

Y aunque entonces me pareció machacón y chantajista, muchos años después, estando del otro lado, trabajando ya como maestro rural, le encontré mucho sentido al poemita. No podría precisar lo que se siente ver crecer una escuela donde sólo había monte. Los muchachos de las primeras generaciones; ésos, los rezagados que ven llegar la oportunidad de aprender algo más, los que empuñan el machete, el azadón y la carretilla para retirar los yerbajos y las piedras, un día verán a sus hijos o a sus sobrinos entrar a una escuela equipada, acogedora y, en el mejor de los casos, prestigiosa.

Aunque mis inicios como maestro ocurrieron en una colonia periférica de este sucio agujero, bajo un puñado de palmas mal amarradas, dando clases de secundaria para adultos; la primera escuela formal en la que trabajé fue en Villa de Burgos, dentro de un viejo galerón dividido con tabla roca en el que el archivo, la biblioteca y el laboratorio escolar cabían en dos desvencijadas cajas. Fue una época decisiva; en términos de crecimiento personal, la mejor.

Ese año llegó a Burgos un puñado de maestros principiantes. Al mismo tiempo que Pancho y yo comenzábamos en el telebachillerato, a la escuela primaria se incorporaban Martín, Eliacim y Cecilio y en el albergue escolar empezaban Carolina y Maricela (la Mujer Maravilla). Un jardinero, don Lorenzo, a quien todos conocimos como El Paisa, llegaba también al preescolar.
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De todos los recién llegados, sólo El Paisa era un hombre mayor. A sus cincuenta y tantos, había desempeñado diversos oficios desde su natal San Patricio hasta Reynosa y Matamoros. Siendo un hombre de campo, no tardó mucho en convertir el árido suelo del kindergarten en un verdadero jardín. Se pasaba las mañanas seleccionando los renuevos del césped para rellenar espacios vacíos, y la mayoría de las tardes se ponía a humedecer las dos hectáreas donde la escuelita se levantaba. Las otras tardes las pasaba con nosotros, de pesca en los arroyos y pequeñas presas; de visita en los ranchos, en el pueblo y en el albergue escolar; de fiesta en la casa que compartía con Chilo y Eliacim.
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En esa casa nos reuníamos lugareños y foráneos. Eliacim abrazaba la guitarra o exprimía cualquier otro instrumento musical mientras El Paisa montaba en su barriga un pequeño acordeón; entonces iban desgranándose los huapangos, corridos, boleros y rancheras que todos berreábamos. A don Lorenzo le gustaban particularmente las canciones de Cornelio Reyna, y las cantaba con un estilo peculiar. A veces, yo divertía a la concurrencia imitando al Paisa: Aquí estoy, en la taberrrrna de mi barrio más querido...
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Queríamos a ese pueblo, a nuestro modo lo queríamos. El gusto nos entraba a la mitad de las parrandas que organizábamos en el monte, donde nadie nos mirara. Don Lorenzo compuso un corrido que narraba el camino de Burgos a Padilla, una canción que cantamos tantas veces en aquellas borracheras y del cual, sin embargo, o tal vez por eso mismo, no puedo recordar una línea completa.
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Con todo y con eso, fue don Lorenzo el primero en abandonar el pueblito. Luego de ocho años, consiguió un trabajo cerca de su casa, cogió sus bártulos y por fin se fue. Después se fueron Cecilio, Pancho y Carolina. Maricela pidió su cambio a Mainero y una noche, en silencio, se marchó. Martín se mudó no muy lejos, a San Fernando, y nunca dejó de visitarnos. Al final me largué yo. Eliacim fue el único que siguió allí, rechazando cualquier propuesta de cambio. Quizá fuera él el único que de verdad quería al pueblo, tanto como para renunciar a lo demás.
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El Paisa enfermó este año; tardaron mucho en darle un diagnóstico, pero al fin y al cabo lo desahuciaron. Un día, antes de tomar el autobús rumbo a Brownsville, pasé a verlo. Iba a ser la última vez. Lo encontré flaco y chiquito, me imaginé que así debió lucir en su adolescencia. Me sentí miserable en el momento que, preocupado, me preguntó si ya había comido y cuando, al despedirnos, puso en mis manos una bolsa llena de naranjas. ¿Qué podía yo hacer además de abrazar sus puntiagudas espaldas, livianitas, casi de humo?
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Hoy por la madrugada, mientras en sueños yo llevaba a mi bisabuela a un centro de salud, El Paisa moría en el hospital del ISSSTE. Ella, que dejó este mundo en 1991, se veía tan lozana y platicadora. Ojalá hubiera puesto atención a lo que me dijo. Tal vez en ese sueño habría encontrado una explicación, o al menos una pregunta. Pero nada hay.
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Hoy esta ciberbitácora cumple cuatro años y ésta es la entrada 631. Iba a escribir acerca de eso, pero pienso en don Lorenzo y en los jardines que dejó. Recuerdo su acordeón y su barriga, la canción de Cornelio, una imagen que había escapado de mí. Pienso en un montón de cosas que no debería pensar. Hay que ser como el agua que va serena brindando al mundo entero frescos raudales, decía el poema que la maestra Carmelita nos obligó a memorizar. Es notable cómo alguien tan común puede cambiar, de a poquito, la vida de muchos otros.



jueves, noviembre 26

Página 12



CENA FAMILIAR
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Mi padre nunca habló en la cena
sin embargo
yo escuchaba un rumor de trenes
un constante martilleo de polvo
y veía sus cicatrices orgullosas sobre el mantel
sus brazos levantando los muros de su llanto
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y lo que yo escuchaba era la voz de mi sangre
--------cada tarde
-----------------------en la misma mesa

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Édgar Rincón Luna
Puño de whiskey
Ediciones sin nombre-Ediciones Nod, 2005,
México, 85 p.

miércoles, noviembre 25

¿Qué tan rápido se dice veinte?



martes, noviembre 24

Dos novelas, dos ciudades, dos desaparecidos







YA SE SABE, PUES, QUE FUI A JUÁREZ, la ciudad número uno según "Juanga" y no pocos noticiarios (en cuanto a desempleo y matazón, dicen, esta ciudad es líder). No encontré la metrópoli de las veces anteriores. La violencia, ahora sí, la carcomió hasta el hueso. En todos lados hallé rostros tristes o desesperados. Es verdad que desde el cielo luce intacta, pero a ras de tierra parece una ciudad a punto de desmoronarse.

En la Cafebrería me hizo feliz la compañía de los amigos. Primero saludé a Jorge Humberto y a Édgar; eché de menos a Magali y a Silvamán, que se mudaron a Veracruz. El segundo día saludé a Blas, a Miguel Ángel y a Aboytia, a quienes conocí en septiembre de 2003, durante el Tercer Encuentro de Escritores de Tierra Adentro, en mi primera visita a ese lugar.

Recuerdo que aquella vez José Juan viajaba desde Tijuana, pero a partir de ese día Ciudad Juárez se adueñó de él. También recuerdo que a la mitad de una lectura en la Plaza Mayor eché una carrera a la librería del CONACULTA y compré Todo comenzó cuando alguien me llamó por mi nombre (FETA, 2001), su primer libro de narrativa y uno de los primeros volúmenes de literatura joven que leí. Cuando dos años después regresé, mi amigo ya se había establecido en esa ciudad.

En mi última visita, la de la semana pasada, intercambiamos novelas. “Así me lees y te leo”, dijo. Ficción barata (CONACULTA-GOBBC, 2008), obra con la que mereció el Premio Estatal de Novela en su natal Baja California, es un libro que se lee mejor desde el aire. O esa sensación me quedó al hacerlo, con verdadero disfrute, durante el vuelo de Ciudad Juárez a la capital.

Si nuestro afán es clasificarla, esta obra reúne las características de la Nueva Novela Policíaca Mexicana: recoge el lenguaje y los estilos de vida de la frontera, se recrea tanto en los ambientes urbanos como en las carreteras del típico desierto mexicano; hay violencia, desde luego, como pretexto y como columna vertebral de la narración. Pero esta novela tiene algo más, dos o tres elementos que provienen de los intereses narrativos muy propios de su autor.

Arriesgo a continuación mis hipótesis:

1. A José Juan Aboytia le gusta decir “ficción”. Y con esto sé que caigo en la obviedad, pues la palabrita está en sus títulos (recuérdese, por ejemplo, Contiene escenas de ficción explícita, editado por Relámpagos en el pantano). Pero sus historias no son simples anécdotas como las que usted o yo podríamos contar, las de él se cruzan, se entrelazan, echan ramas y raíces, adquieren vida propia dentro y fuera del libro. El intertexto y la metaficción nos asaltan en su novela como en sus cuentos.

Hugo Piñero, el antihéroe de esta historia, es un periodista que busca una novela (una “novelita”) en las librerías de Tijuana. No sabe por qué, pero la busca y, por azar, da con ella (o quizá el libro, Tijuana dust, lo encuentra a él) en el lugar más insospechado. La novela, que narra las peripecias de Nolasco, un detective privado, lo cautiva (¿o lo secuestra?). Más tarde, en Ciudad Juárez, encontrará a Matías Lorenzo, el desconocido escritor, y acaso el verdadero autor de esa extraña vida que está viviendo Piñero.

2. No pocos habrán de confundir el nombre de J. J. El viernes, sin ir más lejos, al enviarle un libro a mi amigo, “es para Aboytia”, dije, y el emisario me respondió: “¿Juan José?”). Sabiendo esto, el título de su primer cuentario queda plenamente justificado, y acaso también las motivaciones del autor para que Claudio Díaz, el Deis, reportero novato amigo de Piñero, tras protagonizar un escándalo mediático orquestado tal vez por la triple alianza (el narco, la prensa y la policía), termine usando una identidad falsa y viviendo una vida ajena en una ciudad extraña. En el Parque Borunda, donde lo cita don Jaso, el magnate de los periódicos, Hugo Piñero habrá de mirar —sin llegar a conocerlo— a un vendedor de hot dogs idéntico al Deis, pero al que todos conocen como El Javi.

3. Como muchos de mis coetáneos, José Juan Aboytia mira con nostalgia la década de los ochentas. Se solaza recordando la evolución de su pueblo y el descubrimiento de una ciudad tan igual y tan distinta; saborea de nuevo los lejanos días escolares, los tiempos que no volverán; los revive en la música de aquella década y aun de épocas anteriores. El rock en español y la canción norteña marcan el tono en el que los acontecimientos se acomodan. “Yo no me llamo Javier”, cantan Hugo Piñero y sus amigos (entre ellos un tal Lucio Méndez, que no deja de ser otro guiño a los años aquéllos). En una de sus borracheras nuestro no-héroe recuerda haber negado su nombre tres veces antes del canto del gallo. Con la misma determinación dirá no, no, no, no; deja ya de joder cuando se entere de que al otro lado de la línea telefónica Claudio Díaz tiene un nombre diferente.

4. Es obvio que no conozco la bibliografía completa de José Juan Aboytia, pero ya desde sus cuentos la lolita, como personaje magnético, tiene un peso específico importante (véase, por ejemplo, “Hay un cadáver en la cajuela del auto”). En esta novela, la adolescente seductora está en el periódico, donde hace su servicio social, y está también en la universidad, adonde persigue a Piñero, que imparte la materia de periodismo. Lolita será la primera que acompañe al renegado en su empeño de dar con el paradero de Claudio Díaz, al que todos dan por muerto. Como contraparte está otra Lolita, la ingenua adolescente, humillada, engañada, usada por un narcotraficante de poca monta. Y está la compañía de Gris (cuya personalidad discrepa con su nombre), quien busca de vez en cuando a Piñero para hablar, comer y “fornicar”. La relación que lleva Piñero con las mujeres sirve para delinear la personalidad de un hombre que de niño tomó un frasco de pastillas que decía: Me valen madre todos los demás, y nunca se hizo un lavado de estómago.

5. Pero a Piñero no deja de importarle la suerte de Claudio Díaz, el pendejo del Deis. Tampoco le vale madre el compromiso social de la prensa. O es quizá que en estos días experimenta un reacomodo de ideas, un cambio de miras. A lo largo de la historia la tensión crece en tanto se alarga la ausencia del joven que quiso sobresalir a costa del periodismo. Uno llega a sentir lástima por Claudio. ¿A quién chingados se le ocurre ponerle a su hijo un nombre así? Y esa falta de certezas te hace sufrir, cómo no.

6. En esto, y en la manera de recrear los ambientes en los que el protagonista recorre Tijuana y luego Ciudad Juárez (que en mi caso renueva las sensaciones de mis primeras veces en esas dos ciudades), Ficción barata resulta una novela entrañable, emocionante, por mucho que su conclusión sea desesperanzadora. José Juan Aboytia no da concesiones, la frontera, la ciudad, la mafia, los años, el pisto y el sexo te tragan lo mismo en un lugar que en cualquier otro.

7. Igual que en la novelita barata sustraída por Hugo Piñero de una crime scene, ningún cabo queda suelto. O al menos eso parece, aunque las puntas sean cabezas de serpientes. Nolasco resuelve el caso, encuentra el amor y defiende a su hijo, todo esto en unos cuantos párrafos; pronto se da cuenta de que al hacer lo correcto cometió el error de su vida. Piñero, buscando la verdad, se rebela, se vuelve peligroso, lo llaman de aquí y de allá para premiarlo por su honestidad. No se ha dado cuenta de que él mismo forma parte de una mentira. ¿O debemos decir ficción?

En ciento treinta y cinco páginas, José Juan Aboytia me hizo recorrer de nuevo dos ciudades que me atraen no tanto por su belleza como por su personalidad. Volví a recorrer sus calles y sus cantinas, sus parques y sus librerías, volví a añorar a mis amigos de estos dos lugares. Y puede que esto me pasara no por la novela sino porque yo, en efecto, acababa de estar en Juárez, en esa ciudad tan lastimada, y venía viajando en avión, pero al llegar a la última línea, hice mío el mensaje y, si no estuviera prohibido, me habría puesto de pie para aplaudir.

El avión se aleja de Ciudad Juárez… estoy en el aire, ahí debería permanecer.

José Juan Aboytia
Ficción barata
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instuto de Cultura de baja California,
2009, Mexicali, 135 p.

lunes, noviembre 23

Página 73






Hasta ahora escribías porque lo deseabas. Si ya no te apetece, no tienes necesidad de hacerlo. No porque dejes de escribir va a incendiarse ninguna aldea. O a hundirse algún barco. O a alterarse el flujo y reflujo de las mareas. O la revolución va a retrasarse cinco años. A eso nadie puede llamarlo traición.




Haruki Murakami
Sputnik, mi amor
Lourdes Porta y Junichi Matsuura, trads.
Tusquets, 2009, México, 244 p.





sábado, noviembre 21

Juárez-El Paso en frases ajenas







"Policías y soldados llegan siempre tarde, es decir a la hora que tienen que llegar"


"Así que lees libros en inglés... ¿Y los entiendes?"

"Letras, eso es lo que yo escribo"
"¿Quieres decir que conociste a doña Anorgásmica?"

"Mi maestro de Literatura es un pervertido"


"Una noche tranquila: ocho asesinatos"
"A los cuarenta años ninguna mujer es guapa"

"Haga lo posible por llevarse un recuerdo grato de esta ciudad"





viernes, noviembre 13

Segunda girita binacional


Miércoles 18 de noviembre:

8:25, Ysleta Independent School District, El Paso, Tx.

13:30, Departamento de Lenguas de la Universidad de Texas en El Paso.

19:00, Cafebrería S&L de Ciudad Juárez, Chih.


Si no lo hace uno, ¿quién? La próxima semana, Hulk y el Pesina estarán en Ciudad Juárez y en el otro lado, haciendo lo de todos los días: diciendo bestialidades y leyendo. Puesto que de eso se trata, cuelgo aquí una nota que encontré en el blog de Javier Hernández Quezada, "El reino del espanto". Por supuesto sin su permiso.



"Yo no sé que diablos ha pasado con los escritores norteños, o con aquellos que se han arrimado a esta humilde "casa de orates", al dar fe de su vocación; no lo sé ni me interesa, la verdad; pero lo que sí me consta, siendo realista, es que algo ha cambiado de un tiempo para acá, en lo que toca a sus intereses, y que, lo reconozco, evidencia nuevos enfoques, tratamientos y abordajes. En fin, lo que quiero decir es que escritores como Julio Pesina, me parece, tienen una premisa muy clara: romper con las ataduras espaciales o geográficas que se han establecido con el entorno, en virtud de compartir un tipo de literatura más cercana e intensa que revele lo fundamental: o sea, la experiencia del sujeto, la experiencia crítica, que no está determinada por el contexto en el que se desarrolla y se desenvuelve todos los días. Así, con novelas como la suya, me queda claro que el asunto va por otro lado, y que ya va siendo hora de que quienes nos dedicamos a las labores de la crítica comencemos a señalar los paradigmas de una nueva historiografía, en la que no habrá de importar, como parámentro, ese criterio malhabido que es el del "centralismo" y su determinación formal, y conceptual. Culpable de nada, en tal dirección, refiere los aspectos importantes de una literatura diferente, postnacional, cuyos referentes no son geográficos sino, muy particularmente, existenciales. Volcada de lleno a representar la lógica de la vida íntima en los tiempos modernos, plantea un díptico sexual en el que el erotismo no existe, y los cuerpos de los individuos están ahí, en lo exclusivo, para ser magullados. Muy heavy".

martes, noviembre 10

Página 31





A veces Dios grita BUU en tu alma, y su aliento te tira al suelo.
A veces es como si te subieran chorritos tibios de los pies a la cabeza.
A veces la gente parece absurda y miras cómo mueven la boca, pero todo lo que oyes es uuuu iiii aaaa.
A veces la mandíbula te vibra con violencia, se abre y se cierra como la de un pez y la lengua es un pedazo de cartílago en el hocico que no puedes masticar.

A veces no sientes nada de nada
sólo el golpe, inhalas, electricidad oscura.




Ray Robinson. Electricidad. Traducción de Isabel Vericat. Sexto Piso-UNAM. 2008. México. 350 p.


viernes, noviembre 6

Página 95









Domingo de lluvia





"En la calle llueve y usted está parado en la puerta de su casa esperando a que el cigarrillo termine de consumirse entre sus labios. Está pensando adónde irá precisamente.

Hoy es domingo, y los domingos son culpables de la soledad de las veredas.

Usted tiene un paraguas en una de sus manos, es un paraguas negro que, plegado, tiene algo de pájaro siniestro.

Usted abre el paraguas sin preocuparse de sacudirlo varias veces antes de hacerlo. Y entonces es usted responsable de todos los recuerdos que caen sobre su cabeza.

Usted empieza a caminar bajo el paraguas y siente que es demasiado grande. La misma sensación de arquitecturas abandonadas sobreviene al contemplar el asiento vacío del auto, o al mirar la mitad de la cama deiserta, inútilmente grande. Esa soledad de las camas donde crecen con tanta facilidad los hongos del olvido.

Más allá del paraguas cae la lluvia y, bajo el paraguas, llueven también húmedas reminiscencias de otros días que le hacen a uno sentirse culpable por no haber tomado las precauciones necesarias.

Usted sigue caminando bajo el paraguas, lo cambia de mano, realiza todos los trucos inútiles del hombre solo al comienzo de un domingo, trata de convencerse de que lo ocupa todo, de que nada ni nadie falta sobre la tela negra. Pero sus tretas sólo aumentan su soledad de caminante dominguero... "




Luis Sepúlveda
Desencuentros
Tusquets, 2002, Barcelona, 269 p.

martes, noviembre 3

Página 26



Alfredo Bryce Echenique
Entre la soledad y el amor
Random House Mondadori. 2006.
México. 107 p.




"Cuando el mundo
que nos rodea
es muy poco humano,
resulta muy humano
alejarse de él"

domingo, noviembre 1

Córvidos I: Noche de Brujas


Que si me gustaban los niños, solía preguntar la gente.
Yo contestaba que sí, aunque sólo en salsa verde.
Si me lo preguntan ahora voy a responder lo mismo,
pero aplica únicamente a los cachorros ajenos.