Quickribbon PESINISMO: Sufriendo penas

viernes, noviembre 27

Sufriendo penas

Tenía yo apenas ocho años cuando la maestra Carmelita hizo que toda la clase memorizara, para seleccionar un declamador, el texto titulado "Sembrando", de Marcos Rafael Blanco Belmonte.

Y aunque entonces me pareció machacón y chantajista, muchos años después, estando del otro lado, trabajando ya como maestro rural, le encontré mucho sentido al poemita. No podría precisar lo que se siente ver crecer una escuela donde sólo había monte. Los muchachos de las primeras generaciones; ésos, los rezagados que ven llegar la oportunidad de aprender algo más, los que empuñan el machete, el azadón y la carretilla para retirar los yerbajos y las piedras, un día verán a sus hijos o a sus sobrinos entrar a una escuela equipada, acogedora y, en el mejor de los casos, prestigiosa.

Aunque mis inicios como maestro ocurrieron en una colonia periférica de este sucio agujero, bajo un puñado de palmas mal amarradas, dando clases de secundaria para adultos; la primera escuela formal en la que trabajé fue en Villa de Burgos, dentro de un viejo galerón dividido con tabla roca en el que el archivo, la biblioteca y el laboratorio escolar cabían en dos desvencijadas cajas. Fue una época decisiva; en términos de crecimiento personal, la mejor.

Ese año llegó a Burgos un puñado de maestros principiantes. Al mismo tiempo que Pancho y yo comenzábamos en el telebachillerato, a la escuela primaria se incorporaban Martín, Eliacim y Cecilio y en el albergue escolar empezaban Carolina y Maricela (la Mujer Maravilla). Un jardinero, don Lorenzo, a quien todos conocimos como El Paisa, llegaba también al preescolar.
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De todos los recién llegados, sólo El Paisa era un hombre mayor. A sus cincuenta y tantos, había desempeñado diversos oficios desde su natal San Patricio hasta Reynosa y Matamoros. Siendo un hombre de campo, no tardó mucho en convertir el árido suelo del kindergarten en un verdadero jardín. Se pasaba las mañanas seleccionando los renuevos del césped para rellenar espacios vacíos, y la mayoría de las tardes se ponía a humedecer las dos hectáreas donde la escuelita se levantaba. Las otras tardes las pasaba con nosotros, de pesca en los arroyos y pequeñas presas; de visita en los ranchos, en el pueblo y en el albergue escolar; de fiesta en la casa que compartía con Chilo y Eliacim.
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En esa casa nos reuníamos lugareños y foráneos. Eliacim abrazaba la guitarra o exprimía cualquier otro instrumento musical mientras El Paisa montaba en su barriga un pequeño acordeón; entonces iban desgranándose los huapangos, corridos, boleros y rancheras que todos berreábamos. A don Lorenzo le gustaban particularmente las canciones de Cornelio Reyna, y las cantaba con un estilo peculiar. A veces, yo divertía a la concurrencia imitando al Paisa: Aquí estoy, en la taberrrrna de mi barrio más querido...
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Queríamos a ese pueblo, a nuestro modo lo queríamos. El gusto nos entraba a la mitad de las parrandas que organizábamos en el monte, donde nadie nos mirara. Don Lorenzo compuso un corrido que narraba el camino de Burgos a Padilla, una canción que cantamos tantas veces en aquellas borracheras y del cual, sin embargo, o tal vez por eso mismo, no puedo recordar una línea completa.
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Con todo y con eso, fue don Lorenzo el primero en abandonar el pueblito. Luego de ocho años, consiguió un trabajo cerca de su casa, cogió sus bártulos y por fin se fue. Después se fueron Cecilio, Pancho y Carolina. Maricela pidió su cambio a Mainero y una noche, en silencio, se marchó. Martín se mudó no muy lejos, a San Fernando, y nunca dejó de visitarnos. Al final me largué yo. Eliacim fue el único que siguió allí, rechazando cualquier propuesta de cambio. Quizá fuera él el único que de verdad quería al pueblo, tanto como para renunciar a lo demás.
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El Paisa enfermó este año; tardaron mucho en darle un diagnóstico, pero al fin y al cabo lo desahuciaron. Un día, antes de tomar el autobús rumbo a Brownsville, pasé a verlo. Iba a ser la última vez. Lo encontré flaco y chiquito, me imaginé que así debió lucir en su adolescencia. Me sentí miserable en el momento que, preocupado, me preguntó si ya había comido y cuando, al despedirnos, puso en mis manos una bolsa llena de naranjas. ¿Qué podía yo hacer además de abrazar sus puntiagudas espaldas, livianitas, casi de humo?
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Hoy por la madrugada, mientras en sueños yo llevaba a mi bisabuela a un centro de salud, El Paisa moría en el hospital del ISSSTE. Ella, que dejó este mundo en 1991, se veía tan lozana y platicadora. Ojalá hubiera puesto atención a lo que me dijo. Tal vez en ese sueño habría encontrado una explicación, o al menos una pregunta. Pero nada hay.
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Hoy esta ciberbitácora cumple cuatro años y ésta es la entrada 631. Iba a escribir acerca de eso, pero pienso en don Lorenzo y en los jardines que dejó. Recuerdo su acordeón y su barriga, la canción de Cornelio, una imagen que había escapado de mí. Pienso en un montón de cosas que no debería pensar. Hay que ser como el agua que va serena brindando al mundo entero frescos raudales, decía el poema que la maestra Carmelita nos obligó a memorizar. Es notable cómo alguien tan común puede cambiar, de a poquito, la vida de muchos otros.



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