martes, noviembre 11

Culpable



Perlas de sabiduría de una enana de la vida alegre,
o yo no fui, juro que yo no fui

(Fragmento)

por Liliana V. Blum



A PRIMERA VISTA, se podría pensar que Culpable de nada ofrece una visión trágica de la vida, pues en ella abundan las muertes, ya sea por accidente (el hombre casado que le mete mano a su secretaria en un mal momento), ya sea por cortesía de la madre naturaleza (torrenciales lluvias que arrasan con las casuchas de un pueblo), o por un catalizador humano que le echa una manita al destino. Pero en este libro no hay héroes virtuosos ni sus acciones provocan la piedad o el terror en quien lee. No hay expiaciones de ningún tipo. Hay, en cambio, amores desgastados, no triángulos amorosos, sino verdaderos polígonos, obsesiones, complejos, esfuerzos inútiles por maquillar u ocultar las carencias, los vacíos, las marcas de la viruela o los abusos en el pasado. En la novela de Julio, los personajes son sólo seres humanos, tan como ustedes, tan como yo. En Culpable de nada no hay idealizaciones de ningún tipo que nos hagan sentirnos mal con nosotros mismos, pero tampoco hay una exageración en lo negativo que nos provoque sentirnos bien por lo mal (mediocre, triste, terrible, inserte el adjetivo que guste y mande) que va nuestra vida. Julio no deja que su lector se autocompadezca o desdeñe su mundo literario como una fantasía rosa.
No diré que Julio le restriega la cara al lector frente al espejo para que se reconozca en él con todas sus miserias, idénticas a las de sus personajes. Creo que eso ya lo he escuchado antes en otro lado. No. Mejor diré que Julio toma a su lector por el collar, le acerca el hocico hasta donde está el charquito de orines, y luego le dice: Perro malo, perro malo, enarbolando un periódico amenazadoramente. Como eso no sonó muy bien, diré entonces que la lectura de la novela de Julio es, en todo caso, una lectura incómoda. La narrativa de Julio está aderazada con una ironía fina, un chilito que realza el sabor, y uno disfruta el libro tan campante, riendo de vez en cuando, chupándose los dedos con las descripciones tan acertadas, como el ciclo de las casuchas en Villa de los Cruces, que es básicamente el mismo que el de un inodoro que se activa en forma regular, o los pensamientos tan cómicos que fabrican los personajes. Pero cuando uno menos se lo espera, ya se ha desarrollado una seria gastritis, pues el dichoso aderezo era todo menos inocuo. Al final, nos acercamos a la naturaleza humana tanto, que podemos verle hasta los poros. Es incómodo. Nos hemos acercado tanto, que nos reconocemos.
Hay en el libro una frase recurrente -y obsesiva para el protagonista- pero que en realidad le pertenece a Mozart: “La felicidad existe pura y simplemente en la imaginación”. Y al igual que Aldo repite sus ejercicios diarios y bebe sus malteadas de proteínas para aumentar sus músculos, a la vez que repite su mantra “repetición, constancia, repetición, constancia”, la imposibilidad de la felicidad, fuera de la mente, es lo que cubre a la ficticia ciudad de La Conquista (en la hay una estatua a Hernán Cortés, un detalle de lo más interesante para mí, pues que yo sepa, sólo existe una en Medellín, España). Pero volviendo a lo intangible de la felicidad, esta es la hipótesis que la novela parece comprobar al final con las manos llenas de pelos pardos de burra. Los personajes buscan, desean, a veces encuentran, a veces obtienen, pero al final terminan por darse cuenta de que la felicidad, al igual que el esposo fabricado por Ogla (un dildo de titanio, la foto de un modelo de revista y un arreglo de photoshop para simular una foto de bodas), la felicidad se diluye, no existe ni existió en el mundo real, sino que es meramente un subproducto de la imaginación.
Entonces, ante la imposibilidad de la felicidad, sólo queda aferrarse a lo material, a lo que se puede ver y tocar. Como bromea Aldo frente al espejo: “Si la belleza se llevara por dentro, como aseguran los feos y los hipócritas, los enamorados regalarían radiografías en vez de fotos”. El aspiracionismo de los personajes, el buscar un departamento en una mejor colonia para tener estatus, el vestirse de tal o cual forma, el desarrollar un cuerpo perfecto, el soñar con manejar un hummer, o con un marido que sea la metáfora de todo lo que las mujeres desean en la vida, se convierte pues en una actividad de tiempo completo. Pero las cosas, ya se sabe, nunca salen como uno las planea. Si de algo, la vida está llena de reveses. Entonces se descubren infidelidades, se enamora uno de una prostituta enana que rechaza la oferta de matrimonio, hay juniors que buscan seducir empleados y padres dispuestos a matar antes que admitir que el hijo es puto, hay accidentes, y como dice Ogla, “la muerte del marido pone a cada mujer en su lugar”.
Aquí no hay finales felices ni tampoco el desastre total; las cosas, como el agua, siempre encuentran un balance horizontal. No hay aquí una historia jamás antes contada; en realidad son historias que todos conocemos de primera o segunda mando, apestosamente familiares. Aquí lo que hay, a diferencia de la vida, es un discurso artesanal, descripciones en su punto de turrón, tramas individuales que terminan por cruzarse, enredarse con las de los otros personajes, jalarse y lastimarse un poco, y luego seguir adelante, como si nada. Hay diálogos creíbles, personajes casi tridimensionales, honestos en el sentido que poseen una que otra virtud y bastantes vicios, atmósferas creadas poco a poco y que nos sumergen sin que nos demos cuenta, en el mundo ficticio de La Conquista y sus habitantes. Julio Pesina toma todos estos elementos y como una costurera profesional, los hilvana suavemente, para que no veamos las puntadas ni los nudos, sino un mundo alterno en el que podemos perdernos por unas cuantas horas. ¿Y no es eso de lo que se trata la narrativa? Porque la vida, la vida, ya lo dijo Mayoya, la suripanta enana, “la vida es breve, y eso no es un defecto sino una bendición. Tú mismo no recordarás de tu vida más que unas cuantas escenas, ¿para qué entonces vivir demasiado? Qué importa si mañana despertaremos o no. Vamos a vivir esta vida como si fuera un romance a escondidas. Un ‘rapidín’ bien ejecutado.”