martes, noviembre 18

El libro...

En la mochila de un maestro rural
El libro perdido de Heinrich Böll, de Liliana V. Blum


Por Julio Pesina



TAL VEZ NO EN ESTE LUGAR, pero he dicho otras veces que esta profesión de maestro de rancho lo convierte a uno en un cazador de sombras. En asuntos literarios eso significaría un buscador de rebajas. En Ciudad Victoria, ese sucio agujero, hasta hace algunos meses había muy cerca de la central de autobuses un supermercado que ponía con relativa frecuencia los libros en oferta. Una vez, a punto de abordar un camión con destino a Burgos, me encontré un ejemplar de El honor perdido de Katharina Blum en diecisiete pesos. Arreciaba el frío, y en el pueblo ése –o mejor dicho en la pocilga que yo rentaba- más convenía quedarse en casa y calentarla el mayor tiempo posible antes que padecer la frialdad de la alcoba durante la noche. Las tardes, pues, había que dedicarlas bien a leer o a mirar el canal de las estrellas, cuya señal era la única que se recibía en el burghetto (que me perdone Liliana el uso de la palabreja).
Era un ejemplar de pasta dura, amarillo, de la colección "Las 100 joyas del milenio". Heinrich Böll. Yo tenía anotado el nombre aquél en mis cuadernos pues alguien a quien admiro por su buen gusto literario me había recomendado leer Opiniones de un payaso. Me llevé entonces aquel ejemplar por tres razones poderosas: el bajo precio, la calidad que prometía aquel apellido y la nada sugestiva programación de Televisa.
Ahí, en ese momento, podría comenzar un excelente relato si yo en vez de ser quien soy fuera un personaje surgido de la imaginación de Liliana V. Blum (acaso lo sea y no me he percatado todavía) y este cuento que les cuento bien podría titularse: “En la mochila de un maestro rural”.
A Liliana la conocí hace justamente dos años y a partir de entonces he seguido más o menos de cerca lo que publica en su ciberbitácora y en el papel. No podría decir que conozco su obra a cabalidad, pero en este corto tiempo me he construido una opinión acerca de su estilo literario, de la calidad de su prosa y de sus temas recurrentes. También me he formado una opinión de su persona. Ambas, es decir Liliana y su literatura, son de calidad superior, y merecen que usted y yo nos detengamos a aprender de ellas aunque sea una vez al día. Tal vez redescubramos algo que considerábamos perdido.
Liliana es una observadora de las que buscan y encuentran. Quizá como a Helen Han, uno de sus personajes, “mirar a la gente e imaginar las historias que se esconden detrás de las caras la relaja”. Los personajes de Liliana podrían estar en la calle, en la fila del banco o en la silla al lado suyo. Ella ve en los gestos, en las acciones cotidianas lo que otros somos incapaces de ver. Con eso, con nuestros mínimos gestos, Liliana construye una obra interesante y perturbadora a la vez.
El más reciente volumen de relatos de Liliana V. Blum, El libro perdido de Heinrich Böll, tenía que haber llegado a mi casa mucho antes de la fecha en que lo hizo, pero por la sabida incompatibilidad de horarios entre mensajero y destinatario hubo de demorarse. Mientras yo iba a buscarlo a la oficina de correos, él se presentó en mi casa, tan fresco y desafiante. A este episodio bien podríamos llamarlo: “El lector perdido de Liliana Blum”, aunque yo lo titularía: “En la canasta de un mensajero”.
El libro… consta de cinco relatos y un epílogo. A través de sus páginas, un caro ejemplar de El honor perdido de Katharina Blum pasa de mano en mano (y diríase de un corazón a otro) iniciando su periplo en una librería universitaria de Kansas para terminar en México, junto a la cama de Tadeo Süskind, un sobreviviente del holocausto, haciendo escala en un manicomio de Brownsville. En la primera página de este libro, cinco mujeres han dejado constancia de su desasosiego: Allison tiene miedo, incertidumbre, frío; Helen está triste pues debe hacer algo que mucho le desagrada; doña Cande asume que el mundo la abandonó; Ingrid se sabe huérfana de planes y Anamari se ha resignado a vivir. En la última página de este mismo libro, antes, un profesor de literatura también escribió algo: la dirección de una clínica abortiva como despedida para una novia que siente frío.
En El libro perdido de Heinrich Böll, Liliana pone nuevamente en juego esa habilidad tan de ella para exprimirnos el alma hasta hacernos tambalear. Hay, por eso, reminiscencias de otro excelente libro suyo: Vidas de catálogo. Como en éste, El libro perdido… nos muestra en dos relatos el conflicto de las protagonistas con sus madres arpías: “Sobre una banca cubierta de nieve” y “De las manos de una bibliotecaria amarga” son los títulos de esos relatos. Pero esa perversidad de la que hablo no es explícita, es un actuar humano y sutil que horroriza de tan familiar. Baste una escena como ejemplo:





“De niña, cuando cometía alguna falta y comenzaba a justificarse, doña Carolina la interrumpía, pero no decía nada a su vez. Luego se quedaba sentada, sin moverse, mirando a ningún sitio en particular, con la expresión de estar esperando en una larga cola. Helen podía llorar, implorar, gritar, jalarse los cabellos y aventar sus juguetes; su madre sólo tenía silencio para ella.”


La alevosía de esta madre es tan auténtica como la de aquélla de Vidas de catálogo que en forma premeditada daba leche podrida a su pequeño hijo que no por eso dejó de amarla y admirarla.
Podríamos aventurarnos y decir que las madres lilianablumianas (con perdón de la sobredicha) pertenecen todas a una especie malévola cuyas fechorías llegan incluso a provocar las primeras lágrimas de sus maridos; pero cometeríamos una impericia porque El libro perdido… también nos ofrece la historia de doña Cande en el relato titulado: “Entre los cojines de un sillón”. Candelaria Piña es una mujer de cuarenta y uno, trabajadora indocumentada en un hospital de Brownsville. Doña Cande tiene una hija que vive en México, donde trabaja como bibliotecaria. Por eso alguien le hace el favor a Cande de enviar el libro a la dirección de la madrina. La bibliotecaria tal vez no sabe que aunque ella no tuvo padre, su padre ciertamente era el padre de una iglesia católica. Doña Cande tal vez no sepa que el libro, una vez en México, pasó de manos de su hija a las de Ingrid Henkel, una mujer que si bien tuvo madre (y mucha), ésta nunca estuvo a su lado sino muy por encima de ella.
Las relaciones que llamamos conyugales y que se convierten a veces en una lucha de géneros también ocupan lugar especial en la literatura de Liliana. Aquí y allá saltan episodios en los que las mujeres transitan de un extremo al otro por el pasillo de la dominación. Allison, por ejemplo, se ve seducida por Karl, un maestro universitario que le aconseja inventar una indisposición estomacal para abandonar el trabajo. “Ella nunca le había mentido así a nadie, mucho menos a su jefe, pero veinte minutos después caminaba junto a él”. Ocho meses más tarde ve “la figura de Karl, ya pequeña”, perderse luego de dejarle el dinero para que se practique un aborto. Candelaria, a sus catorce, termina siendo “mujer y sirvienta de un sacerdote que en cada misa pregonaba pureza y caridad”, pero a solas, “nadie te va a querer así de fea como estás, así que no te quejes”, le susurraba en la oreja. Anamari, por otro lado, encuentra que en su marido, todas las cosas que antes eran virtudes se han convertido en defectos. Tenemos pues un abanico de comportamientos humanos; las mujeres, en este libro perdido son ya sumisas, ya tiranas, pero al fin son sólo eso: mujeres que se enfrentan a un mundo de suyo hostil.
Con El libro perdido… Liliana trasciende los temas que había frecuentado y va mucho más allá; explora, se arriesga y sale muy bien librada. Sus relatos, así sean muy cortos, se diversifican, se extienden, echan ramas y raíces, les salen pájaros. A la vez que explora los conflictos materno-filiales clava bandera en el problema migratorio sin darse golpes de pecho ni enarbolar pancartas, al mismo tiempo también nos recuerda la crisis de credibilidad que vive la institución eclesiástica. Un relato le sirve a Liliana para ponernos de cara al mundo. Todo es este libro menos un libro perdido, menos un libro inocente. La autora sabe muy bien lo que quería decir y lo que iba a provocar. Mientras vemos a una madre cuyos problemas económicos nacen del hecho que le sobra el dinero, Liliana nos pone de frente a la intolerancia y la discriminación de todo tipo. Dice en la página 77:





"No es normal que el niño sea tan limpio. Los niños de mi época no eran así, decía la suegra. Y tampoco es normal que se siente con las niñas a platicar en los recreos, decía la cuñada que tenía a sus hijas en el mismo colegio. Y cómo mueve sus manitas al hablar, así muy… Y luego seguramente hacían un gesto sobreentendido, porque nadie se atrevía a decir las palabras que en realidad revoloteaban en la mente de todas. Tienes un hijo maricón, Anamari."


El libro perdido… es, además, una caja de resonancias que Liliana ha construido con evidente maestría. El libro de Liliana es de cierta forma un homenaje a ese libro que seguramente por gracia del destino tiene enorme significación en su vida. Usted verá que cada relato tiene dos epígrafes tomados del libro de Böll, ambos perfectamente relacionados con la materia del texto. De este modo, Liliana construye además otro texto con lecturas disímiles, toda una artesanía. Como bien anota en los preliminares, El honor perdido de Katharina Blum apareció en 1974, año de nacimiento de nuestra autora; nadie imaginaba entonces que treinta años después otra dama de apellido Blum padecería un desaguisado por culpa de un infundio de la prensa local. Por fortuna la protagonista de esta historia no terminó cometiendo reportericidio sino creando un libro que es varios libros a un tiempo. Un libro que sugiere cierta reivindicación con los orígenes de la autora.
El libro perdido… es, en muchos sentidos, una celebración, una fiesta de la literatura que usted no debe perderse. Déjese pues encontrar por este libro. Descubra usted a su vez aquello que creía perdido. Después de todo, como bien dice Tadeo Süskind en el epílogo: “Katharina Blum perdió su honor. Todos hemos perdido algo, pero a veces encontramos pedazos aquí y allá.”
Para despedirme, y abusando de su amabilidad, voy a pedirle un favor. Ahora que leía los epígrafes en el libro de Liliana me vi tentado a buscar esos textos en la versión que de El honor perdido de Katharina Blum compré hace cinco años. Me enteré de que no está en mi librero, lo perdí. Así que si lo mira sobre una banca cubierta de nieve, o entre los cojines de un sillón o sobre la tumba de un desconocido, le agradeceré lo mande a mi dirección. Le será fácil identificarlo porque como los personajes de Liliana, en la primera página anoté lo que escribo cuando me faltan palabras para describir un libro: “Este es un libro chingón”.
Eso mismo escribí en el libro de Liliana.