Quickribbon PESINISMO: julio 2008

lunes, julio 28

Retro 2

Catch the wind/Donovan


Retro

Sara y Liliana, leyéndose en T. A.


Cuando Pesina era apenas un chamaco, las muchachas leían una revista llamada Notitas Musicales. Como es de suponerse, se trataba de una mini-revista dedicada a divulgar chismes del espectáculo que dirigía -¿quién si no?-Pati Chapoy. Y era a la vez un cancionero. En las primeras páginas aparecían los cantantes de moda leyendo -o simulando leer- la dichosa revistita. La hermana del Pesina usaba esa revista para construirse un álbum de recortes dedicado a Luis Miguel, que por aquellos días tendría unos quince años y la oportunidad de ser una persona decente. Pesina, que estaba por concluir la primaria y leía de todo menos literatura, se pasó algunas tardes leyendo esa misma revista hasta que su papá se enteró.

Que se dejara de mariconadas, que no leyera esa basura, le exigió a su polluelo. Que qué mañas tan cochinas estaba agarrando el chamaco, confesó su preocupación en privado a la mamá. Que todo eso iba a pasar con la edad, trató de tranquilizarlo la ñora.

En efecto, las aficiones del Pesina cambiaron con los años. Al menos por lo que a lecturas se refiere.

Pero hay cosas que no cambian, y en cuanto se topó con Sara Uribe y con Liliana Blum, no resistió la tentación de hacerles una foto leyendo el número de Tierra Adentro donde aparece la entrevista que una le hizo a la otra.

Qué se le va a hacer.

jueves, julio 24

Rasgar

"Feo truena el cuero de un hombre
cuando lo rompe el cuchillo"
Hace dos o tres días, en la sierra potosina, se lo escuché a un campesino que tiene nombre de villano. Santos Barragán me contó la vez que perdió casi toda la mano izquierda. Fue en la puerta de un billar. "Te vas a morir", escuchó detrás de él. Y cuando se dio la vuelta encontró un machete haciendo brecha en el humo. Metió el brazo para protegerse del golpe que iba a la cabeza. El coraje le llegó de todos lados. Esa pelea, dice, la ganó. Al tipo lo golpeó con la derecha y también con la izquierda, donde lo que él creía dedos eran en realidad cuatro chorros de sangre.
A Santos Barragán le debo un relato.

martes, julio 15

Compañera, si me alejo un día,
una tarde, una mañana, un junio;
sólo es momentánea la partida;
no te escribo en despedida
porque no levanto un muro.


Llevo tu cintura bajo el brazo
brilla cada nota en cada aplauso.
Cura una canción cualquier ausencia
y aligera la impaciencia
del regreso hasta tu abrazo.


No te cambio por un beso,
una voz, una palabra;
eres parte de este intento,
de estas manos, de esta causa.
Y no vale una tonada
más que el tono de tu cuerpo
cuando cae sobre mi almohada
la tormenta de tu pelo.


Compañera, si despiertas una,
piensa que uno somes en silencio.
Es la soledad buena fortuna
cuando brilla entre la espera
de quien prometió regreso.


No es esta verdad antagonismo
contra la verdad que nos ampara.
No hay rivalidad, no existe abismo
entre métricas y ritmos
y mi boca por tu espalda.

No te cambio, por un verso...








No te cambio/ Alejandro Filio

Del volumen acústico Canto a los cuatro vientos

lunes, julio 14

Dos novedades


Hoy llegó a este sucio agujero el nuevo número de Tierra Adentro, dedicado a López Velarde. Si la hojean (y también la ojean), hallarán ahí la entrevista que le hiciera La Poeta, Sara Uribe, a Liliana Desalmada Blum a propósito de su más reciente libro, Vidas de catálogo, y acerca también de su más reciente premio y de su visión acerca de la Literatura, y etcétera, etcétera.

Y llegó también hoy a mis manos un libro que había permanecido atorado en los pasillos de la burocracia cultural tamaulipeca por espacio de dos años. Textos insumisos, un volumen misceláneo que malescribió su servilleta. Alguien de Fomento Editorial, del ITCA, expresó su pena acerca de la calidad de la cubierta.


—No se preocupe —contesté—; la calidad de los textos es significativamente inferior.

domingo, julio 13

En eso estoy



La banca estaba húmeda y helada; el aire, tanto o más frío que el cemento; aun así, me pesaba demasiado el cuerpo para separarlo de la piedra. Encendí un cigarro. Con los ojos puestos en la carretera vi pasar, entre coches y camiones, los años que llevaba anclado en la sierra. Viéndolo por cualquier lado, era demasiado tiempo inútil en un trabajo inútil en ese agujero inútil que era la estación ambiental de Los Cedros. Muchos años cuidando experimentos ajenos; registrando datos, tomando fotografías, contando, midiendo, observando, oliendo la misma mierda. Pensé también en lo reciente. Dos o tres veces pensé en Adalgiza, en su modo de decirme que la mía era una vida desperdiciada...

Página 188

"Y cada cual blandió su bastón de ébano, para conducirlos por los yermos poblados de la muerte"

Caterva
Filloy, Juan
El cuenco de plata/Biblioteca Juan Filloy
Buenos Aires, 2006. 378 pp.

jueves, julio 10

Epifanía

Y de pronto
un día
notas que la vida
ha sido muy barco
contigo

domingo, julio 6

Jacqueline

sábado, julio 5

Leer

El mundo, en virtud de una especie de enorme alucinación, intoxicado por la telemática, se hace preguntas más bien vacuas acerca de la supervivencia del libro. Mientras el fenómeno grandioso que está frente a nosotros y que nadie menciona es de índole bien distinta: la alta, inédita concentración de potencias que se ha condensado, y se sigue condensando, en el acto de leer.

Que frente a los ojos haya una pantalla o una página, que por ella discurran números, fórmulas o palabras, no modifica sustancialmente el hecho: se trata en todos los casos de lectura. El teatro de la mente parece haberse dilatado, para acoger prolíficas hileras de signos en espera, incorporados en esa prótesis que es el ordenador. Sin embargo, con supersticiosa seguridad, todos los sortilegios y todos los poderes son atribuidos a aquello que aparece sobre la pantalla, no a la mente que lo elabora y que, ante todo, lo lee. Pero, ¿podría existir algo más avanzado tecnológicamente que una transformación que se produce de modo completamente invisible, como en el interior mismo de la mente? El proceso es grávido de consecuencias escondidas: a pesar de que la mente es todavía rudimentaria, al confluir con la pantalla para formar un flamante Centauro, se acostumbra a verse como un teatro ilimitado.

Calasso, Roberto/ La literatura y los dioses

Traducción de Edgardo Dobry. Anagrama. Barcelona. 2002. 211 pp.

Por qué odio a los curitas


Por mucho que yo haga alarde de rodearme sólo de gente intachable, gente decente, de bien, y por más que yo me afane en hacerlo de ese modo, debo confesar que no siempre resulta así. Tengo un amigo (en honor a la verdad debo decir que varios, pero conviene para el caso hablar del particular) que se dedica a la nefanda profesión del sacerdocio; que al menos hasta el mes pasado era director del seminario católico donde yo dictaba una clase (y, por lo mismo, venía siendo algo así como mi jefe) y que las últimas semanas ha debido suplir al sujeto que oficia en la catedral de este sucio agujero.


Aparte de lo ya dicho, mi amigo hace algo que yo debo desaprobar. Ignoro sus verdaderas razones, aunque supongo que lo hace para salvar los bochornosos momentos de la confesión, y claro, para fundamentar los consejos que como buen pastor debe dar a su redil de idiotas, especialmente en lo que concierne a la vida conyugal. En cierta película de ficheras, allá por los setentas tardíos, alguien le dice a otro que los curas son los sicólogos de los jodidos; algo me dice que de ahí sacó mi amigo esta idea. Puede que sea por eso, el caso es que Alejandro, que tal es el nombre de mi amigo, se ha aficionado a un género desaconsejable de lecturas.


Mi amigo el padre me hizo un favor hace días. Y de sobra sabemos que en el mundillo religioso casi nadie hace desinteresadamente el bien. Ya antes el padre Alejandro se había devorado Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus; Por qué los hombres prefieren a las cabronas y otras yerbas por el estilo, ahora traía un nuevo título: Por qué las mujeres aman a los pendejos (Ed. Diana, 2008). Que él no tenía tiempo, que por favor lo leyera y se lo platicara después, dijo el padre Alejandro. Era imposible negarme.


Y aquí debo confesar que no pude cumplir toda la penitencia. Pero lo que alcancé a leer bastó para darle mi opinión al cura, la misma que comparto con ustedes sin costos adicionales:


Digo, para empezar, que este libro está destinado a un público muy pendejo. Y, ya que alguien me agarró de su ídem, que se necesita serlo de veras para desembolsar los ciento cincuenta pesos que cuesta (en Gandhi, sólo $ 127.00). Y es que uno encuentra en estos libros lo mismo que hallaría diariamente en el buzón de c-e o en esos programas que llenan las horas muertas del canal de las estrellas; con la salvedad, claro está, de que en TV y en Internet esas pendejadas salen casi gratis (o al menos esa ilusión nos queda). Entonces, no es el tema ni el tono, sino lo mal que lo hace el autor, pues lo único que podría rescatarse, que es el humor, la ironía, aquí se queda sólo en malos chistes. Por si poco fuera, este libro -el ejemplar del curita- ha salido incompleto. Hay al menos diez páginas en blanco que deberían tener letras. Y siendo optimista digo que tal vez ahí estaba la mejor parte, pero algún pendejo impidió que el padre y yo lo supiéramos. También digo que si usted, apreciable lector, tiene en sus manos este libro y todavía no lo lee, salga ahora mismo a la calle y regálelo al primer pendejo (pero de veras pendejo) que le salga al paso. Y vamos que yo nunca había dicho lo que acabo de enunciar y tampoco lo que estoy a punto de decir, pero le será más provechoso echarse en la cama solo o acompañado, clavar la mirada en el techo, dejar pasar uno tras otro los minutos, que leer esa cosa. Si, como es su más elemental derecho, finalmente decide leerlo, sepa que al terminar será, irremediablemente, un poco más tontito de lo que antes fuera. Y debo agregar con tristeza que no lo digo a lo pendejo.


Después de esta mala obra, no dudo que el padre Alejandro se haya condenado eternamente.

Digo amén.

martes, julio 1

Página 355

CUANDO SE ATIENDE CON TRISTEZA, y toda la memoria se concentra en una lejanía o en una ausencia, y no queda memoria para ninguna otra cosa, y el olvido llega a apoderarse de nosotros de modo tan profundo que llega a adormecerse hasta la función vegetativa de la respiración, suele suceder que de pronto nos notamos sin aire, y la necesidad de respirar se hace profunda, y se realiza el suspiro. El suspiro hincha el pecho y tiene un sabor reconfortante, un sabor que alimenta y consuela. Pues bien, podemos pensar en un suspiro negativo, en un suspiro que no sustenta, sino que mina, en un suspiro que ahoga, una toma profunda de una sustancia que es opuesta a la carne, a la mente y al espíritu, una toma profunda cuyo nombre es acaso de la misma familia de nombres que el sollozo, un sollozo fallido, un rebote, un fracaso.

La paloma, el sótano y la torre
Efrén Hernández/Obras completas I
(Edición y prólogo de Alejandro Toledo)
Fondo de Cultura Económica, 2007. 485 pp.

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¿Y en caso de que todo
siguiera saliendo bien?