martes, enero 6

Pesadillas


Foto: El PAIS.com 07 de enero de 2009





En 1979 había dos cosas a las que yo más temía: a la guerra y a mis propias pesadillas. Éstas últimas terminaban siempre igual: un rostro, familiar o desconocido, esbozaba una sonrisa sarcástica que evolucionaba en ominosa carcajada; la guerra, por otro lado, nunca llegaba a su fin.
En 1979 acababa de cumplir seis años, iba en primer grado. La guerra entre Irán e Irak había empezado en septiembre. El 22, según dicen. Creo que fue una noche de diciembre cuando soñé que alguien se ponía enfrente de mí para anunciarme con esa horrible sonrisa que mi papá —quien, para efectos de aquel sueño, se hallaba en una trinchera— había resultado muerto en un bombardeo, allá en Irán.
No había mucha distancia entre mi cama y la sala donde mi padre, el de a de veras, estaba jugando dominó con don Matilde Torres y don Eusebio De León, sus únicos amigos de entonces. Que no pasaba nada malo, me consoló. “Aquí estoy, mi hijo”, balbució eso o algo parecido. Se quitó la camisa y me envolvió en ella, pues me había salido de la cama en puros calzones. Mi mamá mezcló en una taza un poco de miel con limón y me la dio a beber a cucharadas. No sé si eso lo hacía para curarme el susto o la posible dolencia que me provocaba esas pesadillas, pues después de eso he visto a muchas mamás angustiadas dar agua azucarada a sus críos luego de que éstos sufrieran algún sobresalto.
Después de aquello también oí decir muchas veces que las pesadillas tienen su lado positivo, que nos alertan de posibles achaques. No obstante eso, hace demasiados años que las pesadillas me abandonaron. Al menos las pesadillas que experimentaba estando dormido.
Ayer, mientras veía a un sonriente conductor de televisión dando un resumen de lo que ha pasado desde el 22 de diciembre, me di cuenta de que sigue siendo la guerra lo que más me da miedo. Y mis pesadillas, con el cambio de perspectiva que la paternidad impone, siguen significando lo mismo. Esta vez, no en mis sueños sino en la pantalla, vi a varios niños, no mayores de diez años, convertidos en cadáveres tras un bombardeo.