domingo, marzo 29

En eso estoy




LA BANCA ESTABA HÚMEDA Y HELADA; el aire, tanto o más frío que el cemento; aun así, me pesaba demasiado el cuerpo para separarlo de la piedra. Encendí un cigarro. Con los ojos puestos en la carretera vi pasar, entre coches y camiones, los años que llevaba anclado en la sierra. Viéndolo por cualquier lado, era demasiado tiempo inútil en un trabajo inútil en ese agujero inútil que era la estación ambiental de Los Cedros. Muchos años cuidando experimentos ajenos; registrando datos, tomando fotografías, contando, midiendo, observando, oliendo la misma mierda. Pensé también en lo reciente. Dos o tres veces pensé en Adalgiza, en su modo de decirme que la mía era una vida desperdiciada. A ella la ilusionaba pensar que algún día un vegetal llevaría su nombre. No tenía que ser un cacto. Un hongo, un liquen o una miserable saprofita valían lo mismo para perpetuar el nombre de Adalgiza. Si ella vino conmigo a Los Cedros fue precisamente porque le conté que Dávalos, el jefe de proyectos, había bautizado una variedad de Mammillaria longimamma con el nombre de su esposa. A Adalgiza las mamilarias le parecían vulgares, faltas de toda gracia, y opinaba lo mismo acerca del busto de la señora Dávalos. En cambio los ariocarpos le provocaban una real fascinación, en especial el agavoides; y más la atraía esa planta por estar condenada a la extinción que por su cuerpo diminuto y su enorme flor purpúrea. Se pasaba tardes enteras ensayando combinaciones con su nombre y el de ese cacto: adalgizensis, adalgisima, adalgizus, adalgisum... ¿Por qué no podía hacer yo lo mismo que el Doctor Dávalos? ¿Era tan difícil darle ese mínimo regalo a mi mujer, cumplirle ese único deseo? También le gustaban los adjetivos a Adalgiza, pronunciarlos la llenaba de emoción; en su boca cobraban vida, se convertían en conejos silvestres. Y cuando estaba molesta, así fuera por poca cosa, no paraba de decirme que yo era un insulso. Nunca la contradije; no lo hice de palabra ni de acción; me limitaba a mirarla trajinar por la casa, balbuciendo la misma cosa: insulso, insulso, insulso; arrastrando las eses y la ele, uniendo el susurro de ella al de la escoba. ¿Era tan difícil? Insulso, insulso. Pero uno de estos días... Uno de estos días... ¿No le había contado yo de ese otro biólogo que impuso a una mariposa el nombre de su ayudante? Llegado el momento, lo único que yo tenía que hacer era cederle a ella esa prerrogativa. Insulso. Pedirle a Dávalos que usara el nombre de mi mujer y no el de uno de sus parientes la próxima vez que descubriera una subespecie. Era tan difícil. Uno de aquellos días, en efecto, Adalgiza tomó mi mochila de campismo, metió ahí ropa y frustraciones, se la echó a la espalda y empezó a caminar. Casi podría jurar que iba afligida, que arrastraba los pies, por eso pienso que ese último murmullo no lo producían sus labios sino sus zapatos. Insulso, insulso, insulso, insulso, insulso...