jueves, mayo 21

Monstruo








YA QUE TANTO SE QUEJA del sobreprecio, bien podría uno conseguir libros en la biblioteca estatal. Yo suelo hacer eso. Pero es tan estimulante comprar un libro magnífico a un precio ínfimo. Esto último lo hago tanto como puedo.
No voy a negar que a veces me asalta el remordimiento. Pensar lo que le cuesta a un artista producir su obra para que luego uno se porte tan mezquino. Suena casi imperdonable. Afortunadamente el sentimiento de culpa desaparece casi al momento de identificarlo.
En la Feria de León, Ricardo Solís se enteró de esta pasión mía, es decir de lo miserable que soy. Luego de algunos cafés, de varios cigarros y de mucha biobibliografía, acabó buscando para mí un librazo que él mismo pagó. "Una ganga", dijo. Medio año más tarde, en la Feria de Guadalajara, me sorprendió haciendo lo del otro día. Nos vimos casi por accidente, así que no tuvimos tiempo para intercambios. Una semana después alguien me trajo dos libros que Ricardo había cazado especialmente para mí. De esa colección ya tenía yo en casa algunos ejemplares, los compré en un almacén que cerró el año pasado.
Nunca me he considerado un buen amigo, ni siquiera un buen conversador, pero algo he de tener, tal vez cierto aire desgraciado, que despierta la compasión de los demás, en fin algo que los anima a regalarme libros o a conseguírmelos a bajo precio.
Desde noviembre he estado muy ocupado, así que los libros se fueron apilando en las mesas. Esta semana, finalmente, pude leer uno de aquellos regalos.
"Cierre los ojos, aguarde a que la acelerada trepidación del convoy, a su izquierda, anuncie la inminente irrupción en la estación del metro y ábralos en el momento de empujar a la vía, con todas sus fuerzas, a la persona situada de espaldas delante de usted. Escuche su aullido de terror, el golpeteo del cuerpo destrozado por el vagón delantero, el violento e inútil chirriar de los frenos, los gritos de confusión de los usuarios apiñados en los andenes mientras deja caer las octavillas acusadoras y huye velozmente por pasillos y escaleras hacia la salida, mezclado con el gentío habitual a esas horas.
Entonces, sosiegue el paso, adáptese al ritmo de los demás, compruebe la normalidad de su aspecto en el cristal de una tienda y sonría al cercano agente de tráfico con dulce y bobalicona expresión."
Juan Goytisolo
Paisajes para después de la batalla
Espasa Calpe. 1999. España.