domingo, diciembre 30

Si de precios te quieres enterar

Y ahora, un dato útil solamente para quienes viven en este sucio agujero y además compran libros.

En la ciudad hay tres librerías a las que en otras circunstancias se les podría calificar de "decentes", pero a juzgar por los precios que manejan, ese adjetivo no aplica en modo alguno. Éstas son la Kappa, la del CoNaCultA y el Estanquillo Ovaciones. Como sea, la Kappa es la única librería por la que me paseo casi a diario. Las otras, las que no son precisamente librerías, son las de los centros comerciales (las de Soriana, Gran D, Wal Mart y Gigante, porque los demás simplemente no venden libros).

Pues bien, había dicho en entregas anteriores que en una sucursal de Gigante que está cerca de mi casa solía yo encontrar los libros a muy buen precio, cosa que no ocurre en los demás supermercados. Sabina en carne viva. Yo también sé jugarme la boca (Joaquín Sabina-Javier Menéndez Flores, Random House Mondadori, México, 2007) fue un libro que manoseé muchas veces en la Kappa, donde lo ofertaban en $ 140,00, y otras tantas en Gigante, de donde me lo llevé en abril -a continuación saco un sucio calendario del bolsillo y grito- por $ 99,00 (el mismo precio que exhibe la página electrónica de la editorial).

Este diciembre, junto con otros títulos, DeBolsillo ofertó Sabina en carne viva en edición especial de pasta dura. Envuelto para regalo; tarjeta navideña incluida. Un buen regalo para los asiduos al arte y a la filosofía del flaco de Úbeda. Y una buena opción para salir bien librado de los engorrosos intercambios de regalos que se acostumbran en esta temporada. Vi ese título en Gigante, en $ 104,00 y no era día de rebajas; vi algunos ejemplares en la Kappa después y entonces sí me escandalicé: en esta librería lo tienen a un precio de $202,00. ¿Qué se han creído estos barbajanes?

Algún día supuse que el gerente de esa sucursal -hablo del supermercado- no estaba al tanto de las noticias del mundo editorial. Lo empecé a pensar cuando me vendieron novelas de Coetzee y de Saramago, por ejemplo, en diecisiete pesos; libros que en otros negocios no podía comprar con un billete de cien. Luego no supe bien a bien qué creer porque otros libros estaban al mismo precio que en las otras librerías.

Y ahora sí digo lo que tenía que decir desde el principio, lo que en verdad me preocupa. Hace unos días que a la cadena Gigante la absorbió la otra empresa, es decir Soriana; de modo que no sabemos cuánto cambiará su política respecto al precio de los libracos. Y como puede ocurrir que aquellos ejemplares de bolsillo que solía comprar en esa tienda ya no quepan más en los bolsillos míos, sólo digo, ya para finalizar, ¿cómo pudo sucederme a mí?

sábado, diciembre 29

Mensaje urgente para M.M.


Destino: Houston, TX.

Mujer que camina.

Alejandro Filio.

De su álbum acústico-recopilatorio, Canto a los cuatro vientos (2003), un disco que alguien desconocido me regalara en la ciudad de Durango.

Y puesto que aún hay cosas que me cuesta verbalizar, va dedicada esta canción como todas las anteriores -aunque esta vez incluyo baterías y una lágrima del tamaño de un melón- para la Mujer Maravilla, que se fue a pasar navidades a un país ajeno.

No conforme con tus ojos/te propongo menos cielo, más abrazo/Hace tiempo que te sueño/y ya no sé cómo explicárselo a estas manos/¿Qué se rompe en el espacio/cuando pasas simplemente caminando?/¿Cuánta estrella llevas puesta en la silueta/que me sigue deslumbrando?

No es la noche ni el café/lo que me obliga a caminar por esta casa/es la maldita incomprensión/que no despega de tu cuerpo la mirada/Sigues siendo irremediable/imprescindible para todo lo que estalla/como luna irrepetible/como viento entre las ramas.

Mujer para el sol de mañana/mujer hasta el borde del alba/mujer que te pierdo y encuentro/mujer para afuera, mujer para adentro/Mujer desafiando a los astros/mujer que camina sin rastro/mujer que me abrazas el alma/mujer que me robas/mujer que me robas la calma.

De tu boca tengo el sueño/cada noche, cada luna solitaria/de tu pecho el medio sol al horizonte/que se pierde, que se escapa/Sigo siendo para el fuego y el dolor/para el miedo y el olvido/no me pidas que defina un corazón/desatándote el vestido.

Mujer para el sol de mañana/mujer hasta el borde del alba/mujer que te pierdo y encuentro/mujer para afuera, mujer para adentro/Mujer desafiando a los astros/mujer que camina sin rastro/mujer que me abrazas el alma/mujer que me robas/mujer que me robas la calma.


viernes, diciembre 28

¡Inocente palomita!


En la página de incicio de MSN, una noticia del Día de los Inocentes.

Una broma, en todo caso, sin demasiado humorismo.


¿No se supone

que el 28 de diciembre

las bromas deben tener

al menos una mentira?



jueves, diciembre 27

La pared del cementerio


Aunque ya se había rendido y aunque estaba amnistiado,
aunque lo trasladaron de una prisión a otra y otra,
vino por fin a parar a la cárcel de Victoria.
Una penitenciaría que hoy no existe.
Aquí un sujeto que nunca fue un caballero
lo mandó ejecutar a la mala.

domingo, diciembre 23

La tarde de los pirómanos

Habíanse terminado las primeras y las otras cervezas cuando llegó aquel extraño a avisar lo que había sucedido afuera: desde un auto en movimiento alguien arrojó fuego al pastizal. Salimos todos: Martín, Héctor, el padre de Héctor y yo. En la acera de enfrente, en un predio que alguna vez será un área verde (tan verde como lo había sido hasta ayer, pero de un verdor menos natural y más difícil de mantener), una llamarada crecía a toda velocidad.
El desconocido se despidió luego de recomendar el uso de mangueras y cubetas como si de otra cosa se tratara. Que en esa casa no había agua, dijo Martín mientras se llevaba el celular a la sien: "¿Ceroseiséis? ¿Es ahí? Señorita, quiero reportar un incendio que se acaba de producir afuera de mi casa... Lote baldío... Rincón de Tamatán... ¿Domicilio? Ah, sí, permítame..." Y miraba hacia la esquina más cercana para averiguar la dirección de la casa que no es su domicilio sino el lugar que usa para las pachangas.
No había pasado un minuto completo cuando comprendimos que aquel incendio no se iba a apagar tan fácilmente.
Y ya se habían consumido veinte largos minutos (donde la palabra "largos" no expresa más que la angustia que nos causaba el transcurrir del tiempo, pues ya se sabe que no hay minutos más largos que otros) y seis latas grandes de Tecate light (donde la palabra "grande" significa exactamente eso, pues también es sabido que la cerveza Tecate viene en tres diferentes tamaños) y media hectárea de pastizal cuando se apareció la primera patrulla. Llegó la policía preventiva, no así el cuerpo de bomberos.
Martín, que para ese momento ya andaba un poco aturdido por las tecates, fue a hablar con los policías. Que sí, que él mismo había llamado. Que no, que cómo íbamos a ser nosotros los causantes del incendio. Que sí, que teníamos cervezas. Que no, no había una gota de agua en la casa. Que cómo cree que vamos a apagar el fuego con cerveza, oficial. No porque nos duela sacrificar la bebida sino porque ésta contiene alcohol y ya sabe usted, mi comandante, que el alcohol es un combustible excelente. No vayamos a empeorar la cosa, general. Todo eso dijo Martín. Que esperáramos, que ya venían los bomberos, que iban a demorar un poquito porque había otro incendio en la ciudad, eso dijeron los polis.
Nuestro incendio, mientras tanto, se extendió por toda la manzana. Vinieron curiosos desde distintos puntos. Y los coches que iban a atravesar la calle en uno u otro sentido se fueron acomodando donde pudieron a esperar a que la humareda les abriera una rendija por donde continuar su camino.
En eso llegó Pancho, al que esperábamos hacía media hora. Se puso feliz por el recibimiento (a Héctor hacía casi un año que no lo miraba, y seguro no esperaba verlo ayer). Aquí hay mucho calor humano, dijo, y aunque vimos la emoción palpitando en su rostro, el comentario nos pareció insincero.
Por fin llegó un camión de bomberos, aunque a esa hora ya no había prácticamente nada que apagar. De cualquier modo, a golpes de agua pespuntearon las aceras hasta donde las llamas accedieron, luego abandonaron el lugar del siniestro con la misma gracia con la que habían llegado. Mientras eso sucedía, a Pancho, que traía un cigarro nuevo en la boca, más o menos se le entendió:
¿Alguien tiene un poco de fuego?

viernes, diciembre 21

Ojalá que el tiempo vuele





Qué increíble es la distancia

Hernaldo Zúñiga

Qué increíble es la distancia
que al amor mata o lo idealiza.
Ya no hay planes, sólo nostalgia
mientras te digo:
"Tranquila, que el tiempo vuela".

Esa goma que tiene el sobre
me sabe a cielo si a ti te escribo.
Mi carta lleva melancolía;
mientras la lees,
"tranquila, que el tiempo vuela".

Queda mi voz en tu rincón.
Y aunque no esté hoy aquí
nunca me fui.
Queda tu cara en el cristal
del fin de un autobús.
Y con la mano, adiós.
Te vi hasta que te hiciste un punto, amor.

Allá, en tu cuarto, cierras los ojos,
me ves contigo y te acaricias.
Tantos momentos que desearías
vivir conmigo.
"Tranquila, que el tiempo vuela".

Queda mi voz en tu rincón.
Y aunque no esté hoy aquí
nunca me fui.
Queda tu cara en el cristal
del fin de un autobús.
Y con la mano, adiós.
Te vi hasta que te hiciste un punto, amor.


Si bien la canción Qué increíble es la distancia fue compuesta en los ochentas tempranos, apareció mucho después en el álbum del mismo nombre (Warner, 1988), producido en México junto a Jesús Glück. La versión acústica que escuchamos aquí es de la producción Básico D.F. (Warner, 1994), un disco que encontré en oferta en el año 2000, que presté ese mismo año y que me devolvieron en 2004, sin empaque y estropeado. Va un agradecimiento a quien haya inventado los resucitadores de cedés.

viernes, diciembre 14

006777884


¿No sabían las instituciones de Hamburgo
-es decir las hamburguesas-
lo que significa made in China?

Yo tenía diez perritos

En 2005 la FIL de Monterrey tuvo como invitado especial al CONACULTA y celebró el Encuentro de Narradores de Tierra Adentro (ENTA). En ese foro, la ensayista Mayra Inzunza presentaba su célebre antología Novísimos cuentos de la república mexicana (FETA, 2005), que incluye un narrador por cada entidad federativa. Ahí conocí a Cristina Rivera Garza, pues los comentarios estuvieron a cargo de ella y de Renato Tinajero.

Fue aquella semana de octubre cuando, impelidos por una euforia predominantemente etílica y alimentados con la gracia de los tijuanenses Julio Álvarez y Rafa Saavedra, algunos de los participantes del ENTA terminaron moteando a varias decenas de escritores mexicanos incluidos en aquella antología como los novísimos.

Conocido su nada glamoroso origen, tal denominación nació condenada al rechazo, indigna de la menor recordación. De hecho ocurrió así para la mayoría de los aludidos (ellos, hay que reconocerlo, eran ya en ese tiempo figuras literarias en vías de consagración o con largas trayectorias en las letras); a otros, en cambio, les sentó tan bien el motete que, en lo sucesivo (al menos por lo que al ENTA se refiere), se hicieron llamar miembros de los novísimos.

La expresión tiene su encanto. Sobre todo si la pensamos como sustantivo; a dos o tres los hará evocar una generación, una corriente o al menos una cofradía literaria de las muchas que florecieron en la primera mitad del siglo XX (a otros más les recordará cierta revista electrónica finisecular). Si no fuera porque la palabra novísimo, en función adjetivadora, nos recuerda cierto grado de novatez (el superlativo dependerá del ánimo con que el interpelado reciba la palabreja), ya conoceríamos el manifiesto.

Y es que, lo acaba de mencionar Marco Antonio Huerta (en otra reunión amenizada por el grupo funcional -OH) por si acaso algún inocente no lo tuviera bien claro, una de las misiones siniestras de las antologías es definir tanto generaciones como grupos.

Aquel octubre lejano me regalaron la Antología de letras, dramaturgia y guión cinematográfico, Jóvenes Creadores, generación 2004-2005 (FONCA, 2005) por la que conocí -entonces sólo literariamente- a Liliana V. Blum. Doce meses después la conocí en persona, cuando vino a este sucio agujero para recibir el premio del Concurso Regional de Cuento Juan B. Tijerina, al que convoca el ITCA. De ahí nació una amistad recíproca y vi crecer la admiración que despertó en mí desde el principio.

Liliana cierra el 2007 presentando una nueva antología, Perros de agua, nuevas voces desde el sur de Tamaulipas (Gobierno Municipal de Tampico-Miguel Ángel Porrúa Editores, 2007) un álbum que compiló junto a Sara Uribe, poeta y ensayista, y que prologó Cristina Rivera Garza.

Además de los trabajos de Sara y de Liliana, quienes no son tamaulipecas de origen, sino por decisión, el libro incluye los textos de otros siete escritores nacidos en la zona conurbada: Marco Antonio Huerta, Diana Zamora, Iván Trejo, Marisol Vera, Carlos del Castillo, Augusto Cruz y Ángel Hernández; y los de un victorense advenedizo: Julio Pesina. Una linda camada. La antología se ha presentado ya en Tampico y en este sucio agujero.

La primera semana del último mes se estuvo desarrollando acá un taller de creación literaria que coordinó CRG. Ese taller se inscribe entre los nuevos proyectos que dirige Elín López desde la Coordinación Estatal de Salas de Lectura. En el taller, al que se podía acceder mediante el concurso de un proyecto creativo, participaron cinco de los perros de agua (Liliana, Sara, Diana, Marco y Pesina) además de otros cinco escritores de distintas latitudes tamaulipecas: Juan Miguel Pérez Gómez, de Nuevo Laredo, Alkaid Marino Mariscal, de Reynosa, Jorge Melgoza del Ángel, de Tampico, Celeste Alba Iris y Rolando Aguilera, de Ciudad Victoria.

El libro tampiqueño por principio de cuentas y el taller victorense en el que convivimos los últimos días -y sé que al decir lo que diré me arriesgo a que alguien venga a abofetearme por optimista- rindieron frutos tempranos. Hay cierta empatía entre los participantes, una innegable afinidad. Sea por la antología que de algún modo congrega a la mitad de los asistentes o por el texto colectivo que construimos estos días (el libro de las percepciones), la cantidad de cachorros que en aquella popular tonadilla infantil se iba reduciendo a cada paso, esta vez la hemos visto crecer.

Y entonces, amén de lo que estos eventos pudieran significar para y en el futuro de las letras tamaulipecas, por el momento debo decir que sí, que todavía soy novísimo y también soy perro de agua.

Las fotos son de Sara Uribe y las pongo aquí sin pedirle permiso.

Y algo debo agradecerles a ella y a su maestro de fotografía:

he salido tan bien que empiezo a enamorarme de mí.

jueves, diciembre 13

El dolorcito que me queda




Algo suena allá abajo, en la suspensión del coche, ahora que me he detenido en el nuevo bulevar. Pero no es un rechinido agudo sino todo lo contrario; algo sofocado, un ruido que no cesa. Hace frío. Me asalta la tos. Dos, tres, cinco, siete veces la explosión y después el dolorcito que me queda en el pecho y más abajo. Del otro lado del camellón pasa un coche del que no distingo nada más que los faros. Por el retrovisor lo miro alejarse, perderse en la curva allá atrás hasta que escucho el zumbar de otras llantas: un microbús. Sonido e imagen aumentan al avanzar los segundos. Un paso ruidoso en el instante que fuimos paralelos. Más allá, a cien metros, lo miro emparejarse esta vez con otro coche que viene por la calle en que estoy. No me puse zapatos. Los pedales empiezan a ponerse fríos. Froto un pie sobre el otro y casi puedo peinarme los vellos de un pulgar con el pulgar del otro pie. Son las 05:52. Lo sé porque debo contar el tiempo. Los gallos han estado cantando. No podría decir cuántos, son demasiadas las voces. Un Volkswagen pasa a toda marcha. Me empiezan a molestar el estómago y la espalda. Cambio de postura por si acaso. El asiento rechina debajo de mí; parece piel, pero es vil poliéster. Los gallos siguen cantando. El mismo sonido del coche allá abajo. En la garganta algo truena, algo áspero, un sabor amargo a las 05:55. El coche deja de rechinar, los gallos, en cambio, siguen en lo suyo. Por la ventana la luna, allá arriba, es apenas un gajito acompañado por una estrella grande y otra pequeña. Hay un canal de aguas residuales del otro lado de la calle, en el lecho de lo que debería ser un río. El agua no hace demasiado ruido, apenas un susurro. Pasa un Golf a alta velocidad (calculo no menos de cien en una vía de sesenta), mi coche se mueve, lo puedo sentir. Otra vez el gallo más cercano. Estoy a unos cientos de metros de la carretera, en la periferia, entre casuchas y aguas negras, pero sobre una avenida demasiado nueva. Mi estómago hace ruido. Son las seis en punto y tengo un hambre que duele.

JP

En El libro de las percepciones.

martes, diciembre 11

Hulk amoroso: patético

"Te quiero, amada mía, pequeña amada mía; te quiero hasta morir, hasta morir y resucitar; te quiero hasta el fin de los mundos, hasta donde se pierde la memoria, hasta donde Dios empieza y acaba, hasta el límite mismo de lo que no tiene límite. Te quiero como nadie quiere a nadie, como jamás ninguna mujer pudo decir que la quisieran."




Camilo José Cela, Pabellón de reposo,
Plaza & Janés, Barcelona, 1999.
Págs. 68-69.

domingo, diciembre 9

El nuevo libro que leí


“La Detective, acostumbrada a descifrar conductas inesperadas, sabría que el hombre, de verdad, no sabía qué contestar. El hombre que tenía frente a sí era, con toda seguridad, un Hombre Sin Respuestas”. (1)

De un tiempo a esta fecha debo cumplir trabajos especiales en horarios nocturnos. Misiones casi secretas. Mi encomienda de anoche consistió en perseguir a alguien. Algo. He aquí el informe de mi investigación:

Hay una publicación que se hace llamar Cuaderno Salmón. Hallé en el número dos de esa revista, fechado en septiembre de 2006, un texto que lleva por título El último signo, firmado por una mujer que se hace llamar Cristina Rivera Garza. Sus generales: una maestra que corre. Mujer que escribe. Una mujer que es, también, A Veces Ella. Una mujer que quizá exista o tal vez no. Alguien algo que podría ser la persona que está a mi lado. Las líneas que enuncié muy al principio constituyen un fragmento, un corte perpetrado por mí –y sin remordimiento ninguno, quiero que conste- en perjuicio de la página 38.

Hay en aquella historia una mujer, alguien algo a quien llaman La Detective por carecer de nombre. O quizá deba ser ése y ningún otro el nombre suyo. La Detective también Es. Una mujer de ojos opacos y de manos gruesas que tiene su oficina en un sótano a donde jamás llega otra luz que la artificial. Una mujer acostumbrada a perder. La mujer a quien llaman La Detective investigaba, aquella vez, un caso por demás extraño, el de la mujer amarilla que desapareció detrás de un remolino. Podemos sospechar, con estos datos primeros, que se trata de una oficial asignada a casos difíciles, a casos sin solución.

Hay un hombre que tal vez no exista. Un sujeto al que llamaré “J” para proteger su identidad. Ese hombre visitó hace dos semanas un pueblo del que, por ahora, tampoco revelaré el nombre. En ese lugar el hombre al que llamo “J” se enteró de un caso por demás auténtico y actual: un individuo que había sido del sexo masculino fue hallado muerto con huellas de tortura. Nada en el lugar de los hechos estaba donde debería estar, empezando por el muerto que hallaron en una milpa ajena, el cinturón en las corvas, las manos en la espalda; pene y testículos hundidos en su boca demasiado muerta.

En algún sitio hay un poemario al que titularon La muerte me da. Un libro cuyo autor se hace llamar Anne-Marie Bianco. Una mujer misteriosa. Oscura. Una mujer que tal vez haya existido jamás. Alguien algo que podría incluso ser la persona sentada a mi lado. Hay en ese libro un poema que describe mejor lo que acabo de apuntar:

“[…] Un hallazgo. El cuerpo sin vida de un hombre. […] la cara vendada. Atado de pies y manos.
Una manera de adjetivar: Brutal homicidio. Infortunado ciudadano. Trágico caso. Mayúscula sorpresa.” (2)
Lo anterior se escribe así porque la castración de un ciudadano es algo a lo que nadie resulta inmune. Puede haber muchos muertos. Muertas. Pero la emasculación es un crimen social. En el pueblo cuyo nombre no refiero, la conmoción, en efecto, fue mayúscula sin importar las dimensiones del órgano extirpado. Una congoja, una pena general que se disipó a medida que las investigaciones fructificaron: la conducta del emasculado no correspondía a lo que el común de los aldeanos calificaría de ejemplar. Desentrañada la vida íntima del muerto -del castrado, el fragmentado- la pena se volvió nada. Igual que pasó con su pene.

Y es que, repite Anne-Marie Bianco (o tal vez alguien más), “desnudar es lo propio de la muerte”. (3)

Hay una novela titulada La muerte me da, un libro al que para fines prácticos llamaré El Nuevo Libro que Leí. La mujer que se hace llamar Cristina Rivera Garza y la mujer que llaman La Detective hacen mancuerna en esta obra. El Nuevo Libro que Leí se anuncia como el regreso de Cristina Rivera Garza, que tal vez sea la persona sentada junto a mí. En la historia que hoy nos ocupa, la Detective del Departamento de Investigación de Homicidios intenta resolver uno de los casos más difíciles de su propia historia, el de los Hombres Castrados. La mujer que se hacía llamar Cristina Rivera Garza comete el hallazgo del primer emasculado (y aquí la palabra “comete” cumple una misión especial), lo que la convierte de manera automática en la mujer a la que alguien llama La Informante.

Hay por lo menos cuatro hombres muertos. Fragmentados. Cortados. La ciudad al tanto de todo. El asesino es alguien algo de gustos exquisitos. Un amante del arte. Tanto como lo eran las víctimas, los que fueron masculinos. La gente sigue las noticias con renovada ansiedad. Hubo, junto a cada muerto, un mensaje que tal vez diga mucho o quizás no. Un objeto artístico por dondequiera que se le mire. Un fragmento, un corte de la poesía de Alejandra Pizarnik, la poeta suicida.

Hay un ensayo de la Dra. Cristina Rivera Garza, la académica que está sentada aquí, que lleva por título El anhelo de la prosa. Un trabajo organizado en cuatro partes: una introducción, dos capítulos y la conclusión, en el que nuestra ensayista intenta dilucidar, a través de una lectura puntual –y yo podría decir “una lectura quirúrgica”- de los diarios de la poeta argentina, la búsqueda incesante de la prosa, la ambición de Pizarnik de dotarse de un lenguaje que le permitiera algún día escribir una novela.

No hay un solo sospechoso. Hay más de una sospechosa. Alguien algo que adopta múltiples personalidades en el Caso de los Hombres Castrados. Alguien algo obsesionado con la poesía de Pizarnik. Alguien que quiere decir. Hay una Periodista de la Nota Roja que tal vez.

Hay más de un libro en El Nuevo Libro que Leí. Hay muchos libros ahí. Hay cortes, fragmentos. Hay una castración convenida, conveniente. Una historia que se fragmenta, que se deja cortar, que abre paso a otros universos literarios, y hay un thriller que, sin embargo, en ningún momento deja de ser inquietante. No hay un solo yo implicado en El Nuevo Libro que Leí. Hay muchos autores, o mejor dicho, su única autora descubre o inventa múltiples maneras de explorar un tema que se reproduce por sí mismo. Hay una mujer que busca y ésa es Cristina Rivera Garza, la mujer que existe, la que está sentada aquí.

El Nuevo Libro que Leí es mucho más que un libro y es nuevo en varios sentidos. Es la propuesta de CRG. El Nuevo Libro que Leí se llama La muerte me da y es, de uno y de distintos modos, el libro más nuevo que.

Sobre la trascendencia de esta propuesta o sobre las raíces de la misma nada habré de revelarles. No al menos por ahora. Hasta aquí el informe de mis hallazgos que son nada ante el universo que genera El Nuevo Libro que Leí. Me he enterado de que hay alguien algo que presiente la semilla de La muerte me da en la novela de Salvador Elizondo. Yo de eso nada sabría decir porque esta literatura es por completo nueva para mí. Lo que sí puedo declarar, y lo hago como deben hacerlo los hombres que tienen vergüenza, es que la lectura de este nuevo libro significa un big bang en mi experiencia como lector. Confieso que, al igual que la Detective que les he referido, tampoco he resuelto el caso. No cumplí bien mi misión; no alcancé a la mujer que corría. Nadie se confunda, sin embargo, ni piense que me contradigo: hay en esta novela, como debe ocurrir en los buenos libros, menos respuestas que interrogantes. Yo, como el hombre que alguna vez estuvo enfrente de la Detective, soy un hombre sin respuestas. Que cada quién busque las suyas. Ésas -alguien algo nos lo dijo- sólo las produce, “y eso a veces, el paso del tiempo”. (4)


1 Cristina Rivera-Garza, El último signo, en Cuaderno Salmón. Creación y crítica, año I, número 2, septiembre-noviembre de 2006, pág. 38.
2 Anne-Marie Bianco, “El lugar de los hechos”, en La muerte me da, Bonobos, Toluca, 2006.
3 Anne-Marie Bianco, op.cit.
4 Cristina Rivera-Garza, La muerte me da, Tusquets Editores, México, 2007.

sábado, diciembre 8

Otro cantante asesinado

El 8 de diciembre de 1980, a las once de la noche le disparó un tipo que esa misma mañana le había pedido un autógrafo. Murió minutos más tarde en los brazos de su esposa, en la patrulla que lo llevaba al hospital.

00564701

¿No merecerá castigo
quien no embaraza a Justicia,
metiéndole la puntita?

domingo, diciembre 2

0250301

A propósito de ayer...

¿Ayuda en algo si digo
que sólo faltan
cinco años?


Nuevo libro IV

De cierto modo la vida de cada cual puede ser, algún día, lo mismo que un libro nuevo. O tal vez un capítulo aparte en una historia (y un lugar) común. (Desde luego es preferible eso que una fe de erratas o un colofón). Este par se conformaría con ser un verbo no anticipado; una letra, otro signo, unos puntos suspensivos de vez en vez.

Si el 2007 fuera nuestra historia toda y no tan sólo una parte de esta aburrida novela, la semana que ayer concluyó podría significar ese punto glorioso, inmejorable de cabo a rabo.

Es cierto que en la vida uno cierra capítulos, y es verdad que hay etapas que uno no quisiera concluir. Y es cierto también que a veces son otros quienes nos clausuran. Como sea, uno se encuentra a veces, casi de súbito, haciendo una vida por completo nueva, un distinto estilo de vida que puede ser sorprendente o aburrido, insatisfecho o pleno.

(El pesado Pesina tiene que decir, no va a poder evitarlo, que le gusta su nueva vida. Está feliz y eso no le sucede con demasiada frecuencia. Es una situación odiosa. ¿Qué va a ser de nosotros ahora que él se acostumbró a lo bueno?).

Leemos un nuevo libro que es un libro bueno también.

Pero ocurre que Hulk es nuestro propio aguafiestas. (Nada mejor que encontrar lo malo aun dentro de lo bueno). Aunque habría que agregar en su defensa que esta vez no fue necesario escarbar casi nada. Hallamos en la página once, apenas salvados los títulos y los créditos, índice y dedicatoria; es decir apenas iniciado el cuerpo de esa novela -que no por esto deja de ser buena- el primer error. (El blandengue Pesina llama "tipográficos" a los descuidos cuando quiere exonerar al tipo [o a la tipa] que los cometió. Los errores, sin embargo, son eso y nada más).

He aquí, íntegro, el contenido de la página once:


"[...] víctimas de las preguntas: ¿quién me está mantando?, ¿a quién me estoy entregando para que me mate?"

El libro nuevo que leo.
Erre Ge, Ce. (2007). Tusquets editores. D.F., México.
pág. 11