jueves, diciembre 13

El dolorcito que me queda




Algo suena allá abajo, en la suspensión del coche, ahora que me he detenido en el nuevo bulevar. Pero no es un rechinido agudo sino todo lo contrario; algo sofocado, un ruido que no cesa. Hace frío. Me asalta la tos. Dos, tres, cinco, siete veces la explosión y después el dolorcito que me queda en el pecho y más abajo. Del otro lado del camellón pasa un coche del que no distingo nada más que los faros. Por el retrovisor lo miro alejarse, perderse en la curva allá atrás hasta que escucho el zumbar de otras llantas: un microbús. Sonido e imagen aumentan al avanzar los segundos. Un paso ruidoso en el instante que fuimos paralelos. Más allá, a cien metros, lo miro emparejarse esta vez con otro coche que viene por la calle en que estoy. No me puse zapatos. Los pedales empiezan a ponerse fríos. Froto un pie sobre el otro y casi puedo peinarme los vellos de un pulgar con el pulgar del otro pie. Son las 05:52. Lo sé porque debo contar el tiempo. Los gallos han estado cantando. No podría decir cuántos, son demasiadas las voces. Un Volkswagen pasa a toda marcha. Me empiezan a molestar el estómago y la espalda. Cambio de postura por si acaso. El asiento rechina debajo de mí; parece piel, pero es vil poliéster. Los gallos siguen cantando. El mismo sonido del coche allá abajo. En la garganta algo truena, algo áspero, un sabor amargo a las 05:55. El coche deja de rechinar, los gallos, en cambio, siguen en lo suyo. Por la ventana la luna, allá arriba, es apenas un gajito acompañado por una estrella grande y otra pequeña. Hay un canal de aguas residuales del otro lado de la calle, en el lecho de lo que debería ser un río. El agua no hace demasiado ruido, apenas un susurro. Pasa un Golf a alta velocidad (calculo no menos de cien en una vía de sesenta), mi coche se mueve, lo puedo sentir. Otra vez el gallo más cercano. Estoy a unos cientos de metros de la carretera, en la periferia, entre casuchas y aguas negras, pero sobre una avenida demasiado nueva. Mi estómago hace ruido. Son las seis en punto y tengo un hambre que duele.

JP

En El libro de las percepciones.

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