sábado, marzo 22

Cada cual su cruz






POR AQUELLOS DÍAS, sucedió que en el pueblo al que llaman "el sucio agujero", era tanta la fe que no bastó un elegido para decir las siete palabras, sino que, con diferencia de apenas una hora y media, otro cristo caminó la misma vía, doblemente dolorosa.

"¿Quién es ese hombre que se hace llamar el elegido?", había pronunciado el que llamaremos el Elegido Uno por tener derecho de antigüedad, pues ha impuesto el récord de 33 años representando la pasión. (La misma edad que -dicen- tenía el que -dicen- fue el verdadero Señor cuando -dicen- lo crucificaron por única vez: que vengan las ovaciones). ¿Cómo era eso de que un advenedizo estaba multiplicando panes y montando burros sin ton ni son?, se preguntaba este señor de cincuenta y tantos años al mismo tiempo que convertía el vino en pipí.

"En verdad os digo que vendrán falsos mesías. Pero ustedes: cautos, no se me ataranten", arengó el señor más joven, es decir el Elegido Dos, que pertenece a la compañía actoral del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y que -¡aleluya!- se llama igualito que la virgen. Sobra decir que en el monte de los calaveras, es decir la loma del santuario que los viernes santos hace las veces del Gólgota, tenía derecho de piso este otro Señor.

Y he aquí que la mañana del jueves santo, justo cuando el gallo cantaba por tercera ocasión, el Elegido Uno y su docena de apóstoles descubrieron en la loma que La Cruz y las dos cruces, que un día antes estaban listas para el tormento del viernes, se habían reducido a vil ceniza. De entre el humo sobresalía un cabito en el que el Señor no se iba a poder morir ni por mero milagro.

"¿Por qué me has abandonado?", gritaba el Elegido Uno alzando la vista al cielo mientras, muy en silencio, condenaba -decir que maldecía es ciertamente aventurado- la hora en que dejaron abandonadas las cruces, a merced del Elegido Dos y sus doce secuaces.

Pero todo sucedió según las escrituras. Y la mañana del viernes el pueblo vio partirse el templo. O más bien la feligresía, que se dividió para asistir, según su propia agenda o su tolerancia al calor, al viacrucis de las diez o al de las once y media. Y los nazarenos de la segunda ronda caminaron una vía que ya era santa por mucho que hediera a pintura y sudor. Y el Elegido Uno, que le tocó el turno dos, cayó por tercera ocasión muy cerca de donde había caído el Elegido Dos que murió en primer turno. Y calló el Elegido Dos cuando lo abordó la prensa ("que le pregunten al padre, pues todo lo debo a mi manager"), pero nunca el Elegido Uno, que proclamó su palabra: "Amaos los unos a los otros y únete pueblo, para hacer un solo viacrucis (siempre y cuando el Cristo siga siendo yo)". A las tres de la tarde todo se había consumado, y la loma del santuario se pobló con seis cruces en lugar de tres, pareciéndose cada vez más a un cementerio, que nunca será lo mismo que un campo santo.

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