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martes, enero 2

Otro

Cuando yo era niño, la noche de Año Nuevo, pese a la angustia de mis padres por la balacera, mi bisabuela salía a la puerta de la casa -nosotros detrás de sus faldas- con una vela en la mano; evaluaba el cielo del Norte, del Sur y del Oriente antes de alejar de esa vela la mano que servía de pantalla. Esperaba a que la flama se estirara hacia algún lado y luego pronunciaba, sin demasiada emoción: El año entró por el Norte (o por el Sur, o por cualquier dirección que el viento describiera).

Cuando yo era niño, la bisabuela salía al patio a buscar una piedra o pedía que le trajeran una piedra azul. Le examinaba el lado que había tenido contacto con el suelo y luego decía: este año será lluvioso o bien este año será muy seco.

Cuando era niño, una bala de Año Nuevo, a su regreso del cielo, hizo un agujero en la casa de mi abuelo, cuyo techo era de zinc, y luego hizo otro en el cráneo de su esposa, que recibió el año dormida.

Cuando Julián era niño, en Año Nuevo salió a la calle donde encontró un cuerpo doblado encima de una roca. Tenía dos agujeros, uno en el pecho y otro en el abdomen, que era la única parte del cuerpo descansando sobre esa piedra que hacía de banca en la esquina. Ese fue el primer muerto que él vio.

Cuando éramos niños había que ver afuera para adivinar si el año sería bueno o malo.


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