jueves, enero 25

Sombras de paso


SOMBRAS SUELTAS.
Amara, Luigi. DGE/Equilibrista-UNAM.
México (2006). 142 p.


Ejerciendo como maestrito de rancho, uno se convierte en lo que llamaríamos cazador de sombras. Estoy acostumbrado a visitar las dos únicas librerías que hay en la ciudad tan sólo para admirar los libros que me gustaría comprar alguna vez. Casi siempre encuentro cerrada la del CoNaCultA; la Kappa, en cambio, me sale al paso en cada viaje vespertino. Poco puede ofrecer sin embargo esa librería que no sea de Coelho, Bucay o C. C. Sánchez; las novedades tienen precios ofensivos y hasta los clásicos se venden ahí como ediciones de lujo. Dadas las circunstancias, tramité mi credencial de lector en la Biblioteca Estatal; cierto que hay algunos buenos libros, pero nada después de los ochentas. Las novelas que quisiera leer y yo nos tenemos que mirar a hurtadillas cada que estoy de paso por esa tienda. Esta semana hubo descuentos en la Kappa. Compré entonces Sombras Sueltas, de Luigi Amara, y una novela de Orhan Pámuk que no he empezado a leer (mi romance con aquellos libros que quisiera comprar seguirá siendo prohibido, sus precios me resultan inalcanzables aun con el descuento).

Había visto a L. A. en un programa de televisión, presentando Máximas Mínimas de Maximiliano; supe entonces de su afición a los aforismos, pasión que queda demostrada en algunos textos de Sombras Sueltas, un libro de ensayos para leer poesía. Apenas comenzar la lectura, uno empieza a amar a Amar a..., parece entonces que emprendiéramos un recorrido por los pasillos de cualquier biblioteca o librería (o cualquier tienda de curiosidades, para ser justos) metiendo mano en los estantes, escogiendo, acariciando un libro y otro entre tanto escuchamos la charla, las confesiones del poeta con respecto a obras y escritores. No hay pretensiones en ella, no la abundancia de datos ni la argumentación empalagosa, acaso la poesía audaz e inteligente y una sutil invitación (contundente en su sinceridad) a conocer las sombras que lo persiguen, que lo han acorralado a veces; lo mismo delata las excentricidades de Wells o de Stevenson que nos hace comprender a Carroll y a Chesterton. Con pretexto de la brevedad, Groucho Marx aparece aquí plenamente justificado.

Me gusta una de las ideas en las que se entretiene el poeta-ensayista cuando repasa las personalidades literarias de Walser y de Nietsche: Pasear como ejercicio, siempre dirigirse a algún lugar, y darle la espalda a la meditación mientras se camina no significaban para él sino otras formas de permanecer en la silla, dice refiriéndose a Nietsche, al que califica de caminante disperso; luego explica en las propias palabras del filósofo: "Mientras que el viajero va hacia alguna parte, el caminante no tiene meta. Por ello hallará placer en el cambio, en lo transitorio". Piensa Amara que ese no tener que llegar a ningún lado, el no atarse a la coherencia ni a un afán de continuidad, esa itinerancia pues, es lo que hace a los aforismos bastarse en su brevedad y en su aislamiento.

En cuanto a Walser, el pensamiento parece haberse liberado de sus amarres consabidos por obra y gracia del trote solitario de los pies, asume el autor esta revelación a la mitad de su texto. Luego se pone nostálgico, cuando se imagina a Walser recibiendo a la muerte, que lo sorprendiera la Navidad de 1956 durante su caminata, con ese talante de quien siempre está de paso, a la vez maravillado y suspicaz.

Me gusta este libro, me gusta el estilo de este poeta para hacer ensayos. Me gusta ir a la Kappa y coquetear con los libros que estarán en la biblioteca dentro de treinta años. Si las sombras de las que habla L. A. eran escritores de la itinerancia, yo quiero ser un lector de paso: robar unas letras hoy, algunas frases mañana, construir parrafadas imposibles con el botín semanal. De existir la oportunidad para el reproche pensaría en dos cosas: la deficiente revisión de los textos, que omitió algún nexo y puso letras de más, y el falso descuento de la Kappa, pues ahora que buscaba la foto me encontré el precio del libro, el mismo que pagué luego de la rebaja. Un engaño a la medida pues.

Lo dicho, este sueldo de maestro convierte a uno en cazador de sombras.



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