Quickribbon PESINISMO: enero 2008

jueves, enero 31

Breves

UNO

Me ha dicho Jesús Marín que el buen Miguel Ángel Ortiz, poeta duranguense que en 2005 obtuvo el premio Elías Nandino, acaba de ganar el Premio Regional de Poesía Carmen Alardín. Que la carne asada será el quince de febrero. Felicidades para Miguelito.

DOS

Me lo dijo Adela, me lo dijo Adela.
Que el padre Maciel, en vez de meterla, hoy la estiró por fin en sentido figurado. Que fue El Señor y no el chamaco el que ahora lo recogió. Que se fue sin escalas al cielo de los pederastas. Alabado sea Dios.
Adela, por lo que sé, nunca nunca miente.

TRES

Tuve la certeza el lunes, aunque no vi nada, de que unos jets sobrevolaron mi escuela. Alguien dijo entonces que aquéllos parecían aviones militares. Hoy vinieron a decirme que esos aviones tocaron -y de la peor manera- el suelo mantense. Los periódicos, como ocurre últimamente, guardaron silencio. Y no fue un minuto.

CUATRO

Cada vez los entiendo menos. Mientras unos acusan a los federales de violación tumultuaria en contra de una chiquilla (y DH finge sordera), a los AFIs les aplauden por haber agarrado a un Nene.


martes, enero 29

Cuando las ganas





SUPE DE JUAN MIGUEL PÉREZ GÓMEZ EN 2004, cuando llegó a mis manos el cuentario Amores extraños (ITCA, 2004), un libro que no podría dejar de recomendarles. Con ese volumen, Juan Miguel ganó la primera edición del Concurso Regional del Noreste "Juan B. Tijerina", convocado por el Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noreste, que agrupa a los estados de Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua y Durango. En noviembre pasado lo vimos leer en la inauguración de La Palabra Infinita, en este sucio agujero. Esa vez me comporté como un fan; llevé aquel ejemplar y el volumen de éxitos de Gloria Gómez Guzmán para que me los firmaran. Conseguí el autógrafo de la maestra tampiqueña, pero el bordero se fugó de aquel evento sin que nadie pudiera abordarlo. Fue la solidaria Elín López (la organizadora) quien me consiguió la firma aquélla. Yo no supe antes de esa fecha que Juan Miguel es poeta además de narrador.
Unos cuantos días después, en diciembre; Elín, Juan Miguel, los perros de agua, otros amigos y yo coincidimos en el taller de Cristina Rivera Garza, un proyecto que invitaba a la mixtura de géneros. Fueron días de compartir, días de estrechar alianzas y de hacer planes.
Juan Miguel recibió hoy dos premios estatales de literatura: el de cuento y el de poesía. Elín y yo estuvimos ahí para saludarlo a él y a Carlos del Castillo, el cachorro de agua según la poeta Sara Uribe; un tampiqueño que escribe versos de a kilo y que ganó el juvenil de poesía. Yo, además, para felicitar a Saúl Molina, que ganó en cuento y que en tiempos fue mi alumno de preparatoria. Al cachorro nos quedamos sin verlo, pero le mandamos un saludo afectuoso desde acá. Así que can can por todos mis amigos y por mí también.

lunes, enero 28

Traspiés lingüísticos en la provincia tamaulipeca (14)


Puesto que casi es febrero, la edición XLI del certamen estatal de oratoria "Sentimiento juarista" ha dado comienzo ya. Hoy estuve en un concurso de esos. El lugar, la escuela primaria (Benito Juárez) de un ejido (Benito Juárez) ubicado en la municipalidad de Hidalgo. Ahí, el maestro de grupo que hacía las veces de maestro de ceremonias anunció la participación de un chiquillo y su discurso: El humorismo de Juárez.

No pude ocultar entonces ni después lo mucho que me sorprendió aquel título. Me pareció por demás interesante. Era un tema audaz, sin lugar a dudas. A una velocidad de vértigo se empezó a gestar en mi imaginación un nuevo rostro de don Benito. Hubo, de hecho, un segundo en el que vi formarse, muy sutilmente, una sonrisa en el retrato ése que todos conocemos.

La fantasía duró tan sólo eso, un segundo. No había sido más que un error de dicción. El tema, en realidad, era el humanismo de Juárez.


¡Firmes!

domingo, enero 27

006777832



¿Supo usted de una persona que
enviada a ver si un cerdo hembra
hubiese ovopositado
regresara con buenas nuevas?



sábado, enero 26

Página 36

"Lo que yo deseaba estaba muy claro. Desnudarla. Quitarle la ropa. Y tener relaciones sexuales con ella. Pero para llegar a eso debía hacer un largo recorrido. Las cosas van siguiendo un curso mediante la superposición escalonada de imágenes concretas, una tras otra. Para llegar al sexo, se tiene que empezar por bajar la cremallera del vestido. Y entre el sexo y la cremallera existe un proceso a lo largo del cual quizá sean necesarias veinte o treinta pequeñas decisiones y juicios".

Al sur de la frontera, al oeste del sol

Murakami, Haruki. Tusquets Editores. Mexico. 2007. Lourdes Porta, traductora. 268 p.

miércoles, enero 23

El bueno, el malo y la hebilla


-¿Y cuál es el precio de ésta? -preguntó Martín.
Teníamos ya varios minutos parados frente a la cuera aquélla, admirándola de cerca y lejos dentro de ese restaurante caro. La pregunta era retórica, había un letrero tamaño media carta donde se leían con toda claridad un seis y cinco ceros.
Que seis mil pesos, contestó la chica del mostrador. Para entonces yo ya me había puesto la chaqueta. Martín se llevó en seguida la mano al corazón.
-Y yo que pensé que iba a sacar la billetera -dijo la muchacha después de pegar un suspiro.
En vez de eso, Martín había sacado su cámara fotográfica.
No me gustó demasiado el retrato que me hizo y por eso no lo pongo acá; esa foto me recuerda las que me hacían mis papás cuando íbamos a la feria o al Chorrito o a San Juan de los Lagos, ésas que nos tomaban junto a unos caballos de plástico y en las que yo aparecía con sombreros que jamás se ajustaron a mi cabezota. Mejor les pongo la (mala) foto que yo le tomé a Martín.
-Envuélvamela -hubiera querido decir mi amigo-, que la voy a comprar nada más por ver su dulce sonrisa, mi alma.
"Muy pudiente, cabrón", habría sido la callada respuesta de la muchacha aquélla.
Así como lo ven, Francisco Campos es perseguidor de gadgets. Cuando lo conocí, se veía tan extraño usando una sofisticada reglilla y un portagises sobre el pizarrón de una paupérrima escuela rural. Este fin de semana nos dejó impresionados con el equipamiento de su ranchera (una Chevrolet a la que ha bautizado como "Tomasa", por su color negro). Los soldados que inspeccionaron el vehículo en el punto de revisión que está muy cerca de Jaumave, se entretuvieron más descubriendo las funciones del autoestéreo y la pantalla de video y el karaoke y la computadora portátil y los lentes fotosensibles y vayan a saber ustedes cuántas otras cosas traía Panchito en su troca, en vez de buscar lo que les correspondía.
Este domingo, también traía Pancho una hebilla matona. Aquí les dejo su foto.

lunes, enero 21

Ay laralá, ay laralá

Este fin de semana hizo frío en serio y yo lo pasé en la carretera. Un viajecito, si así se lo quiere ver, de ida y vuelta por la huastequita.
Inició el viernes con la salida a Ciudad Mante, porque una amiga de la Mujer Maravilla iba a entrar al quirófano a eso de las cinco de la tarde. En la cama contigua a la de la amiga de M.M. que ahora también es amiga mía, había un enfermo al que no miré, pero del que escuchaba un incesante crepitar, algo semejante al sonido que produce el sorbete dentro de un raspado que se acaba. El enfermo tenía la misma edad que yo. Y a juzgar por su condición era mucho lo que había vivido, dijeron los doctores. Nunca lo vi, pero varias veces me describieron su aspecto: sus piernas y brazos eran las ramas de un triste arbusto. Marchito. Desahuciado.
Nunca había padecido tanto la ineficiencia de un policlínico. Y qué lástima me dan los derechohabientes del ISSSTE, que es la institución a la que pertenecía aquél. La noche la pasé untado a la sombra del esposo de la amiga de M.M., que hoy también es mi amigo. Lo primero fue buscar los medicamentos, un six pack de antihemorrágicos no obstante que con su esposa utilizarían una sola ampolleta. Que el hospital no contaba con medicinas ni material de curación, le dijeron. Luego, a recorrer oficinas porque el ginecólogo no iba a poder llegar, así que la entrada al quirófano se pospuso primero para las nueve de la noche y luego a las siete y finalmente a las nueve de la mañana para una mujer que no recibía alimentos ni agua por la vía oral desde el miércoles. Y podría seguir, pero no es eso lo que quiero contarles.
Al día siguiente, cuando nuestra amiga salió del quirófano y pudimos entrar a verla, ya no estaba la cama que la noche anterior hubiéramos visto junto a la suya. El hombre al que nunca miré, el que tenía la misma edad que yo, había muerto esa madrugada, a la hora que Hulk estaba copulando. No sé por qué me sentí un poquito culpable.
Total que de Ciudad Mante nos pasamos a González, que es el pueblo donde vive nuestra pareja de amigos. Una tarde que podría calificar de familiar.
El domingo fue diferente. Necesitaba material para armar la presentación de un proyecto, así que les propuse a Martín y a Pancho que fuéramos a Tula. A las diez de la mañana ya estábamos en la carretera.
Hacía un frío de la fregada, sobre todo en el lomo de la sierra. Como nos fuimos por la carretera vieja, en algún paraje nos bajamos a pegar de gritos, tan sólo a escuchar los ecos de nuestros alaridos.
Abriré aquí un paréntesis para enunciar un dato interesante: en la ciudad de Tula, más concretamente por el rumbo del camposanto, susbsiste -muy a duras penas- una especie de cactácea de la que desconozco el nombre común, pero cuyo nombre científico ustedes deben aprender, Ariocarpus agavoides. Una especie endémica (para los menos entendidos en cuestiones de ecología, esto último quiere decir que esa especie no crece naturalmente en ningún otro lugar del mundo) cuya parte visible en el medio natural mide unos cuantos centímetros, tiene la apariencia de un agave y produce una flor impresionante. En un tiempo que ahora miro muy lejano, anduve censando ariocarpus (de ésa y otras especies) en esos terrenos que entonces y el domingo se utilizaban para el pastoreo de cabras. Cierro paréntesis.
Fuimos, comimos, hablamos con algunas personas, tomamos fotos, grabamos videos, garrapateé unas cuantas notas que ahora no entiendo del todo, nos medimos una cuera en un restaurante caro, oriné en la tumba de un español que vino a morir a Tula en el siglo diecisiete. Eso último lo hice por mera necesidad, lo juro, no hubo ninguna pasión adicional.
La palabra que practico esta semana es extenuado. Así estoy ahora: extenuado.

domingo, enero 13

Y aun entonces

¿Qué más podríamos pedir, amigos?

Sara, Marco Antonio, Liliana, después de esta rola de nuestro flaco (a)dorado

y de las películas de un ajeno enfant terrible que ustedes saben mirar,

¿qué otra cosa, Uhma, te atreverías a pedir?

De acuerdo, quizá la voz de Chavela, de tu querida Chavela.

Pero después de eso, Chuy Marín, Sorais, y de una caguama pa' escucharla/verla/saborearla,

¿podríamos, Elín, sin dar la espalda al decoro, demandar alguna cosa?

Sí, algo más. Seguro. Demasiado, pero mucho más.

Mucho más de Luz.

Cambiar de corbata

QUÉ PASÓ POR TU CABEZA, GUILLERMO, EN AQUEL INSTANTE. Quiero decir el instante anterior. No el definitivo. Quisiera saber cuál fue la última idea completa que pudiste elaborar, lo último que balbuciste. Porque en esas circunstancias no se habla con la boca abierta, se hace la voz entre dientes, se susurra. Porque no hablas con los otros y ni siquiera contigo sino con ese alguien que fuiste una vez muy lejana. De qué hablaste, Guillermo, con ése que tú habías sido. Con aquel niño prodigio, con el académico multipremiado, con el luchador social. Qué tanto reflexionaste, digo. Cuándo lo decidiste. Cuánto tiempo lo planeaste. Cómo maduró esta idea en tu erudito cerebro. Cuál sería el momento justo en que empezaste a pensarlo. No vas a decirme ahora que todo fue un arrebato. Un acto impremeditado. Un impulso. Y sin embargo los hechos parecen demostrarlo así. “Hombre de cincuenta y siete, maestro universitario, ahorcado en el interior de su propia vivienda”. Un impulso, sí. Porque de haberlo planeado no habrías vestido esa ropa. No es el tipo de prendas que uno quisiera llevar puesto el día que lo encuentren muerto. Al menos, Guillermo, habrías amarrado al perro. O lo habrías dejado fuera de la escena del crimen, es decir tu habitación. Tal vez un arrebato. “El hombre no soportó el abandono de su ex esposa”. La prensa y la policía hicieron rápidas conjeturas. Ninguna pregunta ni duda aunque no hubiera nota suicida. “Divorciado y alcohólico”: nada más qué averiguar. Yo quiero que me respondas: en qué pensabas, Guillermo. Quizá en la más oportuna absolución. Ser salvado por la campana. Por eso la puerta abierta. Pensaste acaso que alguien te iba a encontrar todavía con signos vitales y, ya descolgado, respirar un nuevo aire, una última oportunidad. Por eso el cable colgando donde debía estar un foco, justo frente a tu ventana. El acto íntimo de la muerte autoinducida puesto en escena en esa gran pantalla. Lo consideraste, Guillermo. Di que era parte del plan. Por eso, si nadie veía tu cuerpo balanceándose donde debía ver un foco, tu perro asomaría a la ventana y causarían tal alarma su gruñir y sus aullidos, su ladrar; que demasiado pronto o tal vez no muy tarde o quizá en el último momento vendría un salvador a izarte y bajarte en dos movimientos que traerían de regreso la vida a tu cuerpo. Un cuerpo que, muy al contrario, tantas horas después encontraron bien muerto, desmadejado, sangrante, incompleto. Y no es que te haya fallado lo otro, la puerta ni la ventana, el perro que enronqueció de tanto ladrar. Y qué iba a hacer él si no lo que le correspondía como tu más fiel amigo, Guillermo. Tratar de salvarte, bajar tu cuerpo de ahí a como diera lugar. No consideraste eso. O no lo pensaste bien. Dime, Guillermo, por qué elegirías un pantalón deportivo si nunca fuiste un atleta sino un maestro de Historia. Unos jeans y un buen cinturón habrían resistido mejor los jaloneos de tu perro. Y después. De dónde. De dónde si no de ahí intentaría traerte abajo. La policía no encontró la parte que le faltaba a tu cuerpo ni consideró necesario hurgar en los intestinos de un frustrado salvador. Muerto por ahorcamiento, sí, eso en primera instancia; pero también incompleto, cercenado, eunuco. Ojalá hayas estado bien muerto cuando eso último sucedió. “Muerto por su misma mano y emasculado por su perro”. Caso cerrado tu muerte. Un suicidio más. La próxima vez que decidas morirte, hazlo bien, Guillermo, considera cada inconveniente antes de proceder.

jueves, enero 10

La utilidad de un libro

Hace muy pocas semanas, en una mesa de restaurante le preguntaron a una famosísima escritora cómo había sido su incursión primera en eso de la literatura. Fue cuando estudiaba la educación secundaria, dijo, gracias a un profesor que nos hacía leer un libro por semana (¿o dijo por mes?). Además, había libros en casa, agregó.
Y mientras la conversación seguía, me entretuve recordando que cuando yo era niño en mi casa había solamente un libro, el tomo uno (A-arre) de la Enciclopedia Salvat Diccionario. La historia, creo, fue de este modo: un ingeniero de apellido Trejo (eso dice en la portada) convenció a mi madre de comprar un tomo por mes, una inversión que rendiría valiosos frutos cuando los pequeños llegaran a la edad escolar (esto fue en 1972, los pequeños eran mi hermano y mi hermana, pues yo todavía no les echaba a perder la vida). Mi padre, por otro lado, convenció a mi madre exactamente de lo contrario. De modo que el siguiente mes no hubo tomo dos.
Y debo decir aquí que mi padre nunca de los jamases ha dejado de tener razón. La enciclopedia, que era un libro grande, pesado y lustroso, resultó útil para toda la familia, eso hay que reconocerlo, pero sus aplicaciones se relacionan muy poco con nuestra vida escolar. Sirvió, por ejemplo, para anotar la matrícula del servicio militar que mi padre debía aprender de memoria a fin de que le entregaran ese documento en el cuartel. También sirvió para mantener, o mejor dicho para devolverles un aspecto saludable a los documentos y fotos que por una u otra razón resultaran maltratados y, de una buena vez, para guardar en ella facturas o cédulas dignas de la mayor protección. En los mejores tiempos -muy breves, por cierto-, el tomo uno (A-arre) cumplió funciones de caja fuerte para resguardar unos cuantos billetes con más ceros que valor real.
Y en lo que concierne a la escuela, claro, nos sirvió para levantar la mano, orgullosos, cada vez que la profesora preguntaba quién tenía enciclopedia en casa.

lunes, enero 7

Veintidós muertes

EN EL HIDRANTE LAS GOTAS... *

En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado.
"¡Despierta!", le dicen.
Reconoce el sonido de la voz. Trata de adivinar quién es; pero el cuerpo se afloja y cae adormecido, aplastado por el peso del sueño. Unas manos estiran las cobijas prendiéndose de ellas, y debajo de su calor el cuerpo se esconde buscando la paz.
"¡Despiértate!", vuelven a decir.
La voz sacude los hombros. Hace enderezar el cuerpo. Entreabre los ojos. Se oyen las gotas de agua que caen del hidrante sobre el cántaro raso. Se oyen pasos que se arrastran... y el llanto.
Entonces oyó el llanto. Eso lo despertó: un llanto suave, delgado, que quizá por delgado pudo traspasar la maraña del sueño, llegando hasta el lugar donde anidan los sobresaltos.
Se levantó despacio y vio la cara de una mujer recostada contra el marco de la puerta, oscurecida todavía por la noche, sollozando.
-¿Por qué lloras, madre? -preguntó; pues en cuanto puso los pies en el suelo reconoció el rostro de su madre.
-Tu padre ha muerto -le dijo.
Y luego, como si se le hubieran saltado los resortes de su pena, se dio vuelta sobre sí misma una y otra vez, una y otra vez, hasta que unas manos llegaron hasta sus hombros y lograron detener el rebullir de su cuerpo.
Por la puerta se veía amanecer el cielo. No había estrellas. Sólo un cielo plomizo, gris, aún no aclarado por la luminosidad del sol. Una luz parda, no como si fuera a comenzar el día, sino como si apenas estuviera llegando el principio de la noche.
Afuera en el patio, los pasos, como de gente que ronda. Ruidos callados. Y aquí, aquella mujer, de pie en el umbral; su cuerpo impidiendo la llegada del día; dejando asomar, a través de sus brazos, retazos de cielo, y debajo de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegado de lágrimas. Y después el sollozo. Otra vez el llanto suave pero agudo, y la pena haciendo retorcer el cuerpo.
-Han matado a tu padre.
-¿Y a ti quién te mató, madre?

* Nota del editor: Juan Rulfo sustituyó algunas palabras y frases
que aparecen en la edición [de Pedro Páramo]
revisada por el autor, del Fondo de Cultura
Económica; aquí se publica esta última.


Alguien diría, como suelen decirse las frases hechas, que hoy se cumplieron veintidós años sin la presencia de Juan Rulfo. Alguien diría eso de la misma insípida manera que otros podrían decir, como se dicen las frases hechas, que Rulfo jamás ha dejado de estar.
De cualquier manera, veintidós años no son todavía nada, como tampoco lo fueron cincuenta ni cincuenta y tres ni cincuenta y cinco.
De la colección Entre voces, del FCE, una producción de la UNAM: Juan Rulfo: voz del autor, se trata de cuatro cuentos de El llano en llamas (1953) y de dos fragmentos de Pedro Páramo (1955) seleccionados y leídos ("No oyes ladrar los perros", que aquí, entre nosotros, es el cuento que prefiero, fue leído en el Tec de Monterrey, en 1979) por Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno, el hombre que murió el siete de enero de 1986. La presentación está a cargo de Felipe Garrido.

(Tal vez quieran escucharlo)

Juan Rulfo: Voz del autor,
UNAM-FCE, 1999.

viernes, enero 4

Poner trabas a una lengua




Ea, que les tengo un nuevo trabalenguas:



El modelo editorial es incompatible.


¿Quién, con PRISA lo recompatibilizará?


Aquél que lo recompatibilizare,


buen compatibilizador será.



¿Cuánto, en días?



"Hoy, a las 11.00, pidió doble ración de galletas para desayunar y soltó una parrafada larga antes de exigir el regreso a la cama y enmudecer. Probablemente harta de periodistas que en lugar de tratarla como una anciana, la trataban como a una niña".

María Díaz cumple 116 años en una infravivienda de Sevilla

Reportera: Tereixa Constenla. ELPAIS.com. 04/01/2008

jueves, enero 3

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¿No te parece, amor mío,
que ya es hora de pasar
de los hechos otra vez
a las benditas palabras?



miércoles, enero 2

Enseñar y Aprender


Para este año me hice un propósito que ayer empecé a cumplir. Consiste en ir más seguido al Café-de-siempre. Que hice trampa me dijeron los que ya estaban ahí.
Como había que celebrar, pasé antes por la Kappa y me hice un buen regalo. O, mejor dicho, tres. Había descuentos en la Kappa y algo me hizo pensar -tan sólo por un instante- que se debía también a un propósito de año nuevo.
Puesto que no pienso terminar el ocho sin haber coordinado un taller (otro de mis más nuevos propósitos), me compré El arte de enseñar a escribir, una especie de anecdotario + plan de cursos de la Escuela Dinámica de Escritores (EDDE) que inventó y dirige Mario Bellatin.
¿Que qué me enseñó el libro? Nada, por supuesto. Desde la premisa de la EDDE de que a escribir no se enseña podemos pasar a la otra: tampoco se enseña a enseñar.
Dijo alguna vez Chéjov -o quienquiera que lo haya dicho- que el conocimiento se adquiere leyendo las letras pequeñas de un contrato mientras la experiencia llega cuando no lo hacemos. Algo parecido ocurre con la cuestión de enseñar. No he conocido a nadie que en la escuela haya aprendido a enseñar, en cambio conozco a muchos que han aprendido a enseñar en la escuela. ¿Hay contradicción en esto? Ninguna. Y no me detendré a explicar.
Reitero que nada me enseñó este libro. Pero maldito sea si no le he aprendido algo. Y experimentar de nuevo, aunque sea por un instante (los textos son brevísimos), el diálogo (aunque no lo es, parece) con cuarenta de sus maestros, de los que conozco algunos y a algotros los he leído y unos más confieso que no sabía que existían, me ha abierto nuevos caminos, otras posibilidades. Es el tipo de aprendizaje, creo, por el que apuesta Bellatin.
El arte de enseñar a escribir. Bellatin, Mario (coord.)
FCE-EDDE, D.F., México, 2007.
208 p.



martes, enero 1

Uno único en primero

Esto de medir el tiempo en años no me parece tan mala idea después de todo. Le da la oportunidad a uno de decir este fue un ciclo bueno o malo. Y esperanzas, a veces, de que una mala racha concluya cuando suene la última campanada.
Pero hay quienes dicen que los años podrían ser todos iguales y que la diferencia está en la actitud con la que uno los enfrente. Así me lo enseñaron hace una década los expertos que la empresa contrató para que Yo fuera un empleado eficiente y feliz. Un ser excelente. Y lo fui por un tiempo. Cinco años de feliz impostura.
Como sea, hay cosas que, aparte de la intención con la que se usen dentro de un discurso, no dejan de tener algo de veracidad. Un poderoso nexo con la realidad inmediata.
Mis vecinos tienen una perra. Una Shih Tzu castaña para mayores datos. A esta perrita la llaman la Choco, que es un nombre compacto, pues el completo es Chocozucaritas. ¿Un nombre tonto? Puede que sí, pero original sin lugar a dudas. Fue la Choco, todo el dos mil siete, la mascota más consentida que yo haya visto jamás.
La Choco parió dos perritos la tarde de ayer. Luego de una preñez desaseada coincidió su alumbramiento con una celebración que mantuvo ocupados a sus dueños. Yo no olvido el año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas.
Amaneció la Choco este 2008 demostrando afecto. Todos sus movimientos parecían decir aquí nada ha cambiado. Los dos recién nacidos ya no amanecieron. O mejor dicho lo hicieron fragmentados: los cuerpecitos a un lado y las cabezas en otro.
¿Qué tal le pintará el año a la Choco? No sé, pero puedo jurar que hoy se veía feliz.