martes, julio 31

Albur de amor

Sí, señores, lo confieso: mi padre se llama Andrés García y hasta hace poco tiempo trabajó en el cine.

Aunque el Teatro Juárez, emblemático edificio victorense inaugurado por vez primera en 1899 en el lugar que hoy ocupa la sede del gobierno, demolido y vuelto a construir en la plaza Hidalgo en 1957 y cuya última remodelación lo convirtiera en el primer edificio hecho con viga prefabricada en Latinoamérica, en la actualidad sea tan sólo un auditorio usado una vez cada año, es decir en los informes del rector; durante la década de los ochentas -y un poco antes que eso- fue en realidad un cine, o mejor dicho dos: Juárez Uno y Juárez Dos; en el primero programaban las películas gringas y en el segundo las mexicanas. Antes, mucho antes de que los funcionarios universitarios y gubernamentales perdieran la vergüenza, el Teatro Juárez fue eso mismo: un teatro, pero de eso no hablaré ahora.

Según mi memoria Made in China, la primera vez que entré a ese cine tenía yo seis años. Estrenaban El niño y el tiburón, una película que pude ver (no completa, desde luego, y sin ningún entusiasmo) veinte años más tarde, en el canal de las estrellas. Mi madre le había pedido a mi tío, quien entonces era apenas un mozalbete, que nos llevara a mi hermano y a mí. No fue posible ver aquella película y en lugar de eso vimos Treinta segundos para morir, es decir la dramatización de un corrido de Los Tigres del Norte interpretada por los hermanos Almada (algo muy parecido a lo que en los noventas disfrutamos con Segal o Van Damme y en los dos miles con The Rock, aunque desde luego no en el cine Juárez). Se suponía en aquel tiempo que esa película no era apta para menores.

La segunda vez fue muy cerca de mi casa. Una tarde de octubre llegaron los trashumantes y montaron su sala de cine en una plaza que entonces era tierra baldía. "Para toda la familia", anunciaron, y mi madre envió a mis hermanos y a mí esta vez al cuidado de mi bisabuela. Vimos esa noche una película que cumplía, como yo, diez años: El valle de los miserables (también ahí actúan los Almada), y El ratero, que estelarizaban el Flaco Guzmán, Carmen Salinas y otros ejemplares de la misma fauna. Má Panchita, que tal era el nombre por el que conocíamos a mi bisabuela, se desternillaba de risa al día siguiente, en el desayuno, mientras relataba a mis papás cómo tiraban de los cabellos a unas "viejas encueradas", es decir el memorable desenlace de El Valle...

Por aquella época mi padre empezó a trabajar en el cine Juárez. El techo se desmoronaba y había que aplicarle remiendos en forma intermitente. El edificio pertenece a la universidad (para fines prácticos, mi papá también) y mi padre se pasaba allá las tardes y buena parte de las noches, haciendo equilibrios en las elevadísimas vigas. Todo ese riesgo tenía su recompensa: él no pagaba un peso por llevarnos a ver las películas del Juárez Dos (a mi padre, como a muchos otros mexicanos, nunca le gustó leer subtítulos). En una corta temporada vimos desfilar gran parte de la filmografía de los Almada, Sergio Goyri, Valentín Trujillo, Álvaro Zermeño y Jorge Reynoso. Mi padre se puso quisquilloso en cuanto dominaron las películas de El Caballo Rojas, los flacos Ibáñez y Guzmán, Alfonso Zayas y todas esas yerbas. No volvió a llevarnos al cine y comenzó a ver ese edificio sólo como su lugar de trabajo. Pero el daño ya estaba hecho, y yo pasé la época de secundaria viendo películas de pistoleros y albures y leyendo todas las historietas cuyo nombre empezara con la palabra "sensacional". Para qué voy a decirles que en mis edades tempranas leía a Cervantes y a Shakespeare; no, yo me explicaba la vida a partir de aquellas revistas que, ay, desempeñaban funciones tan diversas.

La década de los noventa se llevó también aquellos cines. Quedaron entonces únicamente los Cinemas Gemelos (ajá, dos salas), que exhibían regularmente cine norteamericano y sólo a veces proyectaban una película nacional (de la India María, por ejemplo) y que más tarde se tornaron en Cinépolis para darle en la madre a los MMCinemas, que también son relativamente nuevos en esta ciudad. Con el tiempo los gustos cambiaron un poco; en cuanto a la lectura, nos desacostumbramos a las sensacionales de luchas, traileros, box, vaqueros, chafiretes y a un largo etcétera, y en lo referente al cine nos fuimos acostumbrando a ver, muy esporádicamente, a esos comediantes pelados (y esto no es ningún albur), es decir sólo cuando asoman en algún canal de, adivinaron, Televisa.
El Caballo Rojas estuvo anoche en Victoria, en un espectáculo de carpa llamado Feli Pillo se puso la verde. Se trata de una serie de sketches paródico-políticos entremezclados con chistes malos, mediocres y buenos. El conjunto de la obra intenta criticar los desaciertos del actual presidente, su origen ilegítimo (me refiero a su cargo como primer mandatario), los escándalos de la milicia y la estupidez general del partido gobernante. Las actuaciones de Lilí Brillanti (¿conocen un nombre artístico más pinche?), Di Fascio, Paco Ibáñez y Liliana Lagos (osa de Cuauhtémoc) van de mal a regular, hay que decirlo, pero hay que reconocer también que El Caballo Rojas es muy bueno en lo suyo. El Caballo y José Natera hacen el espectáculo. Hay un episodio donde Alberto Rojas interpreta a Fox. El expresidente dice ahí que a él lo podrán acusar de todo, menos de ratero porque de Los Pinos él no se llevó nada. Luego rectifica: hubo algo que sí se llevó, y fue la taza del excusado. "La cagué tanto que, de plano, le agarré cariño", dice.

La Nacha Plus sale al final de todo. Baila. Y canta, parece. Pero eso no es lo importante; lo que llamó muy poderosamente mi atención fue que su cuerpo no parece natural y no me refiero en absoluto a la cirugía cosmética ni nada de eso. Liliana Lagos me recordó a los personajes femeninos de aquellas viejas revistas cuyos nombres empezaban siempre con la palabra "sensacional".

Lo de anoche (hablo de la obra) fue, lo que se dice, mi reencuentro con un pasado glorioso.

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