sábado, mayo 12

Acallar a las orquídeas

Hará cosa de diez días que Adriana González Mateos presentó su novela en este sucio agujero que es Ciudad Victoria; cuelgo aquí, con mínimas modificaciones, los apuntes que leí en aquella ocasión.



Con un número superior a los cuatrocientos géneros, las orquídeas integran la familia más amplia del reino vegetal. Escasamente estudiada, a Orchidaceae se le atribuye una diversidad que va de las quince mil a las veinticinco mil especies, distribuidas prácticamente en el mundo entero. Tan es así que sólo los polos y los más áridos desiertos escapan a su perturbadora presencia. Las orquídeas se distinguen de otras angiospermas por un conjunto de características florales. A saber: el desarrollo del tallo, la organización de sépalos y pétalos y la presencia del labelo (un tercer pétalo, más grande y más vistoso, que actúa muchas veces como plataforma para la polinización). Porque las orquídeas han estado en el mundo mucho antes de existir nosotros, el labelo ha adoptado la fisonomía del polinizador, al que atraen sus engañosas formas y su especial colorido. Es, ésta última, la característica que le ha dado a la orquídea el campeonato en la carrera de la evolución vegetal, convirtiéndola en la planta más elegante y enigmática.

Una orquídea no es exactamente una planta: es un ser que domina el lugar donde se encuentra, sentencia en la página 111, unas líneas antes del punto final, la protagonista de El lenguaje de las orquídeas, primera novela de Adriana González Mateos, una historia donde la palabra orquídea aparece muy contadas veces; narración fragmentada donde las orquídeas asoman de vez en vez para decir tan poco y tanto.

Del influjo de la orquídea se ha escrito demasiado en los muchos años que el hombre viene andando la Tierra. Los antiguos griegos, por ejemplo, convencidos de que esas flores silvestres nacían del semen derramado en el apareamiento, les atribuyeron poderes afrodisíacos. Hay quienes, hoy día, con ese mismo propósito, suelen aconsejar a los hombres beberse un té de orquídeas y a las mujeres oler una flor. Las orquídeas parecen volver loca a la gente, los que las aman lo hacen de forma irracional, dijo alguna vez Susan Orlean, hablando de quienes actúan como el ladrón de Florida.

Una orquídea. Un individuo exótico, distinguido, sin parangón entre las imágenes cotidianas; elegante y cercano, pero al mismo tiempo maravilloso y fugaz, lejos de todo alcance; eso es quizá para nuestra protagonista el personaje masculino, un hermano de su madre cuya bragueta floreciera algún día para invitarla a hurgar entre los seductores pétalos de su sexo erguido.

Abundemos en la historia que nos narra la mujer madura que hace veinticinco años nacía a una vida nueva luego de leer Demian, la novela cumbre del escritor que nació alemán y murió suizo. Renacer en diversos sentidos. Nacer otra vez, porque ella sobrevive a algo que la hizo ver de cerca a "la pelona" y el rostro de la muerte no era diferente al cráneo de ella, partido en varios pedazos sobre un pavimento cercano al de su casa. Nacer de nueva cuenta porque descubre enseguida la insidiosa simulación de su familia clasemediera, el orden contra el que pretenderá rebelarse, transitar los caminos que bien sabe prohibidos. Nacer a otra vida, a la vida que los adultos de buena voluntad le quieren negar, la vida que se esconde en las palabras y en los actos, en los dedos y en la boca masculina, no una boca cualquiera sino la boca negada; la lengua endurecida, luego blanda, luego rígida otra vez; lúbrica o seca, pero cruel de cualquier modo porque no hay peor violencia que la ejercida contra sí misma por dirección de un hombre, porque nada causa más dolor que morderse la lengua.

Esto no se lo puedes decir a nadie. Nunca, ni siquiera bajo tortura, le ha dicho su tío a la mitad de la página treinta y seis. Para entonces ya conoce ella las venas hinchadas y la textura de la carne. Y conviene recordar ahora lo que diría Chandler acerca de las orquídeas, que tienen la misma textura de la carne humana. Esto no lo puedes confesar ni siquiera bajo tortura. Si le dices a alguien, me mato. Y no lo hará ella mientras siga siendo adolescente, mucho después incluso de que las orquídeas dejen de florecer. No lo hará porque lo admira demasiado, porque su elocuencia domina el teatro entero que es su familia. No lo hará porque quiere aprender más, llegar a ser tan inteligente como él, tan interesante; porque él sabe pronunciar en francés el nombre de un buen vino, porque es el único sobreviviente del sesenta y ocho que ella conoce, porque es el universitario, el que llegó a diplomático, porque todo él irradia poder y libertad. No lo hará por todas esas razones y por una sola: porque él así se lo pide.

Las orquídeas, lo saben los botánicos y los doctores, deben su nombre a la forma de sus raíces, bulbos subterráneos o epifitos que recuerdan los testículos humanos. De esa falsa genitalidad nace el pedicelo que sostiene toda la esencia de la flor, sus mitos y sus verdades. En esa misma genitalidad se sostiene, al parecer, la familia mexicana clasemediera del siglo veinte que González Mateos retrata en El lenguaje de las orquídeas, y no hace falta que los varones estén ahí para perpetuar el código; las madres se encargan de hacerlo bajo los métodos más variados. Llegado el momento, los adultos masculinos sólo tendrán que alargar la mano para obtener lo que deseen. Al abuelo, por ejemplo, le bastará con decirle a la abuela, que era su secretaria, Perilli, me voy a casar con usted, a la mitad de un dictado; poco importa que él ya estuviera casado en otro país donde las mujeres son más conscientes de sus derechos. Para mí era un juego, le dirá a ella su tío cuando la orquídea se haya marchitado. Muchos años habrá de distancia entre una frase y la otra, pero ambas son, sin duda, ejercicios del mismo lenguaje.

Hay sin embargo un instinto rebelde en la abuela y en nuestra protagonista. Desde ir una vez juntas al teatro, a ver Casa de muñecas, de Ibsen, y emprender después largas discusiones literarias; abuela y nieta van creando vínculos de complicidad que se extienden aun después de morir la primera. Al final del tercer capítulo la nieta recuerda cuánto amaban a esas heroínas capaces de montar a caballo para enfrentar los peligros, envenenar a un carcelero, seducir a un héroe inconveniente, burlarse de las estúpidas que se quedan en casa obedeciendo y se pierden la mejor parte del libro. Ellas son rebeldes a su modo, sin intuir siquiera que esa rebeldía se mueve entre las nervaduras de un mundo cuyas formas masculinas dominan desde el subsuelo.

Por eso no sabemos hasta qué punto él es villano, hasta dónde llega su responsabilidad cuando ella decide, en el umbral de los cuarenta, confesar. Primero a su madre, luego a la esposa de su tío. Porque tenía trece años; sabía lo que estaba haciendo. Puedo alegar muchas cosas, pero no ignorancia (p. 24). Por eso la palabra abuso rebota en dos paredes con la misma intensidad, por eso la palabra incesto pierde cualquier fuerza y se disuelve en un mar de recriminaciones mutuas. Acaso la palabra secreto sea, de entre todas, la más fuerte; ésta se quedará resonando en la mesa vacía de un restaurante a donde él pidió que acudieran para aclarar las cosas.

En una novela fragmentaria, con base en prolepsis y retrospectivas, Adriana González Mateos se arma de valor y nos muestra, usando las dosis exactas de crudeza, erotismo, delicadeza y pudor, un tema tan antiguo como vedado, el incesto. Pero ese tema le vale también para criticar la aparente rigidez de la familia tradicional de clase media, un modelo de familia que tiende a colapsarse, a desaparecer, si acaso resiste aún el ritmo de nuestros días. Con un lenguaje metafórico apoyado en las imágenes del teatro, del circo y de la fiesta brava, las narradoras de esta historia nos irán aportando breves datos, ambiguos y contundentes a la vez, para construir una historia que en ningún momento deja de ser bella ni reflexiva.

Sería aventurado pensar que el incesto descanse en un sentimiento amoroso, al menos bajo el concepto que de esto impera; más admisible sería referirse a él como una relación pasional. En cualquier caso resultará difícil distinguir entre víctima y verdugo. Acaso convenga al incestuoso describir su relación en los mismos términos que nuestra narradora describe a las orquídeas: algo que está más allá del bien y del mal y cuya belleza lo coloca por encima de la culpa y las vacilaciones.


El lenguaje de las orquídeas. González Mateos, Adriana. Tusquets Editores México, S.A. de C.V. D.F., México. 2007. 112 p.


No hay comentarios.: